REQUIEM POR UN MAESTRO

Traigo este artículo de Toni García Arias porque merece la pena reflexionar sobre el tema. La perspectiva nos arroja lucidez y quienes hemos vivido otras épocas, otros sistemas, otros modos, podemos comparar. Hubo un tiempo en que los colegios no tenían vallas, en que podíamos salir al campo, en que se podía alterar la programación cuando el profesor entendía que una determinada actividad era lo que convenía a la motivación de sus alumnos en un momento dado. Recuerdo haber ido a cazar sapos y salamandras a la lagunilla de La Arruzafa, por ejemplo, o aquellas excursiones en que buscábamos minerales o fósiles. Os aseguro que los contenidos aprendidos en aquellas clases de Biología o Ciencias Naturales ya se me olvidaron hace mucho tiempo, pero la sensación de libertad, de curiosidad, el afán de exploración y descubrimiento… eso permanece. Y quizás fue la mejor lección junto al compañerismo y el poder ver al profesor en un ambiente que lo humanizaba compartiendo con nosotros su ilusión, su pasión por aquello que enseñaba.

Entonces se confiaba en el criterio del profesor y la escuela secundaba estas iniciativas. Los padres confiaban en su juicio y si ellos habían decidido que era lo que tocaba hacer, pues se hacía y se agradecía porque no formaba parte de sus obligaciones. Entonces las familias exigían responsabilidad a sus hijos. Los hijos, por nuestra parte, sabíamos que debíamos comportarnos, que no debíamos ausentarnos de clase o de la escuela, que no debíamos hacer gamberradas o que debíamos un respeto incuestionable al profesor, que le debíamos obediencia, igual que a nuestros padres.

Hoy, el sistema garantista que hemos creado nos ha envuelto en una nebulosa de burocracia que nos hace estar más pendientes de los papeles que de la mirada de nuestros alumnos. Planificar una excursión debe hacerse de acuerdo con una rígida programación que debe ser aprobada con independencia de que el momento sea o no el idóneo para un grupo determinado. Ante esta asfixia, la solución es la inhibición. ¿Qué necesidad hay de asumir responsabilidades sin necesidad. La naturalidad basada en la confianza deja paso a la pasividad. Hemos perdido mucho, sin darnos cuenta. Entre otras cosas esa complicidad alumno-maestro que tanto enriquecía en nuestra infancia. Os recomiendo vivamente la lectura de este artículo. Un saludo.

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CUIDAR LA VIDA O PROCURAR LA MUERTE: AQUELLO QUE NOS HIZO HUMANOS.

Hace ya algún tiempo, leí el comentario de una antropóloga, profesora de la Universidad a quien uno de sus alumnos preguntó: “¿cuándo apareció el ser humano?”. Ella respondió: “Hace 150.000 años”. ¿Cómo podía ser tan precisa? Se refirió entonces a unos restos humanos donde se podía apreciar una fractura de tibia que se había regenerado. Esto no hubiera sido posible sin la ayuda de la tribu. Esa compasión, esa empatía, ese deseo de ayudar y preservar la vida permitió a ese ser humano sobrevivir cuando sus circunstancias, en ese ambiente, lo hubieran condenado a muerte porque no podía valerse por sí mismo.

Preservar la vida, para esta antropóloga, era el punto de inflexión a partir del cual se podía afirmar que la especie humana había nacido como tal. No he logrado localizar aquella cita, lo siento, pero sí un artículo publicado en La Vanguardia que ahonda en esta percepción. Aquel no fue un caso único, hay otras muchas evidencias en distintas épocas y lugares. Lo que viene a continuación es un extracto:

“En el registro arqueológico ya hay muestras de individuos que no hubieran podido sobrevivir solos y que si lo hicieron, fue ayudados por la sociedad. En el origen más primitivo del género Homo ya hay algún tipo de cuidado”, señala Robert Salas, arqueólogo y director del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES). “El individuo que vivió en Dmanisi, en Georgia, hace 1.8 millones de años, fue alimentado por la sociedad a la que pertenecía. ¿Por qué tomar esos riesgos? ¿Por qué hacer subsistir a personas como esta? Por conocimiento”, añade este experto, que no ha participado en el estudio.

En el origen más primitivo del género Homo ya hay algún tipo de cuidado.”

Robert explica que en aquellas sociedades primitivas el conocimiento residía en personas mayores, que “eran las que recordaban dónde había agua en caso de sequías, dónde encontrar recursos cuando son escasos. Preservaban una información básica para el grupo”.

Que se cuidaran unos a los otros demuestra, para este arqueólogo, que aquellos primeros Homo ya reconocían al otro como ‘un ser especial, que había que mantener vivo. Demuestra un progreso en la concepción de la vida humana”.

Hoy nos enfrentamos a una concepción utilitarista del ser humano. Se nos dice que tenemos derecho a la vida en tanto en cuanto “no causes problemas al sistema”. Se pone el foco de atención en el sufrimiento provocado por enfermedades congénitas o degenerativas. La empatía nos hace volver la cara. Nos causa horror pensar en la impotencia de vernos atrapados en un cuerpo que nos impide el suicidio. Se nos induce a pensar que, en ese estado, la muerte es “digna” y es una opción personal. Pero nadie desea la muerte porque va en contra de nuestra programación genética, esa instrucción telúrica de preservar la vida, ese instinto de supervivencia. Lo que de verdad nos repele es la idea del sufrimiento. Hoy hay sobrados recursos para paliar ese sufrimiento, para acompañar en la agonía sin tener que acelerar el desenlace, y hacerlo con la tranquilidad de quien ama. Pero es costoso, no interesa. Tampoco se nos habla del crecimiento personal que supone el cuidado desde el amor que profesamos a una persona. El sacrificio, cuando es por amor, no es sacrificio, es una fuente de aprendizaje porque la enfermedad existe, la muerte también, la vejez es parte del proceso de la vida. Pero se nos enseña a mirar para otro lado, es más fácil acabar, más rápido, más eficaz, más económico. Quizás tendríamos que plantearnos si no habría que prestar ayuda psicológica o simplemente acompañamiento a quien está sufriendo en la soledad, a quien ha sido abandonado porque ya no es útil, ya no es necesario, ya no es sino un estorbo. Porque su imagen nos recuerda que algún día nosotros mismos nos veremos así y eso nos altera el “buen vivir” que se nos ofrece como ideal de belleza y juventud en esta sociedad abonada de egoísmo para el consumo.

Es fácil “comprender” la gracia que supone acabar con el sufrimiento aunque esto suponga acabar con la vida. Pero cruzar esa línea nos deshumaniza. O, si lo preferís, nos animaliza. Es más que probable que lo que comienza siendo una excepción se transforme en norma, que todas las supuestas garantías que ahora acompañan a la cacareada ley de la eutanasia vayan desmoronándose poco a poco en medio de la anestesia social, que mañana otros decidan por ti si ya ha llegado tu momento por cualquier motivo: alzeimer, demencia senil, parkinson o cáncer… ¡Qué más da! Puede que ahorrarse la pensión o no invertir en atención o cuidados paliativos sea razón más que suficiente, y que todos lo comprendamos. O que no sea conveniente preservar la vida de los ancianos porque son ellos quienes conocieron otra forma de vida, que son quienes pueden hablar a sus nietos de que hubo un tiempo en que se caminaba sin mascarilla, donde bastaba un cerveza y una buena reunión de amigos para ser feliz, donde se apagaba la sed bebiendo de cualquier fuente, una época en que el sol calentaba los huesos y las risas eran la mejor terapia contra los sinsentidos de la vida, en que se podía y se vivía sin televisión y se compartían la botellas para beber agua, que no hacían falta tantos coches ni tantos aparatos, que bastaban unas rayas en el suelo y una sonrisa, que los abrazos curaban y los besos expresaban la efusión del amor o del cariño. Quizás, simplemente, no interese que se sepa y vayamos hacia la eliminación progresiva de la memoria ancestral para abonar un nuevo orden mundial donde, ya, el recuerdo, el testimonio de lo vivido, no es sino un estorbo.

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¿POR QUÉ ES UN PROBLEMA REGALAR EN EXCESO A LOS NIÑOS?

El exceso de regalos en un tiempo corto genera confusión, egoísmo e irritabilidad. Es bueno aprender a aplazar y disfrutar desde la imaginación con la familia. El mejor regalo eres tú.

Se acercan fechas difíciles, algunos con Papá Nöel, otros con los Reyes Magos, todos tenemos tendencia a regalar a los seres queridos porque deseamos verles sonreír, hacerlos felices. Los padres, los abuelos, los titos… Todos nos volcamos en ese detalle. Pero puede ser contraproducente si no tenemos cuidado.

Los juguetes son buenos, de hecho son una herramienta básica de aprendizaje, los niños aprenden jugando, unos más que otros estimulan la imaginación o ayudan a desarrollar habilidades o, simplemente, colaboran en la socialización necesaria en el desarrollo. El problema no son los juguetes, sino el exceso de regalos en fechas determinadas. Corremos el riesgo de generar un hábito poco recomendable: el que el niño se acostumbre a recibir regalos como algo natural, sin esfuerzo. Cuando esto sucede, el niño no experimenta alegría al recibirlos, pero sí siente frustración cuando no los recibe o el juguete regalado no es el que él quería.

Por duro que pueda parecer, es bueno que el niño se aburra. El aburrimiento es un paréntesis entre actividades que obliga al cerebro a buscar alternativa de entretenimiento. Esa espera, cuando por fin se encuentra la actividad que nos conforta, incrementa la satisfacción del juego. Pero el exceso de juguetes también limita la imaginación al asociar entretenimiento exclusivamente con un juego determinado. El caso de los videojuegos, por ejemplo, o la interacción con los teléfonos móviles llegan a generar auténticas adicciones. El problema, más ahora en tiempos de pandemia, es que las pantallas ocupan un tiempo desorbitado del que no siempre somos conscientes.

Aunque los niños hayan deseado muchísimo un juguete determinado, su interés se difumina ante una avalancha de regalos. El exceso de estímulos hace que estos se anulen entre sí. La atención se dispersa y va de uno a otro sin mantener la concentración, el resultado es la impaciencia. Esto acaba convirtiéndolos en caprichosos y egoístas, consumistas en potencia que se enfrentan a la frustración cuando chocan con la realidad de que no todo lo que desean pueden conseguirlo. Un niño habituado al mundo virtual, donde las gratificaciones con un simple like son inmediatas, tendrá problemas para adaptarse al mundo real donde la amistad o la sonrisa son fruto de la interacción humana, exigen el aplazamiento de la recompensa.

Importa, en estas fechas, espaciar los regalos, entregarlos poco a poco, dejar que el niño se familiarice con un juego antes de ofrecerle el siguiente. Los estímulos espaciados mejorarán su aprendizaje permitiendo la adaptación a los estímulos que cada uno pueda ofrecerle teniendo en cuenta que “el juguete debe estimular la imaginación del niño”. Recuerdo cómo uno de mis juguetes favoritos era una simple caja de cartón, una caja de zapatos a la que até una cuerda. Observad cómo, a veces, el niño desprecia el juguete caro para quedarse tranquilamente con la envoltura. Aquella caja de cartón podía ser cualquier otra cosa: un camión, un remolque, un cofre del tesoro o una casita de muñecas. La imaginación del niño es la única que puede transformar la realidad en algo mágico. Un juguete que juega solo no es un juguete.

Conviene recordar siempre que el mejor regalo para un niño es nuestro tiempo, el tiempo de calidad compartido, tiempo de convivencia y conversación, de sonrisas y abrazos. Con frecuencia, cuando el niño pide ese juguete que aparece en la televisión, no mira el juguete, mira el modelo de familia que se le ofrece a través de la pantalla: convivencia, armonía, risas, tiempo compartido. Un juego tan simple como el parchís va a proporcionar un enorme aprendizaje sobre las reglas de juego: paciencia, turnos, normas que deben ser respetadas. No siempre lo más caro es lo mejor, y lo que nos hace más felices puede ser lo más barato.

Es el momento de introducir libros en su cuarto, en su vida, de leer con ellos, de contarles o leerles cuentos, de dejar que vuele su imaginación. Esos viajes imaginarios, esos héroes con mil peripecias que contar les acompañarán el resto de su vida con la gratificación de la sonrisa en un tiempo compartido. Es el momento de regalar experiencias en familia, esa excursión, ese viaje, esa salida en la que puedan correr y saltar, reír y jugar al aire libre, reconocer el peso de una piedra, el frescor del agua, y el olor de la tierra.  Es el momento de recordar que, para un niño, cada salida es una aventura. Es el momento de salir de la rutina, de las pantallas, del confinamiento y permitirles ver el mundo real, también, a través de nuestros ojos.

¿Y qué hacer cuando los abuelos, los titos, los padrinos se presenten con un montón de regalos? Simplemente sonreír y dar las gracias, permitir que el niño elija uno con el que jugar y guardar los demás para ir ofreciéndoselos poco a poco. Desarrollar el “aplazamiento de la recompensa” les ayudará a madurar, a mejorar, a proponerse objetivos para alcanzar el premio deseado y eso puede marcar las diferencias entre una buena y una mala educación.

José Carlos Aranda

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HABANA. UNA HISTORIA DORMIDA, José Ignacio Señán. Reseña de una lectura y de un regalo.

A veces, nos llegan gratas sorpresas. Esta es una de ellas. Sin previo aviso, me llega la entrega de un paquete de correos. En el interior, un libro. Habana. Una historia dormida. José Ignacio Señán. Editorial Tegra, 2020. Cuando abro el libro me encuentro una dedicación personalizada:

“A José Carlos. Profesor: implorando, ante todo, tu benevolencia por los errores que el texto pueda contener, espero que disfrutes de su lectura, ya que forma parte de un sueño cumplido. Un abrazo.”

Hace ya décadas que José Ignacio fue alumno mío. No hay mayor orgullo para un profesor que ver cómo alguien que lo siguió en las aulas, lo supera en la vida, cómo la semilla sigue latiendo a pesar del tiempo, cómo aprendemos a aplazar, pero no a renunciar. Y esta es la prueba mágica de ese cordón umbilical, invisible, que nos sigue uniendo a lo largo de la vida.

Me ha encantado, José Ignacio. Es un libro ágil, interesante y fácil de leer. Me he visto sumergido en la Guerra Civil, pero también en esa Cuba de la Revolución, a través de esos hermanos que buscan una historia, una clave enterrada, que les ayude a comprenderse a sí mismos. No voy a caer en la tentación de desvelar la trama, ni de contar el argumento, solo voy a recomendar su lectura a quien guste del misterio en una ambientación histórica. La ambientación está genial, José Ignacio, los detalles costumbristas dan un toque de colorido y verosimilitud que merece la pena. Mi más sincera enhorabuena.

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¿POR QUÉ ESTOY CONTRA LA LEY CELAÁ?







 
Pongo este título para ahorrar trabajo a quienes tienen un posicionamiento ideológico o emocional hacia el tema. Es mejor que no sigan leyendo.
Hay muchos posicionados, pocos informados y, de estos, la mayoría solo a través de lo que destacan los medios de comunicación. Pero, aunque la educación no sea un tema que preocupe a los españoles –José Antonio Marina-, sí es un tema de enorme trascendencia porque nos jugamos un modelo de sociedad y una generación que puede estar perdida.
En primer lugar estoy en contra por INOPORTUNA. En un momento en que todo el aparato del Estado debiera estar pendiente de paliar los efectos de la pandemia en los centros escolares, en las familias, en los niños, no es el momento de nuevas leyes educativas que vengan a generar polémica salvo que sea esto, precisamente, lo que se pretende como maniobra de distracción. Son muchos los problemas de ratio, de adaptación tecnológica, de reciclaje y adecuación de programaciones, de conciliación de vida familiar y laboral, de pobreza extrema derivada de la crisis económica como para sacar adelante ahora una nueva ley de educación.
En segundo lugar, por la IMPOSICIÓN. En un momento de estado de alarma en que no se han podido o querido realizar las oportunas consultas para lograr el máximo consenso en aras de un plan nacional para la educación, esta ley supone una imposición unilateral de una visión sesgada. Bajo palabras talismán, biensonantes, como “tolerancia” o “inclusión”, “igualdad” o “libertad”, se están vulnerando principios constitucionales –Fernando Savater y un largo etc.-. Una ley que nace sin consenso, sin la aprobación de las partes implicadas en el proceso educativo, es una ley muerta.  No solo será recurrida ante el Tribunal Constitucional, también lo está ya ante los tribunales europeos –CONCAPA- y aquellas Comunidades no gobernadas por los partidos en el poder ya han declarado su intención de paliarla en la medida de lo posible. Por otra parte, los profesores estamos hartos de que nos lluevan trabas burocráticas, de nuevas leyes que no abordan los auténticos problemas de las aulas, de que no se nos consulte y de que hable por nosotros quien no ha sostenido una tiza en su vida, quien no se ha enfrentado a la realidad del día a día.
Está muy bien hablar de tolerancia, pero ejemplos de “intolerancia” es marcharse de una mesa por la educación donde se busca el diálogo y el consenso, atacar la libertad de los centros para elaborar su propio Proyecto de Centro imponiendo unas asignaturas o ninguneando otras, no admitir una opinión divergente por muy fundamentada que esté, etc., etc., etc.. Se habla de “inclusión” sin tener en cuenta que la Educación Especial requiere de un personal muy especializado y de unas condiciones muy precisas para ayudar a una enorme variedad de circunstancias y situaciones: psicopedagogos, fisoterapeutas, profesores especializados, una ratio adecuada, ¿de verdad piensan integrarlos en escuelas con ratios de 20 o 25 alumnos y profesores que no tienen preparación para atender de forma personalizada a cada alumno? ¿Y todo esto sin una inversión que acompañe? Solo necesitamos sentido común y escuchar el clamor de los padres que están viviendo esta situación. Resulta un despropósito y espero que no llegue a cumplirse esta amenaza por mera humanidad.
No se educa en libertad cuando no se tiene en cuenta la demanda social para la ampliación de centros, cuando se suprimen los distritos y el gobierno de turno se arrostra la capacidad unilateral de asignar centros. Lo ideal, como dicta la Constitución, sería poder elegir un centro con un Proyecto acorde a los principios morales de la propia familia para que el niño pueda crecer en coherencia –Artículo 27-. Si a esto le añadimos una financiación condicionada, estamos anulando la viabilidad de buena parte de los centros concertados, que también son públicos porque los pagamos entre todos. Para que exista libertad, es condición indispensable que haya opciones donde elegir, cuando se ataca directamente a esta posibilidad se está atacando el principio de libertad al que se apela.
Se habla de “igualdad”, pero lo que debemos garantizar por ley es la “igualdad de oportunidades”, con independencia de las circunstancias sociales o socioeconómicas. Quedarnos en la palabra “igualdad”, sin más, es una simplificación absurda y cargada de maldad, porque todos somos diferentes. Lo ideal es educar en la diversidad, tratar de sacar de cada alumno, de cada hijo, lo mejor de sí mismo atendiendo a sus capacidades, buscar una educación personalizada. Y esto no se puede lograr de espaldas a la familia. La escuela solo influye en un 40 % en el éxito escolar –José Antonio Marina-, el resto se lo reparten entre la familia y la sociedad y es necesario que cada palo aguante su vela. Una ley educativa que no contemple esta realidad supone un continuismo del fracaso.
Estoy en desacuerdo con la ley Celaá porque incentiva la pereza, la dejadez y la ignorancia frente al talento, el esfuerzo y el sentido crítico. Suprimir las pruebas de nivel, dejarlas como meramente orientativas supone descargarlas de eficacia. Todo sistema de producción tiene sus controles de calidad, también la educación debería tenerlos. Puede haber centros mejores o peores, deben medirse las variables que influyen en los rendimientos, pero debemos tener constancia de la eficacia de los métodos aplicados, revisarlos y corregirlos. Estamos hartos de leyes llenas de ocurrencias pedagógicas cuya eficacia no ha sido contrastada, quizá porque no interese que lo sea, lo cual es preocupante. Y el alumno debe ser consciente de que hay unos objetivos que lograr, de lo contrario, el desinterés está servido. Y no solo por parte del niño, también por parte de la familia que vive el sueño anestesiado de la normalidad hasta que ya es tarde para reaccionar. Y ese ya es tarde se produce en los cambios de ciclo. Es bueno saber que si quieres disfrutar de un buen verano tienes que procurar aprobarlas todas, es bueno saber que si suspendes tienes que estudiar, es bueno aprender que el éxito depende del esfuerzo y la constancia. Los profesores podemos ser grandes profesionales, lo que no podemos es hacer milagros. Y la libertad es una conquista a partir del esfuerzo, no es libre quien no puede elegir. El fracaso escolar o el abandono merman y limitan esa libertad que tanto se predica, generan personas condenadas a la mediocridad..
Ahora se puede pasar de curso con un número indeterminado de suspensos. Está bien. ¿Qué se consigue con esto? La trampa está servida. Un alumno que pase de curso sin saber sumar ni restar, no podrá lograr el objetivo de aprender a multiplicar o dividir. Pasará de curso, pero por muchas adaptaciones curriculares que se le hagan, la dificultad será cada vez mayor, la frustración irá en aumento y el abandono estará servido. Y pretender que un profesor haga tantas adaptaciones como alumnos tiene en el aula es una utopía. Acabamos por adaptar niveles con la consiguiente rebaja del nivel de exigencia. Llegamos así al “analfabetismo funcional”. Es muy difícil mantener el ánimo y las ganas de luchar cuando un inspector te cuestiona para qué sirve la ortografía o la sintaxis –hecho real-.
Los alumnos podrán obtener el título de la ESO hasta con dos suspensos; el de Bachiller, con uno. Muy bien, ya hemos conseguido que los alumnos decidan qué asignatura van a abandonar desde el principio para aliviarse. Y lo digo con conocimiento de causa. ¿Es esto mejorar los niveles de educación? A mí me parece que es desautorizar el criterio del profesor, que se verá sometido al de la Junta de Evaluación donde el voto de alguien que no conoce al alumno tendrá el mismo valor que el propio.
Y, por último, se nos pone enfrene el árbol para que no veamos el bosque. El hecho de suprimir el español como lengua vehicular, aparte de ser una idiotez –Vargas Llosa-, es una concesión política que hemos de leer en conjunto con otras dos normas: la supresión de las oposiciones al cuerpo de Inspectores y la posibilidad de que un profesor pueda ser “removido de su puesto” si muestra falta de condiciones o una notoria falta de rendimiento. El funcionario, por su plaza ganada en concurso oposición, no depende del gobernante de turno. Garantiza así su fidelidad a la ley con independencia de quien gobierne. Ahora, los inspectores serán nombrados a dedo, serán designados los “afines” que deberán su plaza y su sueldo a quienes los nombran, a quienes estarán sometidos por gratitud y coherencia –quien se mueva, no saldrá en la foto y lo mismo que te nombro te puedo cesar-. Además, se limitan las competencias de la Alta Inspección que ya no tendrá capacidad para denunciar casos por discriminación. Esto supone dar libertad absoluta a las Comunidades para controlar el sistema educativo incluso con un sesgo ideológico determinado sin que nadie le pueda toser. No sé a ustedes, a mí esto empieza a sonarme a policía política. Por otra parte, la segunda norma supone una amenaza explícita al profesorado. Tardé 20 años desde que aprobé oposiciones hasta que logré entrar en mi localidad. Veinte años viajando para impartir mis clases. ¿Creen que voy a arriesgar mi destino, mi convivencia familiar, por disentir con los criterios que me sean impuestos? Cualquier humano transigiría porque no somos héroes y prima nuestra seguridad y la tranquilidad de nuestra familia sobre cualquier otra consideración. Amordazan así al profesorado. Vaya ustedes sumando factores y la conclusión clara es que se trata de una ley orquestada a la sombra de un oportunismo político interesado en ceder ante condiciones muy determinadas de partidos muy concretos.
A esto hemos de unir las nuevas asignaturas. En primer lugar, eso de Educación Afectivo-sexual en primaria tiene que ver, y mucho, con la educación moral que se consagra en la Constitución. Para que no se lesione este derecho de los padres, estos tendrían que tener conocimiento de los contenidos y la metodología, y esto en el Proyecto de Centro, no se entiende que se haga al albur del capricho del momento o las circunstancias. Es un tema que toca uno de los pilares de crecimiento como persona, que nos va a condicionar como adultos durante toda la vida –Freud-. Y lo de Educación en Valores Cívicos y Sociales es una indefinición en la que cabe todo, incluso un sesgo ideológico determinado. ¿Qué problema hay en que los niños estudien sencillamente la Constitución Española? ¿No sería mucho más lógico? ¿No está ahí todo incluido? Parece que hubiera alergia a la libertad y al conocimiento. Parecería que no interesa que los niños lean, conozcan y razonen la Constitución.
Como ya uno tiene sus años, no puedo evitar retrotaerme a mi infancia y a aquella asignatura que teníamos que estudiar y aprobar. Se llamaba Formación del Espíritu Nacional (FEN) para mayor gloria del régimen. Yo creía que el franquismo había acabado con la transición, no podía imaginar que habría herederos que seguirían sus pasos.

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¿CÓMO HABLAR EN PÚBLICO? La importancia de saber cuándo callar

El buen orador no es quien más habla, sino quien mejor comunica, quien sabe transmitir en la justa medida y en la forma adecuada respetando lo más importante que todos tenemos: nuestro tiempo. Por eso, tan necesario como saber hablar, es saber cuándo debemos guardar silencio, dar espacio a la reflexión y a la consulta. Rebuscando en el archivo de la memoria, recupero un pasaje de Juan Antonio Vallejo-Nágera que no me resisto a compartir con todos vosotros:

“Los españoles hemos sido siempre intolerantes con las majaderías plúmbeas. Recuerdo un caso […], fue en Valencia en 1950, en el primer Congreso de Medicina al que asistí en mi vida. Por lo tanto estaba muy atento a cualquier incidente. La sesión de clausura vino a presidirla desde Madrid el ministro de la Gobenación.

Todos los capitostes del Congreso aspiraban a lucirse en esa sesión. El presidente del Congreso optó porque hubiese numerosas intervenciones pero muy breves. Era un personaje conocido por su mal genio, y aclaró enérgicamente a cada uno de los candidatos que por nada del mundo pasasen de seis minutos en su perorata. El ministro había advertido que tenía prisa.

Todo fue bien en las primeras intervenciones. Ante el ceño fruncido del presidente, a los cuatro minutos sin excepción terminaban dentro del tiempo exacto, si no les cortaba con un campanillazo al llegar a los seis. Pero tuvieron el error de condescender con las autoridades locales, que elogiaban mucho a un erudito, probablemente pariente de alguno de ellos.. El erudito se había especializado en el estudio del hospital de la ciudad durante el siglos XV, y pidieron que se le dejase intervenir en la sesión de clausura, que se celebraba en ese mimo edificio histórico. Subió al estrado con un espeso paquete de folios mecanografiados y comenzó a leer. Las miradas furibundas del presidente ni las percibía, toda su alma estaba en aquellas líneas en las que detallaba, entre otras cosas igualmente interesantes la cifra de los reales de vellón que se gastaba en el hospital para el papel higiénico de las asiladas a fines del siglo XVI. Ante el ceño fruncido del presidente, a los cuatro minutos sin excepción terminaban dentro del tiempo exacto, o les cortaba con un campanillazo al llegar a los seis. Pero… tuvimos el error de condescender con las autoridades locales, que elogiaban mucho a un erudito, probablemente pariente de alguno de ellos. El erudito se había especializado en el estudio del hospital de la ciudad durante el siglo XV, y pidieron que se le dejase intervenir en la sesión de clausura, que se celebraba en ese mismo edificio histórico. Subió al estrado con un espeso paquete de folios mecanografiados y comenzó a leer. Las miradas furibundas del presidente, ni las percibía, toda su alma estaba en aquellas líneas, en las que detallaba entre otras cosas igualmente interesantes, la cifra de reales de vellón que se gastaba en el hospital para el papel higiénico de las asiladas a fines del siglo XVI. A los seis minutos el presidente pegó un campanillazo que nos levantó a todos del asiento menos al orador, que, sin mirar a la presidencia, extendió hacia ella la mano izquierda y dijo: “En seguida termino”. Naturalmente no terminó, ni tampoco ante sucesivos campanillazos, ni ante las conminaciones verbales de “Por favor, termine” del iracundo presidente. El ministro era un canario de carácter apacible y se consolaba mirando obsesivamente el reloj.

A los cuarenta minutos, y leído solo un tercio de los folios, el presidente se levantó, acudió junto al orador, le arrebató los folios y exclamó: “¡Usted ha terminado!”.

El erudito del papel higiénico […] consideraba un triunfo su intervención tan prolongada.

Salió con la directiva del Congreso a despedir al ministro a la puerta del edificio, era la costumbre. Partió el coche oficial y quedaron todos en la acera. El erudito, con aire beatífico, se dirigió al presidente y preguntó: “Estuve muy bien, ¿verdad?”. No olvidaré el fuego en la mirada y la irritación en la voz. Le gritó: “¡No, majadero, no; ha estado usted mal, muy mal! ¿¡Cómo se atreve a robarnos a cada uno de nosotros cuarenta preciosos minutos!?…” Lograron separarlos sin derramamiento de sangre. Me juré que jamás cometería el mismo error. No puedo afirmar no haberlo cometido. Tenga cuidado, amigo lector, hablar en público se convierte en un vicio.” (Aprender a hablar en público hoy. Planeta, 1992, pp.13-5)

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“INDIGENISMO VERSUS HISPANIDAD”

El tema de la conquista española en América merece una reflexión seria porque no sé hasta que punto se justifica esa ira desmedida que algunos manifiestan. No hace mucho que se publicó este libro de Juan Eslava Galán, La conquista de América contada para escépticos (Planeta, 2019), de cuyo capítulo 113 tomo el título de esta entrada. En primer lugar, quisiera dar la enhorabuena al autor por ese estilo ameno en que se dan cita la narración con la rigurosidad. A pesar de sus más de 600 páginas -también más de 600 notas a pie de página referenciando las fuentes de la información ofrecidas-, su lectura es amena y no da la espalda a los episodios truculentos que se produjeron durante la conquista por parte de los españoles. Tampoco lo hace con la realidad indígena que estos encontraron a su llegada. Evidentemente, recomiendo su lectura, pero quisiera hoy compartirles este breve capítulo, casi una reflexión final de su autor, que espero que les sea de utilidad.

“En el catecismo de la política del padre Ripalda floreció hace un siglo la palabra “indigenismo”.

El indigenismo es un movimiento político y cultural que defiende el valor de las culturas amerindias, y de paso pone de verde perejil a los malvados españoles que las destruyeron.

El indigenista se distingue porque a los diez minutos de conocer a un español le reprocha el estrago que sus antepasados cometieron en América. La clásica respuesta: “Fueron tus abuelos y no los míos que se quedaron en España”, no siempre resulta satisfactoria cuando los sentimientos dominan sobre la razón.

Cuando los fastos del Quinto Centenario, el famoso escritor uruguayo Eduardo Galeano, jaleadísimo ídolo de la izquierda española, advirtió:

“No hay nada que celebrar. A partir del descubrimiento, las venas abiertas de América Latina comenzaron a chorrear sangre y plata, sangre y esmeraldas, sangre y azúcar, para alimentar el capitalismo europeo. Ellos se enriquecieron empobreciéndonos. No cambiamos oro por espejitos, como dice la historia escrita por ellos. Resistimos. Nuestros indígenas resistieron. Pero la superioridad militar y el contagio de la viruela inclinó la balanza a su favor” (Galeano, 2004).

Llama la atención que el autor hable de “nosotros” (los nativos) y de ellos (los españoles), llamándose como se llama Eduardo Galeano, que son un nombre y un apellido españoles. Como tantos criollos, seguramente desciende de alguno de aquellos abusones conquistadores y se expresa mejor en la lengua española que en la india.

El reproche encierra, quizá, mayores alcances no siempre confesados. Si la nuestra es tierra rica, ¿por qué nuestros países no han alcanzado el nivel de los yanquis del norte? ¿Es, quizá, porque a ellos los colonizaron los ingleses y a nosotros los españoles?

¿Qué falla en ciertos países hispanoamericanos que siendo ricos siguen siendo inestables política, social y económicamente dos siglos después de su independencia? ¿A quién culpar? Algunos ven el origen de todos sus males en la colonización y la sangre española. España resulta en ese sentido un útil chivo expiatorio que carga con las culpas de la comunidad. El subdesarrollo y la inestabilidad política nunca es achacable a la élite criolla que sucedió a los españoles en la explotación de los indios. No, la culpa es de la herencia española. ¡Pero la herencia española son ellos! (Maestro, 2014).

El contraste entre la prosperidad de Estados Unidos de América y la pobreza y conflictividad de Hispanoamérica ¿se debe a que los yanquis descienden de las colonias anglosajonas y los criollos de las colonias españolas?

Más bien no. Cuando las colonias británicas se independizaron, no constituían ni la sombra de la gran potencia que serían después. La prosperidad les llegó cuando ya eran independientes, en parte debido a la masiva inmigración de europeos que arribaban a la isla de Ellis ya formados y deseosos de abrirse camino en una nueva sociedad, más igualitaria que la que dejaban en Europa.

Cuando las colonias españolas se independizaron, eran ya prósperas, mucho más que las inglesas del norte. “En el momento de la independencia -señala Roca Barea- América del Sur cuenta con las ciudades más pobladas y con las mejores infraestructuras del continente […]. El declive económico del sur se produjo después de la década de 1830, no antes” (Roca Barea, 2017, p. 346).

Por lo tanto, debe achacarse a la mala administración de los gobiernos criollos, no a la herencia de la dominación española.

Sin embargo, el indigenismo -basado en románticos sentimientos antes que en maduras reflexiones- cree que los problemas de Sudamérica residen en la herencia española.

A este propósito recuerdo un texto de mi compadre Pérez Reverte que viene muy al pelo. “Estaba en Segovia con un amigo contemplando al acueducto, y nos sorprendimos de que nadie exija todavía la demolición de este vestigio del imperialismo romano que crucificaba hispanos, imponía el latín sobre las lenguas vernáculas y perpetraba genocidios como el de Sagunto. Eso nos llevó a hablar de tontos, materia extensa” (Pérez Reverte, 2018).

Un ejemplo conmovedor de la deriva indigenista es Venezuela, uno de los países más ricos del mundo en materias primas, cuya población emigra hoy masivamente para escapar de la hambruna.

Había en Caracas un paseo de Colón presidido por un monumento al descubridor, que creyó que aquellas tierras era el paraíso terrenal. La meritoria efigie del genovés se suprimió en 2015, por decisión del presidente Maduro, para ser sustituida por otra del cacique indio Guaicaipuro, representado -en el menesteroso estilo con el que muchos escultores modernos intentan disimular su mediocridad- por una especie de increíble Hulk de monstruosa musculatura y desencajadas facciones en actitud -no se ve bien- si de saltar sobre los españoles o de cagar en una especie de cajón que tiene detrás.

Al hilo del movimiento indigenista han surgido historiadores apesebrados que, arrimándose al sol que más calienta (como ellos suelen), cuestionan la labor de España en América. La progresía que tanto critica la actuación española en el Nuevo Mundo debiera considerar que no se puede juzgar con criterios modernos el comportamiento de unos hombres de mentalidad y principios muy distintos a los nuestros. Ni podemos medir con el mismo rasero a los españoles del siglo XVI y a los gobiernos independientes del siglo XIX que exterminaron a sus indios.

En fin, no hagamos sangre, y menos en los hermanos que comparten la más valiosa herencia común, el idioma.

A pesar de muchas lacras y contradicciones achacables a la colonización española, no puede negarse que España extendió al continente americano la savia civilizadora de Grecia y Roma, de la que se nutre el más fértil y poderoso tronco de la humanidad, y eso es un valor estable y en alza cuando ya han periclitado los discursos paternalistas de la hispanidad.”

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PLACER FRENTE A FELICIDAD: ¿POR QUÉ RESULTA TAN FÁCIL DESARROLLAR ADICCIONES?

Acabo de escuchar una interesantísima entrevista al doctor Robert Lustig, especialista en Neuroendocrinología de la Universidad de California en San Francisco (UCSF Department of Pediatrics). En ella se enfrentan los conceptos de placer y felicidad desde una perspectiva neurológica que nos permite comprender el porqué es tan fácil desarrollar adicciones, especialmente en la adolescencia. Os la transcribo textualmente:

“Hemos sufrido una crisis cultural. Y creo que todo se resume a un error que hemos cometido en cuanto a la interpretación de dos de nuestras emociones: el placer y la felicidad. Mucha gente las equipara, pero estoy aquí para decirte que son completamente diferentes. Mucha gente cree que son exactamente lo mismo, de hecho puedes encontrar definiciones en Internet que las combina y las confunde. Entonces, ¿cuáles son las diferencias entre placer y felicidad? Yo creo que hay siete diferencias:

1) El placer es pasajero, la felicidad es permanente.

2) El placer es visceral, la felicidad es etérea.

3) El placer es tomar, la felicidad es dar.

4) El placer se puede conseguir con sustancias, la felicidad, no.

5) El placer se experimenta solo, la felicidad se experimenta en grupos sociales.

6) Los placeres extremos llevan a la adicción, ya sea a través de sustancias o de comportamientos, aunque no hay tal cosa como ser adicto a la felicidad.

7) Y, finalmente, la séptima y más importante, el placer es dopamina, la felicidad es serotonina.

Estos son dos bioquímicos, dos neurotransmisores que el cerebro produce y usa para que las neuronas se comuniquen entre sí. ¿Por qué es tan importante esto? Resulta que la dopamina estimula la siguiente neurona y cuando las neuronas son estimuladas excesivamente y con mucha frecuencia tienden a morir. La neurona tiene un mecanismo de defensa contra eso reduce la cantidad de receptores que pueden ser avivados en un intento de mitigar el daño. Llamamos a ese proceso “supresión de los estímulos”. Y muchos de los químicos del cuerpo hacen eso.

Recibes una dosis, genera un estímulo, los receptores se cierran. La próxima vez, necesitarás una dosis mayor para sentir el mismo estímulo al tener menos receptores disponibles. Y necesitas una dosis más y más grande, hasta que finalmente recibes una dosis enorme y no sientes nada. Eso es lo que se conoce como tolerancia. Y luego, cuando las neuronas comienzan a morir, a eso se le llama adicción.

En cambio, la serotonina es inhibidora, no estimulante. Inhibe el receptor para provocar alegría. Para estar en modo zen, si así lo quieres ver. Así que no puedes tener una sobredosis de serotonina. “Inhibir” significa que se adhiere, pero no activa el proceso más allá del receptor. Básicamente, lo que hace es desacelerar esas neuronas en lugar de acelerarlas y, al hacer esto, activas el proceso para la alegría. Ese sentimiento de ser uno con el mundo, eso que llamamos felicidad.

Hay una cosa que suprime la serotonina: la dopamina. Así que cuanto más placer busques, más infeliz serás. Y las Vegas, la Avda. Madison, Wall Street, Silicon Valley y Washington DC, de manera específica y coordinada, han confundido y mezclado el término felicidad con el término placer. De tal modo que puedas comprar felicidad para que ellos puedan venderte basura.

Esa es la economía americana. Y está basándose en sustancias hedonistas, sustancias que impulsan al placer en lugar de a la felicidad. Y en el proceso nos hemos vuelto decididamente más infelices. Y el problema es que no puedes resolver un problema a menos que identifiques cuál es el problema”.

Aunque la afirmación se centra en la economía americana, personalmente la extrapolaría a la economía consumista impuesta desde el globalismo. El artículo merece una seria reflexión.

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¿El último milagro de San Rafael en Córdoba?

El último milagro de San Rafael en Córdoba

Ya no es época de milagros, vivimos un periodo racionalista donde el ser aconfesional es un estandarte de moda para quien no cree en nada. Pido disculpas, porque  yo, en cambio, soy un romántico empedernido a quien le gustan las leyendas y que no ha perdido el gusto por sorprenderse ante lo insólito, lo extraordinario. Y hemos vivido algo extraordinario en nuestra ciudad de Córdoba. Todos sabemos que habitamos una ciudad plagada de monumentos dedicados a San Rafael y la devoción por el Arcángel viene de muy antiguo. Permitidme hacer un poquito de memoria.

Cuenta la leyenda que ya en el siglo XIII, una epidemia de peste asolaba Europa, corría el año de 1278. Hoy sabemos del miedo a la incertidumbre cuando la muerte acecha, ¿verdad? Pero no está de más recordarlo a través de las palabras de alguien que lo vivió y así lo describe cuando un barco llevó la enfermedad a Génova: “El cuerpo parecía entonces sacudido casi por entero y como dislocado por el dolor. De este dolor, de esta sacudida, de esta corrupción del aliento nacía en la pierna o en el brazo una pústula de la forma de una lenteja. Ésta impregnaba y penetraba tan profundamente en el cuerpo que se veía acometido por violentos esputos de sangre. Las expectoraciones duraban tres días continuos y se moría a pesar de cualquier cuidado. La muerte no tocaba sólo a los que les hablaban, sino igualmente a todos aquellos que compraban sus cosas, las tocaban o se acercaban a ellas […]”[1].  Es fácil imaginar el pavor de la población en estas circunstancias. Y en este contexto dramático,   San Rafael se le apareció a Fray Simón de Sousa en lo que hoy es el palacio de la Diputación, antiguo convento de la Merced, el fraile afirmaba que le había curado milagrosamente.  También le dijo estar contento con la labor del Obispo, entonces don Pascual. Se le apareció aún una segunda vez y ordenó al fraile colocar una estatua conmemorativa en la Iglesia de San Pedro, donde se custodian las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba[2].  De ahí arranca la devoción.

San Rafael volvió a hacerse presente cuando en el siglo XVI otra epidemia de peste amenazaba a la ciudad. Con la población aterrorizada ante el inminente desastre, el arcángel se le apareció al Padre Roelas, y lo hizo hasta en cuatro ocasiones. Le reveló que Dios le había encomendado salvar la ciudad. El Padre Roelas, no las tenía todas consigo temeroso de que todo fuera una alucinación fruto de su menguada salud, así que consultó con varios teólogos de la Compañía de Jesús, también visitó al Provisor. El pobre padre Roelas solo recibió un consejo: si se producía una quinta aparición debía preguntarle su nombre.

Fue el 7 de mayo de 1578, de madrugada, cuando tuvo lugar la quinta aparición y el Padre le preguntó quién era, la respuesta no se hizo esperar: “Yo te juro, por Jesucristo Crucificado, que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por guarda de esta ciudad”.  A partir de ese momento, cesaron las muertes por causa de la epidemia en Córdoba. Un tesoro de la época, Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba[3], así nos lo cuenta.

Hoy recuerdo esta leyenda por lo que acabamos de vivir. Al principio de la reciente epidemia, el alcalde de la ciudad, José María Bellido, pidió a San Rafael que velase por la ciudad  con un ramo de flores, el día 22 de junio,  depositaba otro ramo de flores en la iglesia del Juramento de San Rafael, como muestra de agradecimiento por haber pasado la epidemia del corona-virus. Quizás tenga también algo que ver el que nuestro Arcángel formara parte de los facultativos de la ciudad, los que tenían que hacer frente en la vanguardia de la lucha contra la muerte. Y digo esto porque en 2002, el entonces Consejero de Salud de la Junta de Andalucia,  Jesús  Aguirre, nombró al Arcángel ni más ni menos que Colegiado de Honor del Colegio de Médicos de Córdoba. Según sus propias palabras, se hizo “para premiar sus actuaciones en pro de la salud de los cordobeses desde la noche de los tiempos”. Un artículo publicado en elplural,  el 23 de enero de 2019, finalizaba ironizando un poco sobre este asunto:  “[…] trancurridos diecisiete años, se desconoce si obra en poder del Colegio de Médicos alguna estadística sobre la evolución de la salud de los cordobeses desde aquel lejano 2002 con objeto de certificar científicamente los benéficos efectos del nombramiento del arcángel como médico de honor”.

Hoy podemos dar cumplida respuesta a esta pregunta lanzada al aire hace algo más de un año. El miércoles 3 de junio, el Instituto Nacional de Estadística publicó un estudio sobre el número de fallecimientos en España durante las 21 primeras semanas del 2020. Las cifras son desoladoras, murieron 120.000 personas en total frente a las 71.500 defunciones de promedio entre los años 2016 y 2019. Esto supone un incremento del 67 %. Sin embargo, Córdoba no solo no siguió la tendencia, sino que disminuyó el número de decesos en un 19%., fallecieron 257 personas menos entre el 9 de marzo y el 10 de mayo.  Puede que esto satisfaga la curiosidad del periodista.

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En una época tan racionalista, tal vez convenga reflexionar sobre estos hechos. Puede que todo lo que se ve no sea cierto, puede que haya muchas energías invisibles que sí lo sean, como ese virus que nos ha tenido confinados.  Quizás no todo se ciñe a lo racional, quizás es cierto que unas enormes alas blancas se extienden sobre nuestra ciudad y hay quien vela nuestro sueño. Será cuestión de preguntar a Íker Jiménez. No sé ustedes, pero yo hoy rezaré en agradecimiento a nuestro custodio por habernos ayudado a sobrellevar también esta epidemia, y le pediré que nos ayude a superar la recesión que se nos viene encima y aflore el trabajo allí donde hoy no existe. Y lo acontecido lo considero algo tan importante que bien mereciera un triunfo conmemorativo por parte de la ciudad. Tal vez la glorieta de acceso al Hospital Reina Sofía sería el lugar ideal para que cada acceso a la ciudad tenga este guardián. Quede aquí esta propuesta para el Consistorio de nuestra ciudad.

 

José Carlos Aranda Aguilar

[1] M. de la Piazza: “Historia Secula ab ano 1337 ad annum 1361”, en G. Duby, Europa en la edad Media. Barcelona,  2007,  p.161.

[2] El III Concilio de Toledo reconoce esas reliquias como verdaderas, precisamente a partir de la historia del padre Roelas que se cita a continuación.

[3] La obra fue reeditada por la Obra Social y Cultural de Cajasur en edición facsímil en el año 2003.

[4] La fotografía no corresponde a nuestra Córdoba, pero me encanta la imagen y lo que representa.

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DOÑA TIERRA Y LOS NIÑOS por José Antonio Ponferrada, o “Lo que hay que ver” que diría mi padre.

José Antonio Ponferrada, filólogo, compañero en este viaje de la vida y, a pesar de ello, amigo del alma, me envía este breve cuento de la madre Tierra. Me dice que se sentiría honrado si lo compartiera con vosotros, pero el honrado soy yo. Siempre admiré su erudición, también su estilo. Si os adentráis en la lectura comprenderéis por qué. Gracias, José Antonio.

“Querido amigo José Carlos: ¡qué malos hijos tendrá esta señora doña Tierra, para que el niño Boris (que es un rajón), el Donaldo (que allá le va…), el de los ojos achinados (que a quién habrá salido…), el Pedrín y toda la numerosa ralea de esta oronda señora; para que, digo, la única manera de que se queden quietos sin matarse en las carreteras,  sin echar bombitas de peste que le tienen a la pobre mujer y a toda la calle los estómagos levantados; en fin, sin hacer tantas trastadas, la única manera, digo, sea castigarlos sin salir mientras le salga del moño! ¡Tenga usted familia numerosa para esto!
 
Y luego pagan justos por pecadores… No que al José Carlos y al José Antonio, que son buenecetes, también ha habido que castigarlos, por tal que no se diga en la calle de Los Planetas que doña Tierra quiere a unos más que a otros… ¡Hay que joderse (que no nos oiga mamá diciendo picardías)! Nada, nada: un cachete a tiempo tampoco le hace daño a nadie…
 
Dice doña Tierra (madre al fin) que la culpa son las juntas; que los niños de más chicos no eran así, pero que desde que se les pegaron el Fondomonetarillo ese, el Banquito (¿no será el Paquito?; a la doña estos niños la tienen “más liada que la pata un romano”), uno que le dicen el Topamí y otros pocos así… La pobre señora, más buena que el pan blanco, ni siquiera conoce por sus nombres a toda la pandilla, pero ya le daban mala espina. ¿Y qué puede hacer una madre con tanto niño, mire usted, con la de cosas que tiene una? Y todo el día con los aparatillos esos, que parece que cuelgan de los árboles, que si “ja, ja” y “xq sí” y a hacer gansadas que le dicen, cree, retos… ¡Pero señor!, ¿los retos no eran una cosa de las novelas de caballerías, o unas tiendas de segunda mano?
 
Y luego, como está la tele. ¡Ojalay, ojalay, dice doña Tierra, hubiera nada más una televisión como cuando ella de más chica, a joderse con los coros y danzas y Luis  Aguilé!; pero luego había cosas la mar de bonitas, como cuando los teatros y la clave; y los programas de música (que a la señora Tierra -Tierri que le decían en su juventud-, como a toda la calle Planetas, la música siempre le hizo tilín como una cosa muy suya). Que sí, que anunciaban el Soberano y los cigarros rubios… Pero, ¡anda, que ahora con lo del juego!  A ver, el tabaquillo y  el vino, al fin y al cabo agricultura son: de la tierra vienen y conocemos quienes lo producen, nuestros vecinos son. Y también se “jarta” uno, de darle al frasco o al cilindrín: ¡qué curdas, que les dicen “jumeras” cuando se complican con el tabaquillo, vio Tierri de joven, que estaba más pendiente! ¿Y esto qué juego ni qué leches es? Para juego las canicas, el de la oca y hasta el “candicrás “. ¿Y en qué fanega se planta el juego ese de la tele? ¿En qué campo se recoge? Vamos, que quién produce. Y que no tiene “jartura”: mientras más les dan, más quieren; y ni como el bingo, que por lo menos había que ir al sitio, se socializaba y tenía un horario: está uno solo a las tantas y “jugando” por la tele. Le da a la señora Tierrra en la nariz que lo que hay es “muncha “ mafia y mucha ruina. Y el Boris, el Donaldo, el Pedrín, ¡hala!, a decir que no es tan malo, mama, y el otro día llegó un facturón…
 

Nada, nada. Castigados sin salir, a ver si le bajan los humos. Y que pagan justos por pecadores, a ver… ¿Aprenderán algo los “joíos” niños estos? El otro día, doña Tierra Gea de Dios (que es su nombre completo, Pacha para los amigos) pegó la oreja al suelo por oír qué tramaban esos bribones. ¡Pues no que uno de los más tontos (doña Tierra es madre, pero no ignoranta) le estaba diciendo a otro que la que iban a liar de fiesta y follón cuando los soltara nuestra señora! ¡Otros pocos días en casa! ¡Pendejos! ¡Granujas! ¡Manteses, como decía mi abuela! Ahora se acuerda Tierri del nombre de una coplilla moderna, que ya tenía casi olvidada, de la Laurie Anderson: Language is a virus, “El lenguaje es un virus”. ¿No será Human is a virus, “El ser humano es un virus”?

 
 
Con lo monos que eran de chiquititos… A ver si aprenden, leñe”.
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