JOSÉ CARLOS ARANDA, OBRAS PUBLICADAS:

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JOSÉ CARLOS ARANDA AGUILAR, OBRAS PUBLICADAS

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Narrativa Andaluza en el Siglo XIX

Dos eran los objetivos que nos marcamos al comienzo de esta tesis: el primero, conseguir un conocimiento lo más preciso que nos fuera posible acerca de la aportación que los narradores andaluces hicieron a la literatura decimonónica, conocimiento que abriera el camino а futuras investigaciones concretando la disponibilidad del material anotado en buena parte de los catálogos al uso. Con el segundo, nos propusimos hacer una cala en el material localizado y proceder a su estudio, buscando límites y peculiaridades con respecto a las tendencias descritas para el siglo XIX.

El resultado abre las puertas a futuras investigaciones sobre el periodo y las tendencias narrativas de la época. Se presenta a modo de catálogo -diccionario- ordenado por orden alfabético con las precisiones que se especifican en el prólogo de la obra.

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Manual práctico para un buen uso de los signos de puntuación, Almuzara 2022

El libro idóneo para un empleo fácil y preciso de los diversos signos, logrando así que nuestros textos brillen con el máximo fulgor y elocuencia.

Una de las carencias más acusadas en quienes escriben actualmente estriba sin ningún género de dudas en el pobre o erróneo uso de los signos de puntuación. Y no es, desde luego, una carencia menor. Los signos de puntuación modulan el mensaje, enfatizan o atenúan ideas y contenidos y determinan la musicalidad de la prosa. En suma, una utilización incorrecta o inapropiada de los mismos puede hacer que un texto brillante se convierta en un amasijo casi ilegible, o todo lo contrario: que nuestras palabras cobren la fuerza y el vigor necesarios para seducir al lector y llevarle a compartir o disfrutar nuestros postulados.

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EL ARTE DE CONTAR UN CUENTO, Almuzara 2021

Si decimos que contar cuentos a los niños puede multiplicar hasta por 5 sus posibilidades de éxito escolar, habrá quien se extrañe, pero hay estudios que así lo demuestran. Pero para conseguir esta eficacia hemos de conocer las claves que hacen del cuento esa maravillosa herramienta didáctica, especialmente durante la primera infancia. ¿Cuáles son las técnicas para lograrlo? Contar un cuento va mucho más allá de un mero entretenimiento infantil, es una forma de transmitir conocimientos y emociones en un momento en que el cerebro está en proceso de formación. Pero hay que hacerlo bien.

Contar un cuento es un acto de comunicación en el que se condensan los elementos primordiales del aprendizaje. Aprendemos palabras nuevas asociadas a imágenes, a sensaciones, a emociones; aprendemos a expresar ideas mediante oraciones bien organizadas… Pero también aprendemos a decodificar un mundo de relaciones complejas, las que mueven a los personajes para resolver una situación problemática en que la solución, normalmente positiva, mueve a la esperanza. Si nos damos cuenta, esa es la esencia de cualquier cuento: un universo donde se desarrolla una historia, donde un problema fuerza a los personajes a moverse para lograr una solución. Esos personajes se mueven impulsados por emociones positivas o negativas, alentaremos unas, criticaremos otras. A su vez se relacionan entre sí ofreciendo catagorías básicas de comportamiento. El niño las escucha, las imita, las interioriza y las pone en práctica de forma inconsciente. De los dos a los tres años, el niño multiplica por 10 su capacidad léxica, pero para ello requiere de la estimulación adecuada.

Para lograr este milagro, hemos de tener en cuenta todo lo que conlleva un simple acto de comunicación y responder preguntas clave: ¿qué historia es mejor?, ¿cómo afecta al aprendizaje la diferencia de formatos de exposición?, ¿cuándo es mejor contar el cuento?, ¿cómo debemos contarlo?, ¿cómo influye nuestra expresividad, la gesticulación, la proximidad?, ¿qué diferencias hay entre un cuento contado, leído o representado, visto en televisión?, ¿cómo influye la actitud de la familia en el proceso de aprendizaje?, ¿cómo debemos coordinarnos con la Escuela Infantil?, ¿por qué insisten los niños en que les repitamos una y otra vez el mismo cuento?, ¿es bueno hacerlo?, ¿qué cuentos son los mejores atendiendo a la edad del niño?, ¿qué fundamentación científica hay en todo lo que venimos diciendo?

Responder a estas y otras preguntas me llevó a realizar una investigación que quedó recogida en mi segunda tesis doctoral. Este libro supone un acercamiento divulgativo para poner al alcance de familias, y también de maestros, el resultado de aquella investigación que, con gusto, reenviaré a quien me la solicite.

El resultado es una guía práctica, reflexiva, para lograr obtener de este recurso ancestral, todo el partido para transformarla en una magnífica herramienta de aprendizaje. Espero que os sea útil. Un fuerte abrazo a todos y muchísimas gracias por la acogida de esta nueva publicación.

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MANUAL PARA UNA CORRECTA SINTAXIS. Almuzara, 2019

Todo en la lengua es sintaxis, las palabras aisladas no tienen capacidad de comunicar, a través de la combinación elaboramos agrupaciones cada vez más complejas que permiten alcanzar la oración, unidad mínima con significado completo. Conocer la sintaxis es fundamental para una buena comprensión y expresión, dos de las competencias básicas de aprendizaje. Pero chocamos con el poco tiempo de que disponemos en clase, con la diversidad de nomenclaturas en las diferentes editoriales, con la falta de coordinación terminológica en los mismos departamentos. Este libro plantea una metodología de análisis gradual e interactiva que va de lo más elemental a lo más complejo, desde el sintagma nominal a las oraciones compuestas y el análisis de textos. Cada elemento y función se define desde una triple perspectiva: morfológica, semántica y funcional; en cada entrada se ofrecen abundantes ejemplos de oraciones ya analizadas; al final se enlaza con ejercicios de afianzamiento y repaso que permiten personalizar el aprendizaje en función de la evolución de los alumnos. El libro está íntegramente publicado en este blog, capítulo a capítulo, pero se hacía necesario el libro físico que ofreciera una visión de conjunto  y una guía de consulta rápida.

Para no engrosar el número de páginas, el final de cada capítulo remite a la URL donde se pueden encontrar los ejercicios de desarrollo. El poder consultar el libro en la red nos permite incorporar diferentes técnicas pedagógicas en el aula dependiendo del nivel en que nos encontremos. En concreto, personalmente me ha dado muy buen resultado la «clase invertida» y el «aprendizaje cooperativo por equipos en el aula» y esto sin necesidad de que los alumnos compren el libro. También permite mantener la estructura de análisis, terminología y conceptos a lo largo de los distintos cursos a pesar de los cambios de libros de texto y de las diferentes editoriales.

En el blog podemos acceder, asimismo, a las consultas que a lo largo del tiempo han ido realizando los usuarios. Y esta es la otra gran ventaja, lo que hace único este libro: permite interactuar con el autor. Ya superamos los 4.500.000 visitas y son más de 1500 las dudas y consultas resueltas.

Confío en que os será de una enorme utilidad en el aprendizaje y en la práctica docente.

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INTELIGENCIA NATURAL. ADOLESCENCIA, Toromítico 2016

La adolescencia definirá en gran medida la persona que serás. Gracias a los recientes descubrimientos neurológicos hoy podemos conocer mejor cómo funciona el cerebro adolescente, y aplicar métodos eficaces para potenciar el talento en su fascinante evolución.

La adolescencia se asocia a «edad problemática», «crisis», «desencuentros», «desavenencias familiares»… Pero, como sucede con toda crisis, estamos ante una auténtica oportunidad, y depende de nosotros como padres y educadores que el proceso sea menos traumático, y que el resultado sea más feliz. Gracias a los recientes descubrimientos neurológicos hoy podemos conocer mejor cómo funcionan sus cerebros, y aplicar métodos eficaces para potenciar su talento en cada instante de su fascinante evolución.

Esta etapa de transformación, que se inicia con la puesta en circulación de las hormonas sexuales, afecta a la vida y al cerebro, a la forma de percibir la realidad, a la autoestima, a la forma de relacionarse con los demás, a la forma de proyectarse en el futuro. No es fácil abandonar la seguridad de la familia para enfrentarse al mundo desde la individualidad y ser capaz de soñar un proyecto de futuro. Y, sin embargo, no tenemos más remedio que abrirnos paso.
El adolescente no es un enfermo, es un ser humano en proceso de transformación. Dejar atrás la niñez para aprender a ser un adulto es una de las tareas más titánicas que acometemos para existir. Con este libro sabrá cómo descubrir su inteligencia natural y potenciarla a través de la convivencia, con algunas pautas de observación y actuación, podremos comprender qué está sucediendo, anticiparnos a las inquietudes que van a surgir, conocer las transformaciones que afectan a su cerebro y a su psicología para ayudarles, desde la asertividad, a que conquisten su propia libertad como seres autónomos capaces de ser felices en la vida.

«En la mayoría de ocasiones, que un niño se sienta un triunfador o un fracasado depende de nuestra reacción ante los acontecimientos. Pertenezco a ese extraño club de personas que creen que la felicidad es posible, existe y se transmite. Y que es el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros hijos.» José Carlos Aranda

«Un privilegio. Este hombre reflexivo y sin arrogancia es profesor de secundaria; ¡qué privilegio tener un maestro de esta categoría! Defiende el entusiasmo como herramienta vital y la búsqueda de sentido como norte.» Ima Sanchís, «La Contra», La Vanguardia.

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    CÓMO HABLAR EN PÚBLICO. Berenice 2015 (2ª edición)

El miedo a hablar en público es uno de los más frecuentes, si no el más frecuente entre las  fobias que a todos nos afectan. Lo que necesitamos saber es que es algo que «a todos» nos ocurre en mayor o menor medida. Sin embargo es una de las habilidades más necesarias en la vida, algo de lo que puede depender una promoción profesional, el aprobado de una asignatura, la aceptación de un proyecto, de un presupuesto, o, simplemente, la posibilidad de poner nuestros conocimientos y habilidades al servicio de los demás.

Ese miedo puede superarse, controlarse y hacerlo actuar a nuestro favor. Cómo hablar en público es un manual sencillo, cercano y, sobre todo, práctico para lograr mejorar nuestras habilidades comunicativas. Presenta un novedad importantísima: los manuales al uso tratan el hablar en público en los grandes actos, charlas, conferencias, presentaciones, grandes aforos… En este manual considero el hablar en público como toda intervención de carácter formal que realizas frente a los demás. La misma preparación es necesaria para una gran conferencia ante doscientas personas, que para una reunión de empresa a la que asistirán quince, siete, tres personas. Los procedimientos, técnicas y habilidades que necesitamos son los mismos, nuestros miedos pueden variar, pero es muy posible que en una entrevista de trabajo nos juguemos bastante más que una charla o en una entrevista radiofónica.

En Cómo hablar en público te acompaño desde cómo vencer el miedo inicial a la intervención, hasta cómo controlar la comunicación no verbal, cómo organizar y estructurar tu discurso, cómo hablar y dirigirte a los demás, cómo intervenir según la situación comunicativa. Y esto descendiendo a los modelos más frecuentes: reuniones de trabajo, intervenciones radiofónicas, televisivas, charlas, debates o conferencias.

El resultado es un manual útil y cercano que os ayudará a potenciar esa capacidad comunicativa que todos, sí  tú también, llevamos dentro.

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ORTOGRAFÍA FÁCIL. Berenice, 2014 (2ª edición).

Este libro es un libro de consulta para resolver rápida y eficazmente nuestras dudas ortográficas en un momento dado. Al escribir el Manual de ortografía y redacción (Berenice, 2010) elaboré un estudio estadístico de los errores más recurrentes para diseñar el sistema de autocorrección y perfeccionamiento incorporado en la obra a través de los 60 dictados y 24 unidades dedicadas al aprendizaje del uso de los signos de puntuación (agradezco y agradeceré siempre  a Colombia, al Comité organizador del Concurso Nacional de Ortografía, que lo nombrara como uno de los 7 manuales de ortografía imprescindibles en las Bibliotecas). Usando ese índice, he centrado ahora mi atención en elaborar un libro de consulta rápida donde podamos acudir para resolver esas dudas que nos asaltan con frecuencia cuando estamos redactando un escrito. Dos claves interesantes aporta la obra: la primera, el acometer cada duda desde la comprensión del fenómeno, del porqué lo cometemos, para, inmediatamente, proponer soluciones prácticas que nos ayuden a evitar la duda; la segunda clave es una cierta dosis de humor para quitar hierro a algo tan arduo como la ortografía, porque muchas veces la sonrisa ayuda a retener ese truco fácil que nos puede ahorrar la duda.

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INTELIGENCIA NATURAL «IN». Toromítico, 2013 (2ª edición) #Inteligencianatural

Todos nacemos con un tremendo potencial de inteligencia, pero el talento es «la inteligencia triunfante» es decir, aquella que logra lo que se propone. Para conseguir seres capaces de ser felices necesitamos personas que sueñen un proyecto de vida pleno y sean capaces de realizarlo. Y ello requiere el equilibrio entre la inteligencia cognitiva, la que nos permite conocer y comprender, la inteligencia emocional, la que nos permite conocernos y enfocar nuestras emociones en sentido constructivo al servicio de este proyecto personal, la inteligencia social, la que permitirá la puesta en valor de aquello que somos dentro del grupo humano del que formamos parte, y la inteligencia moral que nos ofrezca los fines justos que mueven nuestras acciones. Pero cada una de estas inteligencias va desarrollándose paulatinamente e integrándose en nuestro cerebro de forma diferente a lo largo de nuestro desarrollo desde la infancia. Primero vamos a conocer las dificultades a las que nos enfrentamos como educadores, luego nos adentraremos en conocer cómo va desarrollándose la mente de nuestro hijo. Por último veremos cómo podemos actuar en cada fase del proceso de evolución para no impedir su crecimiento potencial y ofrecerle los estímulos que necesita en cada momento.

El libro constituye un método integral para educar «personas», que no alumnos, capaces de enfrentarse y superar las dificultades sin perder la sonrisa.

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MANUAL DE REDACCIÓN PARA PROFESIONALES E INTERNAUTAS. Berenice, 2011.

Las nuevas tecnologías traen nuevos usos, con sus ventajas e inconvenientes. Pero no están reñidas con la corrección y el buen uso de la lengua. Los correctores en los procesadores de texto limpian muchos errores, pero inducen otros nuevos por exceso de confianza. La bilateralidad de comunicación impone nuevas normas. Nuestros escritos y correos electrónicos son nuestra mejor carta de presentación como personas o como empresas. Este libro, a través de la reflexión y más de 80 ejercicios nos ayuda a mejorar en todos estos aspectos, desde el «curriculum» electrónico al correo profesional. Por primera vez se incluye la autocorrección «on line» con la posibilidad de interactuar con el autor. Toda una apuesta editorial por la profesionalidad y el buen gusto.

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EL LIBRO DE LA GRAMÁTICA VITAL. Almuzara, 2010.

Es posible ser feliz. De la misma forma que existen una reglas para lograr un mensaje coherente, existen reglas para construir una vida coherente que nos permita alcanzar la felicidad y transmitirla. Este ensayo nos acompaña en esa aventura  a través de la lengua, el pensamiento y la actitud ante la vida. Todo un camino de reflexión que no nos dejará indiferentes.

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CÓMO SE HACE UN COMENTARIO DE TEXTO. Berenice, 2009 (3ª edición) Una magnífica herramienta para el aula y para la preparación de comentarios críticos de diversa índole, desde el comentario de madurez hasta el comentario literario paso a paso. Por primera vez, se ofrece al lector el proceso de maduración y elaboración que va desde el texto al comentario elaborado. Desde la didáctica del aula vamos progresando a través de los diferentes niveles de observación de una forma cercana y práctica aplicando un nivel de dificultad creciente y progresivo para fomentar el aprendizaje.

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MANUAL DE ORTOGRAFÍA Y REDACCIÓN. Berenice, 2010 (2ª edición).

Libro de autoaprendizaje y consulta. 60 dictados y 24 sesiones para el aprendizaje y perfeccionamiento de la ortografía y los signos de puntuación. Para los que no se contentan con saber solo cómo se escribe y quieren también saber por qué y cómo pueden evitar una duda concreta. Indispensable en cualquier despacho profesional. Libro de coleccionista, incluye el primer índice léxicográfico en lengua castellana remitido a las reglas ortográficas con más de 2.500 vocablos.

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Jorge Luis Borges. EL ALEPH. Barcelona: Seix Barral, 1983. RESUMEN DE LA OBRA

Ningún resumen, por bueno que este sea, sustituirá el placer de la lectura reposada de una obra de arte como esta recopilación de cuentos mágicos que os recomiendo encarecidamente. El estilo de Borges es inconfundible y su capacidad de sorprender maravillosa. Adelante.

EL INMORTAL

La princesa de Lucinge compra al anticuario Joseph Cartaphilus, en Londres, La Illiada de Pope en seis volúmenes. Era este anticuario un personaje consumido y terroso que se expresaba en un galimatías de lenguas. Después se enteró de que había muerto en el mar al regresar a Esmirna y que fue enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de La Illiada, halló un manuscrito escrito en inglés. Lo que sigue es la versión literal.

[I]

A modo de diario, se trata de un tribuno de una de las legiones romanas en la época de Diocleciano. Acuartelados en Berenice, vencieron a los mauritanos, aunque él apenas participó en las batallas, y esa fue probablemente la causa de que se lanzara al desierto en busca de la secreta ciudad de los inmortales.

Un jinete llega moribundo, va buscando el río cuya agua otorga la inmortalidad en su margen se encontraría la ciudad de los inmortales. El jinete, herido por una flecha, muere, pero su historia despierta la ambición del tribuno. Decidido a encontrarla, había interrogado a cuantos pudo y fue recabando noticias inciertas. Flavio, procónsul de Getulia, le entregó doscientos soldados para la empresa, a los que sumó algunos mercenarios y guías. Así iniciaron el viaje atravesando desiertos y montañas, tierras duras y bárbaras. Llegaron las enfermedades y las muertes, las deserciones y los motines. Ante el posible castigo de la crucifixión, aua hombres se rebelaron y tuvo que huir con algunos soldados fieles. Se perdieron, quedó solo y fue herido por una flecha, pero siguió adelante delirando sobre su caballo.

[II]

Se despertó atado en un nicho de piedra, abrasado por la sed. Abajo corría un arroyo cubierto de escombros, enfrente tenía la ciudad de los inmortales: muros, arcos, frontispicios, escaleras y nichos con hombres de piel gris, desgreñados, desnudos. Trogloditas que no hablaban y comían serpientes. Con las manos atadas, se tiró hasta el arroyo y hundió la cabeza en el agua. Después de beber, se quedó dormido, delirando. Allí permaneció tumbado, perdida la noción del tiempo. Nadie lo ayudaba. Un día logró romper las ligaduras y robar un trozo de serpiente. Después, no podía dormir. ¿Lo vigilaban los trogloditas? Al atardecer, oró en voz alta, quizás el sonido de las palabras los asustase.  Fue hasta la ciudad, seguido de dos o tres hombres repulsivos. Al fin, cuando llegó hasta las murallas, solo un hombre lo seguía. Cerró los ojos y, sin dormir, esperó a que amaneciera.

La ciudad se erguía sobre una meseta de piedra. No se veía ninguna puerta en los muros. Se refugió del calor en una caverna con pozo. Había una escalera que descendía. Bajó hasta una cámara circular con nueve puertas que conducían a otros tantos laberintos. Solo se escuchaba el viento. Errando por los corredores llegó hasta ver sobre él un círculo de cielo azul y unas escaleras que subió sollozando de felicidad. Aparecieron entonces capiteles, astrágalos y bóvedas en un ciego laberinto. Salió a un patio rodeado por un edificio antiquísimo propio de obreros inmortales, pensó que estaban locos. Era interminable, atroz, le repugnó y atemorizó. La arquitectura no tenía ningún sentido: escaleras que no conducían a ninguna parte, puertas que abrían a celdas y pozos… aquello era una pesadilla. Era tan horrible que su mera existencia comprometía el valor y la felicidad. Regresó al hipogeo queriendo olvidar aquella ciudad monstruosa e indescriptible.

[III]

Cuando por fin logró salir del último sótano, encontró al hombre que lo había seguido. Estaba garabateando en la arena signos que borraba a continuación. Aquello no podía ser escritura, los signos eran desiguales y aquellos hombres ni siquiera sabían hablar. Pensó que lo había esperado y sintió alivio en su soledad. Regresaron, el troglodita lo acompañó y pensó en enseñarle a hablar. Y lo llamó Argos, porque le recordó al viejo perro de La Odisea. En vano trató que lo repitiera, parecía no oírlo, miraba a lo lejos fijamente y se pasaba el día tumbado. Fue pasando el tiempo, hasta que un día comenzó a llover, era algo extraordinario, salió eufórico a recibir la lluvia y vio cómo los trogloditas y Argos hacían los mismo. Estaba feliz. Lo llamó y fue cuando él respondió “Argos, perro de Ulises”. Le preguntó si conocía La Odisea. Ya habían pasado mil años desde que la inventó, le respondió.

[IV]

Comprendió entonces que los trogloditas eran, en realidad, los inmortales. El arroyo, la fuente de la inmortalidad y la ciudad abandonada, la suya. Y Homero le contó cómo había llegado hasta allí queriendo educar a los hombres, cómo se destruyó la ciudad y cómo lo auténticamente terrible, era saberse inmortal. El tribuno no creía en esa inmortalidad que premia o castiga tras la muerte, sino más bien en esa rueda que predican algunas religiones de Indostán en que cada vida es efecto de la anterior. Cuando uno se sabe inmortal, comprende que no tiene que hacer absolutamente nada, porque en el transcurso del tiempo todo ocurrirá, lo bueno y lo malo se darán la mano. Todo es cuestión de probabilidades. Y en un solo hombre están comprendidos todos los hombres posibles. Ante esa realidad, todo es indiferente, se vive interiormente en el propio pensamiento y se requiere un estímulo muy fuerte para reconectar con la realidad, por ejemplo la lluvia de ese día.

Un día decidieron dispersarse pensando que si había un río que otorgaba la inmortalidad, otro habría que concediera la muerte. Y fueron a buscarlo porque la muerte da sentido a la vida, hace que cada momento sea irrecuperable. Homero y él se separaron a las puertas de Tánger. “Creo que no nos dijimos adiós”.

[V]

Durante siglos viajó por el mundo hablando y escribiendo en lenguas que ya había olvidado, viviendo muchas vidas en distintas culturas. Hasta que el día cuatro de octubre de 1921, el barco en el que iba fondeó en un puerto de eritrea. Allí, por costumbre, bebió de un caudal de agua clara. Se hirió con una espina, sintió dolor, salió una gota de sangre: volvía a ser mortal. Esa noche durmió hasta el amanecer.

La historia narrada parece irreal porque, en realidad, se mezclan sucesos de dos hombres distintos: Flamino Rufo y el propio Homero. “Cuando se acerca el fin -escribió Cartaphilus-, ya no quedan imágenes del recuerdo; solo quedan palabras […]. Seré breve, estaré muerto”.

EL MUERTO

Resulta increíble que alguien nacido en los suburbios acabara siendo capitán de contrabandistas y muriendo de un balazo. En 1891, Benjamín Otálora tenía 19 años, ojos claros, recio y valiente. Fue cuando le dieron una carta para Azevedo Bandeira. No lo encontró en Montevideo donde se vio envuelto en un altercado de navajas. De resultas, se fue de farra con los traperos de la pelea. Al día siguiente, el patrón le propuso unirse a ellos y él aceptó.

Se encuentra así ante una nueva vida, a caballo, por las llanuras. Se hace gaucho, aprende, se endurece. Pertenecer a la cuadrilla de Bandeira era ser temido. Se dedicaban al contrabando. Para demostrar su valía, mató a uno de sus compañeros, así pensó que Bandeira acabaría por entender que él valía más que todos sus orientales juntos.

De regreso a Montevideo encuentra a Bandeira enfermo. Al subirle la caldera y el mate lo ve tumbado, cansado y viejo. Cuando entra la mujer, pelirroja, lo mira con curiosidad mientras Bandeira, mate tras mate, habla de cosas de la campaña. Se subleva al pensar que un viejo así sea quien esté dictando órdenes.

Mandan a la cuadrilla al norte, a una estancia destartalada, El Suspiro, y alguien comenta que Bandeira no tardará en llegar, que hay un forastero agauchado que quiere mandar mucho. Es una broma que le agrada. Comentan que el jefe se ha reunido con un político y, de resultas, van a llegar armas y enseres. Cuando llega Ulpiano Suárez, guardaespaldas de Bandeira, se propone trabar amistad con él. Bandeira llegó al poco en un magnífico caballo, símbolo de autoridad. Deseó entonces, ese caballo y esa mujer y se propone ir suplantando lentamente al contrabandista. Se confabula con Suárez, se acuesta con la mujer de Bandeira, pero lo deja creer que sigue siendo el jefe.

La última noche de 1894 se celebró una gran juerga en El Suspiro. A las 12, Bandeira se levantó y fue a por la mujer borracho. La mujer salió a medio vestir y descalza. ‘Ya que se quieren tanto, que lo bese a la vista de todos’, ordena. La mujer se resiste, la agarran y la echan sobre él. Ulpiano Sánchez empuña un revólver y, entonces, Otálora comprende que ha sido traicionado. “Suárez, casi con desdén, hace fuego”.

LOS TEÓLOGOS

Los hunos arrasaron el monasterio y quemaron los libros. Solo se salvó el libro duodécimo de Civitas Dei. Quizás por eso lo ensalzaron sin ser conscientes de que Platón solo había expuesto esa teoría para después refutarla. Un siglo más tarde, Aureliano, coadjutor de Aquilea, sabe de los “monótonos”, que, a orillas del Danubio, creen en la historia como un círculo; y que han desplazado la Cruz por una rueda y la serpiente en las montañas. Esperaban que Juan de Panonia impugnara la herejía.

Aureliano estaba preocupado, y leyendo a Plutarco halló una burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo de mundos, soles y lunas. Y con ese hallazgo se propuso adelantarse a Juan de Pononia en la refutación de las teorías de los “monótonos”, demasiado disímil con la ortodoxia. Trataba de curarse del rencor que le había causado el que dos años atrás Juan de Panonia se metiera en su campo. Como tenía una vasta biblioteca, el lance le permitió leer y releer sus libros: De orígenes, Cicerón, Plutarco… Estuvo en ello nueve días y, al décimo, le llegó la refutación ya realizada por Juan de Panonia.

Era breve, la miró con desdén. La primera parte, noveno capítulo, de la Epístola a los Hebreos, decía que Jesús solo fue sacrificado una vez. La segunda se refiere al concepto bíblico sobre las varias repeticiones de los gentiles (Mateo 6:7) y al séptimo libro de Plinio: no hay dos caras iguales, tampoco dos almas iguales. El tiempo no rehace lo que hacemos, que es guardado para la eternidad. Gloria o fuego.

Aureliano se sintió humillado, pensó en destruir su trabajo. Meses después, en el Concilio de Pérgamo, Juan de Panonia actuó encargado de impugnar la doctrina y logró que Euforbo, heresiarca, fuera condenado a la hoguera. Murió reafirmándose en su herejía antes de arder.

Pero el duelo entre Aureliano y Juan prosiguió de forma invisible, ignorándose mutuamente a pesar de perseguir un mismo fin. Cuando apareció una nueva herejía proveniente de Oriente, los histriones. Tenían costumbres desaforadas y recibieron muchos nombres. Cometían todo tipo de tropelías: asesinatos, sodomía, blasfemias, robos… Escribieron libros heréticos afirmando que todo daba igual, que la tierra influía en el cielo y que todo lo que vemos es falso, que nuestros actos proyectan un reflejo invertido: si velamos, otro duerme; si fornicamos, otro es casto. Otros defendían que llegaría el fin del mundo cuando se acabaran las probabilidades, así muchos habrán de transmigrar por muchos cuerpos antes de alcanzar la liberación, como Pitágoras. Algunos, como Teopompo, histrión de Berenice, llegó a afirmar que cada hombre es un órgano que proyecta divinidad para sentir el mundo.

Aureliano elaboró un informe para el prelado, confesor de la Emperatriz. Pero se quedó parado ante la idea de que no hay dos instantes iguales. Escribió, entonces, una oración de veinte palabras, luego recordó haberla leído en el Adversus annulares de Juan de Panonia. ¿Qué podía hacer? Ni podía cambiarlas ni citar a su adversario. Finalmente optó por citarlo con una advertencia que hizo que Juan de Panonia fuera acusado de herejía.

Ocurrió que un herrero, alucinado con la nueva doctrina, mató a su hijo. Los jueces fueron implacables con Juan que no quiso o no supo defenderse cuando trató de demostrar que su afirmación era rotundamente ortodoxa. Fue sentenciado a la hoguera. Aureliano presenció la ejecución. Juan rezó en griego, y en una lengua desconocida. Entre las llamas, Aureliano creyó ver un rostro conocido. No lloró, se sintió aliviado. Después anduvo vagando en busca de su destino. Murió en un monasterio durante un incendio provocado por un rayo. Cuando llegó al cielo, Dios lo confundió con Juan de Panonia. Fue entonces cuando comprendió que, en realidad, eran una sola persona.

HISTORIA DEL GUERRERO Y LA CAUTIVA

En la página 278 del libro La poesía de Croce, encontró el epitafio de Droctulft . Lo conmovió. Fue un guerrero que en el asedio de Rávena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad. Los raveneses lo enterraron en la ciudad y compusieron un bello epitafio. La historia pudo ocurrir hacia el siglo VI. Llegó del Norte, desde el Danubio, era blanco, animoso, leal e inocente. También cruel. Pero cuando llega a Rávena ve, por primera vez, la belleza: estatuas, templos, jardines… Quedó deslumbrado y consciente de que tal vez nunca llegara a comprenderla, pero que valía más que todos sus dioses. Entonces, decidió defender la ciudad. Allí murió.

No fue un traidor, sino un iluminado. También, más tarde, los lombardos acabarían convirtiéndose en italianos. Cuando leí su historia me sonó a algo ya conocido.

Mi abuelo, en 1872, era jefe de la frontera Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. Su abuela le comentaba su destino de inglesa desterrada. Un día le dijeron que no era la única y le señalaron a una muchacha india: manta colorada, descalza, rubia, sin miedo. Vivía en el desierto. Le dijeron que otra inglesa quería hablar con ella. A la muchacha le costó encontrar las palabras, era de Yorkchire, emigró con sus padres. Habían muerto y se la habían llevado los indios. Ahora era mujer de un capitanejo. Tenía dos hijos. Se adivinaba que había llevado una vida dura. Mi abuela hubiera querido acogerla, pero ella era feliz. En la Revolución del 74 murió su abuelo, y la abuela se vio reflejada en esta mujer conquistada por este continente implacable.

Aún se vieron otra vez. La abuela salió a cazar, un hombre degollaba una oveja. Pasó la india a caballo, se bajó y bebió su sangre caliente. Mil trescientos años mediaban entre  Droctulf y la cautiva. Los dos acataron un ímpetu que no hubieran sabido justificar. Igual sus historias son una sola y para Dios sean iguales.

BIOGRAFÍA DE TADEO ISIDORO CRUZ (1829-1874)

El 6 de febrero de 1829, los montoneros, hostigados por Lavalle¸pararon a hacer noche a cuatro leguas de Pergamino. Un hombre, en medio de una pesadilla, gritó y despertó a la mujer que dormía a su lado. Nadie sabe qué soñó. Al día siguiente, fueron atacados por la caballería de Suárez y un sable le partió el cráneo. La mujer, Isidora Cruz, tuvo un hijo al que llamó Tadeo Isidoro. El niño creció y vivió en un mundo de barbarie, entre gauchos en las llanuras. Murió en 1874 de viruela negra, nunca vio una montaña ni una ciudad.

Cuando en 1849 fueron a Buenos Aires con unas tropas, Tadeo permaneció taciturno en la fonda, nada tenía que ver con la ciudad. Uno de los peones, borracho, comenzó a burlarse de él, lo tendió de una puñalada y hubo de darse a la fuga. Noches después, fue cercado por la policía y prefirió pelear, y luchó hasta el amanecer. Desarmado, fue llevado al penal.

Como soldado raso, combatió por su provincia natal. El 23 de enero de 1856, en las lagunas del Cardoso, fue uno de los 30 que pelearon contra 200 indios. Recibió un lanzazo. En 1868 estaba en Pergamino, casado y con un hijo. Tenía un pequeño campo. En 1869 fue nombrado sargento de la Policía Rural. Puede que entonces fuera feliz, pero su destino lo acechaba.

A finales de junio de 1870, le ordenaron detener a un desertor que había asesinado a dos personas. Venía de Laguna Colorada, donde los montoneros habían sido masacrados y ejecutados, allí donde murió su padre con la cabeza abierta. Los soldados lograron acorralar al prófugo, se acercaron despacio, y tuvo la sensación de haber vivido ya esa escena. Se trabó un formidable combate en el que acabó comprendiendo que el otro era él mismo. El uniforme le estorbaba, arrojó por tierra el quepis y gritó que no iba a consentir que se matara a un valiente y comenzó a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro.

EMMA ZUNZ

El 14 de enero de 1922, Emma Zunz se enteró por una carta de Brasil de que su padre había muerto por una ingesta de veronal. Firmaba la carta un compañero de pensión. Se sintió mal y guardó la carta en un cajón y, en la oscuridad, lloró por el suicidio anegada por los recuerdos. Recordaba cómo lo habían acusado de robar y cómo él aseguraba que el ladrón era Loewentahl, el gerente de la fábrica que acabaría siendo el dueño. Ella guardó el secreto, nadie sabía que ella lo sabía.

A la mañana siguiente, ya tenía trazado un plan. Actuó con toda normalidad en la fábrica. Había rumores de huelga, se manifestó en contra de la violencia. Después fue al gimnasio con su amiga Elisa y hablaron de cosas intrascendentes. Marchó a su casa, comió y se obligó a dormir. Así pasó la víspera del gran día, el viernes 15.

Se levantó tranquila y concertó una cita con Loewenthal para contarle algo sobre la huelga. Habló más tarde con Elisa y Perla sobre qué harían el domingo y se acostó después de almorzar. Repasando su plan se inquietó, fue hasta la cómoda, allí estaba la carta de Fain. Después de leerla, la rompió. Nadie podía haberla visto. Por la tarde, erró por las calles entre algunos bares hasta que dio con un hombre bajo y grosero para que “la pureza del horror no fuera mitigada”. La llevó hasta una habitación. Quizás dudara algún momento y pensó en sus padres haciendo lo que ahora a ella le hacían. El hombre era sueco, no hablaba español, era una mera herramienta para ella y su justicia. Sobre la mesilla, le dejó dinero. Lo rompió, se arrepintió. Sintiendo asco, se levantó, se vistió y después subió a un Lacroze camino de su cita. El mundo seguía igual.

Aaron Loewenthal era un hombre serio, viudo, avaro, que vivía en la misma fábrica. Temía a los ladrones, en el cajón de su escritorio, un revólver. Emma llegó a la cita. Quería encañonarlo con el revólver para que confesara y luego matarlo. Pero frente a él sintió la urgencia de castigar el ultraje sin teatralerías. Se sentó y balbuceó algunos nombres. Cuando Loewenthal salió a por agua, cogió el revólver y cuando volvió le disparó dos veces. Cayó a plomo, maldiciendo. Disparó otra vez. Murió sin saber qué había pasado. A continuación descolgó el teléfono: “El señor Loewenthal me hizo venir con la excusa de la huelga… abusó de mí. Lo maté”. La historia era creíble porque era cierto el ultraje, solo habían cambiado las circunstancias, la hora y algún nombre propio.

LA CASA DE ASTERIÓN

Sé que me acusan de soberbia, pero las puertas de mi casa siempre están abiertas y solo hallarán quietud y soledad. No hay un solo mueble. No soy un prisionero, alguna vez me paseo por la calle, pero regreso porque las caras de la plebe me infunden temor por su reacción al verme. No en vano soy hijo de una reina, no puedo confundirme con el vulgo.

Nada puede transmitirse y mi espíritu no puede albergar minucias, quizás por eso nunca aprendí a leer. Y aunque los días y las noches son largos, no me faltan distracciones. Corro por las galerías, me agazapo y juego al escondite o me dejo caer desde las azoteas, o juego a estar dormido. Pero el que prefiero es el del otro Asterión. Imagino que me visita, le enseño la casa con grandes reverencias y, si me equivoco, nos reímos los dos.

Todas las partes de la casa están repetidas: abrevaderos, patios, aljibes…, pero a base de recorrerla he llegado a veces a la calle y he visto el mundo exterior. Y comprobé que allí también está todo repetido. Pero hay dos cosas que solo están una vez: arriba el sol y abajo Asterión. Quizás sea yo quien lo ha creado todo.

Cada nueve años entran 9 hombres para que yo los libere de todo mal. Es rápido y caen sin que yo me ensangriente las manos. Sus cadáveres, luego, me ayudan a distinguir las galerías. Los desconozco, pero uno de ellos, un día, me profetizó que llegaría mi redentor. Desde entonces ya no me pesa la soledad. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías, ¿será un toro o un hombre? La espada de Teseo reverberó con el sol de la mañana. El minotauro apenas se defendió, “¿Lo creerás, Ariadna?”.

LA OTRA MUERTE

Don Pedro Damián había muerto. Gannon me escribió hará dos años anunciando el envío del poema “The part”, de Ralph Waldo Emerson. El hombre, en sus delirios, había revivido la sangrienta jornada de Masoller en la que, con 19 o 20 años, participó bajo la bandera de Aparicio Saravia. Cuando se inició la revolución, era un entreterriano, y fue allí porque allí fueron sus amigos. Participó en algunas batallas y regreso después a sus tareas de campo, solo. Conversó con él una tarde, hacia 1942. Taciturno, revivía la batalla de Masoller, y supe que no volvería a verlo. Pero su historia me inspiró un relato. Emir Rodríguez Monegal me dio la dirección del Coronel Dionisio Tabares y me reuní con él para cenar. Me habló de la guerra con tanta precisión que se veía que la había relatado infinidad de veces. Se acordaba de Damián, sirvió con él. La guerra servía como la mujer, para que se probaran los hombres. Hasta entrar en batalla no se sabía quién era quién. Damián unas veces fue valiente y, otras, cobarde, el pobre. Aquello destrozó la visión de héroe que yo tenía de Tabares, al fin su soledad había sido fruto de su vergüenza. Yo creía que su obligación como gaucho era ser un héroe.

Como no conseguía hilar el relato, un día regresé y lo encontré con el doctor Juan Francisco Amaro que también sirvió allí. Recordando, citó a Pedro Damián, pero ya no era el cobarde que huyó ante las balas, sino alguien que murió valerosamente, gritando, en una carga de caballería hasta que una bala le atravesó el pecho. Gritaba “¡Viva Urquiza!”. Sin duda, hablaba de otro Damián, pero el coronel murmuró: “No como si peleara en Mesoller, sino en Cagancha o India Muerta hace un siglo”. Ya no lograba recordar a ningún Damián en sus tropas. Quise hacerme con la obra prometida de “The past”, pero Patricio Gannon, que me la había citado, tampoco recordaba a Damián, ni su carta anunciando su muerte. Sentí estupor.

En abril, recibí carta del Coronel, ya recordaba a Damián, enterrado al pie de la cuchilla. Después quise, en julio, encontrar su rancho en Gualeguay, pero nadie lo recordaba. Quise hablar con Diego Abaroa que le vio morir, pero ya había muerto. Quise recordar su rostro, pero vi otro, el del tenor Tamberlick en el papel de Otelo.

Puede que hubiera dos Damián, pero eso no explicaría los lapsus de memoria del Coronel. También puede que yo haya soñado al primero, pero me resulta difícil creerlo; o también que haya una explicación sobrenatural: que a la hora de morir, rogase a Dios que lo devolviera a Entre Ríos, y que se lo concediera, pero ya muerto, como una sombra. Volvió para vivir en soledad, sin mujer ni amigos, y se disolvió como una gota de agua en el mar. Pero esta conjetura es también falsa. Aprendí de Pier Damiani, de su tratado De omnipotentia, quinto capítulo, que Dios puede lograr que no haya sido lo que una vez fue.

Así comprendí que Pedro Damián se retiró de la batalla siendo un cobarde para regresar al monte y al campo donde se endureció. Esperó durante cuarenta años a que llegara otra batalla en la que mostrar su valor y el destino se la trajo con su propia muerte, donde revivió entre delirios aquella batalla, y allí murió, en Masoller, en 1904. Deshacer el pasado deja huella en lo que fue y en el futuro. Así, Damián murió en Entre Rios en 1946, y en Masoller en 1904. De ahí que el Coronel lo recordara huyendo como un cobarde y luego lo dudara para volver a recordarlo impetuoso y sonriente. Y el pobre Abaroa murió porque tenía demasiada memoria de Pedro Damián.

Espero no correr la misma suerte, sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos, quizás en lugar de escribir un relato fantástico haya escrito una historia real. Pobre Damián, condenado en su muerte a revivir una triste historia en la que participó con 20 años.

DEUTSCHES REQUIEM

Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde y procedo de una familia de soldados que entregaron su vida. Yo seré fusilado por torturador y asesino. Me he declarado culpable. Es natural que a las puertas de la muerte piense en mis mayores. Ahora puedo hablar sin temor, hacerlo durante el juicio hubiera parecido cobardía. No quiero ser perdonado, quiero ser comprendido.

Nací en Marienburg, en 1908, y mis dos pasiones fueron la música y la metafísica; lo demás, Brahms, Schopenhauer y Shakespeare. También yo me detuve en ellos, yo, el abominable. En 1927 entraron en mi vida Nietzche y Spengler. Me rendí a su espíritu radicalmente alemán, militar. En 1929 entré en el partido. Fue duro porque me faltaba vocación a la violencia, pero comprendí que los tiempos nuevos exigían nuevos hombres. Nada haremos sin justificación, y para cada hombre esta es distinta. En 1939, en unos disturbios en Tilsit, detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, tuvieron que amputarla.

En el Parerga und Paralipomena leí que todo cuanto nos sucede está predestinado y es un pensamiento hábil el creer que elegimos nuestras desdichas, puede que fuera yo mismo quien buscara esas balas, esa mutilación. Al fin, comprendí que es más fácil morir por una religión que vivirla con plenitud. El 7 de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de prisioneros de Tarnoitz.

No fue fácil, el nazismo exigía despojarse del viejo hombre, y el valor es fácil en la batalla, pero los calabozos mueven a la piedad, el último pecado de Zarathustra y casi lo cometí cuando  nos enviaron al poeta David Jerusalem.

Este hombre pobre, perseguido y vilipendiado, se había consagrado a cantar la felicidad desde el amor. Aún rememoro sus poemas. Era el prototipo de judío sefardí. Fui duro con él y apliqué con rigor el régimen disciplinario. A finales de 1942 perdió la razón, a primeros de marzo de 1942 se suicidó. No quise destruirle a él sino a mi piedad, agonicé con él, morí con él. Pero vivíamos entonces en nosotros un sentimiento de “guerra feliz”, un sentimiento parecido al amor, pero primero fue deparada la gloria, después la derrota.

Murió mi hermano en 1942, mi casa natal fue destruida en un bombardeo, mi laboratorio también en 1943. Caía el Tercer Reich y paradójicamente me sentía feliz. Ninguna explicación justificaba esta sensación. Pero la historia está repleta de cambios desde la violencia y la guerra: Arminio, Lutero… Hitler creyó luchar por su país, pero luchó por todos. El mundo estaba enfermo de judaísmo y nosotros le enseñamos la violencia y la espada. Hay que destruir antes de edificar de nuevo. Y por él y su suerte hemos dado la vida. Qué importa que ganara Inglaterra, lo importante es que ganara la violencia frente a las serviles timideces cristianas.

Me miro al espejo para saber quién soy, cómo reaccionaré. Mi carne puede tener miedo, yo no.

LA BUSCA DE AVERROES

Averroes, en el undécimo capítulo de su obra Tahafut ul Tahafut sostiene que la divinidad solo conoce leyes generales del universo, lo concerniente a las especies, no al individuo. Escribiendo, sentía un hondo bienestar, la siesta, el patio, el rumor del agua tan grata a los que venían de los desiertos: abajo el Guadalquivir, Córdoba. Pero le preocupaba el comentario de Aristóteles a quien se había empeñado en interpretar. Dificultaba el hecho el trabajar sobre traducciones. Se había detenido en dos palabras: Tragedia y Comedia. Aparecían en La retórica y ahora en el Mohkam, obra del ciego Abesida. Una melodía lo distrajo, eran unos niños jugando que musitaban la oración de los fieles, discutían, todos querían ser el almuédano. Regresó a sus libros, pero recordó que había quedado a cenar con Abulcásim, que había vuelto de Marruecos y decía haber llegado hasta China. Regresó a su traducción y trabajó hasta el crepúsculo.

En casa de Farah hablaron extensamente. Abulcásim elogió las rosas andaluzas, pero Ibn Qutaiba lo contradijo hablando de rosas de Indostán cuyos pétalos alababan al profeta. Comprometió a Albulcásim a corroborarlo y este quedó atrapado. O era un mentiroso si lo afirmaba, o un infiel si lo negaba. Todo está hecho por Dios. Todos quedaron en silencio excepto Averroes: cuesta menos admitir un error, que admitir rosas que den profesión de fe.

Esto dio lugar a reflexiones sobre historias increíbles más o menos explicables y fueron derivando poco a poco hacia la teología. Instaron a Albulcásim a que contara alguna maravilla. Tras dudar un momento, comenzó hablando de algo que le sucedió en Sin Kalán. Unos mercaderes lo condujeron a una casa de madera donde vivían muchas personas. Constaba de un solo cuarto y cada quien hacía cosas diferentes (comer, tocar el laúd, beber, dormir…) excepto quince o veinte enmascarados que rezaban, cantaban y dialogaban. Parecían prisiones sin que nadie viera la cárcel. Cabalgaban sin caballos, se batían sin espadas… Entonces, el mercader me dijo que no estaban locos, sino figurando una historia. Como nadie pareció comprenderlo, explicó que era como si alguien mostrara una historia en lugar de contarla.

Farach no entendía que hicieran falta tantas personas para transmitir algo que podría trasladar con la palabra un solo narrador. Eso derivó en alabanzas a la lengua, en especial la árabe utilizada por Alá, y de ahí a la necesidad de depurar la poesía. Finalmente intervino Averroes: las imágenes poéticas no están ni más ni menos gastadas por el uso, “el tiempo despoja los alcázares, enriquece los versos”. Los versos nos conectan con el espíritu del poeta y nos permiten recordar y rememorar nuestras propias emociones. El afán de innovar no tenía sentido cuando todo estaba dicho desde el principio de los tiempos.

De regreso a su casa, al amanecer, anotó: Aristóteles llama “Tragedia” a los panegíricos, y “Comedia” a las sátiras y ambas abundan en el Corán. Después sintió sueño, se miró al espejo y desapareció, y con él su casa, sus esclavos y su universo.

Quise escribir la historia de un fracaso, quizás de todos los fracasos de aquellos hombres que buscaron lo que no les estaba destinado. Comprendí que para contar la historia de uno de ellos, de Averroes, yo debía convertirme en él de tal forma que cuando yo dejara de creer en él, desaparecería.

EL ZAHIR

Un zahir puede ser muchas cosas, una moneda argentina, un tigre, un ciego, un astrolabio… Hoy es 13 de noviembre. El 7 de junio llegó a mis manos un zahir. El día 6 de junio murió Teodila Villar, icono de belleza en los años 30, pero ella no se preocupó tanto de su belleza como de la búsqueda de la perfección. Y aunque su vida fue ejemplar, una desesperación interior la llevaba a huir de sí misma con continuos cambios. Su obsesión la llevó hasta París, ocupada entonces por los alemanes, para comprar unos estrafalarios sombreros cilíndricos. Fue duramente criticada por su esnobismo y prefirió retirarse a claudicar. Yo estaba enamorado de ella.

En su velatorio, sus rasgos recobraron la luz juvenil. Fue su mejor versión, la que debía recordar. Al salir del velatorio, a las dos de la noche, me llegué a un almacén, pedí una caña de naranja y, al pagar, me dieron en la vuelta el zahir. Era una de las monedas. Cuando salí a la calle comencé a andar, recorrí calles y plazas hasta quedar exhausto. Entonces me di cuenta de que había estado caminando en círculo. Cogí un taxi y seguí pensando en el zahir y en cómo el dinero es un mundo de posibilidades: música, mapas, ajedrez, café… Una moneda simboliza nuestro libre albedrío. No sospeché que todo era un artificio del zahir. Dormí y soñé que yo era las monedas custodiadas por un grifo. Al despertar pensé que había estado ebrio. Pero decidí desprenderme de la moneda, así que deambulé hasta un boliche, pedí una caña y pagué con el zahir. Ma aseguré de no saber dónde había sido. Regresé a casa, tomé una pastilla de veronal y dormí tranquilo.

Después me distraje componiendo un relato fantástico sobre un asceta solitario que, a pesar de su bondad, había degollado a su propio padre, un famoso hechicero que se había hecho con el gran tesoro de los Nibelungos. Esta historia me permitió olvidar la moneda, al fin y al cabo, solo era una como tantas otras. Pero de nada me sirvió estudiar otras monedas. Como seguía obsesionado, fui a un psiquiatra y, grosso modo, le expliqué lo que me ocurría. No me sirvió, pero encontré la respuesta en un libro, Urkunden zur Geschichte, de Julius Barlack. Allí se hablaba de la superstición del Zahir, una creencia árabe del siglo XVIII, uno de los noventa y nueve nombres de Dios que tienen la facultad de ser inolvidables hasta hacernos enloquecer. Y ponía ejemplos como el astrolabio de cobre que el rey mandó arrojar, o el del tigre mágico que Tagler oyó  narrar en los arrabales de Bhuj y cuya imagen está compuesta por muchos tigres, tigres que dejó dibujados en su celda. Murió obsesionado.

Entonces comprendí que nada me salvaría, y que no era el culpable de mi locura. La noche del velatorio de Teodolina no vi allí a su hermana menor, me extrañó. Después me informaron de que Julita estaba internada en un psiquiátrico catatónica, manoseando una moneda. También, en mi caso, el tiempo lo va agravando hasta el punto de que ya solo veo el Zahir y lo demás se va desdibujando. Antes de 1948 sé que acabaré como Julita, y ya no sabré quien es Borges. Nada de terrible hay en ello. Los verbos, soñar y vivir son sinónimos. Hay quien soñará que estoy loco, yo soñaré con el Zahir. Cuando todos los hombres solo piensen en el Zahir, ¿cuál será el sueño y cuál la realidad? Quizás a base de pensarlo y repensarlo logre gastarlo para encontrar detrás a Dios.

LA ESCRITURA DE DIOS

Soy Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom que quemara Pedro de Alvarado. Vivo en una celda compartimentada en dos salas por un muro que no alcanza al techo. En la otra sala, hay un jaguar que mide con sus pasos el tiempo y la distancia. Ya no hago sino esperar mi muerte. Cuando quemaron la pirámide, me torturaron para que revelara dónde se ocultaba el tesoro. Mi dios no me abandonó y guardé silencio. Después, la prisión. Me concentré en recordar todo cuanto sabía para pasar el tiempo. Así recordé la tradición de mi Dios, que dejó escrita una sentencia mágica para conjurar los males y que solo podría leer el elegido. Quizás yo mismo la había visto en el templo y no la había entendido. Esta idea me dio esperanzas. Pero, ¿dónde buscar? Entonces imaginé la posibilidad de que la dejara escrita en la piel viva de los jaguares. Como tenía a uno por vecino, dediqué años a estudiar las manchas en los instantes de luz en que nos bajaban la comida. Todas las manchas eran diferentes. Creí que sería imposible de descifrar, pero entonces me centré en qué tipo de sentencia escribiría una mente absoluta, porque en el lenguaje no hay proposición que no encierre el universo entero. Cuando decimos “tigre”, en la palabra están incluidos todos y cada uno, también sus circunstancias vitales.

Un día soñé que la arena crecía en mi celda hasta asfixiarme. Cuando comprendí que soñaba, desperté, pero la arena ahí seguía. Entonces comprendí que había despertado a un sueño anterior, y este dentro de otro sueño, y así hasta el infinito. La llegada del carcelero me despertó. Comprendí que solo era un prisionero y bendije mi prisión. Y ocurrió que, en ese momento, me uní en éxtasis con Dios. Era una rueda que estaba en todas partes, compuesta por todos los elementos: fuego, agua, aire, tierra. Por todos los tiempos, por todas las causas… Vi el universo y entendí la escritura del tigre. Si pronunciara las catorce palabras que la componen lo tendría todo y sería inmortal. El secreto morirá conmigo. Quien ha entrevisto el universo ya no puede solo pensar en un hombre, aunque sea él mismo. Dejaré que me olviden los días acostado en la oscuridad.

ABENJACÁN EL BOJARÍ, MUERTO EN SU LABERINTO

Dunraven y Unwin están hablando, miran el horizonte, la tierra de sus mujeres. Ambos son eruditos, jóvenes apasionados. Hará 25 años que Abenjacán murió en la cámara de esa casa, asesinado por su primo Zaid, dijo Dunraven. Las circunstancias siguen sin esclarecerse. La casa es un laberinto vigilado por un esclavo y un león. También había un tesoro secreto que desapareció y, además, el asesino ya estaba muerto cuando cometió el asesinato.

Fueron hasta el laberinto y, aunque parecía una pared recta, Dunraven dijo que era un círculo. Llegaron hasta una puerta ruinosa y afirmó que si giraban siempre a la izquierda llegarían al centro en poco más de una hora. Mientras caminaban por el laberinto, lentamente, Dunraven comenzó a contar la historia. Vio a Abenjacán de niño, iba seguido de un negro y un león. Su porte era impresionante, tanto que creyó haber visto al rey de Babel. Se instaló en Pentreath para nuestra alegría, y comenzó a construir esta extraña casa de una sola habitación. Allaby criticó duramente desde el púlpito esa iniciativa, pero dejó de hacerlo cuando se entrevistaron. Allí le explicó cómo siendo rey de las tribus del desierto, las despojó de todo junto con su primo Zaid. Un día se rebelaron y él logró huir con un gran tesoro. En la huida, una noche durmió y tuvo grandes pesadillas. Al despertar, vio dormido a Zaid, entonces pensó que podría reclamarle el tesoro y le cortó el cuello. Después ordenó al esclavo que le destrozara la cara con una roca. Cruzó el mar, pensaba que los muertos no podían caminar por el agua, pero navegando, soñó con las últimas palabras que le dijo: “Como ahora me borras, te borraré dondequiera que estés”. Para esquivar  esa amenaza se ocultó dentro de un laberinto.

Allaby, en Londres, comprobó la veracidad de la rebelión. Instalado en el laberinto, el criado salía a hablar con los marineros que atracaban, buscaba un fantasma. A los tres años, ancló allí el Rose of Sharon, un velero bruñido y veloz. Fue entonces cuando Abenjacán, aterrorizado, irrumpió en casa de Allaby: Zaid había entrado en el laberinto y matado al esclavo y al león. Zarpado el barco, Allaby quiso comprobar la muerte del esclavo y lo encontró. Le habían destrozado la cara.A sus pies había un arca de nácar forzada.

Comenzó a llover, tendrían que dormir en el laberinto. Había anochecido y estaban cansados. Llegaron a la habitación central. El matemático durmió con tranquilidad, no así el poeta agobiado por sus versos. Cuando despertó, Unwin creyó haber descifrado el enigma. Días después, citó a Dunraven en una cervecería de Londres: un fugitivo no construye un laberinto llamativo pintado de rojo, ¿para qué si el universo ya lo es? Para eso, mejor hubiera sido Londres. La noche que dormimos allí pensé en el laberinto de Creta. Con todo, aún necesitaba una clave para interpretar la historia. Era la telaraña. El Bajarí soñó con una red de serpientes que, al despertar, resultó ser una telaraña. Sabemos que mató al visir para no compartir el tesoro y, desde entonces, se sintió amenazado en sueños. Creo que los sucesos ocurrieron de otra manera: el esclavo y Zaid pensaron en matar al rey, pero robaron parte del oro y se marcharon a Londres. Su idea era atraer allí al rey para matarlo. Después, Zaid construyó el laberinto bien visible desde el mar y extendió la leyenda sabiendo que vendría a buscarlo y, en el último corredor del laberinto, estaba la trampa. Confiado, Abenjacán entró en el laberinto y Zaid lo mató, y lo mismo hizo con el león y el esclavo. Después destrozó su cara y fue a hablar con Allaby. Acto seguido, marchó a por el tesoro.

Para Dunraven resultaba difícil de creer que parte del tesoro quedara en Sudán. Quizás el tesoro hubiese sido dilapidado en la construcción del laberinto. Pero según Unwin el tesoro no fue dilapidado sino invertido en preparar la trampa, porque lo importante era acabar con Abenjacán para poder, así, asumir su nombre y su vida.

LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

Cierto rey de Babilonia ordenó construir un laberinto indescifrable. Llegado a su corte el rey de los árabes, le hizo entrar en el laberinto. Este, perdido, imploró socorro divino y encontró por fin la puerta. Salió sin queja, pero dijo al rey que él, en Arabia, tenía un laberinto mejor. De regreso, inició una campaña con la que conquistó Babilonia e hizo prisionero a su rey. Entonces, atado sobre un camello, lo condujo al desierto y allí, en el laberinto de Alá, lo abandonó.

LA ESPERA

El coche la dejó frente a la casa poco antes de las 9. Todo en el barrio estaba en su sitio, y así permanecería si Dios quería. En el barrio, los judíos estaban desplazando a los italianos que, a su vez, desplazaron a los criollos (Breslauer, se leía en el letrero de la farmacia). Y era lo mejor porque no gustaba alternar con gente de su sangre.  Una señora le abrió la puerta. El cochero bajó el baúl, le pagó, pero cometió dos errores: dar una moneda extranjera y dejar ver que eso le importara. Tenía que lograr pasar desapercibido. Subió a la habitación, sencilla. Se instaló y dijo llamarse Villari. Desde entonces, apenas salía. A veces iba al cine, historias del hampa porque incluían escenas de su vida anterior.

No recibía correo, pero leía una de las secciones del diario. A veces, atrancaba la puerta con una silla y se entretenía mirando por la ventana. Sabía por experiencia que cualquier día podía traer sorpresas y esperaba leer en el diario la noticia de la muerte de Alejandro Villari, aunque podía haber ya muerto y que esta vida fuera solo un sueño. Esto le inquietaba. Ya no anhelaba grandes cosas, solo perdurar y disfrutar del presente, de los estímulos sencillos.

Se hizo amigo de un viejo perro y vivía en el presente, sin recuerdos ni previsiones. Puede que el pasado sea la sustancia de que el tiempo está hecho. Esa fatiga era algo parecido a la felicidad. Una noche empezó a dolerle la boca. Fue al dentista, le sacaron una muela. Otro día, al salir del cine, lo empujaron. Reaccionó con violencia encarándose con el joven. Después estuvo dos o tres días sin salir.

Entre los libros del cuarto se encontraba La Divina Comedia. Comenzó a leerla meticulosamente. No creía estar condenado al último círculo. Un sueño se repetía en su mente: varios hombres se le presentaban revólver en mano y lo acometían. Cambiaba continuamente de lugar, en el cine, en el patio, en la habitación. Él sacaba el revólver que tenía -de verdad- en la mesita de noche y lo descargaba contra los hombres. El estruendo lo despertaba.

Una mañana, al abrir los ojos, se encontró con Alejandro Villari y un desconocido. Lo habían alcanzado. Se dio la vuelta como para seguir durmiendo, quería que solo fuera un sueño más. “En esa magia estaba cuando lo borró la descarga”.

EL HOMBRE EN EL UMBRAL

Bioy Casares trajo de Londres un curioso puñal que nuestro amigo Christopher  Dewey, del Concejo Británico, dijo ser de uso común en Indostán, donde él mismo había trabajado durante dos guerras. Después nos contó unos relatos. Uno de ellos es el que sigue, digno de las mil y una noches. Trataré de reproducirlo fielmente:

Había disturbios en la ciudad musulmana y el gobierno envió a un hombre fuerte, un escocés, para imponer el orden. Tenía aspecto de vikingo y lo llamaré David Alexander Glencairn. Su mera presencia inspiraba temor. Acabaron las discordias entre Sikhs y musulmanes y él se marchó. No sabíamos si fue secuestrado o asesinado, la censura era muy fuerte. La policía nada pudo averiguar. Parecía haber una conspiración del silencio. Todos a quienes preguntaba mentían. Una tarde, me dejaron un sobre con unas señas. Fui allí, un barrio humilde, en una casa baja se celebraba una fiesta árabe. Entró un ciego con un laúd de madera rojiza. En la puerta se acurrucaba un hombre viejo, cubierto de harapos. Le pregunté por David Alexander, le dije ser un juez que le buscaba. Él alzó la vista y me respondió saber de un juez desaparecido cuando él era aún un niño. Sucedió que la ciudad se había corrompido, pero no todos eran malos. Por eso, algunos se alegraron de la noticia de que la reina iba a enviar a un hombre para imponer la ley de Inglaterra. Cuando llegó el cristiano, no tardó en prevaricar y vender favores, pero no protestamos porque no conocíamos la ley inglesa. Hasta que concluimos que también era malvado. Y, entonces, algunos quisieron secuestrarlo y someterlo a juicio. Sikhs y musulmanes cumplieron su palabra, lo secuestraron para someterlo a juicio. Pero había que encontrar un juez, un hombre justo o, en su defecto, un insensato. Al final se reunió para el jurado a representantes de todas las religiones, pero se dejó el dictamen final a un loco para que Dios hablara por su boca. El acusado lo aceptó creyendo en la posibilidad de que solo un loco lo podía librar de la muerte. Pero después de 19 días le cortaron el cuello. Murió sin miedo. No me dijo el lugar exacto donde ocurrió, tampoco lo que ocurrió con los conjurados. Después se levantó.

Una increíble turba de gente salió entonces barriéndonos. Entre empujones me abrí camino hacia el fondo. En el último patio me crucé con un hombre desnudo coronado de flores amarillas. Llevaba una espada ensangrentada en la mano. Todos lo besaban y agasajaban. Había matado a Glencairn, su cadáver mutilado estaba en las caballerizas del fondo.

EL ALEPH

La misma mañana en que murió Beatriz Viterbo, vi cómo el mundo seguía su marcha y comenzaba el olvido. Pero yo no la olvidaría, siempre viva en mí, ya sin esperanza, ya sin humillación. El 30 de abril era su cumpleaños, una buena ocasión para visitar a su padre y a su primo Carlos Argentino Daneri. Así, en una sala abarrotada, podría de nuevo contemplar todos sus retratos. Desde que murió, el 30 de abril de 1929, no dejé pasar un aniversario sin visitar su casa, permanecía unos 20 minutos. En 1933 me favoreció una tormenta y me invitaron a comer. Aquello se convirtió en costumbre y me permitió el ir escuchando las confidencias de su primo.

Beatriz era alta y frágil, Carlos Argentino era rosado y canoso, autoritario, un bibliotecario ineficaz que aún mantenía esa típica gesticulación de los italianos. En una época, estuvo obsesionado por las baladas de Paul Fort, “El príncipe de los poetas de Francia”.

En 1941 llevé una botellas de coñac junto a los alfajores. Fue locuaz y habló sobre el hombre moderno para quien el acto de viajar era inútil. Sus ideas me parecieron ineptas pero le sugerí que las escribiera. Me dijo que ya lo había hecho y figuraban en el canto, prólogo de un poema en el que trabajaba que se titulaba “La tierra”. Le pedí que me leyera un fragmento. Sacó del escritorio un legajo de hojas y se puso a leer. Era algo pretencioso que comenzó a analizar inmediatamente. Para él, aquello era un alarde de erudición académica, tanto en el fondo como en la forma. Después siguió leyendo y explicando. Comprendí que, para él, la clave de la poesía no estaba en la propia poesía, sino en la invención de razones para hacerla admirar. Aquello resultaba más tedioso que los doce mil dodecasílabos del Polyolbion de Michael Drayton hablando de la flora, fauna e historia de Inglaterra. Carlos Argentino se proponía versificar toda la redondez del planeta y apenas había comenzado con el estado de Queensland, sus calle, sus casa, sus comercios…

Siguió comentando sus propios versos, con gritos exultantes. Cuando me despedí era ya media noche. Dos domingos después me llamó por primera vez para invitarme a una nueva confitería. Me reuní con él, era moderna y estaba abarrotada, se hablaba a voces, pero él estaba encantado. Nos costó encontrar mesa. Me leyó cuatro o cinco páginas de su poema comentándome sus correcciones. Después criticó duramente a críticos y prólogos. Quería elegir un buen prologuista para su publicación, alguien de renombre, y me pidió que hablara con Álvaro Melián Lafinur. Añadió que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro. Le mentí, quedé en que se lo comentaría en la cena del Club de Escritores, una cena que, en realidad, no existía.

Preferí no decirle nada sobre su poema, cacofónico y caótico. Pero desde entonces comencé a temer que llamara por teléfono. Un día me llamó muy excitado, iban a demoler su casa. La noticia también me conmocionó, era la casa que guardaba los recuerdos de Beatriz. Estaba dispuesto a luchar y entablar una demanda contra Zunino y Zungrí por daños y perjuicios. Hablaría esa misma tarde con el bufete de Zunni. Quedé en ir a verlo, pensé que estaba loco. También Beatriz, con toda su clarividencia, tenía negligencias y distracciones. La locura de Carlos me colmó de felicidad.

Me acerqué a la casa, y mientras esperaba me aproximé al retrato de Beatriz: “Soy Borges”, le dije. Llegó Carlos y pidió coñac y comenzó a darme instrucciones para que pudiera ver el Aleph. Me dejaría solo, pero si no lo veía, eso no invalidaría su testimonio, me dijo. Podrás dialogar con todas las imágenes de Beatriz”. Bajé al sótano estrecho y Carlos preparó una humilde almohada con la altura exacta. Debía acostarme a oscuras y observar el decimonono escalón. Después se fue y me dejó a oscuras. Sentí pánico, me había dejado soterrar por un loco. Cerré los ojos, y al abrirlos, vi el Aleph. ¿Cómo puedo transmitir el infinito? En un instante, he visto millones de actos deleitables o atroces, todos en el mismo punto. Era una pequeña esfera tornasolada de intolerable fulgor, de unos dos o tres centímetros en la que podías verse todos los puntos de universo.

Deambulé por el infinito y también vi cartas obscenas que Beatriz dirigió a Carlos, y vi la reliquia atroz de lo que había sido Beatriz. También vi mi cara y mis vísceras. Sentí vértigo y lloré. La voz de Carlos me devolvió al presente: “No me pagarás en un siglo esta revelación”. “Sí, formidable” -respondí. Entonces fue cuando concebí mi venganza. Agradecía a Carlos su hospitalidad. Lo insté a que aceptara la demolición, a que se alejara de la metrópoli, la vida en el campo le haría bien. Ya en la calle, todo me era conocido, temí no poder olvidar. Afortunadamente, después de unas noches de insomnio, llegó el olvido.

Posdata: En marzo de 1943 la editorial Procusto publicó su poema, logró el Segundo Premio Nacional de Literatura. Mi obra, en cambio, Los naipes del tahúr, no recibió ni un voto. Pronto publicará de nuevo, ya libre del Aleph. Aunque el Aleph ha tenido múltiples interpretaciones en diferentes culturas, creo que el de la calle Garey era falso.

Doy mis razones: Pedro Henríquez descubrió un manuscrito del cónsul británico, el capitán Burton, que hablaba de un espejo oriental que reflejaba el universo entero. Pero añade: “… Son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr en El Cairo saben que el Aleph está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central. Nadie puede verlo, pero sí oírlo. Las columnas proceden de templos anteislámicos. Puede que yo mismo lo haya visto, y lo haya olvidado como los rasgos de Beatriz, por la erosión de los años.

LA INTRUSA

La historia me llegó por Santiago Dabove. Fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson en el velorio de Cristian hacia mil ochocientos noventa y tantos. Después se fue repitiendo hasta oírla de nuevo en Turdera donde se había producido.

La casa de los Nelson, contaba el párroco, solo tenía un libro: una Biblia de tapas negras con nombres y fechas al final. Vivían sin hijos y gustaban de su soledad. El caballo, el apero y la daga corta, atuendo rumboso los sábados y alcohol pendenciero. Eran altos y pelirrojos, pendencieros y con fama de avaros. Además de amigos del forajido Costa Brava.

Siendo mujeriegos, dio que hablar cuando Cristian llevó a la casa a Juliana Burgos. Juliana era bien parecida y a Cristian le gustaba lucirla en las fiestas con las baratijas que le regalaba. Sucedió que Eduardo se enamoró de Juliana. Una noche, Cristian le dijo: “Yo me voy de farra, ahí tienes a la Juliana, si la querés, úsala”. Desde entonces la compartieron. Pero aquello no podía durar, y a las semanas discutían por todo. Los humillaba estar los dos enamorados de una mujer que no era sino una cosa. Un día le mandaron retirarse, tenían que hablar. Al levantarse de la siesta, la subieron a una carreta con sus pertenencias y emprendieron viaje a Morón. Allí la vendieron a un prostíbulo.

Regresaron entonces a su vida entre hombres, aunque cada uno por su lado se ausentaba de vez en cuando. Poco antes de fin de año, el menor dijo tener que ir a la capital. Cristian aprovechó para ir a Morón y allí se encontró con su hermano haciendo cola. Decidieron entonces volver a llevársela a casa. Tampoco eso les satisfizo, era mucho el cariño que se tenían los hermanos y preferían desahogar su frustración con otros. Un día, Cristián dijo de llevar unos cueros a la del Pardo. La carreta ya estaba cargada. Ya en marcha, tomaron por un desvío. Al parar el carro, Cristian tiró el cigarro: “Ya la maté. Ya no habrá más prejuicios”. Y se abrazaron llorando.

EPÍLOGO:

Estas historias pertenecen al género fantástico (excepto Emma y la Historia del guerrero y la cautiva). La más trabajada es la primera, una reflexión sobre el efecto que la inmortalidad tendría sobre el hombre. Azebedo Bandeira es una versión mulata del Sunday de Chesterton. Los teólogos son un sueño melancólico; Tadeo Isidoro es una glosa de Martín Fierro…Y así sigue.

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HOY ME SIENTO PERRO. ¿SERÉ UN THERIAN?

HOY ME SIENTO PERRO

Mucho se está hablando y viralizando el fenómeno de los therians (del griego therion, animal salvaje). Son personas que dicen sentirse o identificarse con animales, se disfrazan de ellos e imitan su comportamiento. Se dice que es un fenómeno social asociado a la adolescencia. Puede ser o no. En el fondo existe una inadaptación al mundo que les ha tocado vivir y se refugian en ese estado en que la emoción predomina sobre la razón. Movimientos de protesta ha habido siempre -acordémonos de los hippies o de los punks o cualquier otra tribu urbana; y, antes que ellos, los románticos o los bohemios o los dandys-. Cada nueva generación presenta nuevas formas de rebeldía frente a la sociedad.

El problema es que hoy se justifica todo y la subjetividad se convierte en derecho y en patente de corso para cualquier desvarío. A modo de ejemplo, un estudio realizado por  la Universidad de Northampton en 2019 lo califica como fenómeno propio de la adolescencia, época de cambios, hormonas, transformaciones y búsqueda de una identidad propia que se ve enfrentada a un mundo adulto carente de sentido. También afirma que no es un caso clínico. En definitiva, lo que siempre ha ocurrido con los adolescentes que han reaccionado a su modo según la época que les tocó vivir.

La mala noticia que les traigo es que el fenómeno no es nuevo. ¿Recuerdan aquella novela de Los viajes de Gulliver? Todos la recordarán por las películas y los liliputienses, pocos habrán leído el libro, por desgracia. Fue escrito en 1726 por Jonathan Swift, posiblemente el primer  therians del que tengo noticias.

Sucede en su cuarto viaje, cuando es abandonado por su tripulación en una isla. Allí es atacado por unas criaturas simiescas, yahoos, y salvado por unos caballos que se sorprenden de ver a un yahoo inteligente y lo presentan ante su rey. Conversan y se soprenden de las costumbres que explica Gulliver sobre Inglaterra y los hombres, de las guerras, las mentiras y las traiciones propias de la civilización humana. Entre los houyhnhnms no existen tales cosas, aunque sí las observan entre los yahoos. En la isla, los houyhnhnms son los amos y gobiernan a los yahoos, seres primitivos y grotescos, a los que destinan a los trabajos más duros.  La conclusión del rey es que la única diferencia entre los ingleses y los yahoos es que al ser más inteligentes, también son más malvados. Allí Gulliver queda admirado del estilo de vida de los caballos, eran amistosos, tranquilos, nunca discutían y cuidaban de sus crías con cariño. También eran generosos, repartían alimento y lo enviaban allí donde hiciera falta. Hubiera querido permanecer entre ellos, pero un día le rey le comunicó que la asamblea había decidido que aquel no era lugar para un yahoo, debía marcharse, que su presencia podía provocar una rebelión. Consiguió volver a su casa, pero ya no era el mismo. En el barco de regreso, se aisla, desconfía de todos. Al llegar a Inglaterra siente asco de las personas, incluso de su propio padre. Compra dos caballos, él no se siente un yahoo, y vive con ellos en el establo.

En conclusión, no han inventado nada. Ya hace tres siglos que se describió el fenómeno en una novela. La cuestión es que la obra es una crítica mordaz a la sociedad de su tiempo, pero estamos hablando de un inadaptado. Una de las inteligencias del ser humano es la social, la capacidad de interpretar y adaptarse a la realidad que le ha tocado vivir. Para eso contamos con algo tan valioso como la familia, primero, la escuela, después, y, por último, los amigos que nos acompañarán en la transición y búsqueda de la propia identidad. Creo que en la base del fenómeno está el desarraigo y la falta de afecto, y también la permisividad de una sociedad que ha perdido el rumbo y ríe comportamientos que debieran ser tratados para lograr que esas personas puedan integrarse y ser felices. No podemos elegir el mundo en que nacemos y, desde luego, apesta en muchos aspectos. Pero sí podemos dar lo mejor de nosotros mismos para mejorar, en la medida de lo posible, nuestro entorno y la sociedad, con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo. Y yo creo que este es el camino y a ello me he dedicado toda la vida. El ser permisivos, displicentes, y tolerantes con estas criaturas, lejos de ayudarlas, las encajonan en un delirio que no les reportará la felicidad, aunque momentáneamente les brinde la sensación de pertenencia a un grupo tan necesaria en cualquier ser humano. Ello explica las, cada vez más frecuentes, quedadas que se hacen virales en las redes sociales.

Siento una profunda pena por ellos. Y no debo disculparme por ello, dado que vivo en una sociedad en que cada uno se siente como de la gana. Habría que hacérselo mirar.

NOTA: La referencia a la investigación está tomada de Javier Mercadal Serrano

UN AMIGO PSIQUIATRA ME COMENTA POR PRIVADO: He tenido pacientes que decían sentirse animales. Recuerdo uno que aseguraba ser mitad mono y mitad persona. En una ocasión preguntó si no sería en realidad una lata de pintura. Padecía esquizofrenia y mejoró mucho con el tratamiento.

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LA HISTORIA NO ES COMO LA CUENTA HOLLYWOOD. Miguel de Lys. Barcelona, Penguin Random House, 2025.

Este libro fue un regalo de los Reyes Magos, mi hija Lola, sabiendo mi pasión por la lectura, siempre se empeña en ofrecerme algo que se aparte de mis recorridos habituales. Y lo ha conseguido porque junto a la narrativa, también soy un cinéfilo y me encanta la historia. Y este libro reúne todos los requisitos para enganchar a cualquiera que lo comparta. Como dice el autor, el cine no es deudor de la historia, es un negocio en el que lo importante es la taquilla y eso se consigue con un buen relato donde se mezclen los elementos clásicos para generar tensión y mantener en vilo al espectador, aunque esto suponga la mayoría de las veces maquillar los sucesos o a los personajes.

Lo que es atractivo es el recorrido histórico cotejado con la ficción mostrada en las películas. ¿Se realizaron batallas navales en el Coliseo de Roma?, ¿tan maravillosa era la vida en el Tibet?, ¿qué hay de cierto en las películas del rey Arturo?, ¿qué pasó realmente en el desembarco de Normandía?, ¿quién fue Robin Hood? ¿qué hay de cierto en Braveheart o en Apocalypto?, ¿existió Pocahontas?, ¿la vida de los piratas se asemeja a lo que vemos en Piratas del Caribe?…

Desde pequeño crecí con unos indios salvajes en el lejano Oeste y unos colonos buenos y amables que solo querían instalarse. El séptimo de caballería eran los héroes que siempre acudían y defendían. Y el resultado es que todos queríamos ser pistoleros y matar indios. Mucho más tarde, dos películas vinieron a hacernos reflexionar, Bailando con lobos de Kevin Costner y Pequeño gran hombre, de Dustin Hofman. Entonces comprendí que los indios vivían tranquilamente en sus tierras solucionando sus propios problemas y los invasores que fueron a perturbarlos, a exterminarlos, fueron los hombres blancos -y esto en lo que hoy es Norteamérica-. Desde entonces miro con cautela el relato que la película me ofrece, pero sin dejar de disfrutar del argumento, la interpretación, la música y la fotografía. Y hay que reconocer que, en esto, Hollywood es genial.

No sé tanta historia como para hacer puntualizaciones al libro, además, la información es ingente a lo largo de las páginas. Pero sí me gustaría precisar un dato: en la página 199, se afirma que la Inquisición fue creada por los Reyes Católicos en 1478. Habría que añadir «en todos los reinos de España». La Inquisición se fundó por primera vez en Francia en 1.184 mediante la bula del papa Lucio III. Se trataba entonces de combatir la herejía de los cátaros en el sur, en Langueloc. En Aragón entró un siglo más tarde y tardó otros dos siglos en extenderse a todos los reinos de la península. Es decir, cuando se impuso por los RRCC ya tenía tres siglos de existencia. Lo digo porque «unos llevan la fama y otros cardan la lana». Más adelante realiza una precisión al respecto

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La furia cíclica del Guadalquivir: las históricas y olvidadas inundaciones de Córdoba que empequeñecen a la actual: Entrevista en COPE con Francisco Durán

Os comparto el enlace a la entrevista realizada hoy, 13 de febrero del 2026, con Francisco Durán en la COPE. Espero que la disfrutéis. Un saludo a todos los amantes e este preciosa ciudad que es la nuestra.

https://www.cope.es/emisoras/andalucia/cordoba-provincia/cordoba/noticias/furia-ciclica-guadalquivir-historicas-olvidadas-inundaciones-cordoba-empequenecen-actual-20260213_3307358.html

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LA CRECIDA DEL GUADALQUIVIR A SU PASO POR CÓRDOBA.

LA CRECIDA DEL RÍO GUADALQUIVIR A SU PASO POR CÓRDOBA

Hoy se habla mucho de cambio climático, pero lo que nos está ocurriendo no es algo nuevo y, de tarde en tarde, viene sucediendo desde hace siglos. Hay quien, con acierto, ha mencionado la crecida del año 1963 que tuve ocasión de ver con el miedo a que las aguas rebasaran el puente romano. Pero ya sucedió mucho antes sin que el río estuviera canalizado a su paso por la ciudad con consecuencias desastrosas. Os dejo dos reseñas históricas de crecidas e inundaciones producidas en los siglos XIX y XV y que quedaron recogidas en el libro de Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba  (Córdoba: Cajasur, 2003, Ed. Facsímil)

NOTICIA DE LA GRAN RIADA DE 1876

(Crónica de una inundación, tomada de una carta de un tal Aurelio, fechada el 11 de diciembre de 1876, recibida en Roma cinco días después.)

Estas riadas son un espectáculo siempre grandioso, pero con grandiosidad que espanta y aterroriza, y de resultados funestos por la vida de algunos desgraciados que por sus impudencias o por actos de caridad que los hace heroicos, sucumben y mueren de una manera que horroriza pensarlo, y también funesto por las haciendas de las reberas y sus caseríos.

Llevábamos tres años tan escasos de lluvias que los veneros estaban agotados, la arboleda muy castigada y sin apenas savia para vivir y fructificar; la tierra, como ripio de seca, los arroyos que en todos los tiempos llevaban corriente, secos cual las rocas, el río con dotación tan escasa que apenas si tenía agua para moler las piedras de los molinos; estábamos finalmente experimentado una sequía que prolongada un año más nos hubiera obligado a emigrar en busca de región más favorecida por los riegos atmosféricos. Dios, que estrecha pero no estrangula (y no digo ahoga porque he estado en u tris que perezcamos todos ahogados) nos envió el temporal tan abundante de agua que no solo sirvió para llenar los veneros, savificar la arboleda, acaudalar los arroyos y el río y de profundidad, sino que además sirvió para volver a los arroyos ríos de vasta superficie y gran fondo, y a los ríos mares improvisados y destructores.

El cuatro del corriente, a las ocho y media de la mañana, empezó a caer un aguacero torrencial que duró en Córdooba hasta las cuatro de la tarde y hasta el día siguiente en varios puntos de la provincia. Después, hasta el día siete, aunque con cortos intervalos de descanso, continuó cayendo agua abundante. El citado cuatro, tuvimos al río por la tarde cubriendo los pelambres, crecida muy regulas causada por solo la entrada de los arroyos de la sierra en sus proximidades a Córdoba. El arroyo de Rabanales, corriéndose por la Alameda de Lope García, se enlazó con el de Pedroches y este, desbordándose, inundó la huerta que hay cerca del puente, y tomando las cunetas de la carretera de Madrid, descendió hasta pasar por delante del cementerio de San Rafael y unirse a las aguas del arroyo de las piedras que, como recordarán, pasa o cruza la carretera por debajo del humilladero de San Antón. Tanto Rabanales como Pedroches y las Piedras cometieron mil entuertos y desaguisados en las tierras y cubrieron al desbordarse y en los terraplenes de las vías férreas, que batieron en brecha hasta inutilizarlas. El arroyo del Moro, que es el que desciende de la Cuesta de la Traición, pasa entre las huertas de la sierra, cruza por el camino antiguo que tantas veces hemos andado para ir a la Rizafa (Arruzafa), llega al paseo de la Agricultura […], inundó la vía férrea de Bélmez, la estación de los ferrocarriles, la fábrica de harinera de vapor que hay tras la estación y amenazó inundar el barrio del Matadero. […] tomando por la carretera de la Albaida, por el callejón de los toros y por otras cuantas partes […] sin importarle un bledo los destrozos que hacía y los sembrados de desembraba.

Esto en lo concerniente a arroyos, mas en lo que respecta al río, diré que hemos visto y presenciado una de las mayores crecidas de nuestro amado Betis. El día 6, tomando las aguas de los afluentes por la parte de Jaén y de Segura, empezó a empinarse y a subirse. Al medio día solo se ven dos hiladas de la piedra del murallón de la Ribera, a media tarde están ya cubiertas; a la oración (a las 5 de la tarde) penetra en la ribera por el Molino de Martos, las rampas y los desagües del paseo; a las 12 de la noche cubre los asientos de los poyos y sube cuatro de dos sobre el arranque bajo de los barandales, entra en la calle Consolación hasta las cinco calles y principio de la del Baño y don Rodrigo, aquí se une con la inundación de la calle Lineros, verificada por el caño Vence-guerra, anegando lo bajos de todas aquellas casas y extendiendo sus aguas hasta el principio de la calle de la Candelaria. Por la Cruz del Rastro sube hasta el lugar donde estaban los arcos y la cruz. De la parroquia donde fuimos bautizados, a las 11 y media de la noche, es sacado el Depósito, llegando las aguas a la cintura del sacerdote y acompañantes. Los arcos del puente quedan cubiertos a excepción de los del centro que solo dejan ver media vara de boca. El río, extendiendo sus aguas desbordadas por la encima de la torronteras frente a las Peñas de San Julián, ocupa todos los llanos hasta los Visos, quedando el Campo de la Verdad inundado con una altura muy respetable del líquido encenagado. Lo mismo sucede al cortijo de El Arenal y al predio de huertas de la Fuensanta. Esta iglesia amite una vara de agua sobre el pavimento. Por la carretera de la Fuensanta entra el río hasta cerca del real de la feria. La cloaca que conduce las aguas de los barrios de Santa Marina y San Lorenzo revienta cerca de la Puerta de Baeza, y desaloja las aguas del río por la calle del Sol hasta la casa del marqués de Benamejí.

Varios hortelanos del barrio de la Fuensanta, a quienes impidió la subida ponerse a salvo, son socorridos por un hombre que, con ánimo decidido y muñecas de acero, guía una barca contra las corrientes encontradas y poderosas de la inundación; recorre, no sin gran peligro y dificultades, el prado de huertas y salva de una muerte segura a 47 personas e infinidad de cerdos. En la mañana de este mismo día 6, un guarda y un hijo suyo de 8 años, que quedaron aislados en Lope García, son salvados gracias a los heroicos esfuerzos de Amadeo Rodríguez y cuatro hombre valerosos y atrevidos que, exponiendo sus propias vidas, van en busca de aquellos infelices […], los encontraron con el agua por la cintura y embriagados y abatidos de congoja hasta el término de no poder hablar. Con ellos salvaron un perro grande y de temida reputación, dejándose el animal coger en brazos de sus salvadores para loq eu solo tuvo demostraciones del más vivo agradecimiento, lamiéndoles y haciéndoles caricias, cuando en otras circunstancias los hubiera destrozado con sus colmillos. Varios, y no pocos, de los habitantes del Campo del Espíritu Santo, desoyendo los consejos y voz salvadora de las autoridades, y demostrando su apego a su hacienda o muebles y enseres de sus casa, excesivo e inconcebible en circunstancias tan críticas para su vida, dejan de refugiarse en la ciudad cuando aún les era posible y permanecen en su barrio, no obstante conocer que el río crece y aumenta, que la riada entra ya por todas las calles y tiene cortadas todas las comunicaciones con la campiña, y próxima a cerrarse la del puente. Estos infelices, cuando ven sus casas y todo el barrio invadido por las aguas, cuando la noche extiende su oscuridad y la inundación sube más y más, se sienten poseídos de un pavor tan grande que empiezan a pedir con ayes y gritos su auxilio para salvar sus vida, que por la oscuridad era del todo imposible prestárselo. En esta noche triste e imponente llueve a cántaros y la rejuela de San Lorenzo, no dando paso a las aguas por no admitirlas el río, deja que crezcan los arroyos y que penetren en las habitaciones bajas de las casas de aquel barrio, de las que, con peligro, son retiradas muchas personas cuando en sus habitaciones media la inundación un metro de altura. El día 7 amanece y el río se conserva invadiendo el Campo de la Verdad, la Ribera y las calles indicadas. Los aislados en el barrio del Espíritu Santo han izado una sábana como bandera reclamando auxilio eficaz y pronto. Desde el puente, por encima del arranque de la Calahorra, se lanzan unos cuantos barcos contra las deshechas y fuertes corrientes que a causa de las calles y desviaciones se producen en el barco, y a fuerza de brazos y de inteligencia, penetran en las calles y recogen a las personas.

[..] El tren mixto procedente de Málaga, al entrar en el puente de hierro de Guadalaviar, cubierto hasta los raíles, descarriló y la máquina y dos vagones caen al río sepultándose en las aguas. Por fortuna, solo un niño de tres años es la víctima del desastre […].

CRECIDA DEL RÍO GUADALQUIVIR EN 1963

[…] Durante la noche baja dos varas […] y ayer, 10, el río camina sosegado y tranquilo con una vara más que de ordinario y sin conciencia ni remordimiento del robo que ha hecho a las empresas de los ferrocarriles llevándose 175.000 traviesas que estaban depositadas en Menjibar y en Córdoba a una altura de 15 metros y a una distancia de trescientos del nivel ordinario de las aguas del río; sin conciencia ni remordimiento de las muchas heredades y fincas que ha destrozado, los muchos animales grandes y chicos tales como yeguas, mulos, cerdos, lagartos y culebras que ha sofocado y arratrado. Y, por último, lo más sensible, las personas que ha hecho víctimas de su enfurecida creciente. De estas sabemos de 4: un barquero de Almodóvar, el niño ya nombrado y dos que en un barco caminaban a su segura perdición.

En las calles, las casas y en el barrio, ha dejado un barro o limo que dará bastante trabajo en limpieza. El Triunfo y los tejados y torre de la Catedral han servido de miradores para que los cordobeses desparramaran su vista por el vasto espacio ocupado por la crecida. Pocos habr´na dejado de acudir a los miradores siempre cuajados de curiosos. Nuestro hermano Rafael, continuamente ha estado visitando todos los puntos invadidos, viniendo cada un día dos o tres veces a mudas sus pantalones y calzado chorreando agua y lodos […],

En Sevilla, según noticias de un viajero […] parece que las aguas han penetrado hasta la plaza de San Francisco y la calle Sierpes, el barrio de Triana fue, desde un principio, inundado, y toda su vega.

CASO DE LA CRECIENTE DEL AÑO 1480

En el año 1480, que era obispo de esta ciudad de Córdoba don Fray Alonso de Burgos, castigó Dios a esta ciudad por los pecados de sus habitantes con la falta de agua, no lloviendo en toda ella. Por esta causa, valía la libra de pan a 80 maravedíes, cosa inaudita por ser dicha ciudad fertilísima y abundante en granos. Pero el Señor presenció sus estragos sin hacer caso de sus necesidades, y así sufrió la calamidad más abultada que jamás se había experimentado. Y para aplacar a la divina justicia de quien tan indignado estaba se hicieron procesiones generales con toda devoción y ternura que las avenidas de los corazones contritos bajaban por los ojos. Pero ¡qué pecho no había de ablandar al ver los sacerdotes con su dignísimo Obispo, vestidos de penitencia, unos descalzaos con crucifijos en las manos, otros con calaveras en ellas y coronas de espinas, otros predicando por las plazas. Al fin oyó la Divina Magestad los verdaderos lamentos de los cordobeses siendo tanta el agua que nos envió que puso a la ciudad en mayor confusión, pues desde el día 19 de diciembre de 1480 hasta el 27 de febrero de 1481 no cesó de llover ni de día ni de noche, por lo que fue tal la avenida o crecida del río que pasó el agua por encima de las gradas de la iglesia parroquial de la Axerquía, andando los barcos por la calle de la Feria, Potro, caño de Veconguerra y las cinco calles con la de Corteduría.. Entró el agua por la puerta de Martos hasta la mitad de la plaza de los Siete Menas, y llegó a la Cruz que allí estaba, y abrió todas las aceñas, ahogó el convento de los Mártires, llevándose el agua el tejado de las aceñas de Martos y derrotó la casa de la Beata y la de Martín Vliente. Los pinos los amarraron con maromas porque a ellos llegó el río. Entró por la puerta de Baeza, anegó la iglesia de la Fuensanta, derribó las casas de la huerta de Figueras y don Fernando, cubrió el agua tres ojos por cada lado del puente, de suerte que sin barcos no se podía entrar en ella ni pasar los corrales (hoy Campo de la Verdad) a dar providencia a sus vecinos que estaban sitiados y anegados. Y siendo esta una de las mayores tribulaciones que se han sostenido, era gracioso ver tan desaforado monstruo. Pero lo que más admiró a Pedro Sánchez Sertera y demás que estaban presentes fue ver a un hombre desnudo, siendo tiempo de guerra, nadar y zambullirse muchas veces en el agua por el sitio de la portezuela de la Fuensanta hasta la misma fuente, cuya acción y destreza en el nadar admiró a todos. Duró la creciente algunos días, pero al fin se desahogó el río y los ánimos. No se pudo indagar a cuánto ascendió la pérdida que ocasionó esta avenida, pero se infiere que pasó de un millón.

¿UN MILAGRO EN MEDIO DE LA INUNDACIÓN?

“.[…] lo contó el Padre Maestro Fray Francisco Delgado en el púlpito y fue que un año de muchas aguas, viniendo muy crecido el famoso río Guadalquivir con las avenidas de otros cinco ríos que en él se juntan, día de San Andrés, vino tan crecido y fuera de sus márgenes que se temió que se llevase lal puente porque faltó muy poco para cerrarse los arcos. Estaba toda la ciudad a la mira y temerosa de la gravera del río y de lo que pudiera suceder. Sucedió, pues, que el otro Fray Francisco Delgado, que a la sazón era Prior en el convento de los Mártires, Acisclo y Victoria, que cae a los molinos de Martos y el convento cae sobre el río, estaba con sus frailes mirando la furia y los muchos ganados, chozas de pastores, árboles y leña que traía. Estando en esto, vio venir un barco pequeño y dos hombre dentro dando voces que los favoreciesen, que venían sin remedio y era tanto el caudal y su furia que no se les pudo acudir por ser dificultoso lo que pedían. El miedo de estos hombres era que en llegando el barco a la azuda que atraviesa todo el río, era fuerza el caer por la ladera de ella misma a la parte honda. Ellos y el barco habían allí de perder la vida si Dios no hacía un milagro. Pues viéndose en tan manifiesto peligro y que no había quien los pudiese favorecer, determinaron arrojarse al agua y ver si nadando se podían salvar.

Hiciéronlo así, y el más mozo salió primero, y puesto en la orilla, echó de ver que su padre se iba ahogando por su poca fuerza, y con el amor natural de hijo, fiando en Dios, se volvió a arrojar a las peligrosas aguas yéndose adonde su padre estaba más muerto que vivo. Metiose debajo del agua y forcejeando con aquel furioso elemento le vino a sacar a la orilla con tanto espanto de los presentes que les parecía que sin particular ayuda de Dios era imposible en tan gran tormenta poder escapar, particularmente por estar el hijo tan cansado, cuanto más sacar a su padre a cuestas como otro Eneas. Al fin, fue tan grande la alegría que todos los presentes recibieron de ver la buena suerte de aquel mancebo, que no se puede encarecer con palabras. Mandó el padre Prior que los llevasen al convento, y en su misma cama los acostasen y con mucha presteza los envolviesen con dos sábanas y que les dieran vino y ben de comer.

Después que hizo esto con gran consuelo de los religiosos y no menos edificación de los seglares que lo habían visto, el padre Prior, que desde que lo había visto volver al río tenía deseo de saber qué le había movido a aventurar su vida en tan manifiesto peligro, díjole el mozo: Padre, pues que vuestra merced reparó en eso, yo se lo diré con verdad lo que me movió cuando vi que mi padre se estaba ahogando y que, por su vejez, no podía resistir la furia del agua, dije para mí: Dios me ha de castigar si no socorro a mi padre a quien, después de Dios, debo el ser que tengo. Y fiado de Dios, y con aquel amor de hijo a padre, me arrojé a las aguas y no me engañé en esto, porque como vuestra paternidad vio, parecía que me llevaban del brazo y con menos trabajo saqué yo a mi padre que salí yo por dode aquellos santos religiosos vieron claramente que Dios le ayudó y favoreció por el repeto que tuvo a su padre y que todos os hijos que los honran serán de Dios en esta vida y en la otra favorecidos como se vio en este mozo.

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LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE. Camilo José Cela. Barcelona, Seix Barral, 1983. Colección Obras Maestras de la Literatura Contemporánea, n.º 2. RESUMEN DE LA NOVELA.

INTRODUCCIÓN

El narrador se muestra no como autor, sino como mero transcriptor de un manuscrito hallado en una botica según hace constar en el prólogo fechado en Palma de Mallorca el 23 de agosto de 1960. El texto de la novela ha quedado definitivamente fijado en esta edición que dedica a sus enemigos que tanto le han ayudado en su carrera.

NOTA DEL TRANSCRIPTOR: Se trata de un manuscrito de las memorias de Pascual Duarte que él se limita a corregir y ordenar. Fue hallado en una farmacia de Almendralejo. El interés del relato recae en el protagonista, un modelo para ser evitado.


CARTA ANUNCIANDO EL ENVÍO DEL ORIGINAL AL SEÑOR JOAQUÍN BARRERA LÓPEZ. MÉRIDA.
Le envía el manuscrito por ser el único cuyas señas conoce, para que no se pierda, lo queme o sirva a otros de escarmiento. Puede que sirva de penitencia aunque no se relaten más que los episodios que no quisieron borrarse de su memoria. Están inacabados, pero en ellos, Pascual se muestra consciente de que de poco le sirve ya solicitar el indulto. Acaba pidiendo perdón por dirigir la carta.
Firma y fecha: Cárcel de Badajoz, 15 de febrero de 1937.

CLÁUSULA DEL TESTAMENTO OLÓGRAFO OTORGADO POR DON JOAQUÍN BARRERA LÓPEZ QUIEN POR MORIR SIN DESCENDENCIA, LEGÓ SUS BIENES A LAS MONJAS DEL SERVICIO DOMÉSTICO.

En él se estipula que el manuscrito de Pascual Duarte sea quemado, pero que si sobrevive dieciocho meses, que quien lo encuentre haga con él su voluntad.

DEDICATORIA: A la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien al irlo a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía.

LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE

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Pascual no era malo, sino fruto de sus circunstancias. Nació en un pueblo perdido de Badajoz, cerca de Almendralejo: olivos, cerdos, casas encaladas y una plaza con su fuente de tres caños sin agua. Allí había buenas casas, como la de don Jesús, de dos plantas, con geranios y heliotropos., con la fachada de piedra y escudo heráldico. Detrás, la iglesia con su campanario. La casa de Pascual estaba a las afueras. Era estrecha. Entrabas por la cocina, amplia, limpia, con el suelo de tierra apisonada. Era fresca en verano y cálida en invierno. Tenía dos dormitorios, uno para sus padres y otro para él y su mujer. También tenía una cuadra que olía a animal muerto y siempre estaba vacía. Su hermana prefería dormir en la cocina por lo  que al morir los padres, su habitación quedó vacía. En la parte de atrás, había un corral con algunas gallinas, un asno escuálido y un pozo que hubo de taparse porque daba agua enfermiza. Detrás de la casa había un regato donde se cogían anguilas aunque a él la pesca le parecía poco de hombres y prefería la caza.

Tenía una perrita perdiguera, la Chispa, que siempre lo acompañaba y se le adelantaba hasta el cruce donde había una piedra. En ella se sentaba cómodamente con la escopeta entre las piernas. La perra se quedaba sentada frente a él, mirándolo. Y un día lo miraba de tal forma que se le encendió la sangre y la mató de un tiro. La sangre del animal era oscura.

[2]

Su infancia fue dura, con un padre portugués, grande, gordo, bigotudo, expresidiario, que lo maltrataba. Lo encerraron por contrabandista. La madre era delgada, sucia, malhablada y borracha. No se llevaban bien y las peleas violentas eran continuas. Su madre no sabía leer, el padre sí. Cuando leía los papeles siempre había pelea, él porque ella era una ignorante, ella porque lo que decía se lo inventaba.

Lo mandaron al colegio, pero por poco tiempo, porque la vida es dura y la única defensa es la inteligencia, decía el padre, que luego parecía arrepentirse de sus palabras. La madre era contraria porque para no salir de pobre, qué falta hacía. Así que abandonó. Cuando nació la hermana, Rosario, era verano y su madre la parió sufriendo y gritando, asistida por doña Engracia, la del Cerro, partera y medio bruja. El padre, entonces, se acercó a la cama y se lio a golpes con el cinturón. Después se marchó dos días. Regresó borracho y la besó. Y ella se dejó.

[3]

 A Rosario la pusieron arropada en una caja junto a su madre. Era tan fea que daba grima, aunque su aspecto mejoró a los pocos días después de que la señora Engracia la lavara y le cambiara las tiras. Se crio muy débil, y el padre lo arreglaba con borracheras y malos tratos. Pero la niña creció, echó carácter y se hizo dueña de la casa ya mocita. Pronto se inclinó hacia el mal, robaba, bebía y hacía de alcahueta. A los catorce años se marchó a casa de la Elvira, en Trujillo. Sin su presencia, la casa se convirtió en un infierno. A los cinco meses, regresó con unas fiebres que la tuvieron encamada un año a punto de morir, tanto que le dieron la extremaunción. Los remedios de la señora Engracia lograron por fin sanarla.

Al poco, volvió a marcharse a Almendralejo,a casa de la Nieves, la Madrileña. De vez en cuando nos enviaba algún regalo y allí conoció a quien sería su ruina, Paco López, el Estirao, un guaperas con un ojo de cristal, un chulo que vivía de las mujeres y andaba dándoselas de bravo. Un día, Pascual se encontró con él en el campo y le preguntó por su hermana, la discusión fue a más y acabó en amenazas. Desde entonces, se le quedó el veneno en el cuerpo..

Cuando regresó la hermana aquejada de unas fiebres, le contó cómo había llamado cobarde al Estirao y este le cruzó la cara cuando solo le dio ocho pesetas. Le hizo prometer a Pascual que no saldría del pueblo y el se quedó con el resquemor de la única pelea que perdió por no llevarla a su terreno.

[4]

 A los quince años de nacer la hermana, la madre volvió a quedarse embarazada, probablemente de un tal Rafael. El nacimiento del nuevo hermano, Mario, coincidió con el fallecimiento del padre como consecuencia de la mordedura de un perro rabioso. Tuvieron que encerrarlo. A los dos días, el día de Reyes, cuando por fin abrieron la puerta, lo encontraron acurrucado y muerto. En el entierro, don Manuel, el cura, trató de consolarlo y, en lo sucesivo, Pascual le mostró su respeto besándole la mano.

Mario murió antes de cumplir los diez años sin llegar a hablar, ni andar…, nació tonto. Pasó su infancia mal que bien, tranquilo, hasta que a los cuatro años un marrano le comió las dos orejas. Por lástima, desde entonces las amas le traían regalos y daba una pena enorme mirarlo así. Mi madre lo abandonó y andaba tan tirado y tan sucio que daba asco. Cuando veía un cerdo, se volvía como loco hasta el punto de morder, en una ocasión, a don Rafael en la pierna. Don Rafael andaba entonces por la casa como si fuera suya y le dio tal patada que lo dejó sin sentido mientras se reía de su hazaña. Lo habría matado de tener la oportunidad. Se lo contó a su hermana y tal odio vio en ella que le hizo pensar en lo mal enemiga que podría llegar a ser. Cuando llegó a casa, recogió a Mario y, cuando se fue don Rafael, la madre lo tomó en brazos y lo acunó lamiéndole la herida durante toda la noche.

[5]

 Un día, Rosario encontró a Mario ahogado en una tinaja de aceite. La madre no lo lloró y Pascual la odió por eso. Lo amortajaron, y don Rafael ayudó a preparar el ataúd mientras repetía ufano “Angelitos al cielo”. Su cinismo sacudía la sangre de Pascual. El entierro fue pobre, aburrido. Pascual andaba ya medio novio con Lola, a la que, por timidez, no se atrevía a declararse. Era una mujer soberbia y muy bien formada, y virgen. Cuando ella se arrodilló frente a la tumba le vio las piernas, se excitó y se quedó tan pillado que permaneció sentado incapaz de moverse. Cuando recuperó el sentido, Lola estaba junto a él, lo quería, lo provocó y allí mismo hicieron el amor sobre la tierra removida de la tumba de su hermano: “No eres como tu hermano, eres un hombre”.

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 Había dejado de escribir por el traslado de presidio. Siente miedo de lo que se le pueda pasar, pero quiere continuar su historia. Si la reflexión que está haciendo al escribir la hubiera hecho antes no estaría en la cárcel. La nueva celda tiene mejores vistas, se entretiene con la mariposa que entra o con el ratón al que deja escapar. Se siente arrepentido. Por la ventana observa a unos transeúntes, dos hombres de unos treinta años, una mujer y un niño que le recuerda a Mario. La mujer le hacía sentir feliz, aunque le recordaba a su m adre.

[7]

A los cinco meses del entierro, Lola le dijo que estaba embarazada. Ella lloraba, él se sintió tierno: “¿Estás contento?”, “Sí, muy contento”, “¿Me quieres así?”, “Sí”. La besó en la mejilla, estaba hermosa. Después llamó a la madre y le comunicó su intención de casarse. La madre, conforme, la insta a que se quede en la casa a pasar la noche. Al día siguiente fue a la parroquia a hablar con don Manuel. Tuvo que esperar a que acabara la misa. Don Manuel alabó su decisión de casarse, en quince días todo estaría listo. Luego se confesó con él y se quedó aplanado como después de un baño con agua caliente.

[8]

 Se casaron el 12 de diciembre, aunque los nervios le hicieron dudar. Gastó en la boda todos sus ahorros, quedó algo decente. El señorito Sebastián y el boticario don Raimundo fueron los padrinos. El sermón de don Manuel fue muy pesado. Lo celebraron en su casa muy dignamente, aunque estaba loco por marcharse con su mujer, y a las habladurías ni caso.

Se fueron a caballo hasta Mérida, felices, pero al cruzar el puente, el caballo se espantó y derribó a una anciana. Pascual se bajó del caballo, ayudó a la anciana a levantarse y le dio un real, pero ella se rio y eso le dio mal agüero. Se alojaron en la posada del Mirlo, en una habitación tan amplia y cómoda que, amartelados como estaban, tardaron dos días en salir. Fue una estancia feliz. Pero a los tres días, llegó allí una turba y organizó una enorme cencerrada. Eran los familiares de la anciana con la Guardia Civil. Un nieto joven venía muy ufano, pero le dio seis pesetas y se dio media vuelta, y la Guardia Civil lo dejó estar.

Después regresaron a Almendralejo y fueron muy bien recibidos. Él se quedó en la taberna de Martinete, el Gallo, y la Lola siguió con la yegua para reunirse con las vecinas. En la taberna, todo era cante, jarana y vino. En medio de la juerga, Pascual se sintió insultado por una broma de Zacarías, se encararon y le asestó tres puñaladas.

[9]

Regresó a casa acompañado de dos amigos, las puñaladas fueron en el hombro, esperaba que Zacarías sobreviviera al altercado. Pasaron por el cementerio, un mal augurio. La casa, cuando llegó, estaba extrañamente en silencio. En la puerta, la señora Engracia le impidió el paso. La Lola había abortado al caerse de la yegua. Pascual no tuvo otra que irse para la cuadra y asestarle veinte puñaladas al animal. Tenía la piel dura y la sangre de la yegua le chorreaba hasta el codo.

[10]

 Aquello lo dejó destrozado. No se recuperó hasta que al año, la Lola quedó de nuevo embarazada y, entonces, se sintió revivir, pero se volvió huraño. Estaba en tensión constante: broncas y malentendidos. Se le envenenó tanto la sangre que hasta la perra, Chispa, lo notaba y parecía mirarlo de otro modo. Lo miraba como con pena, también a ella se le habían malogrado tres cachorros que enterró en un hoyo y que la perra olisqueaba cuando salían. Afortunadamente, el embarazo fue bien y dio a luz un niño al que pusieron Pascual porque ella, cariñosa, se empeñó. Volvió a estar enamorado y a ser feliz viendo a su mujer amamantar al pequeño. Y entonces hablaban de cuidarlo, de mandarlo a la escuela…Pero Pascual ya barruntaba que esa felicidad no podía durar, como así fue. Tenían miedo de que algo pudiera ocurrirle al niño Una noche lo oyeron quejarse y a los pocos días murió. Tenía once meses. Algún mal aire se lo llevó.

[11]

Quizás fuera un castigo divino por sus pecados, pero a la desgracia no se acostumbra uno. Ni la mujer, ni la madre ni la hermana supieron consolarlo, al contrario, se le hicieron odiosas en sus letanías. Trataba de no oírlas y confiaba en que el tiempo apaciguaría el dolor. Lo peor eran las noches, las sombras y esas mujeres enlutadas. Hizo acopio de toda su paciencia para no estallar oyendo conversaciones intrascendentes cargadas de amargura.

[12]

La madre estaba como loca, llena de ira y reproches que Pascual aguantaba. No era consciente de su dolor por el hijo muerto. Se lo advirtió, pero no lo entendió y quiso ser más claro: “…porque os he de matar”. Lo pensó, pero no llegó a decirlo. La hermana asistía a estos episodios incrédula, estaba pálida y ojerosa. “Todo se arreglará”, repetía, “Dios lo haga”, le respondía. La quería. Pero el odio iba creciendo en su corazón y el asesinato iba abriéndose paso en su mente: abrir la puerta, acercarse a la cama mientras duerme, huir donde nadie lo conozca para empezar de nuevo…

[13]

Ha estado un mes sin escribir, se siente tranquilo y sereno en su celda. Ojalá se hubiera sentido así antes. Su conciencia le lleva a revisar su vida y teme al infierno. Se confiesa con el padre Santiago Curueño, el capellán de la cárcel. Cuando llegó a la celda besó a Pascual en la frente y, cogiéndole la mano, trató de consolarlo, contento de su intención de confesarse. Estuvieron hablando toda la tarde y al llegar la bendición tuvo que hacer un esfuerzo para no albergar pensamientos siniestros. Después sintió vergüenza, fatiga, le costó dormir. A la mañana siguiente volvió a escribir en el manuscrito poniendo en ello toda su atención. Don Santiago se lo había aconsejado, si le sentaba bien hacerlo, adelante. Escribir le permitía distanciarse de los sucesos. Las cosas podrían haber sido diferentes, pero no hay marcha atrás, y, “a lo hecho, pecho”. Su decisión de continuar con el relato era firme.

[14]

 Salió huyendo del pueblo, andando, de noche. Su aspecto despertaba curiosidad por donde pasaba. Llegó hasta don Benito, donde compró billete para Madrid con idea de pasar a América. Llegó de noche y esperó dormitando en un banco hasta que amaneciera para buscar alojamiento. Se despertó helado. Vio a unos obreros que se calentaban en torno a una hoguera y se unió a ellos y, para congraciarse, dio unas monedas a un chiquillo para que les trajera vino. Pero el golfillo desapareció con las monedas y nunca más se supo. Ya amanecido los convidó en un cafetín. Se ajustó con uno de ellos, Ángel Estéez, para quedarse en su casa con dos comidas diarias por diez reales. Le salió caro, porque siempre perdía con él jugando a las cartas cada noche. En Madrid estuvo como dos semanas deambulando y divirtiéndose sin gastar mucho. La casa de Ángel era una buhardilla y el cuarto un jergón bajo el tejado inclinado.

La mujer, Concepción Castillo López, era joven, presumida y pizpireta, pero enamorada de su marido. Nada había que hacer con ella. El marido era muy celoso, al punto de que no la dejaba salir a la escalera o de encararse con un desconocido por haberla mirado. En el enfrentamiento se cruzaron palabras muy gruesas, pero después los dos se dieron media vuelta y aquello quedó en nada. Pascual estaba asombrado de que no hubieran llegado a más.

De Madrid, marchó en tren a La Coruña para coger el barco. El viaje fue rápido, por la noche, lo pasó durmiendo. Pero al llegar, se dio cuenta de que el dinero que llevaba no era suficiente . Cuando el sargento Adrián Nogueira le dijo el precio, se le cayó el alma a los pies. Pero el sargento, que ya había estado allí, no hacía más que animarlo y contarle historias que lo embelesaban.

Como no podía irse, comenzó a emplearse en lo que buenamente salía. Así estuvo año y medio, al cabo del cual, le pudo la morriña y decidió regresar al pueblo prometiéndoselas muy felices, ajeno a lo que allí le esperaba.

[15]

Su mujer lo recibió muy cariñosa. Pero una noche se echó a llorar. En dos años el mundo da muchas vueltas. Iba a tener un hijo. A él solo se le ocurre el aborto como solución, pero ella se aferra al niño como su única razón para seguir viviendo. De nada servirían los llantos y las súplicas, había que llamar a la señora Engracia.

La madre andaba como huidiza y procuraba no ponerse en medio. Un día, Pascual le dijo a Lola que no llamaría a la señora Engracia, pero que quería el nombre del responsable. Ella se negaba temiendo la venganza, pero Pascual la consuela y finalmente lo dijo, había sido el Estirao. Después cayó al suelo exhausta, estaba muerta.

[16]

Ciego de ira, salió en busca de el Estirao. Había huido, lo persiguió sin suerte. Halló a su hermana, Rosario estaba avejentada. Sabía lo sucedido pero a quién se lo iba a decir, no valía la pena seguir. Después lo cuidó con esmero, pero la suerte no había de durar. El señorito Sebastián fue quien le dijo que el Estirao había vuelto al pueblo. Regresó a su casa en busca de la Rosario. Aún no había pasado por allí, pero al rato se presentó preguntando por él. Lo recibió en la cocina, pretendía llevarse a la Rosario, iba chulo y no pudo más, le estrelló la banqueta en la cara y cayó mal. Quiso levantarse pero el golpe contra la chimenea lo había quebrado. No podía moverse. Lo arrastró hasta la carretera, pero el Estirao seguía chulo, desafiándolo. No quería matarlo porque así se lo prometió a su mujer. El Estirao trató de levantarse desafiante, si la mujer le pidió que no lo matara, algo lo querría. Eso ya fue la puntilla. Le puso la rodilla en el pecho y apretó hasta que lo reventó.

[17]

Tres años estuvo encerrado en prisión. Salió antes por buena conducta, pero ojalá no hubiera sido así. Cuando salió al campo lo encontró yermo, agostado, nada parecido  a lo imaginado mientras estaba en su celda. El viaje de regreso en el tren se le hizo eterno. Recordaba con cariño su tiempo en prisión, al anciano director, don Conrado, que tan bien lo tratara. La última vez, en su despacho, le ofreció tabaco y una copa con la que brindar por su libertad. Entre toses, humo y risas se lo comunicó. Estaba libre, se le veía feliz de dar la noticia. Después le echó un sermón bienintencionado. Así se despidieron, y él, en aquel momento, no cabía en sí de gozo. Cuando llegó al pueblo, nadie lo esperaba, solo el señor Gregorio, el Jefe de la Estación. Se saludaron, le dijo que ya estaba libre, pero se dio media vuelta, no le importaba la noticia. Pascual se marchó triste para su casa y pasó junto a la tapia del cementerio donde descansaban sus muertos acompañado solo por su sombra en la noche fría. Echó a correr hasta llegar rendido.

Se sentó sobre el petate junto a la puerta. Su madre y su hermana estarían durmiendo. Pasaron por el camino dos hombres, eran León y el señorito Sebastián. Iban hablando de él, lo justificaban, qué otra cosa podría haber hecho Los dejó pasar sin mostrarse. Después llamó a la puerta. Le abrió la madre sorprendida y reacia. Parecía que hubiera preferido no verlo. Preguntó por la Rosario, se había ido a Almendralejo y se enteró de que andaba otra vez liada, esta vez con el señorito Sebastián. Creyó morir.

[18]

 Cuando llegó la Rosario, se sintió confortado con su cariño. Solo le dijo que se había marchado harta de tanta calamidad. No quiso profundizar. Le dijo que le había buscado una novia, la sobrina de la señora Engracia, que siempre había estado enamorada de él. Era una moza guapa, limpia, religiosa, sin tacha. Cuando se vieron, estaban nerviosos como dos adolescentes, asustados, apenas se atrevían a hablar, pero acabaron besándose y la convirtió en su segunda esposa. Ella, con su buen hacer, le cambió la casa y la vida.

[19]

Llevaban dos meses casados y la madre no dejaba de malmeter en el matrimonio, no tragaba a su nueva nuera. Hasta que la Esperanza se plantó un día. No había remedio. Hubiera querido, entonces, poner tierra de por medio, pero lo fue aplazando y la idea de la muerte fue calando poco a poco, se le fue envenenando la sangre. La madre disfrutaba humillándolo y “tan malos pensamientos llegué a discurrir que llegué a estar asustado de mí mismo”. Noche tras noche fue fraguando la idea de asesinarla y huir para alcanzar la paz y el olvido.

Fue el día 10 de febrero de 1922, un día soleado con niños en la calle. Su mujer, Esperanza, lo notó extraño, pero el la besó para tranquilizarla. Al llegar la noche, se acostaron. La mujer dormía. Sacó el cuchillo y fue hasta el cuarto de la madre. También dormía ajena a su suerte. Allí se quedó paralizado, dudaba, la cabeza no dejaba de darle vueltas,  hasta que la madre se despertó, “¿Quién anda ahí?”, Se abalanzó sobre ella, lucharon, gritaba. En la puerta apareció su mujer con un candil en la mano, estaba pálida, no se atrevió a entrar. La madre se defendió como una fiera, le arrancó el pezón izquierdo de un bocado y fue entonces cuando le clavó el cuchillo en el cuello. Después salió huyendo, “el campo estaba fresco y una sensación de alivio me corrió por las venas. Podía respirar…”.

OTRA NOTA DEL TRANSCRIPTOR

Aquí se acaban las cuartillas manuscritas. El transcriptor fue incapaz de hallar más a pesar de las facilidades ofrecidas por el boticario de Almendralejo, Benigno Bonilla, y de haber rebuscado a fondo en la farmacia. De lo que sigue, solo cabe especular. Debió de regresar a la cárcel de Chinchilla hasta el 35 o el 36.  La carta que Pascual escribió a don Joaquín Barrera debió de escribirla entre los capítulos XII y XIII, escritos con tinta morada como la carta, lo que demuestra que era alguien previsor y calculador. Las cuartillas fueron llevadas al señor Barrera en Mérida por el cabo de la Guardia Civil Cesáreo Martín. Para aclarar lo que pasó en los últimos días, escribió sendas cartas a Santiago Lurueña, capellán entonces de la cárcel, y a don Cesáreo Martín, número de la Guardia Civil, destinado en aquel tiempo a la prisión. Estas son las cartas:

                                                         En Magacela (Badajoz) a 9 de enero de 1942

La lectura de las cuartillas, de la historia de Pascual, lo h conmocionado. Fue él quien lo confesó en el último momento y no vio en él más que un cordero asustado por la vida. La preparación para su ejecución fue ejemplar, aunque el pobre flaqueó en el último momento. Cuando fueron a por él, dijo: “Hágase la voluntad del Señor”. Y su muerte hubiera sido ejemplar, proia de un santo de haber perdido el ánimo al final.

Se despide lamentando no poder proporcionarle las fotografías solicitadas.

Fdo: S. Lurueña, Presbítero.

                                                         En Vecilla (León), 12-1-42

Fue el preso más célebre, de ahí su recuerdo, aunque no podría dar fe de su salud mental a tenor de las cosas que hacía. Desde su primera confesión, le dio por hacer penitencia y no probaba bocado. Se pasaba los días escribiendo. Un día le entregó una carta para don Joaquín Barrera López (Merida), con encargo de dársela junto a las cuartillas manuscritas. Y así lo hizo.

En cuanto a su ejecución, al final perdió la compostura. Primero se desmayó, luego vociferaba que no quería morir, y hubo de ser arrastrado hasta el patíbulo. Besó por última vez el crucifijo y murió escupiendo y pataleando.

Acaba la carta pidiéndole dos libros y despidiéndose.

Fdo.: Cesáreo Martín.

La carta tardó en llegarle al transcriptor. Qué más se podría añadir.

Publicado en AUTORES LITERARIOS, LECTURAS, LITERATURA, LITERATURA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX, TEMAS DE LITERATURA | Comentarios desactivados en LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE. Camilo José Cela. Barcelona, Seix Barral, 1983. Colección Obras Maestras de la Literatura Contemporánea, n.º 2. RESUMEN DE LA NOVELA.

TRANSBORDO EN MOSCÚ. Eduardo Mendoza. Barcelona, Planeta, 2021. Comentario de la obra

Eduardo Mendoza es un autor que no decepciona. Se trata de una novela de trama sencilla a pesar de que la portada diga «La vida en familia y la de agente secreto no son fáciles de compaginar». La realidad es que en la trama, el protagonista, Juan Rulfo, no llega a ser un agente secreto y solo se acerca en algunas gestiones que llegan a ponerlo en peligro por un trasnochado concepto de la amistad.

El protagonista resulta un ser un tanto apático que va aceptando la vida como le viene. Su pasado bohemio y su espíritu inquieto y crítico da un giro radical cuando deja embarazada a Carol, hija única de un rico y próspero empresario catalán. Es bien recibido en la familia porque el suegro ve en él a una persona sin ambiciones que no le hará competencia en su propia empresa como temía del anterior pretendiente de su hija. A partir de ahí, llevará una vida regalada a la que se entrega sin remordimiento.

Años atrás, trabajando para una revista, es enviado a Mallorca para cubrir la boda de un príncipe, Tadeusz María Clementij Tukuulo, heredero del trono de Livonia, país oriental bajo el régimen ruso. Allí se hizo muy amigo del príncipe y de su esposa, una chica inglesa de la alta sociedad, Queen Isabella. Distanciados en el tiempo, la caída de la Unión Soviética hará que se renueven las aspiraciones al trono del príncipe y será esta la trama que lo lleve a tratar de ayudarlo.

Como comenta Ana Rodríguez, «El humor, la ironía y la parodia están servidos» [El País]. Y es que con esa magnífica ironía suya, a través de los diálogos y la ambientación, el autor da un repaso magistral a una época clave en la historia de España y Europa, con un fino análisis de los acontecimientos que marcaron la transición: la evolución de la familia, la economía, el comunismo, el capitalismo, las olimpiadas de Barcelona, la Expo de Sevilla, la caída del muro de Berlín o la reconfiguración de Rusia tras su caída… Opiniones que bien merecen una reflexión aunque se presenten bajo un sesgo de humor que nos arranca una sonrisa.

En definitiva, una novela para entretener, reír y pensar.

José Carlos Aranda

Publicado en ACTOS | Comentarios desactivados en TRANSBORDO EN MOSCÚ. Eduardo Mendoza. Barcelona, Planeta, 2021. Comentario de la obra

EL PROFETA. José María Zavala. Barcelona, Penguin Randon House, 2025. Comentario de la obra.

Eran muchas las ganas que tenía de leer este libro. En primer lugar, la Navidad es un momento especial en que apetece reencontrarse con la figura de Jesús de Nazaret, no en vano celebramos su nacimiento que reproducimos en nuestros belenes; aunque cualquier momento es bueno para revisar la vida y el mensaje de este Salvador que se sacrificó para redimir los pecados de la humanidad y brindarnos el camino a la resurrección. No es una cuestión sencilla, el mensaje lleva dos mil años recorriendo el mundo. En segundo lugar, por el enorme éxito de la novela y la excelente crítica recibida. Creo que han sido cinco las reediciones que ha tenido solo en el mes de diciembre. Esto demuestra el interés del tema y la vigencia del mensaje.

Sin embargo, la historia no me ha atrapado. Quizás el problema haya sido las enormes expectativas que tenía en su lectura. La novela se centra en un oficial romano, Lucio Fedro, con un brillante futuro en su carrera profesional después de haber participado en las guerras del norte. Se le encarga una misión secreta: infiltrarse entre los seguidores de un nuevo profeta que está agitando Judea con sus prácticas. Se trata de demostrar ante el pueblo y ante Roma que no es más que un farsante charlatán. Para ello habrá de pasar por traidor a Roma y ganar la confianza del pueblo judío. El objetivo se consigue a pesar de ciertas reticencias por parte de algunos discípulos de Jesús.

La novela sigue en paralelo dos historias: la de Marco Lucio y su relación amorosa con una patricia romana, Flavia, que había sido su compañera de infancia en la casa donde fue acogido al morir su padre por un compañero de armas. Para su sorpresa, encuentra a Flavia ya casada pero entre los seguidores de Jesús. Esto supondrá un dilema y generará tensión narrativa. El segundo hilo es la propia historia narrada en los Evangelios, desde la predicación, la detención, la tortura y la crucifixión de Jesús. También su resurrección.

El protagonista tiene un antagonista, marido de Flavia, otro oficial romano, Benicio, que fuera compañero de armas del propio Lucio que repudia a Flavia y pugna por vengarse de los dos cuando sabe que están enamorados. El contacto con Jesús, que le brinda su apoyo frente a los demás apóstoles, la fe de Flavia y las experiencias van forjando poco a poco la transformación del personaje protagonista.

Dicho esto, los diálogos, en situaciones extremas no resultan creíbles (p. 389) y echo en falta una mayor penetración psicológica en los personajes especialmente en la evolución del protagonista, pero también en los demás actores. Presenciamos los hechos pero no los pensamientos y sentimientos que se dejan entrever en los diálogos sin mayor profundidad. En este sentido, apóstoles como Pedro, o María de Magdala, o el propio Jesús quedan algo desdibujados.

El autor demuestra ser un gran conocedor de la época y costumbres y esto es algo muy positivo. Me gustaría destacar la detallada información histórica sobre usos como la de los pescadores o el detallado informe sobre las irregularidades que se siguieron en el juicio contra Jesús que le llevó a la condena a muerte. Esos detalles de ambientación histórica bien merecen la pena.

Hay una película con una trama parecida, el centurión que es encargado de investigar el supuesto fraude de la resurrección y acaba siendo testigo de la misma. Fue estrenada en 2010, El centurión, dirigida por Neil Marchall, con Michael Fassbender como protagonista. Os la recomiendo. Y si os gusta el tema, permitidme recomendaros dos libros: Quo vadis, de Henryk Sienkiewicz, que a pesar de haber sido escrita a finales del siglo XIX, sigue reeditándose y fue llevada al cine -la película, creo, desmerece la novela-, y una obra poco conocida de J.J. Benítez, El enviado, publicada en 1979 y que sigue la pasión de Jesús, narrándola en forma de novela, a partir de los hallazgos de la Nasa en su investigación de la Sábana Santa. La seguís teniendo disponible en varias ediciones. Espero que os gusten.

José Carlos Aranda Aguilar

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VERA. UNA HISTORIA DE AMOR. Juan del Val. Barcelona, Planeta, 2025 (Premio Planeta 2025). Comentario sobre la obra

Ha sido bastante polémico el Premio Planeta 2025. Hay quien habla de poco rigor o poca calidad literaria en la obra para un premio tan prestigioso, y hay quien habla de intereses comerciales por ser un autor conocido y popular. Sus intervenciones en El Hormiguero con Pablo Motos y su esposa, Nuria Roca, siempre son ocurrentes y lo mantienen en primera línea.

Yo no soy de la opinión de que la calidad literaria deba significar «difícil de leer», ya sea por la complejidad léxica, por la estructura narrativa o por las digresiones más o menos oportunas en el relato. A lo largo del tiempo ha habido muchas innovaciones, especialmente en los últimos ciento cincuenta años y, habiendo grandes aciertos, también ha habido grandes «timos» bajo el paraguas de la innovación. Todos recordamos esa revolución narrativa iberoamericana que pretendía implicar al lector para que participara activamente en la composición de la obra, ese realismo mágico que nos trajo genialidades de la mano de Cortázar, García Márquez o Borges; también hitos como el tremendismo norteamericano de la mano de Truman Capote, y cómo influyeron en la narrativa española con autores como Torrente Ballester y ese realismo mágico religioso de la Crónica de un rey pasmado o de Ojalá el viento nos lleve al infinito, Camilo José Cela y su novela polifónica de La Colmena, o el mismo Miguel Delibes que escribió Los Santos Inocentes sin utilizar un punto y seguido.

Pero también es cierto que bajo el paraguas de la innovación narrativa nos quedaron auténticos pastiches que poco o nada tienen que ver con el arte y mucho con el oportunismo. Tampoco es algo que afecte solo a la literatura y que podemos aplicar a todas las artes -conocidos son los casos de algunos pintores de renombre que se mofaban de quienes compraban sus cuadros que no eran sino manchas de pintura en un lienzo-. Y el caso es que algunos autores dejaron constancia de su intención y sus resultados en el prólogo de su misma obra como hizo Camilo José Cela con Oficio de Tinieblas 5 a la que calificaba, no como una novela, sino como el vómito de su conciencia. Y resulta que era verdad.

No me gusta ser duro con las críticas porque corre uno el riesgo de equivocarse, especialmente cuando uno mismo no es capaz de escribir algo que se le parezca. Quizás porque me acuerde de uno de nuestros grandes clásicos del teatro, don Félix Lope de Vega y Carpio. Decidió crear su propio modelo de teatro abandonando los preceptos clásicos y tuvo tanto éxito que llenaba los teatros a rebosar. Pero era continuamente criticado por ello, por no atenerse a las normas establecidas para lo que se consideraba «arte». Harto de tanta crítica dejó escrito un largo poema «El arte nuevo de hacer comedias» donde dejó una frase lapidaria como respuesta: «puesto que la paga el vulgo, justo es hablarles en necio para darle gusto». Evidentemente, su teatro no tenía nada de vulgar y su influencia fue tanta que afecto incluso a las normas morales de la época y trascendió fronteras. Con esta ironía criticaba abiertamente a quienes confundían «arte» con «complejidad conceptual», bien por genialidad como sucedía con don Luis de Góngora, bien por imitación, esos que ocultan su incompetencia tras el caos.

Me gustan los relatos que dicen algo y que lo dicen con sencillez. Esto no tiene nada que ver con la infantilización del estilo en algunos autores. Dos de mis escritores favoritos del siglo XX son Gonzalo Torrente Ballester y Miguel Delibes y poco o nada tienen que ver Los gozos y las sombras con Off side, o El camino con Mujer de rojo sobre fondo gris, dicho sea como ejemplo de evolución narrativa de los respectivos autores. Su estilo nos permite sumergirnos en la historia hasta quedarnos en ella como quien contempla un paisaje maravilloso que nunca antes hubiera visto. Personajes, ambiente, desarrollo, motivaciones van encajando como algo maravilloso que siempre hubiera estado ahí y que, ahora, en ese momento, estamos descubriendo y nos permite sentir y conocernos a nosotros mismos a través de ellos.

La novela de Juan de Val se lee con facilidad y es el retrato de una sociedad muy precisa y que tal vez perviva de alguna forma en nuestra Andalucía profunda y también en Madrid, como en cualquier otro lugar de España. Esos nobles de nueva cuna, hacendados, que caminan por la vida dejándose llevar, entre las tradiciones y la inercia de lo fácil que te viene por nacimiento: una vida regalada. Y, frente a ellos, otros protagonistas de los que viven con otros orígenes, otros valores, otra realidad. La novela es la historia de una mujer, Vera, de cómo se puede tener todo y estar vacío cuando uno no se tiene a sí mismo, cuando se ha vivido por inercia, entre ritos y convenciones sociales, pero sin mirar hacia el interior hasta que, sin darte cuenta, acabas por renunciar a ti mismo.

Puede que en un momento dado nos miremos al espejo y no reconozcamos a la persona que nos está mirando. Con cuarenta y cinco años se está en esa travesía en la que puede asaltarnos la tentación de revisar nuestra historia. Puede que decidamos en un momento romper con todo y puede, que en ese momento, descubramos emociones y sensaciones que creíamos olvidadas o, simplemente, que nunca existieron en nuestra realidad.

Los personajes están bien retratados, sus protagonistas se mueven entre La pasión turca de Gala y Las cincuenta sombras de Grey de Verlangen Pero la trama es compleja en el relato porque cada uno se mueve por emociones e historias diferentes, emociones primitivas y viscerales: el deseo, la envida, la dependencia, el servilismo, los celos… Y los acontecimientos se van enlazando desde distintas perspectivas hasta componer un puzle que nos lleva a un desenlace abierto. Un acierto que nos aleja de las tramas novelescas románticas de Corín Tellado. A diferencias de estas, ahora es la mujer la dominante, la que posee un alto nivel adquisitivo y la vida resuelta, la que es diez años mayor que él, pero mantiene con aquellas heroínas la pureza angelical de quien desconoce lo que es la pasión de verdad, y esto gracias su fidelidad en el matrimonio, su ciega resignación a un modelo de vida y sus cuarenta y cinco años de edad. Está claro que hay un esquema social que está cambiando.

Me quedo con las descripciones ambientales, geniales: la visita a la boutique de ropa, la feria de Sevilla, los paseos o las fincas. En definitiva, espero que lo disfrutéis.

Publicado en ACTOS | Comentarios desactivados en VERA. UNA HISTORIA DE AMOR. Juan del Val. Barcelona, Planeta, 2025 (Premio Planeta 2025). Comentario sobre la obra

EL PLAN MAESTRO. Javier Sierra. Barcelona, Planeta, 2025, 2ª ed. Comentario de la obra.

No deja de ser curioso que después de leer la última novela de Dan Brown, vengamos a encontrar en la nueva obra de Javier Sierra, El Plan Maestro, la misma temática basada en la física cuántica y los horizontes que esta abre a nuestra imaginación. Está visto que las inquietudes que surgen de los nuevos descubrimientos científicos justifican el adentrarnos en el mundo misterioso de lo posible. Hay demasiadas incógnitas en la vida que siempre atraparan el imaginario popular.

Antes de continuar, me gustaría compartir un par de anécdotas: ¿nunca os habéis sentido transportados contemplando un cuadro? ¿Una sensación extraña, como si el mundo de repente dejara de existir y os llevaran a algún espacio mágico con el mar y los barcos, las nubes y las redes que aparecen en el lienzo? ¿No os habéis sentido atrapados por la mirada escrutadora de ese Velázquez que os observa desde Las Meninas detrás del caballete sosteniendo un pincel? Si alguna vez os habéis sentido así, es uno de los misterios que se exploran en el libro de Javier Sierra. La otra anécdota me sucedió en Egipto, en Asuán, viendo el obelisco inacabado. Visitar Egipto es toda una experiencia. Cuando uno se sitúa en la base de las pirámides y ve el tamaño de esas piedras resulta muy difícil creer que aquello pueda ser obra de unos seres humanos primitivos. Es una sensación que te inunda. Estábamos en la cantera de Asuán, granito, un obelisco de más de sesenta metros se había partido y lo habían dejado abandonado. Allí te explicaban que eran transportados hasta su emplazamiento en barcazas de papiro por el Nilo y viendo el tamaño y calculando el peso pensabas «Eso es imposible». Habíamos hecho el viaje en familia. Allí, en la cantera frente al obelisco, de pronto observé que mi hijo José Carlos se quedó atónito mirando el suelo. Seguí su mirada. Estaba observando una huella en el suelo de granito, era como si alguien, con una cucharilla al rojo vivo hubiera dejado un hueco perfectamente semiesférico. Era perfecto. Mi hijo me miró y exclamó: «Papá, esto lo han hecho los extraterrestres». Y esa mirada de niño también tiene que ver con la novela que nos ocupa, ellos ven sin prejuicios y sienten sin más,

La novela de Javier Sierra explora la posibilidad de que nuestros antepasados, las distintas civilizaciones, surgieran gracias a la ayuda de «maestros» ancestrales y de la posibilidad de que aún sigan entre nosotros librando su batalla particular. La magia, o mejor, la capacidad de verlos, de interactuar con ellos, escucharlos, comprender sus mensajes y orientar nuestro futuro como sociedad puede que sea la clave del momento que estamos viviendo.

En la novela hay dos líneas narrativas: la familiar que, desde los ojos infantiles de sus hijos, van explorando la función mágica del arte desde la prehistoria; y la investigación erudita de cómo pervive esta función en determinadas pinturas del Museo del Prado. Lo natural y lo sobrenatural se va mezclando de forma inquietante para mantener la tensión del relato hasta converger en el final de la novela.

Sorprende la rigurosidad de los datos aportados: pinturas rupestres, enclaves, mitologías ancestrales de culturas diversas, las pinturas del museo, las localizaciones geográficas… Y todo ello con profusión de de ilustraciones que nos invitan a cotejar una información contrastada con abundantes notas a pie de página. Ya me lo advirtió Andrés, mi librero: «Este tardarás más en leerlo porque te irás parando para comprobar el texto en cada ilustración». Y tenía razón.

¿Hacia dónde nos dirigimos como seres humanos, como sociedad? ¿De verdad estamos condenados a erradicar las emociones, la imaginación? ¿Existen los ángeles?¿Es posible que existan más allá de las limitaciones del tiempo y el espacio? ¿Es posible que existan portales que nos permitan ir más allá, comunicarnos con el otro lado? Y, ese caso, ¿para qué?

Si te gustan estos temas, la novela de Javier Sierra te encantará. Estoy seguro de que pronto lo veremos de nuevo en Cuarto Milenio despertando conciencias e inquietudes, departiendo con Iker Jiménez sobre los testimonios de estos antiguos maestros a lo largo de la historia en la distintas civilizaciones.

Hasta pronto.

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