

Hoy toca agradecer el acompañamiento entrañable en el acto de presentación de mi último libro: Leyendas de la mezquita de Córdoba. Agradecer las palabras de Antonio Cuesta, antiguo alumno y tutelado en mi paso por el Colegio Ahlzahir, hoy Director de Almuzara, que se permitió rememorar el día que me conoció hace ya más de cuarenta años y enumerar los catorce títulos que hoy ya tengo publicados con su editorial. Le siguió Rebeca Rueda, la editora que supervisó la redacción y maquetación del manuscrito. Agradecer sus elogios a mi estilo y mi trabajo, muy por encima de mis merecimientos. Agradecer el que se aceptara por la editorial el lujo de insertar grabados del siglo XIX en las imágenes en lugar de fotografías, una bibliografía comentada o la inserción de más de cien notas a pie de página. El resultado es espectacular. Gracias.

Pero, sobretodo, agradecer esa asistencia selecta y masiva donde cada persona era un retazo de mi historia personal. Las emociones se agolpan con los recuerdos cuando, entre los participantes, ves los rostros de tus hermanos y primos, de antiguos alumnos a los que conociste siendo adolescentes y hoy son grandes profesionales, pilares de la sociedad, antiguos alumnos de Ahlzahir -Rafael, Antonio Miguel Ángel…-, de La Carlota, de El Tablero -qué alegría volver a verte, Alberto-. Cuando miras rostros de quienes fueron tus compañeros de clase siendo un niño -Joaquín, Julio, Fede, Blas…-. Cuando ves a quienes estaban junto a ti sentados en esa Facultad que nos permitió amar la filología en un marco incomparable -Loli, Santi, Espe, Lola…-. Cuando miras el rostro de aquellos que fueron compañeros en las ilusiones y fatigas de eso de ser profesor a lo largo de los años -Tolo, Rafael, Antonio…-. De amigos que han compartido contigo la alegría, la esperanza y, también las penas que a todos nos llegan algún día -Mariló, Carmen, María José, Enrique, José Antonio…-. Y todos salpicados de otros rostros nuevos, curiosos, expectantes que pronto entrarían en mi alma a través del libro.

Fue para mí un día extraordinario y entrañable. Disfruté contándoos cómo se originó esta obra, cómo me la pedía, me la exigía, el niño que nació y se crio en ese fabuloso barrio de la catedral de Córdoba, sin televisión, teniendo solo los cuentos como alimento de una imaginación desbordante. Y cómo, ese filólogo que hoy soy, compiló, pulió, contrastó, contextualizó esas historias para ofreceros ese semblante secreto de mi ciudad que late en cada esquina, en cada fuente, en cada muralla, en cada casa para hacer de Córdoba la ciudad mágica que llevo incrustad en el corazón.
Gracias por este regalo, todo un detalle estando tan próxima la Navidad. Gracias.

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