A MARCIAL HERNÁNDEZ SÁNCHEZ, IN MEMORIAM

Cuando pasé ese día frente a tu casa, como tantas otras veces, miré por ver si te veía sentado a la puerta, con tu periódico en la mano y la radio conectada, tomando el fresco de la mañana. Ví a una señora fuera mirando como si buscara algo. Pensé que habían venido a cuidarte y seguí caminando.

Fue al llegar a casa cuando, por el chat de los vecinos, me enteré de tu fallecimiento. No hacía una semana que habíamos estado juntos. Cuando te veía en mi caminar me gustaba detener los pasos para hablar contigo desde aquel día en que Enrique nos presentó. Todo un lujo tener de vecino a un profesor de griego, amante de la lectura, con una biblioteca de más de tres mil ejemplares –“No sé que hacer con ellos, el día que yo no esté…”, “Yo pienso donar los míos a la Real Academia, creo que en los pisos nuevos ya no cabrían, aunque mi hija no está muy conforme”- casí cincuenta años dedicado a la docencia y, además, escritor y enamorado de Córdoba. Siendo como soy profesor de Lengua y Literatura, con mis cuarenta años de docencia a las espaldas, son tantas cosas las que nos unían que era un placer departir contigo sobre las historias y leyendas de Córdoba, sobre cómo se había ido deteriorando la educación con el paso de los años, no solo el conocimiento, sino la “Educación” con mayúsculas, sobre la importancia de mantener las inquietudes y apartarse de los medios de comunicación (“Yo no veo la televisión, es gana de amargarse la vida. Me pongo mi radio y así no estoy solo”).

Me regalaste un ejemplar de tus Historias y leyendas de Córdoba, yo te llevé un ejemplar de El libro de la gramática vital, ese ensayo del camino hacia la felicidad (“Qué bella encuadernación”, ¿quién te lo publicó?”). Ese día, ese último día que hablamos allí sentados te di la noticia de mi última publicación, la de los narradores andaluces, “¿Quieres un ejemplar?”, y me dijiste que te encantaría. Aquí lo tenía preparado en casa para ti, Marcial, se me ha quedado huérfano.

Me contaste, entre paso y paso aquel día que me acompañaste por la acera lo mal que lo pasaste cuando te dejó tu esposa, esa tristeza que oprime como una losa, cómo poco a poco lo fuiste superando aunque imaginaba que hablabas más para ti que para mí. “Bueno, me vuelvo, que ya me canso mucho”. Y te acompañé hasta la puerta donde María Auxiliadora parecía sonreír desde sus azulejos. “Coge un poco de romero, verás qué bien huele”.

Perdona si te traigo en el recuerdo, quizás tu humildad hubiera querido marcharse en silencio para escuchar con más claridad la voz de tu esposa desde el cielo, pero no me resisto a dejarte en el olvido. Te echaré de menos cada vez que, durante mis paseos, pase frente a tu casa y, te prometo, que cada vez que pase rezaré una oración ante la Virgen, tu querida Virgen, pensando en vosotros. Descansa en paz, querido amigo. Yo me quedo con los versos de Juan Ramón Jiménez recordando que ese «viaje definitivo» nos tocará a todos. Un abrazo.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquéllos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquél de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

José Carlos Aranda

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About #JoseCarlosAranda

Doctor en Ciencias de la Educación y Doctor en Filosofía y Letras; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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