Cómo se hace un comentario de texto (Berenice, 2020). Bienvenida la 4ª Edición.

 

BIENVENIDA 4ª EDICIÓN

Hoy he recibido los primeros ejemplares de la 4ª edición de mi obra Cómo se hace un comentario de texto (Berenice, 2020).  Soy consciente de la dificultad de alcanzar estas cifras en libros de carácter didáctico. Solo tengo que agradecer la confianza y el cariño que ha acompañado a esta publicación desde sus inicios. Hoy es ya una referencia en las aulas. Gracias.

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El cuarto de atrás. Carmen Martín Gaite. Madrid, Cátedra, 2019 (3ª edición). Resumen de la obra por capítulos.

Un resumen nunca podrá sustituir la lectura de una obra. Puede ser una aproximación, pero nunca nos trasladará el estilo ni la profundidad, tampoco los matices narrativos. Pero conviene tenerlo para refrescar detalles, argumentos, personajes. Espero que os sirva para ello y os anime a la aventura de la lectura de la original.

CAPÍTULO I. “El hombre descalzo”

Siempre adoptaba la misma postura al dormir y, al cerrar los ojos, veía un desfile de estrellas con cara de payaso (85), ascienden y descienden como volutas de humo en medio de un ruidoso silencio. Era como el preludio de que algo grande iba a pasar, que me inundaba de una mezcla de anhelo y temor. Era la condena de mis noches, pretender al mismo tiempo entender y soñar.  Esa transición al sueño era para mí tan placentera como cuando iba al circo (86) y miraba en los carteles lo que iba a ver. El placer de la espera superaba al espectáculo. Pero los recuerdos se me escapan, como las letras cuando tratas de leer sin gafas.

Si he perdido las gafas, me pongo a hacer dibujos sencillos, rayas y colores, una casa con su balcón y sus puertas abiertas. Después el cuarto, el techo, la cama… El resultado no importa porque se completa cerrando los ojos para que las estrellitas muten los decorados (87). Estoy en duermevela, ese instante en que las imágenes se confunden y, a veces, se obsesionan con detalles como el nombre de aquella tela que mi madre vio en una revista, Lecturas, y que compró para decorar el cuarto (88). Todo el cuarto quedó a juego, pero lo que a mí más me gustaba era la cama que se convertía en diván, porque me permitía echarme sobre él imitando posturas, al estilo de las novelas de Elisabeth Mulder: mujeres soñadoras, con un vaso en la mano, fumando, hablando por teléfono (89), siempre dispuestas, como esperando algo, como recordando una historia secreta en soledad.

Cuando tardaba en dormirme, aparecían las estrellitas, el cuarto parecía transformarse. Tenía un teléfono blanco solo para mí, estaba en la planta alta de un rascacielos, podía encender la luz o darme un baño a media noche sin molestar a nadie. O salir a pasear por la ciudad bien vestida hasta entrar con paso resuelto en un café (90) y sentarme a esperar fumando un cigarrillo. Pero tenía que levantarme de puntillas para no despertar a mi hermana en aquel primer piso para mirar por el balcón la fachada de la iglesia del Carmen, la sombra de los árboles y las estrellas, sintiendo el rumor de la fuente y el frescor del aire, soñando con historias por vivir, sola. Es inútil tratar de dormir, mejor me levanto. No sé si mis pies me sostendrán. Ya de pie, el espejo me devuelve una imagen irreal de la habitación, mi propia imagen me da miedo (91). De vuelta a la realidad, reparo en el desorden del cuarto: zapatos, almohadones, libros… descolocados o apilados. Diríase que crían. No sé qué venía a buscar, quizás una pastilla para dormir (92). Frente a la cama, un grabado en blanco y negro representa a un hombre recostado señalando con el índice a una segunda figura desnuda, negra, de orejas puntiagudas y cuernos, con dos grandes alas: “Conferencia de Lutero con el diablo” (93). Leer el letrero me ayuda a salir del cuadro. Debajo, sobre el radiador, está la cesta de costura de la abuela Rosario, entre libros, tan llena que casi no cierra. Allí cabe todo. La abro, caen los libros, me inclino y me caigo yo también. El contenido se desparrama por el suelo.  Ahí está el libro culpable, Introducción a la literatura fantástica de Todorov, ¡cuánto tiempo lo estuve buscando! (96). Leerlo despertó en mí la ilusión por escribir. Anoté en él: “Palabra que voy a escribir una novela fantástica”. Pero las ilusiones se enfrían hasta resultar inútiles. Allí tumbada, entre objetos, recuerdo mis juegos de infancia al escondite, mis fantasías mientras esperaba con certeza lo que había de pasar. También hoy puedo jugar, esperar sin más, sin angustias. Hoy hemos perdido el placer de jugar.

Ha sido una caída de cine cómico, de Buster Keaton, esas torpezas que revelan la inseguridad del antihéroe (97). Coloco el costurero en mi regazo y tomo un papel plegado. Lo abro y lo extiendo. Es una carta dirigida a mí, sin fecha, y con solo una inicial borrosa. Es de un hombre que, frente a una playa, me añora, que repite mi nombre obsesivamente (98). Ya sin mí, el tiempo no vale nada. Se levanta y se marcha con sus zapatos en la mano como único equipaje. Si la realidad y los sueños coincidieran podría hablar con él y contarnos nuestras historias, nuestros recuerdos, o hablaríamos al azar. También es posible que no me reconociera y pasara indiferente junto a mí. (99). No sé quién será, a veces yo me escribía a mí misma y echaba las cartas al buzón. Pero no es mi letra. He vuelto a la realidad desordenada de mi cuarto. El hombre ya no se ve. Lo que sí veo es a esa mujer en pijama sobre una cama deshecha, un cuadro de Emilio Freixas. Está leyendo una carta de amor con ojos brillantes. La miro como ella me mira y siento mi corazón latir (100) acompasado, como siempre.

Mi nombre es corto, aunque nunca imaginé que pudiera sonar tan bien pronunciado por el hombre de la playa. Están de moda los nombres largos y exóticos que empiezan por “E” y no por “C”, aunque con “C” empieza el “corazón”, corazones grabados, tatuados, pintados, cantados (101). Deberíamos rendirle homenaje al corazón, el que nos mantiene vivos. Ahora, a la niña le entra sueño, como a mí. Me tumbo en la cama y las estrellas se precipitan, pero aún tengo tiempo para decir “quiero verte”, aunque no sé a quién se lo digo (102).

 

CAPÍTULO II. “El sombrero negro”

Me despierta el timbre del teléfono. Al ir a cogerlo, tiro el vaso de agua, todo manchado. Una voz masculina, dominante, dice haber estado llamando a la puerta, que me está llamando desde el bar de abajo, que teníamos una entrevista. Yo no lo recuerdo, aún así le pido que no se vaya (103). Está lloviendo, no está el sereno, hay que bajar a abrir el portal. Me visto deprisa y me dirijo a la puerta, pero al dar la luz veo una enorme cucaracha negra en medio de una baldosa blanca, inmóvil. Salto sobre ella (104), huyo hacia la entrada, me sigue. Cuando logro llegar al rellano del ascensor, procuro tranquilizarme. El ascensor está subiendo y se detiene en mi planta. Es el hombre que esperaba, vestido de negro, alto, con sombrero negro. Al final, apareció el sereno. Lo invito a pasar. Al doblar el recodo del pasillo me detengo en seco esperando ver la cucaracha, él choca conmigo, me disculpo (105) y le explico lo ocurrido. Él me tranquiliza: “Las cucarachas son inofensivas”.

Ya en el cuarto de estar, se detiene contemplando con atención el cuadro que hay junto al dormitorio, “El mundo al revés”.  Son 48 cuadrados grabados con escenas absurdas. Deja el sombrero mojado sobre la mesa. Tiene el pelo negro, largo, mojado. Y empezamos hablando de las cucarachas. Parece moverse a cámara lenta (106). Se sienta en el sofá, por la máquina de escribir apenas asoma un folio con una frase que no recuerdo haber leído. Él mira la habitación con curiosidad. Trato de retomar la conversación, pero no me entiende porque hablo muy bajo, no calculo bien el volumen (107), quizás porque no oigo bien. Se hace un silencio tenso. Recuerdo haberme quedado dormida en el suelo, pero ¿y antes?, estoy en blanco (108).

Me invita a sentarme junto a él y me pregunta por qué oído oigo mejor, el derecho. Se levanta, me pregunta si estoy escribiendo una novela de misterio, pero no, ahora no, hace tiempo que no escribo (109). Él señala los folios que hay sobre la mesa, le digo que no es nada, insiste y empieza a parecer un interrogatorio policiaco, me irrito desproporcionadamente, “¡Déjeme en paz! ¡No lo sé, no me acuerdo de nada!”. Pero el sonríe (110)

Necesito tranquilizarme, me levanto y voy hacia la persiana. Me pregunta si me asusta la tormenta,  me asusta cuando estoy nerviosa, su voz suena afectuosa. No sé si la causa de mis nervios es él o la cucaracha, tampoco hay que entenderlo todo. Me pide que no baje la persiana, siento que hemos hecho las paces, tomo un pitillo que él me enciende con un mechero de yesca. (111). Después nos quedamos sentados mirando la lluvia. A él le gustan las tormentas, como a mí de pequeña. Me acuerdo de la oración que rezábamos: “¡Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con papel y agua bendita”. Allí en Galicia, en la casa de verano, me gustaba salir y mojarme, oler a tierra mojada: me buscaban, me llamaban, me reñían (112).

Para él, aquel miedo infantil no es diferente a este. Del miedo no sabemos nada. Me viene a la mente la Gitanilla de Cervantes, Preciosa, y su conjuro para el mal de corazón y los vahídos de cabeza. Siempre me tranquilizaba. La tormenta está ahora encima (113). Cierro los ojos relajada como una ilustración que vi en una novela donde Esperanza y Raymundo se miraban “con melancólico asombro”. Me encantaban las novelas rosa. Él me sugiere que aprovechemos la lluvia para seguir hablando de novelas de misterio. Asiento, no me gustaría, pero es más fácil dejarse llevar (114). Me quita el cigarrillo de los dedos, lo apaga. Permanezco inmóvil con los ojos cerrados. “¿En qué piensa?” –me pregunta-, no pienso en nada (115). Ahora la habitación está en orden, preciosa. Ya no siento miedo. Comento lo bien que quedaría una chimenea, podría ponerla, pero me da pereza (116).

Me pregunta si siempre trabajo aquí, su pregunta me saca de mi ensimismamiento. No, cambio de sitio, eso me anima cuando estoy atascada, es como viajar. Me gusta viajar, pero necesito un estímulo, que los viajes me salgan al encuentro. No entiendo eso de viajar por obligación, los viajes han perdido su misterio. Él opina que somos nosotros los que hemos perdido el misterio acortando las distancias, profanándolo con guías (117). Le doy la razón: las distancias y las dificultades alentaban el deseo… La ilusión de ese primer pasaporte, aunque también yo era más joven, me puntualiza él. Es cierto, pero no creo que los jóvenes actuales con 20 años sientan aquella ilusión. Fui a Coimbra con una beca de estudios. Entonces había que cumplir muchos trámites: el Servicio Social o los Cursillos demostrando tener madera de madre y esposa a lo Isabel la Católica (118). Como no los tenía, tuve que firmar un compromiso para realizarlos a mi regreso. Para mí era algo terrible. También tuve que convencer a mi padre (120). Pero valió la pena. Portugal me pareció lejano y exótico a pesar de su cercanía. Recuerdo bajar del autobús en Amarante con mi traje blanco de escote cuadrado cantando un fado que nos cantaban dos portugueses cada noche debajo de la ventana de la residencia de estudiantes de unas monjitas. Tardamos mucho en conocerlos.

Él afirma que seguro que tuve algún amor en Portugal. Y sí, lo tuve, un chico de Oporto estudiante de Ingeniería, uno que andaba despidiéndose cada día (121) pero que nunca se iba. Después, me estuvo escribiendo durante años. Nunca vino a verme. Siento haber quemado sus cartas. A veces, me vuelvo pirómana. Los papeles viejos, “de tanto manosearlos, se vacían de contenido”. Lo terrible de las cartas viejas es cuando aparecen inesperadamente devolviéndonos trozos de vida –afirma él-. A mí, en cambio, me parece algo maravilloso (122). Las cosas que aparecen y desaparecen guardan relación con el misterio, aunque la culpa de mis “quemas” la tiene un poema de Antonio Machado: “No guardes en tu cofre la galana / veste dominical, el limpio traje, / para llenar de lágrimas mañana / la mustia seda y el marchito encaje”. Después de regalar aquel baulito de hojalata que contenía las cartas, me vi disparada a la vejez y llena de furia (123). Me dio por destruir papeles quemándolos en la caldera, esa que ya no está.

Trato de imaginar cómo ve él la casa. Me pregunta cuánto tiempo llevo viviendo aquí. 53 años –le contesto-, fue cuando empecé a escribir mi primera novela. Aquí, en una pequeña habitación, abrí un cuaderno de hule y comencé a escribir (124). Era una que transcurría en un balneario. Él opina que era una novela que prometía mucho, pero que me venció el miedo. Se refiere al pasaje de mi llegada. No lo entiendo (125), allí todo era normal, los típicos encuentros con sus intercambios de saludos. Yo era una señorita de provincias acompañada por su padre que padecía del riñón. A los pocos días de llegar ya conocíamos a todo el mundo.

Recuerdo la llegada al balneario de Cabreiroa, en Verin. Era el verano del 44 y acababa de aprobar 1º de Filosofía y Letras. Me quedé extasiada frente a la fachada, saqué mi espejito del bolso blanco de piel y me retoqué el maquillaje. Desde el espejo, me miraban unos ojos desconocidos (126). Entonces, el hombre de negro me recuerda la escena del puente, cuando contemplo el río junto a un misterioso acompañante. La incertidumbre de lo que puede ocurrir es la clave de la literatura. Opina que ese misterio choca con la normalidad del ambiente. Sí, es posible que tenga razón. Me llamó la atención una familia de aspecto fino: el padre, dos hijos y dos hijas. No recuerdo a la madre. El hijo mayor ni nos miró.  Nos conocimos, era gente de dinero, de Madrid (127). Creo recordar que el padre era el gerente del balneario. Hice amistad con los hijos pequeños, pero el mayor prefería la compañía de los adultos. Jugaba al billar con una indiferencia que lo hacía deseable. A veces, se acercaba para decir algo a sus hermanos y volver a marcharse. Entonces, todo volvía a ser insípido. Un día se acercó, y se apoyó en el piano donde la encargada tocaba unos boleros, yo quería retenerlo y, por un momento, sorprendí su mirada en la mía. Sonaba una canción romántica (128) y fue un éxtasis. El tiempo y el espacio dejaron de existir. Por primera vez mantuve la mirada a un hombre, todo parecía posible. Noté la complicidad en sus ojos, ebria de placer. Cuando los bajé un instante, desapareció. Desde entonces, apenas le vi aunque paseaba sola por el parque soñando encontrarlo. Pero nunca apareció, tampoco volvió aquella mirada (129). El hombre de negro me interrumpe de nuevo, para él esa es la clave de la literatura, esa ambigüedad, el no saber qué es realidad y qué es fantasía. Y puede que tenga razón.

Recuerdo que el día de mi despedida le escribí una carta y anduve buscándolo. Lo encontré en el vestidor hablando con mi padre, olía a Varón Dandy. Justo cuando iba a dársela me enseñó el periódico. Hablaba de un atentado contra Hitler del que salió ileso (130). Me quedé paralizada mientras ellos discutían de algo que, en aquel momento, nada me importaba. Subí a mi cuarto y rompí la carta con ira. Llegó el botones, mi padre me buscaba. Y ahora sé que algo de esto quise plasmar en mis novelas (131).

Para el hombre de negro, la descripción realista del balneario es lo que rompe el misterio, donde aparece el miedo. Lo miro, sí, él podría ser el chico del piano. Es posible que el miedo a naufragar me llevara a organizar las cosas y es en la incertidumbre donde está la clave. Era la incertidumbre lo que me acechaba aquella tarde del año 53 cuando comencé a escribir. Es posible que la literatura sea eso, un refugio (132), solo que no podemos vivir permanentemente en un laberinto. Se hace el silencio, bajo la mirada y contemplo un castillo de papeles, viejos recuerdos, recortes pegados en cartulina (134). Reconozco la caligrafía de una vieja amiga del instituto, valiente y rebelde. No tenía miedo a nada, sus padres estaban encarcelados por rojos. Juntas hacíamos excursiones, nunca tenía frío, nunca llevaba bufanda, y cogía los insectos con la mano (135). Cuando salíamos de clase, nos refugiábamos con nuestros bocadillos en nuestra isla desierta, inventada, Bergai (136).

Entre las dos, fuimos escribiendo una novela rosa. La protagonista, Esmeralda, se escapó de su casa para vivir y, junto a un acantilado, se encontró con un hombre de negro que miraba el mar. El hombre de negro me pregunta a qué edad comencé a escribir. Le respondo que fue durante la guerra, en Salamanca. Me servía de refugio contra el frío y los bombardeos que todo lo hacían retumbar (137). Un día cayó una bomba en la churrería que había cerca de casa y mató a toda la familia, incluida una niña que jugaba con nosotros. A su padre no le gustaba ir al refugio, y yo no lo entendía porque para mí ir al refugio era como un juego, oír la sirena y echar a correr escaleras abajo tropezando con los vecinos (138). Había muchos refugios en Salamanca (139). “Venid, no os separéis”, decía mi padre. Había quien se angustiaba, pero yo no. El hijo del comandante, mi vecino, me sostenía la mano acurrucados. Me invitaba a ir a su casa a ver el nuevo Santo, San Froilán. El padre salía por la noches a requisar las riquezas que quedaban abandonadas en los pueblos que tomaban los nacionales (140).

Al coronel no le gustaba que fueran a su casa, pero Lucinda, la criada pelirroja , protegía nuestros amores furtivos. En aquella época, ese niño y la hija de los maestros encarcelados, eran mis mejores amigos. Pero no les podía hablar al uno del otro porque los intuía irreconciliables.

Allí en Salamanca estaba el Cuartel General. El hombre de negro me pregunta si vi alguna vez a Franco. Lo vi una vez, a la salida de la Catedral, con su mujer, su hija y su fajín de General, saludando arrogante. Mirando a Carmencita recuerdo que pensé en lo tediosa que debía de ser la vida de los hijos de reyes y ministros, ¿a qué jugarían?, ¿con quiénes? Le comento que decían que se parecía a mí, y a él le parece un disparate (141). Carmencita no era guapa según los cánones de la época como Diana Durbin. Sentía pena por ella, me hubiera gustado conocerla, consolarla. Era la “Princesa triste” de Rubén Darío (142), la imaginaba aburrida tras una ventana mirando las nubes. Era lo contrario de Diana Durbin. Antes de ser actriz, iba al colegio en patines con su cartera al hombro. Era toda una alegoría de la libertad que yo, patosa, nunca conseguí a base de tropezones y caídas.  Yo coleccionaba sus cromos, venían en las tabletas de chocolate y en los pesos de las Farmacias, eran cromos de actores.

El hombre de negro me pregunta si envidiaba a Carmencita. Observo que no ha sacado un blog, ni un magnetófono. Lo miro con simpatía, desde luego sus preguntas no son convencionales, mis respuestas, tampoco (143). Envidaba su pelo ondulado, suelto. A mí me peinaba mi madre el pelo corto con chifles, no se podía ir por la vida con el pelo lacio. Él me recuerda a Greta Garbo, pero ella era una excepción y anterior a esa época. Fue Verónica Lake la que desafió la moda en “Me casé con una bruja”. También Ingrid Bergman y, aquí en España, Ana Mariscal, pero no marcaron tendencia. Recuerdo la envidia que sentí cuando dieron el primer premio Nadal a una mujer, al verla retratada con el pelo corto, liso (144). Yo entonces estaba en primero de carrera y soñaba con ser actriz. Seguí con los chifles hasta el año 53, cuando me casé, que me hice la permanente por consejo de mi madre (146). Fue la única vez que me la puse y juré odio eterno a las peluquerías. En mi época, arreglarse el pelo era algo doméstico, y nada como los chifles. Yo aún me los pongo, me los sujeto con un nudito arriba, con papel higiénico, liándolos hacia arriba. Tardé bastante en aprender (147). El rizado de Carmencita, en cambio, era natural. Por lo demás, me daba pena.

Saca unos cigarrillos, tomo uno, son portugueses. Me ofrece fumarlos en homenaje al chico de Coimbra. Me parece una buena idea. Yo, por entonces, fumaba (148). ¿Se consideraba entonces más feliz que la hija de Franco? –me pregunta-. La felicidad en la postguerra era algo inconcebible. A pesar de todo, recuerdo mi infancia y mi adolescencia felices. Teníamos tan poco, que todo era un regalo; el hecho de comprar un helado de cinco céntimos era una fiesta (149).

Le ofrezco algo de beber, un té con limón. Es lo que más quita la sed –añade él-. Me levanto a prepararlo (150)

CAPÍTULO III. “Ven pronto Cúnigan”

Entro en la cocina de buen humor, con ganas de ordenar, de recoger. La conversación me ha refrescado un viejo tema, el de los usos amorosos de la postguerra (151). Tomé notas, pero hay que darle forma, ¿dónde estará ese cuaderno? Bueno, ahora debo concentrarme en el té, aunque podría llamarlo y seguir hablando en la cocina, tan agradable para una buena conversación. Me horrorizan las cocinas modernas tan limpias e impersonales. Prefiero los interiores de Vermeer de Delft (152). Allí, los enseres cotidianos acompañan la imagen de una mujer que lee o mira por una ventana. Termino de limpiar y me miro en el espejo con una sonrisa, era el antiguo espejo de mis abuelos. Todavía tengo la bayeta en la mano. Mi abuela parece recriminarme señalándome con el dedo: “¡Anda que tú también limpiando, vivir para ver!”. Siempre sale del mismo sitio para advertirme sobre las tareas domésticas. Pero yo sigo siendo la misma rebelde contra el orden y la limpieza, como si fuera un mantra tan divino como San José o la Virgen en aquel piso que regentaba mi abuela con dos criadas antiguas (154).

Aquel piso de la Calle Mayor sigue igual. Le conté a un amigo cómo se ponían colgaduras en los balcones para los desfiles y las procesiones. Debajo sigue la tienda de pañería. La zona ha perdido señorío. El ascensor hacía un chirrido al subir que se oía en toda la casa. En el segundo, había una pensión, “La Perla Gallega” (154). De allí llegaba el rumor de jóvenes huéspedes. El ascensor no se paraba en mi rellano, ni sonaba mi timbre, ni llegaba esa visita inesperada con la que soñaba despierta. Nuestras visitas venían de tarde en tarde y avisaban por teléfono. Eran amistades antiguas que se recibían en el comedor. Entonces, el tiempo empezaba a rebotar ansioso, mientras los niños, sentados lejos, no entendíamos nada (155). Yo me ponía mis auriculares negros para escuchar foxtrot. La conversación monótona transcurría entre la comida, la salud y la familia. Yo, mientras, dibujaba o hacía manualidades. Afuera, la ciudad bulliciosa invitaba a la aventura, un bullicio que chocaba con el tic-tac de los relojes y aquel orden reluciente de objetos de plata y de ajuares guardados en los cajones. Me hubiera gustado revolverlo todo, pero allí seguía sentada, dibujando, divagando. ¿Dónde estaría Cúnigan? Nunca llegué a saber si existía realmente, la aprendí de una canción (157) o tal vez de un anuncio que lo presentaba como un lugar mágico y único. Eso a mí me bastaba para soñar.

Y soñaba con ella cada vez que acompañaba a mis padres a Madrid, en uno de sus viajes metódicos y organizados. A Madrid se venía, en primer lugar, a la modista (158) lo que era todo un ritual hasta que llegaron las manufacturas. La ropa era todo un ritual. En las casas había máquinas de coser y figurines que se estudiaban concienzudamente. Había modistas que podían “escabecharte” –hacerte una escabechina- y, entonces, perdían credibilidad y clientes. Quedaban relegadas a simples modistas, costureras. Entonces eran mal pagadas y cosían a domicilio. A ellas se les encargaban las batas o la faldas de diario (159), uniformes y cosas por el estilo. Vivían humildemente, en bajos, sin rótulos. Cuando venían a casa traían dulces y carretes vacíos y nos regalaban los retales. Eran tratadas con condescendencia familiar pero también con exigencia. Las modistas, en cambio, eran apreciadas, nunca iban a las casas. Cuanta más fama, eran más lentas y más caras. Tenían muchos figurines, algunos extranjeros, y hacían sugerencias. Lo más era vestirse en Madrid con una modista que tuviera telas propias (160).

Nosotros visitábamos a Lucía, una modista hija de Amalia, cada vez que íbamos a Madrid y constituía todo un hito. Era delgada, elegante, de cejas finas. Le hizo a mi madre sus vestidos para la boda, alguno de ellos heredado por mí y en buen uso. Previa cita, nos recibía con amabilidad, veíamos los muestrarios y elegíamos el modelo que luego su hermana desfilaba para nosotras. Siempre me impactó esa transformación de hermana a modelo.

Otro objetivo al ir a Madrid era asistir a los estrenos. El teatro era más solemne que el cine porque las películas siempre acababan por llegar a Salamanca. Me gustaba ir al teatro (161). Cuando entraba, tenía la sensación de entrar en un habitáculo privilegiado. Nada me producía tanta emoción. Nos sentábamos en platea. Mi madre se quitaba los guantes y elevaba los prismáticos con un gesto tan elegante que parecía una actriz. Cuando se levantaba el telón y se hacía el silencio, se me ponía un nudo en la garganta. Cualquier cosa podía ocurrir. Yo, entonces, admiraba el aplomo de los actores, quería ser actriz. Sus nombres me sonaban a dioses (162).

También íbamos a algún local, al médico, al Prado, de compras o de procesiones, de belenes o de visitas familiares. La gente en Madrid era diferente, actuaba como con desgana. Era como si pasaran de ti, especialmente en el metro. Me gustaba sentirme rodeada de desconocidos, el roce, el olor, la incertidumbre, el tratar de descifrar rostros y actitudes. El metro era una invitación a la aventura. Podría seguirlos, ir por calles desconocidas… Pero para eso habría que ir sola y siempre acabábamos en Sol, subíamos por la Calle Mayor y a casa. Recuerdo que pensé que nunca volvería a la Calle Mayor hasta que pudiera ir sola. Quizás por eso llevaba tanto tiempo sin pasar por allí y frente a su fachada sentí como si rompiera los hilos con el pasado (163).

Me reñían de niña por leer con la cara pegada a la ventana, “¡Dios mío, los cristales recién limpios!”. Todo estaba recién limpio en aquella casa. Era una manía eso de quitar un polvo que venía a posarse nuevamente haciendo espirales bajo los rayos de sol (164). El zafarrancho empezaba ya al amanecer y yo me sentía aliada del polvo, le ayudaba a esconderse en el embozo de mi cama hasta que me avisaban para el desayuno. De las dos criadas, la más joven era la encargada, la más resuelta. Su tía, más ampulosa, se encargaba de la comida y de la compra. Siempre nos preguntaba qué nos apetecía y resultaba abrumadora. Nuestra indiferencia le resultaba ofensiva. Yo soñaba con una buhardilla desordenada y llena de polvo, con comer cuando tuviera hambre (165). “De vez en cuando también hay que ordenar un poco, no conviene venerar el desorden”, porque si no te aplasta. Después de veinticuatro años en la cocina, ella sabía de lo que hablaba.

El aparador grande viene de la rama materna, de Galicia. Perteneció a don Javier Gaite, lo compró por 300 pesetas (166). Teníamos aún la factura entre los papeles viejos. Yo no conocí a mi abuelo, pero tiene buena planta en las fotografías: barbita, ojos inteligentes, sobrero de paja. Era profesor de Geografía, siempre de traslados, quizás de él me venga el gusto por la bohemia. Pero estuvieron más tiempo en una casa de Cáceres con muchas habitaciones. Pagaban 6 pesetas por el alquiler. Hoy todas las casas parecen iguales, pero las casas viejas tienen su historia. Le pedí a mi madre que me la dibujara y perdimos la noción del tiempo como sucede con lo buenos cuentos. “Gracias a ellos nos salvamos del agobio de lo práctico”. La casa era grande y complicada. Tenía patios de luces, pasillos con vericuetos, un comedor al fondo y una galería abierta (168) donde sentarse a leer. También tenía “el cuarto de atrás” que yo imagino como una especie de desván del cerebro. Los recuerdos que pueden darnos alguna sorpresa viven agazapados en el cuarto de atrás (169).

Mi madre se pasaba las horas muertas en la galería, nunca se aburría. Allí leyó Los tres mosqueteros. Le hubiera encantado estudiar una carrera, como sus dos hermanos, pero entonces no era costumbre. Recuerdo que, en Bachillerato, leí una novela, El amor catedrático. En ella, la chica se atreve y estudia una carrera y acaba enamorándose y casándose con su profesor de latín. Me decepcionó: “Para ese viaje, no necesitaba alforjas”. Tanto desafiar a la sociedad para acabar casada con un viejo maniático, ¿era eso un final feliz? A mí me gustaba el proceso del enamoramiento, los obstáculos, pero ¿por qué tenían que acabar siempre casándose? Mi madre no era casamentera, tampoco me enseñó a coser ni a guisar. Siempre me animó a estudiar (170).

En la guerra, se postergaba cualquier conato de feminismo para poner el acento en el heroísmo abnegado de madres y esposas. La Sección Femenina encarnaba esta visión de la mujer con arengas durante el Servicio Social que hice a regañadientes (172). Debíamos ser el complemento perfecto del hombre: fuertes, alegres, laboriosas. Era como una receta infalible. Había que sonreír por obligación, como afirmaba Carmen de Icaza en su novela Cristina Guzmán. Sus heroínas eran fuertes, activas y prácticas. En los himnos falangistas también se ensalzaba este modelo. El dolor era algo despreciable que había que ignorar (172) Debíamos madrugar, abrir ventanas, hacer los ejercicios recomendados por la revista “Y”, editada por la Sección Femenina, título inspirado en la inicial de cierta reina gloriosa, Isabel la Católica, todo un referente en nuestra historia. Yo miraba su retrato con aquel rictus serio bajo el casco y no entendía dónde estaba la alegría. “No daban muchas ganas de tomar aquella imagen como espejo”. La revista ponía la laboriosidad como antídoto (174) contra cualquier problema. Nos enseñaba a ser buenos cristianos, amas de casa y esposas abnegadas que engendraban hijos. Aquella machacona ñoñería de los años 40 generaba mi desconfianza y mis ansias de libertad. Recelaba de los santos y de los reyes, de los conquistadores y de los héroes. También me puse en guardia contra la idea del noviazgo (174). Querría hablarle al hombre de negro de todos estos recuerdos, pero no tiene sentido, ¡tendría que hablarle de tantas cosas! Sigo sin encontrar el cuaderno y tengo sed. Preparo la bandeja con los vasos y el azucarero. Salgo al pasillo (175).

CAPÍTULO IV. “El escondite inglés”

Cuando entro en la habitación, el hombre de negro ha cambiado de postura, está absorto, ni me mira, “¿Cree usted en el diablo?”, me pregunta. En la mano trae el grabado de Lutero (176). “¿Por qué ha entrado en mi dormitorio?”, protesto. Él se ríe. No estaba allí, alguien lo habrá sacado y no recuerdo haber sido yo. Debajo tiene un verso escrito, se trata de un poema, tiene mi caligrafía: “Cabecita, cabecita / tente en ti, no te resbales […]”. Se disculpa y deja los papeles en su sitio. Me pregunta por el texto, es de Cervantes Me quedo paralizada al ver al principio del folio de la máquina de escribir el conjuro de la Gitanilla y, entre comillas, en el ángulo superior derecho, el número 79 (178), ¿de dónde han salido esos 79 folios?, ¿de qué tratan? Sirvo el té, su presencia es mi único asidero a la realidad. Me siento turbada y le pregunto si ha sido él quien ha escrito en mi máquina. Pero eso es absurdo. Las piernas me tiemblan. Él ha llenado ya los vasos y parece esperarme (179).

Están pasando cosas muy raras. “Eso pasa todos los días”, me dice, aunque nos empeñamos en racionalizarlas. Nos disgusta no poder clasificarlo todo. Deberíamos aceptarlo de la misma forma que aceptamos los sueños raros que persisten como una realidad viva una vez despiertos. Le escucho como quien escucha a un prestidigitador. Su voz me tranquiliza. Lo oigo pensando en las mentiras que nos contaban sobre Isabel la Católica (180). Me gustaría anotar todas las sugerencias para hilvanarlas en un libro sobre la postguerra a partir de mis primeras perplejidades. Él alaba el té, tiene la justa medida de limón. Como en el amor, hay que quedarse con ganas, decía un pariente mío. También es uno de mis temas recurrentes, “el miedo a la saciedad”. Me invita a sentarme, a beber el té. Avanzo, no sé si con mis pies o a hombros de San Cristóbal gigante. Y le confirmo, “Sí creo en el diablo” y en San Cristóbal y en Santa Bárbara, en todos los seres misteriosos. En Isabel la Católica, no (181).

Dice alegrarse porque he vuelto a encontrar el camino que creí encontrar en la segunda parte de El balneario, como en Pulgarcito, el cuento de Perrault, cuando deja un rastro para poder regresar. No lo entiendo del todo. Él sirve más té, dice no tener prisa, “tenemos mucha noche por delante”. Recupero la sensación de expectación ingrávida de mis sueños infantiles. No hay que hacer nada, todo llegará. Saca de su bolsillo una cajita con píldoras de colores y me ofrece (182). “¿Qué color prefiere?”, prefiero el malva, pero no hay, son más bien moradas. Acepto una. Me recuerda cuando mis primos me enseñaron a jugar al parchís. Me la tomo con un poco de té. No sabe a nada. Él toma otra de color verde. “Verá qué bien sientan”, me dice. Lo bueno de los juegos es el aprendizaje, cuando ya conoces las reglas, se convierten en rutina. Eso fue lo que sucedió con el parchís (183). Según él, las pastillas no crean hábito, sirven para la memoria, para desordenarla. Retomamos la conversación donde la dejamos antes de ir a la cocina, en los helados de limón, y cómo sabían a libertad y juegos. El heladero ponía su carrito en la plaza; al otro extremo, se ponía la castañera en invierno, y ambos se sucedían al ritmo de las estaciones (184) y del escondite inglés.

Él no conoce el juego, le explico las reglas. Te ponías de espaldas, los demás niños se situaban a cierta distancia. Recitabas “uno, dos, tres, gallito inglés” y te volvías rápido. Mientras, ellos avanzaban. Si sorprendías a alguien en movimiento debía retroceder. Así hasta que uno te alcanzaba y ocupaba tu lugar. Había entonces muchos juegos infantiles, tanto en la calle como en casa. Hoy se están perdiendo en la calle, quizás sea por los coches. Entonces apenas había. Mi padre tuvo un Pontiac antes de la guerra, se lo requisaron. De pronto, me he ido a un hotel de Burgos con mi prima Ángeles, es de noche, ¡qué bien funcionan estas píldoras!: complicidad, excitación, cotilleos… Nunca antes había dormido en otra ciudad con una amiga (185). Mi padre y mi tío Vicente estaban en la habitación de al lado. Hablaban del asunto del coche que, según un comunicado “había servido gloriosamente a la Cruzada”. Estaba destrozado. Lo indemnizarían con algo, pero debía identificarlo. Los acompañamos y la alegría nos desbordó por el simple hecho de quedarnos a solas. Ya no se les oía hablar, miramos por la ventana: ventanas iluminadas, un falangista despidiéndose de una rubia muy pintada, un coche oficial… (187). Le propuse a mi prima salir, le daba miedo pero la convencí. Nos vestimos y bajamos sigilosamente. Dejamos la llave al conserje. Nos habíamos pintado algo los labios para parecer mayores y dimos un paseo corto hasta el espolón. Andar era como volar. De pronto, le asaltó a mi prima la idea de que cerraran el hotel, de que estuviéramos perdidas… Regresamos, recogimos la llave y subimos en el ascensor con un matrimonio que nos llamó de usted, “¿A qué piso van ustedes?”. Me dio la risa (188).

Juntamos las camas y estuvimos cuchicheando hasta las 2. A la mañana siguiente salimos temprano por lo del coche. La ciudad había perdido la extravagancia de la noche. El cementerio de coches, a las afueras, era como un vertedero. Pensé que aquellas chatarras fueron alguna vez coches nuevos, pensé incluso en la posibilidad de que el Pontiac apareciera nuevo. Hubiera sido un buen final (189). Pero no. Allí estaba, “seguramente le pueden dar hasta mil pesetas, porque el motor ha quedado aprovechable”, dijo el encargado. A mí aquello me pareció muchísimo dinero, y mi imaginación se disparó viéndome por la ciudad corriendo aventuras tras robar el dinero y dar esquinazo a mi prima. Yo era malísima. Pero la mirada desconsolada y abatida de mi padre me sacó de golpe de aquella ensoñación (190). Tenía que firmar que lo reconocía y mi tío trataba de animarlo: “Vamos, hombre, […] por lo menos hemos salvado el pellejo, acuérdate del pobre Joaquín”. Recuerdo cómo mis padres lloraron abrazados la muerte del hermano mayor, al que fusilaron por socialista. Era alto, guapo y un poco insolente. Nos traía regalos, nos regaló el parchís.

El hombre de negro me dice no comprender la relación entre el paso del tiempo y el escondite inglés (191). El tiempo parece inmóvil, pero cuando volvemos la vista atrás algo ha cambiado, como en el juego. Por eso es tan difícil ordenar la memoria. Me ha gustado el recuerdo del hotel de Burgos, debería anotarlo, ¿año 38? Miro de nuevo la mesa y tengo la impresión de que los folios han aumentado. Me levanto buscando un cuaderno de apuntes sobre la postguerra, aunque preferiría encontrar aquella revista, Crónica, de mi tío, una revista donde venían mujeres desnudas, que se guardaba en la banqueta donde mis padres lloraron su muerte (192). Sin embargo, va apareciendo de todo menos el cuaderno. Se me abre una carpeta y un montón de recortes se desparraman por el suelo. El hombre de negro se ofrece a ayudarme a recogerlos pero declino el ofrecimiento. En la etiqueta escribí “Fantômes du passée”. Veo una foto de Conchita Piquer junto a un artículo que publiqué en Triunfo sobre las coplas de la postguerra. Podría darme algunas sugerencias.

“¿Qué era lo de Burgos?”, era lo del coche de mi padre que acabo de contar. Se encoge de hombros mientras niega con la cabeza. Me quedo en silencio sentada en el suelo (193). Estoy confusa, parece que no distingo lo que digo de lo que pienso, ¿será problema de mi sordera? Tendré que consultar al médico. Mi mente vuelve a la Piquer, recuerdo su grandeza, su solemnidad cuando cantaba aquellas coplas llenas de amores desgraciados y desgarro que hacían llorar (194). Se me escapa un verso en voz alta: “Quien va por el mundo a tientas, lleva los rumbos perdidos”. Ya no tiene sentido el cuaderno, todo da igual. Me siento como una isla, aislada por la incomprensión. Es una de esas sensaciones prohibidas por la Sección Femenina porque conducen al victimismo.

El hombre de negro trata de consolarme, no tiene importancia. Podría contarle ahora lo de Burgos, pero da igual, “era un recuerdo de la guerra que ya se ha desvanecido”. Me tiende un bolígrafo y una libreta pequeña (195). Tengo problemas con el bolígrafo, me ayuda, apoyo el cuaderno en mis rodillas y anoto por cortesía: “Cementerio de coches. Burgos, ¿1938?”. Después, arranco la hoja y la dejo en el suelo entre los recortes de prensa dispersos. Pero es inútil. Una vez anotado el dato parece que se disecara, lo mismo que les sucede a mis sueños (190), están vivos cuando me despierto, pero al intentar atraparlos se difuminan. Es un esfuerzo inútil. El anotarlo solo logra tranquilizar mis nervios. Le devuelvo el bolígrafo y el cuaderno y le pido disculpas por mis fugas.  Él, en cambio, dice estar encantado con ellas.

La cajita de oro de la bandeja me libera del silencio incómodo. Puede  que sea efecto de las pastillas, mi voz ha sonado falsa (197). Él también lo ha notado y me insiste en que no tengo que disculparme. No tiene nada de malo fugarse. Me abrazo las rodillas. No hay reproche en su voz, pero aún así me siento inquieta. Es un recelo que me viene de muy atrás, de los cuchicheos y censuras de las señoras cuando me veían pasar con mis amigas: “Ha salido muy suelta”, decían. Vuelvo a confundir guerra y postguerra. No era eso lo que decían de mí, sino de las muchachas que al anochecer se iban con los soldados italianos al campo de San Francisco. (198). Sin embargo, aquella era una época de supervivencia. Entonces, “ser una fresca” era lo peor, como hoy lo es “ser una reprimida”. En aquella época, ser una locas o unas frescas era motivo de condena, estar en el camino de la perdición, de la deshonra. El colofón era la fuga. Aunque también en esto había cierto heroísmo como en don Quijote, Cristo y Santa Teresa, pero ellos lo hicieron por una noble causa (199). Yo pensaba que también podía ser heroica la fuga por gusto, simplemente por amor a la libertad. Admiraba a los enamorados, su valor al fugarse aunque sabía que yo nunca lo haría a la luz del sol.

El hombre de negro llama mi atención, me invita a sentarme en el sofá (200), y me pide que no me fugue sola, que prefiere que lo haga en voz alta. Le cuento que he estado paseando por el Tormes con unos amigos de la carrera. No estoy segura de la sensación de frío. Los fríos mayores fueron durante la guerra. Unas señoras me criticaban desde un balcón, aunque quizás no fuera a mí. Esta confusión es la que hace tan difícil escribir ese libro que tengo in mente de la época de los helados de limón, del parchís, de Carmencita Franco. Pero desde la muerte de Franco, han proliferado tanto las memorias que ya aburren (201).

Quizás la clave esté en no escribirlo como un libro de memorias. Esa es la clave que busco, cómo enhebrar los recuerdos. Me corrige, “o deshenebrarlos”. Para eso necesitaría las píldoras. Me las regala, acaricio la caja y le doy las gracias y pienso que ahora sí que voy a escribir ese libro. Pero lo mismo le prometí a Todorov, escribir una novela fantástica. ¿Y si mezclara las dos promesas? (202). Él me invita a hablar del libro, pero no sabría por dónde empezar. Me sugiere que empiece por cómo se me ocurrió, pero hacerlo bien llevaría mucho tiempo. No hay prisa, comienza: “Estamos en la mañana del entierro de Franco”. Se retrepa en el sofá, echo de menos la chimenea, “los buenos cuentos surgen siempre al calor de las llamas”.

Hay que retroceder a Salamanca (203), nací en plena dictadura de Primo de Rivera, cuando murieron Pablo Iglesias y Antonio Maura. Entonces no daba importancia a la política, era cosa de mayores, un juego. Cuando vino mi tío Joaquín, recién afiliado al partido socialista, trajo una especie de “juego de palabras”, un acertijo con el que mis padres rieron mucho. Me lo aprendí enseguida: “El estraperlo (204) es una especie de ruleta que tiene dos colores: le blanc y le rouge […]”. La gracia estaba en que aparecían ocultos los nombres de los políticos de Madrid. Después de la guerra, dejó de parecerme un juego. El estraperlo se asociaba al hambre y al racionamiento, a las cartillas y la escasez. Lo que antes era fantástico (205) vino a ser una cruda realidad. Franco fue el primer gobernante que sentí como tal. Era omnipresente. Yo tenía 9 años cuando empecé a verlo por todas partes: periódicos, sellos, NO-DO… Cuando murió no me lo podía creer. Hubo quien lo celebró, quien lloró. Yo, simplemente, me quedé de piedra. Desperté cuando vi su entierro (206). Lo televisaron. Bajé con mi hija al bar de abajo para verlo, el bar Perú. Se fue llenando con caras conocidas. Hubo discusiones. Los madrileños hicieron cola durante 3 días para ver el féretro. Para algunos aquello fue un exceso, para otros era algo obligado ante quien “había regido los destinos de la Patria” (207). También había comentarios morbosos sobre su enfermedad y su muerte.

Hago un alto para beber té y colocar la foto de la Piquer. Él dice no aburrirse con mis divagaciones y continúo. A Franco lo enterraron un 23 de noviembre y al escuchar esa fecha dicha por el locutor de televisión mi mente se fue hasta mis orígenes (208). Faltaban 15 días para mi cumpleaños. Nací con la muerte de Antonio Maura y de Pablo Iglesias, mi vida había transcurrido entre aquellos entierros y este. Allí, en el televisor, estaba Carmencita Franco, enlutada, con gesto amargo, y pensé en aquella otra imagen de Salamanca. También ella estaba irreconocible, ambas habíamos cambiado, pero habíamos vivido las mismas vidas y costumbres. Tal vez también los mismos sueños. Me parecía emocionante verla caminar detrás del ataúd (209). Mi hija y su amiga, mientras, bebían una cerveza en la barra ajenas a lo que yo sentía. Era el fin de una época, de un Franco omnipotente y omnipresente, y lo iban a enterrar, no había en mí ninguna otra consideración política (210). Subí a casa y me puse a escribir, me di cuenta de que de ese tiempo lo sabía todo. Revisé hemerotecas, pero no era eso, también las novelas rosa que tanto influyeron, y las canciones.

Me agacho a recoger el recorte de Conchita Piquer: “Cuarto a espadas sobre coplas de postguerra”. Me pregunta si el artículo es mío. Le respondo que sí y me ofrezco a leérselo (211), me siento inspirada. Necesito mis gafas, están en la funda que lleva bordado un pavo real. Me las acerca. De espaldas parece algo encorvado, más viejo. Le doy las gracias, me las pongo y comienzo a leer (212). No recuerdo que empezara así. Noto que él me mira de forma extraña, “Nunca la había visto con gafas”, me dice. Hace cuatro años –le comento-. Se hace el silencio sobre una mirada intensa, como esas que en las novelas rosa desembocaban inevitablemente en una escena romántica. “Le quedan muy bien”, me dice con dulzura, y el corazón se me dispara como si siguiera el guion de una de aquellas novelas que tanto leí (213) hasta que llegó Carmen de Icaza con su modernidad moderada. La protagonista podía no ser joven, pero era valiente, trabajadora, independiente, con un pasado secreto y tormentoso.

Suena el teléfono, me hubiera gustado que me pidiera “No lo atiendas, quédate conmigo” (214). También el pasar de “usted” al “tú” es un umbral inquietante. Pero en lugar de eso me dice que pudiera ser para él, que dejó mi número de teléfono para estar localizado. Me pide por favor que diga que ya se ha marchado (215)

 

CAPÍTULO V. “Una maleta de doble fondo”

El teléfono me sorprende echada en la cama. El libro de Todorov está en la almohada con un apunte: “Novela fantástica. Acordarme del grabado de Lutero y el diablo. Ambientación similar”.

Al otro lado del hilo, una voz dubitativa de mujer (216) con acento del sur pregunta por Alejandro. Sonrío. Alejandro es el nombre de mi protagonista, el de la novela que escribí con mi amiga del Instituto. No puedo evitar un comentario: “¿Alejandro?… Me lo figuraba”. Su respuesta es cortante: “Yo también me lo figuraba” (217). Esta conversación podría ser una idea magnífica para continuar aquella novela, me hubiera gustado contárselo a mi amiga, estaríamos en clase y el profesor de Religión nos llamaría la atención. “Lo siento, no puedo pasarle con Alejandro, se ha marchado hará 10 minutos”. Me pregunta por el tiempo que ha estado, por la hora a la que llegó… Finalmente se echa a llorar y me pide que le cuente la verdad (218). Ella, por su parte, me cuenta que le había pedido que no viniera, que le insultó, que le gritó. “Por favor, dígale que me perdone, que vuelva”. Me quedo indecisa, pero me gustaría profundizar en la historia. Ella insiste en que le diga algo, cree que él sigue aquí por aquello de “me lo figuraba”. Trato de explicarle lo de la novela pero me corta: “Lo sé todo… ¡He leído las cartas!” (219). Me quedo perpleja, la dejo seguir como quien ve una película. Pensé en “Rebeca”, la primera película que ví. Aquella en que Joan Fontaine trataba de esclarecer un misterio en el castillo de Manderley, tan famosa que se dio nombre a la prenda de vestir que llevaba la protagonista, esa que se cruzaba sobre el pecho con gesto de susto (220). La señora del teléfono está fuera de sí, intuye que ha sido él quien me ha dicho que ya no está allí. Le pido que se calme, que debe haber un error. Ella titubea: “…entonces no entiendo, me voy a volver loca”. Siento alivio al pensar que ya hay otro loco.

Una mañana de verano, estaba con mis primos en la aldea gallega de mi madre asando patatas en una hoguera (221) mientras mi padre aguardaba el aperitivo leyendo un libro, El elogio de la locura, “¡Qué título más raro!, ¿no, papá?”. Al invierno siguiente fue cuando me habló de Erasmo de Rotterdam, un sabio capaz de enjuiciar la locura y verle, incluso, aspectos positivos. “¿Su nombre no empezará por la letra “C”? Y, ¿no firmará a veces solo con la inicial?”. La pregunta me ha sobresaltado.  Cuando le respondo que sí, se reafirma. No hay error, coloco el punto detrás de la inicial. Eso, según ella, indica desafío. Dice estudiar grafología para entenderlo a él. Pero él se ríe, la menosprecia, es un machista. Está enamorada y él lo sabe. Cuando los hombres lo notan te desprecian. La siento desvalida, me da pena y trato de consolarla, pero eso es lo peor (223). Aquella conversación empezaba a sonar a copla de Conchita Piquer, con mujeres enredadas en conflictos escondidas tras apodos que se exhibían desafiantes: La Lirio, La Petenera… Provocativas y ojerosas que rodaban su deshonra por arrabales y cafetines. Eran un revulsivo a aquel mundo anestesiado de la postguerra de noviazgos abocados al matrimonio. Ellas eran la otra cara de esa realidad de la que nadie quería hablar (224), del cataclismo que acababa de asolar el país. Se apelaba a los sentimientos delicados, se pregonaba la esperanza. Y aprendimos a esperar entre imágenes idealizadas de Cisneros e Isabel la Católica, racionamiento y estraperlo, escuchando en la radio los dulces boleros de Boner de San Pedro, de Machín, de Raúl Abril. Conchita Piquer era otra cosa (225): amores rotos y mujeres perdidas sin esperanza, con pasiones prohibidas para las chicas sensatas y decentes de la nueva España.

La voz de la mujer me saca de mis reflexiones, no quiere que le corte. No lo haré, pero no sé qué decir. Tampoco ella (226). Finalmente me cuenta que está echa un lío, que lleva la cuarta parte de las hojas leídas y no entiende nada; que él las había escondido debajo del colchón,  y bajo llave; que ella se había metido en la habitación por el tragaluz y le sorprendió la tormenta. La animo a que continúe leyéndolas y me pide un favor (227), que no le cuente a él que ha leído las cartas. No sé de qué cartas me habla. Entonces me explica que la riña comenzó cuando él la sorprendió fisgando y puso unos ojos que daban miedo. Le tiene prohibido subir al cuchitril. La levantó agarrándola del pelo y le pegó, no era la primera vez. Lo que la salvó fue que había vuelto a meter las cartas en el doble fondo de la maleta (228). Me cuenta que él trajo aquella maleta cuando fue a por la herencia de su padre. La familia se lleva fatal y a ella la rechazan porque creen que está con él por interés. Aquello parecía una copla. Me sigue contando que el padre, aunque loco, era bueno. Vivía con una chica joven a la que ponía los cuernos. Una tarde se fue a cazar y dicen que se le disparó la escopeta (229).

Cuando regresó con la maleta empezaron los problemas. Reaccionó violentamente al tratar de cogérsela para ayudarlo. Estaba enfadado y esquivo. Pero Carola prefirió echarlo a broma. Él, en cambio, no se rio. La miró con aquella mirada que te avisa de que hay otra mujer. “¿No estaría usted en Galicia por aquellas fechas?”, me pregunta (230). No, no estuve en Galicia desde el verano del 73. Pero ella insiste en que aquello venía de antiguo y, lo peor, es que las cartas no traen fecha ni tampoco el contenido aclara nada al respecto, parecen un libro (231). A él siempre le gustaron los libros que no se entienden, como esas cartas. Me dice que ella no sabe escribir cartas de amor, que le parecen un engaño, aunque le escribió dos que él no contestó. Fue entonces cuando se le metió en la cabeza que en la maleta había cartas de amor. Recuerda que él se bajó del taxi huraño, con la maleta en la mano. Hasta el taxista se dio cuenta. Más que consolarme, lo que quería era ligar conmigo y ojalá me hubiera ido con él como le dijo su amiga Silvia (232). Cuando entré en el chalé, no estaba por ninguna parte. Se había subido al cuchitril, ese al que no me deja entrar. Y, desde entonces, vive prácticamente allí como una cucaracha. No se entiende, habiendo tantas habitaciones mejores con buenas vistas al jardín. Le digo que yo no puedo opinar porque no conozco la casa. Pero ella me responde que cree que sí, que conozco a la hermana de él, la antigua propietaria, Laura, la casada que vive en Caracas. Le digo que nunca he estado en Caracas (233) pero ella insiste, Laura pudo ser la mujer que me acompañaba mientras seguíamos a un hombre que nos alumbraba con una linterna hasta el campo. Allí estaba él tumbado. No entiendo nada, todo esto parece un sueño. Le pregunto cómo sabe que las cartas son mías. Tenían encima un papel con mi teléfono en rojo. Pero bien podría ser también una estratagema para saber si ella ha urgado en sus cosas. Ahora duda de que las cartas sean mías (234), duda incluso de mi existencia, me confiesa que ha sentido miedo al escuchar mi voz. Le pido que me lea alguna carta, pero responde que tendré que esperar porque tiene que volver a entrar por el tragaluz. Todo esto se parece a una de esas historias que contaba mi amiga del instituto (235).

Mientras espero al teléfono, me inquieta esa imagen de Barba Azul dibujada por esta chica de Puerto Real, tan diferente al hombre de negro que espera ahí al lado. Las versiones contradictorias son excitantes. Todos somos como parte de un enorme rompecabezas en el que los sueños y la realidad se mezclan (236). Pienso en ese chalé de Ciudad Lineal desde el que llama y que dice que conozco, pero nunca entré en ninguno, aunque hubo uno, ya desaparecido, precioso, que fue el germen de mi novela Ritmo lento (237).

Me levanto, me apoyo en el radiador, tengo los huesos entumecidos (238). Por el teléfono se oyen voces que discuten, sitúo la escena en aquella habitación inventada para mi novela, en el despacho del padre de David Fuente. Aquella habitación, fruto de mi imaginación, existiría mientras yo viviera. Ahora las voces se acercan, ha subido el tono: “Por favor, Carola, no seas mala, ¿qué te cuesta?” (239). Pienso que las cartas están firmadas con una “C”, pudiera ser yo misma quien las escribiera y no lo recordara. Ella se justifica, dice estar hablando con una amiga a quien él no conoce, que terminará enseguida. Oigo una voz de hombre: “Alejandro, ¿estás ahí?”. Le digo que no entiendo nada y me pregunta quién soy. Le respondo que una amiga de Carola. Ella le arrebata el teléfono y le recrimina: “Pero, venga, Rafael, ¿no te basta con ver que es una señora […]” (240).

Carola me dice que no ha podido traer las cartas porque se ha presentado Rafael. Me enfado y ella trata de justificarse y tranquilizarme. No puede echar a Rafael porque fue ella quien lo llamó para consolarse. No lo entiende, cuantos más desplantes le hace, más fiel se vuelve. Se disculpa de nuevo por no bajar las cartas (242), pero hubiera sido una temeridad pensando que Alejandro pudiera volver a sorprenderla. Lamenta tener que dejarme, nos despedimos: “Me gustaría que fuera usted la de las cartas”-me dice-, “A mí también”, le respondo, y cuelgo avergonzada por la confidencia a una desconocida (243)

CAPÍTULO VI. “La isla Bergai”

Me asomo un poquito. Él sigue ahí. Y el montón de folios ha crecido (244). Parece leer unos recortes, y por un momento desfallezco y retrocedo. Me siento. No recuerdo lo que iba a decirle. Me miro con estupor en el espejo de la coqueta. Todo se transforma: estoy en un camerino con una cofia; las arrugas han desaparecido; una chica menuda vestida de hidalga del siglo XVI se me acerca por detrás: “Agustín ya está en escena”. Me están buscando, pero no puedo salir porque se me ha olvidado todo. Me dice que son tonterías, que me pinte, que el verme guapa me dará seguridad. Me perfilo los ojos como cuando pisé por primera vez las tablas en el Liceo de Salamanca para representar un entremés de Cervantes. Tuvimos un gran éxito (245).

Ahí sigue el hombre de negro, pero ahora sé más de él, sé que es capaz de pegar a su mujer, que tiene tendencia a la esquizofrenia. Tengo que saber gestionar esa información, dejar que hable él primero. Entro en silencio y recojo con armonía los papeles del suelo, los coloco en el cajón del escritorio (246). Y allí está el cuaderno de tapas azules. Me siento y comienzo a hojearlo. “¿Me permite una sugerencia?”, él cree que el nuevo  libro debería partir de la escasez, ha visto una frase reveladora en el artículo hablando de cómo las canciones de postguerra se convirtieron en objetos de consumo: “En tiempos de escasez hay que hacer durar lo que se tiene” (247). Eso incluye las canciones. Y es cierto, como en Robinson Crusoe, de la necesidad de sobrevivir nace la inventiva. Me mira ahora por primera vez y repara en el cuaderno. “¿De dónde ha salido?”, me pregunta si habla de Robinson Crusoe. Sí, y de la isla Bergai. Se sorprende, no la conoce. No me extraña, le respondo, a ella se llega por el aire, escapando por la ventana: “Siempre que notes que no te quieren mucho, me dijo mi amiga, o que no entiendes algo, te vienes a Bergai, yo te estaré esperando allí” (248). Le explico que el nombre es un acrónimo formado por la contracción de los apellidos míos y de mi amiga, una técnica de la época que se usaba para bautizar locales donde lo honrado y lo indecente se mezclaban.

Recuerdo el café Simu, oscuro, con espejos negros, en la Plaza Mayor. Mi padre nos llevó a mi amiga y a mí. Por primera vez vi a una chica de familia conocida haciendo manitas con un soldado italiano (249). Allí, a solas, hablamos de Bergai. Era un invento nacido de la escasez y de la fantasía, también los amores como sucede en todos los modelos literarios (250). Nunca fui lanzada en eso del amor, pero no se me ocurre cómo empezar a hablar de eso. Nunca supe dar pie a los hombres que me gustaban, por eso acababan marchándose con otras. Eso me llevó a refugiarme en la literatura. También Bergai era un refugio pero inventado con una amiga. Para conocer Bergai, hay que conocer a mi amiga, la que me inició en la literatura de evasión (251). Era sobria, valiente y afrontaba la escasez con una risa. Ella sí tenía problemas reales, no como yo. Me pregunta si se llamaba Esmeralda, pero no, esa era la protagonista de mi novela. Oigo a mi amiga reírse de la confusión, de que él se llamara Alejandro como el protagonista masculino. La calmo, pero ella está divertidísima. Temo que nos oigan. (252)

El hombre de negro me devuelve a la realidad. Estábamos en que en época de escasez no se tiraba nada. Antes de la guerra, teníamos buenos juguetes, después dejaron de comprar, había que amortizar los viejos. La jerga jurídica de mi padre empezó a tener sentido: requisar, racionar, acaparar… Los artículos de primera necesidad tenían prioridad y se oponían al lujo. Todo se aprovechaba, incluso los paseos con mi padres (253). Todo se medía por su valor en dinero. Estas restricciones abarcaban todos los ámbitos de la vida, también el cuarto de atrás. Pero no sé si ya he hablado de esto, me resulta imposible ordenar mis pensamientos. Le digo que tendría que haber traído un magnetofón. Él protesta, no le hace falta, tampoco yo me hubiera sentido libre. Dice estar utilizando otro método conmigo (254). Me siento como un conejillo de indias. Le pregunto si he hablado ya del cuarto de atrás. No. Le explico que era un cuarto de la casa de Salamanca. Estaba situado al final de los pasillos. Era grande, desordenado y en él reinaba la libertad. Allí podíamos jugar a nuestras anchas, era nuestro cuarto sin más. Pero también la guerra cambió aquello, había que amortizar el espacio. Poco a poco se fue transformando en despensa.

Sí, allí había un aparador grande donde guardábamos todo tipo de trastos que fueron desalojados para ordenar artículos de primera necesidad. Pero lo peor vino con las perdices. Escaseaba la comida y, en época de caza, mi madre aprovechaba para hacer acopio de perdices estofadas que metía en grandes ollas con laurel y vinagre. Había tantas que en algún sitio había que colocarlas. Luego vinieron los embutidos y la manteca. Los artículos de primera necesidad acabaron arrinconando nuestra infancia (256).

Estoy divagando, dando demasiadas vueltas para llegar a la isla. Él dice que no importa, me ofrece un cigarrillo, enciende dos y me pasa uno, un detalle muy de novela rosa (258). Le cuento que teníamos una cocinita de juguete que cocinaba de verdad, que era la envidia de todas las vecinas, era fabulosa. Pero poco a poco se fue rompiendo sin que nos repusieran las piezas rotas. Recuerdo una vajilla de juguete en un escaparate de la que me encapriché. Costaba 7,50, era muy cara. Mi padre nos dijo que veríamos sin nos la traían los reyes. De vez en cuando entraba a preguntar si la habían rebajado (259). Un día llevé a mi amiga a verla, la acababa de conocer y solo veía por sus ojos. “¿Era usted lesbiana?”. Me sorprende la pregunta. En mi época, eso ni existía, todo lo relacionado con el sexo estaba prohibido. Palabras como “invertido” o “lesbiana” no las aprendí hasta más tarde en Madrid (260). No, no era lesbiana, admiraba sin límites a mi amiga porque sus padres estaban en la cárcel, porque escribía un diario. Pero yo no admiraba las ideas políticas, mis padres nos tenían prohibido hablar de política. Había miedo.

De vez en cuando, venía mi amiga a casa a estudiar, pero no a jugar. Un día me acompañó a ver aquella vajilla por compromiso (261). No reaccionó al verla. Nos marchamos y me explicó que los juguetes comprados la aburrían, que prefería jugar con la imaginación, sacar partido de la mala suerte como Robinson Crusoe en su isla. Pero nosotros no teníamos una isla: “La podemos inventar entre las dos” y a mí me pareció una magnífica idea. Sería nuestro refugio. Cuando nos separamos ya tenía nombre: Bergai. Por primera vez, no me afectó que me riñeran mis padres, los miraba como ausente. Al día siguiente, la isla ya iba tomando forma en nuestros cuadernos (262). Ya no volvió a afectarme que los juguetes se rompieran, ni las prohibiciones ni el olor a vinagre.

El hombre de negro me pregunta por los cuadernos. Probablemente los quemaría, pero eso no importa. La literatura es el arte de contar historias. Le menciono las cartas, y no responde (263). El problema es que tanta evasión me ha llevado al aislamiento y la soledad. Se hace el silencio, el aire sigue soplando. Me reta a escribir la historia empezando por esa sensación de no saber si todo fue un sueño o fue realidad. Tengo ganas de humillarle, me gustaría hablarle de Carola, pero sigo teniendo miedo al escándalo –leo en una de las páginas del diario- (264). Me entran ganas de llorar. El hombre de negro me pide el cuaderno, es el mismo que empecé a escribir el día que murió Franco. Se lo paso, lo abre por la primera página: “Usos amorosos de la postguerra”. Aquel era un título provisional. A él no le gusta, le suena a investigación histórica. Se ve que entiende de literatura. Me agradece el haber compartido con él el secreto de Bergai, y me jura guardarlo para siempre. Por un momento nos miramos, como antes. Carola no existe. Suena a despedida. Una ráfaga de aire abre la puerta violentamente. Me abrazo a su cuello y él me tranquiliza. No hay nadie ahí fuera, ha sido el aire. Los folios y el sombrero han salido volando. Se separa de mí, cierra la terraza, las hojas se arremolinan, hace una noche infernal y estoy temblando. Le pido que baje las persianas y eche las cortinas (266). Luego, comienza a recoger los folios del suelo. Se sorprende de la cantidad y se ofrece a ordenarlos. Me da igual, siento frío, le pido que me alargue el chal. Entonces, me sugiere que me eche en el sofá mientras él acaba de recoger los folios. Me siento cansada, me echo, cierro los ojos. Al abrirlos, él está sentado en el suelo, está leyendo los folios, sonríe. Tengo sueño pero  le pido que no se vaya (267).

CAPÍTULO VII. “La cajita dorada”

Me despierta un beso en la frente. Una chica joven, en vaqueros y chaqueta, cola de caballo, enciende la luz. Se descuelga el bolso y comienza a dejar objetos sobre la colcha: pitillos, gafas, cosméticos… Estoy vestida: “No me habrás estado esperando, ya te dije que no te preocuparas”, me dice. Son las 5 (269). Le pido que recoja sus cosas, está buscando el Respir, lo encuentra y se lo aplica. Me preocupa su resfriado, pero ella dice no haber cogido frío, que la han traído en coche, Juan Pablo, desde la casa de Alicia. “Me fumo un cigarro contigo y me acuesto”. Le pido que se ponga a estudiar, estamos a principios de mayo. No es el momento de hacer ese comentario cuando acaba de regresar de una fiesta. Ha cogido el libro de Todorov, nota que me pasa algo: “Ha venido alguien, ¿verdad?”. Ha visto los dos vasos sobre la bandeja (271). Me pongo de pie y reviso la habitación. Delante de las cortinas, en el suelo, veo el montón de folios ordenados con un pisapapeles encima. Mi hija ha salido del dormitorio, recojo los folios, tengo que taparlos, que nadie los vea. Me pregunta si he vuelto a escribir, se alegra por mí, estaba preocupada por mi parón creativo. Le cuento que me preocupa mi pérdida de memoria (272), se me olvida lo que hago en un momento. Después hablamos de cosas intrascendentes hasta que decide irse a dormir. De pronto, se vuelve por el pasillo: “Oye, ¿y esta cajita tan mona?”. Me la regaló un amigo, creí haberla perdido (273). Me la da, la aprieto, me zumban los oídos. De repente me asusta un grito. Es mi hija, se ha encontrado con una cucaracha que se ha metido debajo del fregadero. La tranquilizo, el miedo ajeno ayuda a superar el propio. Le pido que se acueste, ya me ocuparé yo de la cucaracha. Cierra la puerta para que no escape y me pide un vaso de agua (274).

Solo tengo ganas de dormir, pero me inclino y busco la cucaracha. Ya no está. Lleno un vaso de agua y se lo llevo al dormitorio. Se ha quedado dormida. Entro sorteando libros, zapatos, ropa tirada por el suelo. Dejo el vaso de agua en la mesita de noche y aparto un libro abierto bocabajo –El hombre delgado de Dashiell Hammett- (275). Le doy un beso, se rebulle y sonríe.

Ya estoy en mi cama con mi pijama azul. Junto a mí hay 182 folios. En el primero, en mayúsculas, está escrito El cuarto de atrás. Comienzo a leer, el sueño me va ganando. Aparto los folios, los dejo en el suelo, me meto bien entre las sábanas, el brazo derecho bajo la almohada (276). Toco un objeto pequeño, frío. Sonrío. Las estrellas risueñas empiezan a precipitarse. Es la caja dorada (277).

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Manual para una correcta sintaxis. Córdoba: Berenice, 2019

 

Un manual forjado en las aulas. En él abordamos la sintaxis de una forma sistemática con abundantes ejemplos. Tratamos de paliar la poca atención que se le dedica en los libros de texto, la falta de ejercicios prácticos y la diversidad de nomenclaturas que se derivan del uso de diferentes metodologías en los distintos libros de texto utilizados a lo largo de la ESO y Bachillerato. Cada entrada se compone de una parte teórica, ejercicios desarrollados y ejercicios propuestos. La organización de los contenidos es gradual, va de lo más simple a lo más complejo. Empezamos con el Sintagma Nominal para seguir con la oración simple y finalizar con la oración compleja.

El apartado teórico enfoca la definición de las distintas funciones y estructuras desde una triple perspectiva: morfológica, funcional y semántica. En cada caso se ofrecen las claves para la correcta identificación de las distintas funciones con abundantes ejemplos.

El Manual para una correcta sintaxis ofrece una novedad única en el mercado: todas las entradas están subidas a Internet. Al final de cada capítulo se ofrece el enlace para poder consultarlo on line y acceder a los ejercicios propuestos. Esto permite al profesor utilizar la técnica de “clase invertida” sin necesidad de ceñirse al libro de texto y hacer un seguimiento de la evolución de cada alumno. En cursos avanzados se ha utilizado con la técnica de trabajo colaborativo por equipos. También permite homologar nomenclaturas en el Departamento y evitar el baile de denominaciones según  el nivel o el libro de texto. A lo largo de estos años, el blog ha recibido más de 4.500.000 visitas, con más de 1.500 consultas y comentarios. El permitir consultas con el autor es otra gran novedad.

El libro se hacía necesario para tener una visión de conjunto de cara a la programación y temporalización de contenidos. El resultado es un manual ágil, didáctico y flexible para usarlo en el aula. Está pensado para alumnos desde 3º de la ESO hasta 2º de Bachillerato y estoy convencido de que será una herramienta excelente para profesores y departamentos. Está testado en el aula con excelentes resultados.  Espero que os resulte útil.

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INTERESANTE: DIFERENCIA ENTRE PATRIOTISMO Y NACIONALISMO:

“El factor “anti-” es una de las diferencias principales que existen entre el patriotismo y el nacionalismo. El primero puede existir por sí mismo y el segundo necesita de un enemigo, y si no lo tiene, lo fabrica […]. El primero es un amor generoso y sin posesión, mientras que el segundo le dice al objeto de su amor “eres mía o de nadie: de ahora en adelante, yo decidiré cómo tienes que ser y lo que te conviene”. El nacionalismo es enemigo siempre de la diversidad y confunde intencionadamente diferencias de opinión con traición […]. El nacionalismo suele servir de trampolín a un grupo que por medio de él consigue riqueza y engrandecimiento social, mientras que el patriotismo no reporta beneficios, sino más bien disgustos y esfuerzo […]. Estos tres rasgos suelen ser suficientes para diferenciarlos: el enemigo creado, la posesión y el provecho”. María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra. Madrid, Ed. Siruela, 2018 (20ª ed.), pág. 227.

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La casa de Bernarda Alba. Resumen de la obra por actos

LA CASA DE BERNARDA ALBA, Federico García Lorca.

RESUMEN DE LA OBRA POR ACTOS

El presente resumen no sustituye el visionado o la lectura atenta del texto. Sirve para repasar y refrescar personajes, situaciones y trama. Para el comentario del libro de de fragmentos del mismo, recomendamos Cómo se

Cómo se hace un comentario de texto (Berenice, 2019)

hace un comentario de texto (Berenice, 2009, 3ª ed.) donde hay un capítulo específico para comentario de textos dramáticos y se afronta el comentario desde una perspectiva didáctica, gradual y sistemática pensando en los ejercicios que van desde la PEVAU hasta las pruebas de oposiciones para secundaria y Bachillerato. El enfoque nos lleva desde el comentario de opinión, donde se aplica el método estructural del perspectivismo, hasta los comentarios más técnicos aplicados a textos narrativos, líricos y dramáticos.

 

 

LA CASA DE BERNARDA ALBA

PERSONAJES

  1. Bernarda, 60 años
  2. María Josefa, madre de Bernarda, 80 años.
  3. Angustias (hija), 39 años.
  4. Magdalena (hija), 30 años.
  5. Amelia (hija), 27 años.
  6. Martirio (hija), 24 años.
  7. La Poncia, criada, 60 años.
  8. Criada, 50 años.
  9. Mujeres de luto, Mujer 1, 2, 3 y 4.

 

ACTO I

Doblan las campanas. El escenario, una habitación blanquísima, puertas en arco, cortinas con madroños y volantes. Sillas de anea. Es la casa de Bernarda. Aparece la Criada, quejándose de lo molestas que son las campanas tocando a muerto, la Poncia –comiendo pan y chorizo- le da la razón. Comentan lo bien que estaba la iglesia durante el funeral, con muchos curas. Magdalena se desmayó, era la que más quería a su padre…

Pero la Poncia ha ido aprovechando que no está Bernarda para poder comer, Bernarda es una “mandona, una dominanta”. La criada le recrimina su actitud pero, a su vez, le pide algo de comer para su hija. Puede llevarse algunos garbanzos, en un día como este no se dará cuenta.

Desde dentro, una voz llama a Bernarda, es “la vieja”. Está bien encerrada, con dos vueltas de llave, pero la Poncia no se fía de ella. Inmediatamente vuelven a limpiar, todo debe estar reluciente para cuando llegue Bernarda (2), tirana sin corazón, que siempre tiene que ser más que nadie.

La Criada y la Poncia siguen hablando, han venido los parientes de ella, los del marido la odiaban. Están esperando a que lleguen de la misa, hay bastantes sillas, pero a la Poncia le da igual. Está cargada de ira. Lleva 30 años al servicio de Bernarda, entregada, sumisa, esclava. Sus hijos trabajan también en sus tierras para ella, pero está harta. Desearía escupirle hasta “ponerla como un lagarto”. Aunque no le envidia su vida. Se queda sola con cinco mujeres “feas”. Solo Angustias, hija del primer marido, tiene dinero, las demás solo tienen apariencia, puntilla bordada y camisas de hilo.

Vuelven a sonar las campanas, es el último responso y la Poncia se marcha a la iglesia para escucharlo, la Criada permanece limpiando. Una mendiga, con una niña, llega hasta la puerta. Pide las sobras, pero la Criada la despacha airada, las sobras de hoy serán para ella misma. Ya a solas, lanza una queja amarga… Al final, ricos y pobres, todos por igual en una caja. Antonio María Benavides ya no volverá a levantarle más las enaguas detrás de la puerta del corral. Ella ha sido quien más lo ha querido, “¿Y he de vivir yo viéndote marchar? (Tirándose del cabello)”.

Poco a poco van entrando las mujeres hasta que lo hacen Bernarda y sus cinco hijas. Su primera palabra es “¡Silencio!” mandando callar a la criada. Después la echa recriminándole que no esté todo tan limpio como debiera. Su actitud es de desprecio “Los pobres son como animales”. También tienen sentimientos, como apunta una mujer del duelo, pero los olvidan delante de un plato de garbanzos, sentencia Bernarda. También manda callar a una muchacha que interviene, “a tu edad no se habla delante de personas mayores”, y a su propia hija Magdalena, “si quieres llorar te metes debajo de la cama”.

Una de las mujeres pregunta a Bernarda por las labores del campo. Ayer empezaron los trabajos en la era, hace muchísimo calor. Bernarda manda a la Poncia llevar limonada a los hombres. Están en el patio y no entrarán en la casa. Una muchacha apunta que Pepe el Romano había asistido. Cuando Angustias lo corrobora, Bernarda ataja la conversación, “ella ha visto a su madre. A Pepe no lo ha visto ni ella ni yo”, “Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ese porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana”.

Con un golpe de bastón y un “Alabado sea Dios”, todas se santiguan y comienzan a rezar por el difunto. Finalmente, las mujeres van desfilando delante de Bernarda con frases de consuelo. Angustias sale por la puerta que da al patio, mientras la Poncia entra con una bolsa, es de parte de los hombres, dinero para ayudar con los responsos, les da las gracias con una copa de aguardiente.

Cuando Magdalena vuelve a llorar la manda callar de nuevo, el bastón golpea el suelo, “silencio”. La Poncia trata de agradarla, ha ido casi todo el pueblo pero Bernarda está llena de odio, han ido “para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas”.  Amelia trata de calmarla, no está bien hablar así, pero la Poncia se queja de cómo han dejado el suelo y Bernarda sentencia “Igual que… una manada de cabras” (7).

Tiene calor, pide un abanico y Amelia le ofrece el suyo. Lo tira al suelo, tiene flores, es impropio de una viuda. “Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre”. Martirio le da el suyo, ella no tiene calor y Bernarda sentencia: “Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo.”

Magdalena se rebela, pero Bernarda sentencia “Eso tiene ser mujer”, “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”.  La abuela sigue gritando. Cuando sale la criada se queja del trabajo que ha costado sujetarla a pesar de sus ochenta años. Tuvo que taparle la boca para que dejara de gritar durante el duelo; y todo para que Bernarda le diera agua de fregar y carne de perro.  También se ha puesto sus anillos y pendientes, decía que iba a casarse. Las hijas ríen la ocurrencia y Bernarda ordena a la criada que cuide que no se acerque al pozo, no por miedo a que se tire, sino porque allí pueden verla las vecinas. Sale la criada y entra Adela.

Bernarda le pregunta por Angustias. Estaba asomada a la rendija del portón, espiando a los hombres, la vio cuando iba a comprobar si las gallinas habían puesto. Un grupo de hombres se había retrasado. Bernarda llama a gritos a Angustias furiosa. Cuando llega le recrimina que estuviera mirando a los hombres, “¿Es decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás de un hombre el día de la misa de su padre?”. Angustias trata de disculparse pero Bernarda está furiosa, la golpea con el bastón, la Poncia corre a sujetarla mientras Angustias llora. Bernanda las manda salir a todas.

Ya a solas, la Poncia la disculpa, no ha tenido mala intención, la vio espiando la conversación de los hombres desde la ventana. A Bernarda le puede su curiosidad, hablaban de Paca la Roseta, ataron al marido a un pesebre y se la llevaron a caballo hasta el olivar. Cuentan que ella iba tan conforme, con los pechos fuera, llevada por Maximiliano como si fuera una guitarra. Al día siguiente volvieron casi de día. Ella traía el pelo suelto y una corona de flores en la cabeza. Es la única mujer mala del pueblo, es forastera, como también quienes se la llevaron, hijos de forasteros, “Los hombres de aquí no son capaces de eso”.

También contaban otras cosas que dan vergüenza y que la hija escuchó. Bernarda se indigna “Esa sale a sus tías; blancas y untuosas que ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo”. La Poncia le hace ver que sus hijas ya tienen edad de merecer, Angustías ya tiene 39 años y nunca ha tenido novio. Pero para Bernarda está bien así, no hay hombre de su nivel en el pueblo y no hay nada más que hablar, mejor que no se tome tantas confianzas, es solo una sirvienta. La criada anuncia la llegada de don Arturo, encargado de hacer las particiones. Bernarda sale a atenderlo mientras sigue dando instrucciones a la Poncia y la criada.

Entran Amelia y Martirio. Amelia se interesa por la salud de Martirio, si se ha tomado las medicinas. Aunque desganada lo ha hecho, la llegada del médico nuevo las anima. Ambas han reparado en el cambio experimentado por Adelaida, no asistió al duelo, el novio no la deja salir, ha cambiado, antes todo era alegría, ahora… “ni polvos echa en la cara”.  Pero hay más razones para no ir al duelo, el miedo a Bernarda, la única que conoce el origen de sus tierras: su padre mató al marido de la primera mujer para casarse con ella. La abandonó para irse con otra, luego con otra muchacha, la madre de Adelaida con la que se casó después de muerta loca la segunda mujer… Sin embargo, no está en la cárcel porque nadie se atreve a delatarlo. Y, aunque Adelaida no tenga la culpa de nada, esas cosas se heredan, el mismo sino que su madre y su abuela. Por eso Martirio opina que mejor ningún hombre, siempre les tuvo miedo, agradece a Dios el haberla hecho fea. La historia con Enrique Humanes fue un bulo, un día lo esperó en camisa detrás de la ventana, le había dado aviso de que iba, le dio plantón y fue a casarse con otra que tenía más, aunque era fea “como un demonio”. Lo que importa a los hombres es la tierra.

Llega Magdalena, ha estado paseando por las habitaciones, viendo los cuadros. Añora los tiempos antiguos, una época en la que las bodas duraban diez días y no había miedo al qué dirán. Amelia le hace ver que lleva desatados los cordones de los zapatos, pero a ella le da igual, “Una menos”. Pregunta por Adela, Magdalena le cuenta cómo se ha puesto el vestido verde que iba a estrenar en su cumpleaños para ir al gallinero y comenzar a gritar “Gallinas, gallinas, miradme”. Es la más joven, aún tiene ilusiones, a Magdalena le gustaría verla feliz.

Angustias pasa preguntando la hora, es muy tarde, casi las doce. Magdalena aprovecha para cotillear con sus hermanas: Pepe el Romano viene a casarse con Angustias, pronto mandará un emisario. Martirio y Amelia se alegran de la noticia, pero Magdalena les recrimina su hipocresía, también ella se alegraría si viniera por Angustias como mujer, “…pero viene por el dinero”, está vieja y enferma. Ahora que el padre ha muerto, se harán las particiones y vendrán a por ella, es la única rica de la casa.

La entrada de Adela las interrumpe, Magdalena le pregunta si la han visto las gallinas, Adela tenía ilusión por estrenar el vestido, pero solo se ha llevado las pulgas del gallinero. Magdalena le sugiere que se lo regale a Angustias para su boda con Pepe el Romano. A Adela le coge por sorpresa, no puede ser, pero eso justificaría el que saliera detrás del duelo y mirara por el portón. Ante las preguntas de Martirio, Adela se desahoga: “… este luto me ha cogido en la peor época de mi vida…” (15), no podrá acostumbrarse a vivir encerrada, perder la juventud, “Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a la calle! ¡Yo quiero salir!”.

Entra la Criada, anuncia que se acerca Pepe el Romano, todas corren a verlo menos Adela, la criada le insiste, finalmente se va hacia su cuarto desde donde podrá verlo mejor. Bernarda y la Poncia aparecen hablando de las particiones. Le ha quedado bastante dinero a Angustias, pero bastante menos a las otras. Bernarda recrimina a la Poncia que ande repitiéndolo. Llega Angustias con la cara muy compuesta (16) y Bernarda se lo recrimina. Pero no era su padre y se enfrentan, no la dejará salir hasta que no se quite los polvos de la cara, Bernarda la insulta, acuden las hermanas. Magdalena le recrimina a Angustias que no discuta por las particiones, ella es la más rica, se insultan y Bernarda zanja la discusión, hasta que se muera será ella quien mande.

En ese momento llega María Josefa (madre de Bernarda) viejísima, con flores en la cabeza y el pecho. Pide su mantilla, sus anillos, su gargantilla, nada quiere que sea para las niñas, ninguna de ellas se casará. Se ha escapado, ella se quiere casar para tener alegría. Bernarda recrimina que la hayan dejado salir y ordena que sea de nuevo encerrada. Al final se la llevan arrastrando mientras sigue gritando ¡”Quiero irme de aquí! ¡A casarme a la orilla del mar!”.

 

ACTO II

Sentadas en la habitación, junto con la Poncia, las hijas de Bernarda están cosiendo el ajuar de Angustias. Falta Adela. La Poncia observa que la ve sin sosiego, como asustada. Todas están así menos Angustias, observa Martirio. Angustias está deseosa de salir de allí y Martirio trata de hacerla rabiar, igual que Magdalena. Hace calor.  Magdalena se levantó por la noche a refrescarse, igual que la Poncia, era tarde y Pepe aún estaba en la ventana. Las horas no coinciden y comienzan una discusión, si la Poncia lo oyó a las cuatro no podía ser él según Angustias. Pero la Poncia y Amelia están seguras (19).

La conversación se desvía hacia cómo se declaró Pepe el Romano, qué le dijo a Angustias la primera vez que se acercó a la reja: “Ya sabes que ando detrás de ti, necesito una mujer buena, modosa, y esa eres tú, si me das la conformidad”. Ella no dijo nada, el corazón se le salía por la boca, era la primera vez que estaba sola de noche con un hombre… (20). Entonces, la Poncia cuenta su experiencia con Evaristo, como después de las buenas noches y media hora sin decir ni una palabra le dijo en voz muy baja: “¡Ven que te tiente!”. El hombre, a los quince días de la boda, deja la cama por la mesa y luego por la tabernilla, y “la que no se conforma se pudre llorando en un rincón” (21). La Poncia nunca se dejó dominar por su marido a quien estuvo a punto de dejar tuerto y otro día le mató a todos sus colorines, sus pájaros, con la mano del almirez.

Entre risas echan de menos a Adela, la llaman, y Magdalena va en su busca. Están preocupadas por ella, apenas duerme, Angustias lo achaca a la envidia, se le está poniendo mirada de loca. Adela se incorpora, tiene mal cuerpo, Martirio inquiere con segundas intenciones si es que no duerme bien, ella se excusa y se revuelve, le gustaría que nadie se metiera en su vida. La criada interrumpe la conversación, ha llegado el hombre de los encajes, pero la mirada inquisitiva de Martirio la hace saltar de nuevo, la acusa de vieja y jorobada. La Poncia la recrimina, pero Adela se defiende, Martirio la sigue continuamente, se da pena a sí misma, por un cuerpo condenado a no ser de nadie. La idea la rebela, su cuerpo será de quien ella decida. “De Pepe el Romano, ¿no es eso?”, le dice con intención la Poncia. El comentario sobresalta a Adela que la manda callar pero la criada insiste, se ha dado cuenta. La vio exhibirse medio desnuda con la ventana abierta el segundo día que Pepe el Romano vino a hablar con la hermana. Adela se echa a llorar, para la Poncia está claro que Angustias se morirá no resistirá el primer parto, entonces Pepe el Romano la eligirá a ella, la más joven y hermosa. “Pero no vayas contra la ley de Dios”. Pero Adela no está dispuesta a renunciar ni La Poncia a dejar de vigilarla. “No os tengo ley ninguna, pero quiero vivir en casa decente”. Adela la desafía, hará lo que le venga en gana y ella no podrá impedirlo.

La entrada de Angustias interrumpe la conversación y cambian de tema. Magdalena entra preguntando y mostrando los encajes, son para Martirio, pero Adela no está de humor. Magdalena no piensa dar una puntada y Amelia no está dispuesta a criar hijos ajenos, a sacrificarse por nadie para estar como las vecinas. Pero allí, según la Poncia, al menos hay risas. Unos campanillos lejanos anuncian el regreso de los hombres del trabajo.  Son los segadores que llegaron el día anterior, 40 o 50. Vienen de lejos y traen alegría. La Poncia cuenta cómo vino con ellos una mujer, bailaba y tocaba el acordeón, 15 de ellos la contrataron para llevársela al olivar. Amelia y Adela se escandalizan, pero la Poncia las recrimina: es normal entre los hombres, ella misma dio dinero a su hijo mayor para lo mismo, “los hombres necesitan estas cosas”. No hay derecho a esa doble vara de medir, se quejan, a los hombres se les perdona todo; en cambio, “nacer mujer es el peor castigo”.

A lo lejos se escucha el canto acercándose: “Ya salen los segadores / en busca de las espigas / se llevan los corazones / de las muchachas que miran”.

A Adela le gustaría ir a segar, olvidar sus penas. Martirio se le enfrenta, “¿Qué tienes tú que olvidar?”. La Poncia las manda callar para seguir escuchando el canto: “Abrir las puertas y ventanas / las que vivís en el pueblo / el segador pide rosas / para adornar su sombrero”.

Adela propone verlos marchar desde su cuarto y suben, Martirio se queda porque “Me sienta mal el sol” –responde a su hermana Amelia. Esta le cuenta preocupada cómo le había parecido oír ruidos en el corral la noche anterior, tiene miedo, quiere avisar a su madre. Pero Martirio le pide que guarde silencio. La conversación se interrumpe cuando Angustias entra furiosa preguntando por el retrato de Pepe el Romano. Lo tenía guardado bajo su almohada. Ninguna lo tiene. Entran Poncia, Magdalena y Adela: alguna ha debido cogerlo, esconderlo. La discusión se corta con la entrada de Bernarda. Angustias se lo cuenta y Bernarda reacciona furiosa, ordena registrar todos los cuartos, las amenaza: “¡Esto tiene no ataros más cortas, pero me vais a soñar!”.

La Poncia regresa con el retrato, estaba entre las sábanas de la cama de Martirio. Bernarda comienza a insultarla mientras la golpea con su bastón. Angustias trata de detenerla mientras Martirio se excusa diciendo que todo ha sido una broma. Adela la desafía, que diga la verdad, pero Martirio se le revuelve, “otras hacen cosas más malas”, y echa en cara a Angustias que Pepe el Romano esté con ella solo por el dinero. Bernarda corta de raíz la discusión y las echa a todas de allí.

Ya a solas con la Poncia, se queja, piensa que lo mejor sería alejar de la casa a Pepe el Romano. Pero la Poncia ve más lejos, Bernarda debiera haber permitido que Martirio se casara con Enrique Humanos, era la más enamoradiza. Pero ese matrimonio era imposible, el padre de Enrique era un gañán. Y Bernarda está convencida de que no pasará nada. Pero la Poncia insinúa que ya está pasando y Bernarda la insulta, le exige respeto, gratitud y silencio… Su madre no era más que una furcia. A pesar de eso, insiste, cree que Pepe el Romano haría mejor casándose con Martirio o Adela porque es difícil desviarse de la inclinación natural. Pero Bernarda desoye sus advertencias, sus hijas nunca se atreverían a desafiarla.

Entonces la Poncia se lo cuenta: su hijo mayor vio a Pepe el Romano hablando con Angustias a las cuatro y media de la madrugada (33). En ese momento aparece Angustias, lo niega, es mentira, Pepe el Romano lleva más de una semana marchándose a la una. Pero ahora es Martirio la que se incorpora a la conversación: también ella lo sintió marcharse a las 4, hablaban por la ventana del callejón… Pero Angustias habla por la ventana de su dormitorio.

Adela se incorpora y aconseja a su madre que no escuche habladurías, pero la Poncia insiste, conviene averiguar qué está ocurriendo. Y Bernarda lo hará con sus cinco sentido a partir de ese momento. En la calle hay un gran alboroto, la criada avisa de un gran gentío que vocifera y acuden a ver qué pasa.

A solas, Martirio acusa a Adela, podría haberla delatado pero no lo hizo.  Adela le recrimina su falta de valor, ella hizo lo que la otra no se atrevió a hacer. Pero Martirio no está dispuesta a renunciar a Pepe el Romano y menos ante su propia hermana. Adela primero trata de justificarse: ella misma no lo hubiera querido así, pero se vio arrastrada como por una fuerza irresistible.

El tumulto exterior decae y van entrando. “La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién”. Para ocultarlo, lo mató y lo enterró bajo unas piedras. Pero unos perros lo desenterraron. La quieren matar (35). “Que vengan todos a matarla”, grita Bernarda, y Martirio se suma, pero Adela protesta, desearía que la dejaran escapar. Bernarda es inmisericorde: “Carbón encendido en el sitio de su pecado”. Adela está horrorizada, “No,no” –cogiéndose el vientre-.

 

ACTO III

La Poncia sirve la comida en el patio, en un aparte está la Prudencia. Cuando hace ademán de marcharse, Bernarda la retiene, llevan tiempo sin verse. Le pregunta por su marido al que tampoco ven. Prudencia explica que apenas sale desde que se peleó con los hermanos por culpa de la herencia. A la hija aún no la ha perdonado. Bernarda aplaude su actitud: “Una hija que desobedece deja de ser una hija para convertirse en enemiga”. Prudencia no está tan segura, a ella solo le queda ya el refugio de la iglesia. Un golpe en el muro interrumpe la conversación. Son coces del caballo garañón encerrado en el establo. Bernarda manda trabarlo y sacarlo al corral para que se tranquilice. Al día siguiente le echarán potras nuevas. Para la Poncia es admirable cómo Bernarda ha sabido gestionar su patrimonio siendo viuda. Ha llegado a tener la mejor manada. Un nuevo golpe hace que Bernarda estalle a voces para que se cumplan sus órdenes inmediatamente.

En tres días vendrán a pedir a Angustias. El anillo, con tres perlas, es precioso. “En mi tiempo, las perlas significaban lágrimas”, explica Prudencia. Angustias se consuela, las cosas cambian. pero no opina lo mismo Adela para quien los anillos debieran ser de diamantes. Bernarda zanja la cuestión y hablan de la dote, se ha gastado 16.000 reales, aunque para la Poncia lo mejor es el armario. Suenan las campanas y Prudencia se despide.

Adela se dirige al portón, quiere estirar las piernas; Amelia y Martirio la acompañan. A solas, Bernarda pide a Angustias que hable con su hermana Martirio y olvide el episodio. No importa que se odien pero quiere “una buena fachada y armonía familiar”. Después le pregunta por Pepe el Romano, acabaron de hablar a las 12:30, pero lo encuentra como distraído… “los hombres tenemos nuestras preocupaciones”. Bernarda le aconseja que no pregunte “…y cuando te cases, menos. Habla si él te habla y míralo cuanto te mire”, que nunca la vea llorar. Angustias se queja, debería estar contenta, pero no lo está. Esa noche no irá a rondarla, irá con su madre a la capital.

Entran Adela, Martirio y Amalia. La noche está muy negra. El caballo es tan blanco que parece un fantasma, sus coces resuenan en el establo. Adela mira las estrellas y Martirio la critica, a ella le interesa lo que pasa dentro de la casa, pero Adela sigue soñando con el cielo y los relámpagos que iluminan la noche, en esa oración a Santa Bárbara cuando hay tormenta. Para Bernarda, los antiguos sabían muchas cosas hoy olvidadas. Magdalena dormita y Bernarda la manda a la cama. Una a una van retirándose.

Llega la Poncia y Bernarda la recrimina, en su casa no pasa nada, sus hijas están tranquilas. Trata de sonsacarle información, pero la Poncia prefiere callar. Sus hijas no dicen nada porque no pueden pero la tranquilidad puede romperse en cualquier momento. La llegada de la criada interrumpe la conversación y Bernarda se retira también.

Bernarda no quiere ver lo que pasa –comenta la Poncia a  la criada-, ella ha intentado advertirle pero no puede ir más allá. “¿Tú ves este silencio? Pues hay una tormenta en cada cuarto”. Para Bernarda, no toda la culpa es de Pepe el Romano. Anduvo detrás de Adela, ella estaba loca por él, no debiera provocarlo porque “un hombre es un hombre” (44). No cree que acelerar la boda vaya a solucionar nada porque Adela está dispuesta a todo, también Martirio. No son malas, son “mujeres sin hombre, nada más”.

Aparece Adela, va a beber agua, está en camisón. La Poncia y la criada se retiran para acostarse. Los perros ladran sin cesar. Con la escena casi a oscuras, aparece María Josefa con una oveja en brazos. Cruza la estancia cantándole. Adela entra mirando con sigilo y desaparece por la puerta del corral, pero Martirio la está acechando, también en enaguas, cubriéndose con un pequeño mantón negro. Vuelve a aparecer María Josefa. Habla de forma incoherente, en voz alta. Habla de salir, de tener hijos, de ser libre. Martirio la empuja hacia su cuarto y la abuela se marcha cantando entre lágrimas. Ya a solas se dirige hacia la puerta del corral y comienza a llamar a Adela. Cuando aparece, despeinada, le exige que deje a Pepe el Romano, la amenaza con delatarla. No es decente interponerse en la boda de Angustias a pesar de no quererla, porque a quien quiere es a Adela. Martirio también está enamorada de él, finalmente lo confiesa. Adela se compadece, pero Martirio rechaza su abrazo. Adela está dispuesta a todo, no aguanta más “…estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea.”. Martirio no lo va a consentir.

Se oye un silbido y Adela acude a la puerta, Martirio se interpone y forcejean, Martirio comienza a llamar a voces a la madre. Bernarda acude y Martirio delata a su hermana. Adela se le enfrenta, le arrebata el bastón y lo parte en dos: “Aquí se acabaron las voces de presidio. Esto hago yo con la vara dominadora.”.  Aparecen la Poncia y Angustias que se da cuenta de que la escopeta no está en su sitio. Adela continúa desafiante: “Yo soy su mujer (A Angustias). Entérate tú…”.

Suena un disparo. Entra Bernarda: “Atrévete a buscarlo ahora”. “Se acabó Pepe el Romano”, sentencia Martirio. Adela sale corriendo. En realidad no lo ha matado, salió huyendo. Pero lo han dicho como escarmiento. Se oye un golpe. Adela se ha encerrado. La Poncia trata de abrir la puerta y Bernarda le ordena abrir. Finalmente, La Poncia logra entrar de un empujón, y sale gritando. Adela se ha ahorcado. Las hermanas se echan hacia atrás, Bernarda da un grito y avanza: “¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dira nada! ¡Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.”. “Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho! Las lágrimas cuando estés sola… Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”.

TELÓN RÁPIDO

FIN

La casa de Bernarda Alba: enlace al texto completo http://www.vicentellop.com/TEXTOS/lorca/La%20casa%20de%20Bernarda%20Alba.pdf

La casa de Bernarda Alba: película subvencionada por el Ministerio de Cultura:

https://www.youtube.com/watch?v=wTRlb_QUun4

La casa de Bernarda Alba: representación teatral:

https://www.youtube.com/watch?v=pO-K_c0CTCY

NOVEDAD EDITORIAL: Manual para una correcta sintaxis. Berenice, 2019

Ver sinopsis en obras publicadas

Ver sinopsis en José Carlos Aranda: Obras publicadas

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Cómo aprobar la Selectividad (entrevista Tv)

Os dejo el enlace a la entrevista que para Onda Mezquita me realizó Rocío de las Heras, tan maravillosa como siempre. Un saludo.

https://www.ahoracordoba.es/trucos-y-consejos-para-aprobar-el-examen-de-selectividad/

 

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JUEGOS DE MUERTE: CUANDO LAS REDES SOCIALES DEJAN DE SER UN JUEGO

 

Tenía 32 años. Unos vídeos sexuales antiguos, grabados 5 años atrás saltaron a las redes sociales. Llegaron hasta los teléfonos móviles de sus compañeros de trabajo en una planta de automóviles de Madrid. Su cuñada, trabajadora en la misma planta, acabó por ver los vídeos, su marido acabó por enterarse. ¿bromas? Es fácil imaginar el acoso y las humillaciones, los comentarios, las risitas, las visitas entre cuchicheos, las insinuaciones… No soportó la presión. Acabó sucidándose. Tenía dos hijos. El mayor de cuatro años, el menor aún no había cumplido uno. Entró en la empresa como carretillera, luego pasó a la sección de ejes y puente. Tenía ante si un proyecto esperanzador de futuro. Hoy todos dan el pésame, piden que no se culpe a “todos”, que no “todos” son culpables, que no “todos” son cómplices. La policía pide tranquilidad, no se puede culpar a nadie porque aún no se sabe quien divulgó el vídeo que originó el desastre. Pero lo cierto es que el delito existe. Y no solo por parte de quien lo colgó en las redes, también de quien lo compartió convirtiéndose en cómplice.

Le empresa lo sabía, pero no lo consideró un asunto laboral, le recomendó que denunciara ante la policía. Ella se negó, quizás porque la denuncia hubiera hecho aún más notorio el caso. ¿Lo sabría ya en ese momento su marido? ¿Fue el último intento de protegerse, de proteger a su familia, a sus hijos? Apareció ahorcada en su domicilio.

La expareja se ha presentado ante la policía. Le han tomado declaración. Ha quedado en libertad. Declara no haber sido él quien difundió las imágenes. El juez tendrá que estudiar el caso.

Ahora la maquinaria se ha puesto en marcha, el Juzgado de Instrucción número 5 de Alcalá de Henares ha abierto diligencias. Hay un presunto delito por revelación de secretos (artículo 197.7 del Código Penal). Una ley que se aprobó en 2015 como consecuencia de un caso parecido sin este final trágico. La Fiscalía también ha abierto diligencias. La fiscal de la Sala de Criminalidad Informática, Elvira Tejada, ha pedido informe a la Policía Nacional para investigar los posibles delitos, también la Agencia de Protección de Datos ha iniciado actuaciones de oficio. También los sindicatos están ya estudiando las posibles responsabilidades de la empresa, si debió o no activar el protocolo de acoso.

Pero todo esto llega ya tarde. Verónica ya está muerta. Y los culpables somos todos. ¿De verdad educamos a nuestros hijos en el buen uso de las redes sociales? ¿Somos los adultos conscientes de la trascendencia que tiene lo que colgamos, compartimos, difundimos a través de las redes sociales? La verdad es que no. Existe un sentido generalizado de mero entretenimiento intrascendente, lúdico, festivo… Pocos somos conscientes de que nuestra actividad en las redes sociales puede ser constitutiva de delito. Tampoco nuestros hijos. Porque nunca pasa nada.

Hay un falso sentido de la intimidad en la soledad de una habitación vacía frente a un teclado y una pantalla. Parece que lo que hiciéramos, no saliera de allí. Pero es una falsa sensación porque estamos sentados ante un ojo que todo lo ve y que nunca olvida. El vídeo había sido grabado cinco años atrás. Verónica era ya otra persona distinta, con toda una vida por delante. Pero aquella imagen grabada no sabemos cómo ni por qué, apareció de pronto en su vida rompiéndole todos los esquemas. Bajo el paraguas sonriente de la broma, de la gracia, del mero entretenimiento, no somos conscientes del daño que podemos causar a una persona. Y todos llevamos ya un teléfono móvil en la mano que tiembla o suena avisándonos permanentemente de un nuevo mensaje, de un nuevo vídeo, de una nueva conexión, y nos invita a verlo, a compartirlo, a comentar, a sentirnos como parte de algo que, sin existir, nos absorbe y nos persigue, nos condiciona.

Es necesario educarnos para educar. Nuestros hijos, nosotros mismos, debemos ser conscientes del daño que podemos causar simplemente por formar parte de una cadena ciega y sin sentido. Y estos casos tenemos que comentarlos en familia. Porque hay mucho depredador en las redes sociales y la extorsión por imágenes sexuales colgadas es cada vez mayor. Creemos que esto no nos va a pasar a nosotros, que nunca le pasaría a nuestros hijos, que son inocentes, que no están en esa nube. Pero no es así. La verdad es que, si no tomamos precauciones, vivimos en la más absoluta ignorancia de lo que ocurre cuando se cierra la puerta de ese cuarto y los dejamos con esa ventana abierta al mundo por la que se puede asomar cualquiera. Y a todos nos gusta sentirnos valorados, queridos, deseados, sentirnos únicos para alguien, aunque sea un anónimo que solo sea una promesa incierta de romance en un mundo donde las emociones reales cada vez se venden más caras. Todos pueden tener un momento de debilidad que les persiga el resto de sus vidas, un ¿por qué no?, un ¿a que no te atreves? un “total, si esto queda entre él y yo”.

Antes de colgar una imagen, un vídeo, un comentario piensa en el tablón de anuncios del instituto, del colegio, de la fábrica donde trabajas y decide si esa imagen, ese vídeo, ese comentario te gustaría que fuera visto u oído por todos cuantos pasen por ese pasillo, que pudieran hacer comentarios debajo y que esos comentarios quedaran permanentemente expuestos para que otros que pasen los lean, los vean y sigan comentando. ¿Te gustaría? Antes de dar un “me gusta” o colocar un emoticón con una sonrisa ante el vídeo o la fotografía o el comentario sobre un compañero o un desconocido, pregúntate si ese vídeo, esa fotografía o ese comentario se hubiera hecho sobre ti, ¿te gustaría que los demás lo aplaudieran, lo difundieran, lo comentaran?, ¿o te sentirías herido?  Si no estás seguro de estar haciendo lo correcto, no lo cuelgues, no lo subas, no lo reproduzcas, no lo compartas. No te conviertas en cómplice.

No sea que tú mismo te conviertas en tu propia víctima.

 

NO ES UN CASO AISLADO:

Con fecha 29 de mayo leo esta noticia: “Joven se suicida en Malasia tras publicar sondeo sobre su muerte en Instagram”

El 23 de enero una niña de 14 años se suicidó en Miami. Se llamaba Nakia Venant. Durante dos horas emitió un vídeo. Se veía como se ahorcaba con su bufanda en el cuarto de baño. Nadie acudió en su ayuda, probablemente creyeran que era una broma o un espectáculo. Sus padres dormían en la habitación de al lado.El vídeo se hizo viral.

Unas semanas antes, por conseguir más “me gusta” en instagram, una niña de 12 años Katelyn Nicole Davis, se suicidaba en vivo en Geordia. Emitió durante cuarente minutos y acabó colgándose de un árbol.

El 14 de abril, un niño de 13 años, grabó su propia muerte por un disparo accidental de una pistola con la que jugaba. Ocurrío en Estados Unidos. El vídeo se hizo viral.

¿Todo vale por un Like? Recientemente, un hombre llamado Steve Stephens decidió colgar un asesinato en directo. Eligió una víctima al azar. Lo colgó en Facebook. Da igual que el vídeo se haya retirado de la plataforma, circula como la pólvora por las redes sociales. Basta advertir que “puede herir tu sensibilidad”.

Es imprescindible educar en el uso de las nuevas tecnologías, ser conscientes de los enormes riesgos que comportan. Si nunca se nos ocurriría poner una pistola en manos de un niño, ¿cómo le ponemos un móvil antes de que sean capaces de gestionarse a sí mismos? ¿Somos realmente conscientes de las ideas, de las imágenes, de las sugerencias, de las tentaciones que pueden entrar por esa puerta?

Es un arma cargada que cualquiera puede disparar.

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FICHA 2: Calificaciones y observaciones. Universidad Loyola Andalucía, Comunicación oral y escrita.

FICHA Nº 2. La nota se obtiene entre la calificación de los jueces (grupo e individual) y la calificación del trabajo escrito. He querido trasladaros las observaciones realizadas por los jueces en justificación de sus calificaciones. Es bueno que os veáis desde fuera y consideréis las virtudes que podéis potenciar y las deficiencias por corregir. Habéis estado ahí y lo habéis hecho. Esto es lo más importante. Seguimos.

EDUCACIÓN SEXUAL EN LAS AULAS.

En contra. Nota de equipo: 7, 8.5, 7.5, 8 (7,75)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 8

  • Laura Rascón 7, 8, 8.5, 8, 9, 9, 9, 8, 8, 8, 7, 6.5, 8 (7,7)

NOTA INDIVIDUAL: 7,8

Se le nota muy nerviosa. No quedan claros los bloques. Tienes que ajustar la respiración. Excedido el tiempo.

  • Ana Lucía Girela 7, 8, 8.5, 8, 8, 8, 8, 8, 8, 8, 7, 8, 8 (7,6)

NOTA INDIVIDUAL: 7,7

Pregunta muy acertada. Pausada y controlada. No rascarse la cabeza.

  • Lucía Bonilla, 9, 9.5, 9, 8, 8, 7, 8.5, 8, 7, 8, 9, 9.5, 6 (8,2)

NOTA INDIVIDUAL: 7,9

Ha empezado muy bien, pero se ha bloqueado. Muy bien preparado. Ejemplos. Respuestas muy buenas. Muy bien preparado. Lapsus.

  • Cristina Venteo, 8, 8, 8.5, 9, 7, 8, 8.5, 8, 8, 7, 8, 8, 9 (7,8)

NOTA INDIVIDUAL: 7,7

Bien. Cuidar la mirada, tendencia a desviar los ojos hacia arriba, no cede la palabra.

 

A favor. Nota de equipo, 6, 8, 8, 8, 8, 8 (7,66)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 9

Han dado datos y argumentos más sólidos y precisos.

  • Laura Fernández, 7.5, 8, 8, 9, 9, 8, 8, 8, 8, 8, 9, 8, 9 (8,2)

NOTA INDIVIDUAL: 8,2

La fuente que menciona no es fiable. Habla bien. Sale bien de la pregunta pero quizás no sabía qué responder. No sabía la respuesta.

  • Lourdes Sánchez, 6, 7, 8.5, 8, 8, 8, 8, 7, 8, 7, 7, 6, 6 (7,2)

NOTA INDIVIDUAL: 7,9

Se le nota muy nerviosa. Se nota que sabe de lo que habla, pero se pierde mucho. Buen contenido pero ha perdido seguridad en sí misma.

  • Susana Cabo, 6, 8, 9, 8, 7, 7, 7.5, 8, 8, 8, 8, 7, 9 (7,1)

NOTA INDIVIDUAL: 7,9

  • Rafael Bracero, 6, 8, 8.5, 8, 8, 8, 9, 7, 8, 7, 7, 7.5, 7 (7,1)

NOTA INDIVIDUAL: 7,9

 

DEBATE SOBRE LA PENA DE MUERTE

A favor. Nota de equipo: 8, 8.5, 8.5, 9, 9, 9, 9, 9, 8 (8,6)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 9

Gana el equipo a favor ya que al ser una posición objetivamente más comprometida han tenido una solidez argumental mayor con datos más precisos. Han mostrado mayor preparación y solidez argumental que el equipo contrario.

  • Manuel Jesús Morales, 9, 8, 8, 9, 8, 8, 9, 8, 9, 7, 7.5, (8,22)

NOTA INDIVIDUAL: 8,6

Concluye muy bien. Es claro y muestra estar bien informado. Conciso y bien argumentado. Habla muy rápido, dificultad para comprender. Buenos criterios. Buena convicción y energía. Velocidad adecuada.

  • Mª de los Ángeles Mata, 8, 9, 8, 8, 8, 9, 8, 8, 8, 9, 7.5 (8,22)

NOTA INDIVIDUAL: 8,6

Buena introducción pero quizás un poco extensa. Muy bien memorizado. Muy segura de lo explicado. Convincente. Referencias acertadas. Buena fluidez, se ha pasado más de 1 minuto del tiempo fijado.

  • Miguel Ábalos, 7, 9, 9, 9, 8, 8, 9, 9, 9, 9, 9 (8,63)

NOTA INDIVIDUAL: 8,7

Habla bien y gesticula bien. Pregunta demasiado extensa y quizás no queda clara. Buenas bases argumentales (textos legales). Bien de convicción. Nervioso. Bien fundamentado. Ajustado al tiempo.

  • Javier Leiva, 9, 7, 9, 8, 8, 9, 9, 9, 9, 9, 8.5 (8,6)

NOTA INDIVIDUAL: 8,7

Se pone nervioso, pero muestra conocer bien el tema. No ha sido tan convincente como sus compañeros. La entonación era monótona. Pausado, buena gesticulación manual.

 

En contra. Nota de equipo: 6, 7, 8, 6, 7, 7, 7, 7 (6,8)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 5

A pesar de ser uno menos, han sabido jugar sus cartas. Con mayor preparación, se hubieran llevado el debate.

  • Jesús Gálvez Morales, 6, 7, 6, 8, 6, 7, 6, 7, 7, 8, 8 (6,9)

NOTA INDIVIDUAL: 6,2

Lee bastante. Quizás no utiliza un lenguaje demasiado formal. En una conclusión no deben introducirse nuevos datos. Parece otro refutador. Creo que le faltaba mencionar referencias más contundentes. También debería mejorar la introducción. La conclusión, sin embargo, estaba mucho mejor. Lee mucho. Buen tono y cadencia, pero lee y no agota el tiempo.

  • Lucía Rich, 5, 8, 5, 8, 5, 8, 6, 7, 6, 5.5, 6, (6,6)

NOTA INDIVIDUAL: 6,1

Lee demasiado. No queda claro cuando termina su intervención. Responde pero no con una fuente fiable. Bien memorizado y convincente. Ha leído todo. Error grave, lee, duda.

  • Carlos Zurera, 7.5, 8, 7, 8, 6, 8, 8, 8, 8, 9, 7.5 (7,7)

NOTA INDIVIDUAL: 6,5

Da la sensación de que se lo sabe de memoria. Sin embargo, ha refutado la intervención del equipo contrario. Buena respuesta y buena pregunta. Responde bien a las preguntas. Convincente y referencias varias. Ha leído, pero ha rebatido positivamente. Respuesta a la pregunta muy acertada. Se corta y lee. Pero es capaz de replicar con argumentos muy bien.

Ángel Felices,

 

A favor de la monarquía: (grupo 1). Nota de equipo: 8, 8.5, 7, 7, 7.5, 8.5, 9.5, 8.5 (8)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 9

Han utilizado argumentos jurídicos muy consistentes y sólidos, además de tener claro en todo momento lo que decir. En el turno de preguntas cruzadas han respondido sin temor y utilizando argumentos concisos y fiables. Muy buenas y variadas fuentes.

  • David Pareja: 8, 8, 7, 8.5, 6.5, 7, 7.5, 8, 8, 9, 7.5, 7, 7, 9, 8, 9, 8, 9 (7,8)

NOTA INDIVIDUAL: 8,2

 

Su discurso no llega con la misma fuerza que el de los demás. Menor claridad, aunque se debe a la puesta en escena. Ha utilizado un lenguaje poco formal y ha demostrado un poco de nerviosismo. Buen tono y ritmo. Varía poco la mirada. Buena síntesis de los argumentos. Tiene buen control de la voz y la mirada aunque podría mejorar el ritmo. Lee mucho. No ha respondido la pregunta, pero ha aguantado el tipo. Lee, quizás el discurso un poco corto. Conclusión directa, “al grano”. Buena síntesis. Apoyarse menos en el papel y ganar en convicción.

 

Javier Abreu: 7.5, 8, 7.5, 8, 7.5, 8, 10, 9, 9.5, 8, 7.5, 8, 8, 8.5, 9, 9, 9, 9 (8,5)

NOTA INDIVIDUAL: 8,5

Exposición apoyada en datos gráficos pero falta soltura en el discurso. Ha mostrado nerviosismo en su tono de voz, aunque ha expresado bien sus ideas. Además, en las preguntas no ha demostrado nerviosismo. Varía la mirada, aunque se centra en el profesor. Poca convicción y confianza en sí mismo, buen tono y ritmo con variaciones, movimiento de pies inadecuado. Buena argumentación y respuestas, no tan buena dicción. Le falta algo de fluidez, pero transmite mucho énfasis y pasión en el mensaje. Su respuesta ha sido muy elocuente. Se ha pasado en el tiempo, mucha información para el tiempo que ha hablado, buena dicción. Puntos no totalmente ciertos, pero bien expresados. Usa datos, se sabe bien el discurso. Responde bien. Tranquilo en la exposición, muy bien memorizado. Seguro, gesticulando. Buen control emocional, se mueve con naturalidad. Error gramatical “hubieron el mismo número…”, “creéis ustedes”. Aporta material.

 

  • Helena García: 5, 8.5, 8,5, 7.5, 7, 9, 8, 7.5, 9, 8, 8, 7, 8, 8.5, 9, 9, 8, 9 (8,1)

NOTA INDIVIDUAL: 8,3

Argumentos con mucho peso acompañados por la fuerza de su discurso. Ha sido clara, aunque con un lenguaje poco formal. Buena gesticulación, convicción, buen volumen y tono. Utiliza la ironía en positivo. Se apoya en los papeles, capta la atención del público. Un discurso familiar y cercano. Ha leído el papel, buena dicción. Evidencias muy claras. La exposición ha seguido un orden lógico y fácil de seguir. Muy natural.

 

  • Lucía Guerrero: 8, 8.5, 8, 9, 7.5, 8, 7, 8.5, 9, 8, 9, 9, 9, 8.5, 8, 8, 9, 9 (8,4)

NOTA INDIVIDUAL: 8,4

Mayor claridad y énfasis en su discurso. Ha mostrado seguridad, pero al hablar tan rápido le ha faltado claridad. Volumen bajo, ritmo rápido que no permite seguir el debate, gesticulación adecuada, varía la mirada un poco forzada. Un discurso serio y profesional. Buena exposición y argumentación. Va demasiado rápido y, a veces, no se le entiende. Se sabe bien el discurso, quizás un poco acelerado. Buena respuesta. Muy tranquila y segura de sí misma, muy bien memorizado. Segura y firme. Controlar algo más los movimientos oscilantes. Se excede en el tiempo más de 1 minuto.

En contra de la monarquía: (grupo 5).

Nota de equipo: 6.5, 8, 8, 7.5, 8, 8 (7,6)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 7

Falta de fuentes.

  • Elena de la Torre: 7, 8, 7.5, 7, 6, 8, 7.5, 7.5, 8, 8, 9, 8, 7, 9, 9, 9, 8, 8.5 (7,9)

NOTA INDIVIDUAL: 7,5

Buena exposición y puesta en público. Tono de voz muy suave y lineal. Varía el tono, pero poca gesticulación, poco movimiento, no utiliza el espacio. Varía la mirada de los jueces al equipo contrario. El comienzo de su discurso ha sido muy poderoso y ha llamado la atención inmediatamente. Su respuesta ha sido muy buena ante la dificultad de la pregunta que se le ha realizado. Buena presentación y dicción, algo monótona. Buena respuesta. Responde bien las preguntas. Muy bien preparada. Bien preparado. No mira el papel. Buena fluidez y buena presentación.

 

  • Laura García: 7, 8, 7, 8, 8, 7, 7, 8, 7, 7, 8, 8, 8, 9, 9, 9.5, 8, 6.5 (8,3)

NOTA INDIVIDUAL: 7,6

Argumentación basada en leyes y hechos reales. Su defensa llega al público gracias a su énfasis. Ha mostrado seguridad, tanto en la exposición como en las preguntas, además ha expresado claramente sus ideas. Buen tono, apoyo en los papeles, gesticulación forzada, poco uso del espacio. Ha tenido un buen discurso, aunque no ha puesto demasiado énfasis en los puntos clave. Ha mantenido muy bien el ritmo y la fluidez. Buena dicción, ha leído el papel. Buenas fuentes. Discurso demasiado corto. Responde bien. Creo que la intervención ha sido demasiado breve y no tenía bases sólidas. Baja la mirada al papel y movimiento monótono de la mano izquierda.

 

  • Antonio Agüera: 7, 7.5, 7.5, 8, 8, 7, 8, 8, 8, 8, 8, 7.5, 8, 9, 9, 9.5, 9, 6.5 (8)

NOTA INDIVIDUAL: 7,5

Buena preparación del discurso. Ha mostrado seguridad, convicción y claridad. Apoyo en papeles, ritmo rápido, varía la mirada, comprensión, poco uso del espacio. Muy buen énfasis en los puntos importantes y manteniendo el ritmo. Lee el papel cada dos por tres, buena dicción. Respuesta muy acertada. Habla bien, pero corto. Buena respuesta. Demasiado breve. Muy bien.

 

  • Raquel Díaz: 7.5, 7.5, 7.5, 9, 6.5, 6, 8.5, 8, 9, 9, 8, 7, 7.5, 8.5, 9, 9, 7, 7 (7,8)

NOTA INDIVIDUAL: 7,4

Claridad en la exposición, su discurso llega aunque no tanto entusiasmo. Comenzó con seguridad, pero mostró signos de nerviosismo a lo largo de la exposición. Pausas abundantes, varía la mirada, se nota la memorización. Muy buen comienzo, aunque haya dudado al final. Mirada al suelo, buena dicción. Regular velocidad, pausada, naturalidad. Tranquila y pausada. Buena forma de mirar y buena gesticulación. Falta un poco de convicción en la voz.

 

DEBATE 1: TAXI / VTC

A favor del taxi. Nota general: 7.5,

NOTA TRABAJO ESCRITO: 6,5

  • Marta Soto: 8, 7, 8, 8, 8, 9, 8, 8 (8)

NOTA INDIVIDUAL: 7,3

Ha mostrado nerviosismo al hablar rápido, lo que ha provocado no dejar claras las ideas. Sin embargo, en las preguntas ha contestado con más seguridad. Apoyo en los papeles, vista en los jueces, olvida al equipo contrario. Buen volumen y tono. Poco movimiento y gesticulación. Bien informada, pero la argumentación difícil de seguir. Expresiones faciales inadecuadas, poca motivación. Su discurso ha sido bueno y tiene una voz potente, pero no realiza la mirada de barrido. Buena explicación de argumentos y datos. Ha fallado un poco el apoyo de las tarjetas en algunos momentos. Ha formulado adecuadamente su pregunta mediante datos y concretando la dirección en la respuesta. Lee en el papel, se ha excedido en el tiempo. Muy correcta.

  • Carmen Leiva:5, 8, 7.5, 7, 7, 7, 7 (7)

NOTA INDIVIDUAL: 7

Ha mostrado nerviosismo. Presenta bien la tesis, volumen adecuado, en la gesticulación junta los puños, no los separa. Lo ha hecho bien, pero no ha controlado demasiado el ritmo al decir demasiados “eh”. Necesita más seguridad. Discurso fluido y claro, lo único que le ha faltado es mirar más y dirigirse al equipo contrario. Se ha excedido en el tiempo y tono monótono. Confunde “s” y “z”. Bien memorizado, controla la mirada. Duda y pierde algo la concentración cuando mira el crono.

David García: 7, 8, 8.5, 7, 9, 9, 8 (7,7)

NOTA INDIVIDUAL: 7,2

Ha mostrado seguridad y su volumen ha sido estable, pero ha fallado en las preguntas. Buena gesticulación, buen tono pero da la impresión de tener poco conocimiento. Transmite mucha familiaridad y capta la atención completa del público. Sus respuestas a las preguntas han sido, por lo general, muy buenas, aunque no haya sabido responde la que no le correspondía. Conclusión clara y bien explicada. Ha dado una respuesta bien argumentada a la pregunta, y breve. En la segunda pregunta ha sabido defenderse muy bien. Le ha bailado un poco el cuerpo. Voz perfecta. No ha sabido responder una pregunta. Buena naturalidad y gesticulación.

  • Francisco Oballe: 6, 5, 7, 7, 8, 8, 9 (7,1)

NOTA INDIVIDUAL: 7

Ha mostrado mucho nerviosismo en la exposición y no han quedado claras sus ideas, aunque en las preguntas ha mostrado más seguridad. Un poco nervioso, monótono, poca gesticulación, manos en los bolsillos, poca confianza, habla para sí. Su discurso ha sido muy bueno, aunque no ha realizado la mirada de barrido, ya que ha preferido dirigirse al equipo contrario. Conclusión breve y bien explicada. Respuesta clara a la pregunta con una buena defensa. Se ha metido la mano en el bolsillo. El volumen va decayendo, pero a la hora de las preguntas lo ha hecho de 10. Mano en el bolsillo. Nervioso, ganar en seguridad. No agota el tiempo.

  • Rafael Villalba: 9, 8, 9, 10, 9 (9)

NOTA INDIVIDUAL: 7,6

Buen volumen, seguridad y claridad en sus ideas. Además, en las preguntas ha mostrado también esa seguridad. Buena gesticulación coordinada con lo que dice. Utiliza preguntas retóricas. Argumentación de manera muy sencilla, clara y sin aburrir al oyente. Buena dicción y buena exposición. Seguro, bien la mirada y la gesticulación. Buena velocidad.

 

GRUPO EN CONTRA DEL TAXI. Calificación global: 8.5, 8.5 (8,5)

NOTA TRABAJO ESCRITO: 8,5

  • Diego González: 8, 8, 8, 8 (8)

NOTA INDIVIDUAL: 8,3

Ha mostrado algo de nerviosismo, pero ha expresado de manera clara sus ideas. Apoyo en papeles, muchas pausas, poco uso del espacio, poco movimiento. Da buen énfasis a las partes importantes del discurso. Mirada al suelo, se excede en el tiempo. Aumentar el ritmo, demasiado pausado. Buena posición. Se pasa 50 segundos.

  • Ismael Hammounaïcha.: 6.5, 6,7.5, 6, 8, 9, 7 (7,1)

NOTA INDIVIDUAL: 7

Más nervioso que sus compañeros y su tono de voz ha ido disminuyendo. Poco movimiento, apenas gesticula, apoyo en apuntes, se nota memorización y poca comprensión. Muletilla “eh”. Mira a un punto fijo sin contactar con el otro equipo. Pasado de tiempo. Utiliza mucho la muletilla “eh”. Buen discurso, aunque en algunos casos ha titubeado un poco, se ha recuperado bien. Se ha excedido un poco en el tiempo, pero ha explicado bien los argumentos. Respuesta clara y bien estructurada. Muletilla “eh” muy repetida, aburrido su tono, excedido en el tiempo mucho. Se apoya en la lectura. Muletilla “eh”. Debe ganar fluidez, evitar la prolongación de vocales. Bien en la mirada, hombros y posicionamiento. Se pasa 40 segundos.

  • Teresa Paniagua: 9, 9, 8.5, 9, 8, 7, 9 (8,5)

NOTA INDIVIDUAL: 8,5

No ha mostrado nervios y ha hablado de manera clara. En las preguntas ha mostrado seguridad. Buena gesticulación, tesis y mirada. Su empleo de las preguntas retóricas ha sido muy interesante, aunque podría alzar un poco más la voz. Introducción clara y bien explicada. Respuesta un poco débil a la pregunta del público. Baila un poco con su gesticulación, voz perfecta. Bien memorizado. Naturalidad. Muy buena presentación.

  • Silvia Rascón: 6, 5, 8, 8, 9, 6 (7)

NOTA INDIVIDUAL: 8

Ha mostrado mucho nerviosismo y se ha apoyado mucho en el papel. Muchas pausas, apoyo en los papeles, nerviosa, poca confianza en sí misma y en sus argumentos. Su discurso y contacto visual con el público ha sido bueno, aunque en algunos puntos haya dudado un poco se ha recuperado. Ha justificado muy bien su respuesta, aunque le ha faltado algo de seguridad. Al principio ha hecho muchas pausas y por esto se ha excedido en el tiempo. Muy buena explicación de argumentos. Respuesta bien argumentada y apoyada en materiales. Sin ritmo al hablar, habla por sílabas, lee el papel, tono un tanto extraño, se ha excedido en el tiempo. Apoyarse menos en los papeles. Trabajar la fluidez. No hablar palabra a palabra. Uso de interrogaciones retóricas y datos concretos.

  • Carlos Domingo: 7, 7, 8, 9, 9, 8 (8)

NOTA INDIVIDUAL: 8,3

Ha comenzado con mucha seguridad, pero luego ha mostrado algo de nerviosismo y, además, se ha apoyado mucho en el papel. Demasiado apoyo en apuntes, lo que no le permite gesticular. Buen tono y ritmo. Su seguridad llama la atención del público y controla muy bien el ritmo del discurso. Tiene muy buen control de su voz. Realiza un resumen claro y breve de la posición de su equipo, además analiza los puntos del otro equipo y da respuesta a estos. Ha leído el papel, dicción perfecta, se ha trabado en un par de palabras, excede el tiempo.

 

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“EL ARTE DE HABLAR EN PÚBLICO: CLAVES DEL ÉXITO”. CÓRDOBA 21 MARZO 2019

INVITACIÓN

El próximo jueves, 21 de marzo de 2019, en el Salón de Actos de Cajasur (Córdoba, C/ Reyes Católicos), a las 20:00 horas, trataremos sobre las claves del éxito para hablar en público. Un interesante reto que a todos nos interesa. La entrada es libre hasta completar el aforo. Una buena oportunidad para conocernos, ¿te animas?

 

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OS RUEGO MÁXIMA DIFUSIÓN

PRESENTACIÓN EN MADRID

MANUAL PARA UNA CORRECTA SINTAXIS (Berenice, 2019)

El próximo día 16, a las 12:30 horas, estaré en Madrid

La presentación de mi nuevo libro será en la Galería Librería Pilares (C/ Juan Álvarez Mendizábal). Esta obra está pensada para facilitar el aprendizaje de la morfosintaxis para alumnos de la ESO y Bachillerato. La didáctica y los resultados están contrastados en el aula y su diseño posibilita la técnica de “clase invertida” y el trabajo colaborativo. Me gustaría que me ayudarais a darle toda la difusión posible entre vuestros contactos, especialmente entre los profesores de Enseñanzas Medias, Bachillerato y futuros profesores de Lengua Castellana. Se trata de una herramienta útil que nos ayuda en clase.

Esta obra, igual que Cómo se hace un comentario de texto (Berenice, 2009, 3ª ed.) y el Manual de ortografía y redacción (Berenice, 2010, 2ª ed.) están pensados y redactados para facilitar nuestra labor en la difícil tarea de enseñar. Me encantará intercambiar con todos vosotros experiencias y metodologías. Allí os espero. Gracias.

 

 

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