
Hoy quiero compartir con vosotros este artículo en tono de humor sobre las vicisitudes de la vejez que, supuestamente plácida, regalada, se encuentra con una realidad de odisea de Ulises: los viajes del IMSERSO. Me lo envía un antiguo alumno, José María Tavira, que, a pesar de ello y de los cuarenta años que ya han transcurrido desde que pasó por mis clases, hoy es mi amigo y no ha perdido un ápice del humor ácido que siempre le caracterizó, ese que a todos nos ayuda a sobrevivir día a día. Espero que os arranque una sonrisa.
LA EXCURSIÓN
Todos sabemos lo que es una excursión. Los Argonautas, Alejandro Magno, Eric el Rojo, Atila, los Cruzados, Colón, Napoleón, son ejemplos de distinguidos excursionistas a diferentes lugares y en todos los casos se cumple la primera de las condiciones básicas de toda excursión como es no conocer el destino, lo que aumenta los atractivos: además de contemplar paisajes y paisanajes nuevos, aparece la
excitante posibilidad que el paisanaje te convierta en pinchitos. Otra de las condiciones es egoísta: hay que ir acompañado por otros compañeros de francachela para así evitar riesgos y poder celebrar a la vuelta emotivas reuniones en las que rememorar los incidentes más o menos costumbristas del periplo con grandes aspavientos. La tercera, es la existencia de un poder superior lo suficientemente harto de un grupo numeroso de desocupados y aburridos súbditos que comienzan a dar la tabarra como para financiar cualquier desatino que les libre de ellos, al menos durante una temporada.
Con estas premisas, a lo largo de la Historia estos excursionistas han logrado conseguir grandes dosis de juerga. Esta diversión es completa, tanto para los que se iban como para los que se quedaban. Para los que partían, porque si la excursión salía bien, los participantes adquirían una cultura, mejoraban las relaciones entre diferentes pueblos y comunidades distantes entre sí y podían presumir de nuevas amistades y conocimientos más o menos confesables a sus esposas. Cuando el experimento acababa en fracaso, lo que era frecuente, aquellos que se quedaron se carcajearán sin miramiento haciendo referencia a la imprudencia de viajar sin utilizar un tour operador competente.
En la actualidad, podemos encontrar bastantes clases de excursiones, diferenciándose normalmente por los componentes de las mismas. Familiares, Familiares Con Niños; Familiares con Niños y Abuelos; Familiares con Niños, Abuelos y Mascotas. Otra clasificación sustituye la palabra «Familiares» por «Amistosas», con lo que la cosa empeora de manera notable: Se elevan exponencialmente las posibilidades de que la incursión acabe en graves enfrentamientos al incluir un número de variables
imposible de controlar ni con magia negra, puesto que si los gustos de un mismo grupo son perfectamente diferentes, si se añaden los de otro grupo, el final acaba teniendo connotaciones judiciales.
Pero no quiero introducirme en el proceloso mundo de la fragilidad de las relaciones sometidas a determinados límites, mi pobre entendimiento no abarca tanta calamidad inevitable. Me voy a referir al sistema ideado por nuestros sabios, generosos y admirables gobernantes: el Sistema de Vacaciones del IMSERSO. Consiste en aprovechar las instalaciones hoteleras existentes en nuestras costas que quedan vacías, tras el retorno de los visitantes una vez cumplido el trámite anual de amontonarse en las playas para ser debidamente esquilmados por quienes viven cómodamente todo el año con el producto de su rapiña estival. Lógicamente, estas instalaciones carecen de uso durante el invierno, salvo que los miembros de la plantilla que aún permanecen en sus puestos puedan dedicarse a hacer carreras por los
pasillos, perseguirse por los salones, establecer marcas de inasistencia por inutilidad del esfuerzo, o fijar las bases de un campeonato sobre cuál de los que asistan puede permanecer más horas frente al televisor sin necesidad de movimiento alguno.
Sin duda alguna, tendría un enorme éxito de participación. Este es el panorama, con lo que los dueños de estos establecimientos, con cierto buen criterio, cierran estos placenteros lugares, puesto que están destinados a ser disfrutados por gente que abona su estancia, no a tener huéspedes que cobran. Por otra parte, con las mejoras sociales que van alcanzando los mayores y el disfrute de sus merecidas pensiones tras sus años de denodados esfuerzos para sobrevivir, les queda algún dinero para gastar, no mucho, que tampoco es plan de que encima ahorren. Pero tienen tiempo libre, y no saben qué hacer salvo echar de menos a una familia que ya no les necesita y que está muy ocupada cometiendo errores que una consulta a tiempo al abuelo o la abuela les hubiera evitado. También es cierto que la burrada hubiera perdido emoción, váyase lo uno por lo otro.
Además, sus posibilidades de entretenimiento acaban limitándose o a hacer de nodrizas con sus nietos para que los padres se vayan de excursión, o participar de alguno de los horrores que deparan las incursiones punitivas conjuntas, con lo que el descontento crecía y se transformaba en una exigencia a los poderes públicos de aumentos en sus pensiones para tener la posibilidad de darse a la fuga de semejante forma de vida.
Los requisitos antes mencionados se daban en España. Y a algún insomne de la Administración ansioso por justificar la existencia de su cargo se le ocurrió pensar en medio de sus terrores nocturnos que lo bueno iba a ser proporcionar solaz a los jubilados mediante económicos pero a su vez lujosos viajes a los destinos imposibles para ellos en época estival sin necesidad de aumentar la cuantía de las pensiones, y algunos ingresos adicionales a los empresarios hosteleros con el fin de que les valiera
la pena mantener abiertos sus garitos y no mandaran al INEM a todos los empleados. Tras los procedimientos habituales de la Administración, que no puedo describir sin arriesgarme a una bonita querella judicial, se puso en práctica este sistema en principio benéfico, pero que, una vez refinado por los sucesivos escalones jerárquicos, ha acabado siendo lo que al final veremos.
Son publicadas las ofertas de destinos que normalmente incluyen espléndidos viajes a las islas, que son los lugares más solicitados y que hacen de reclamo. El normal desarrollo del Programa prevé que no haya plazas ni aproximadamente suficientes, por lo que se proponen otros destinos alternativos. No son los que solicitan las vetustas masas, pero son gratis y les permiten cumplir de alguna forma su objetivo: alejarse de su entorno habitual. Una vez embaucados un número suficiente de ancianos, se ponían en marcha con el siguiente plan de viaje:
Día 1º
- Salida de Ponferrada a las 8 de la mañana a bordo de un autobús que deberá llevarles
a visitar el Coto de Doñana.
- Parada de 30 minutos a mitad de camino para que descanse el conductor, en la que
se aprovecha para comer lo que se pueda y visitar ya saben ustedes qué lugar.
- Llegada al hotel a las 8 de la tarde y trámites de registro.
- Ocupación de las habitaciones, lavatorio y bajada a la cena.
- Cena opípara servida en buffet.
- Tras la cena, descanso de media hora.
- Baile amenizado por el magnífico grupo «Los Dos de Matalascañas», que durará hasta
las 2 de la madrugada.
- A la cama, que va siendo hora.
- Día 2º
- Diana a las 7.
- Desayuno a las 7.30
- Autobús con rumbo al Centro de Recepción de Visitantes de la Reserva.
- A las 8.30 comienza la visita al Coto.
- Fin de la visita a la Reserva a la 4.30 de la tarde.
A las 5 se les devuelve al hotel y se da tiempo libre para que lo empleen como
quieran.
Cena, otra vez en buffet.
Descanso de media hora.
Baile amenizado, cómo no, por «Los Dos de Matalascañas», previsto hasta las 2 de la
madrugada.
A dormir.
Día 3º
Diana a las 7.
Desayuno a las 7.30, con los equipajes.
Embarque en el autobús de vuelta a Ponferrada.
Llegada a las 8 de la tarde.
Con esta planificación, manadas de ancianos se agolpaban en las oficinas de viajes para hacer sus reservas y poder disfrutar de una escapada a un hotel de gran lujo, visitando lugares ignotos y en grupo, lo que tranquiliza mucho. El descrito es un plan real, y es perfectamente intercambiable con cientos de programas destinados a trasladar todos los ancianos de una parte de la geografía a otra completamente
distinta.
La realidad es como sigue: El primer día, los meten en un autobús sin aseo. Total, son sólo 900 km. de
nada. Hay que tener poca imaginación para pensar en las consecuencias que sobre las próstatas de la mayoría de los varones y los riñones de las señoras pueden tener varias horas de tumbos. Cuando se detienen para que el conductor descanse, se forma una tumultuosa avalancha en los aseos del lugar, son 50 ancianos precipitándose desesperados buscando alivio. Como no hay instalaciones para todos, y sus circunstancias no son favorables para una maniobra rápida, se les va la media hora en este menester y no les da tiempo para comer a la mayoría de ellos. Llenos de la emoción de la aventura, no protestan demasiado.
Tras esta parada prosigue el viaje en las mismas penosas circunstancias, y mientras llegan al hotel, hace rato que el conductor está proyectando una película de Paco Martínez Soria para acallar los aullidos de los prostáticos, recurso que tiene demostrada su efectividad antimotines en este tipo de tribulaciones.
Una vez llegados al hotel, los trámites de registro se limitan a tres minutos para recoger la llave, doce angustiosos minutos haciendo cola en los aseos para ahorrar problemas al urólogo y otro cuarto de hora disciplinadamente formados delante de los teléfonos públicos para informar a sus familiares de su feliz arribada a destino, de lo bonito que es el hotel y de que no han podido ver nada porque hace rato que es de noche, y que cómo está su nieta la pequeña, y si les ha echado de menos.
Tras esto, proceden a subir a sus habitaciones arrastrando penosamente la impedimenta formando jadeantes pero alegres grupos con las correspondientes bromas y expresiones jubilosas que profieren todos los intrépidos aventureros cuando ven alcanzado su objetivo o los náufragos cuando llegan a una isla y consiguen recuperar parte de los restos del naufragio. Cuando llega la hora de la cena, aparece el éxtasis colectivo a la vista de la abundancia de las viandas que se ofrecen incitantes ante ellos. Como están en ayunas desde que salieron de Ponferrada, las criaturas no están como para pensar en regímenes, colesteroles, lípidos, ni otras frases similares que carecen en absoluto de sentido ante la inanición. Resultado: atracones pantagruélicos de todos y cada uno de los alimentos prohibidos por sus médicos, con lo que consiguen arrasar la labor de meses de sus doctores en breves instantes.
La media hora de reposo es imprescindible: algunos han conseguido ingerir su propio peso en diferentes tipos de guisotes y su desplazamiento se ha convertido en un asunto bastante problemático. Gente dura, acostumbrada a mayores dificultades que estos pequeños inconvenientes, tras este reposo se encuentra en perfectas condiciones para enfrentarse a «Los Dos de Matalascañas». Tengo que detenerme a
explicar las funciones de tan afamado grupo musical.
El varón se encuentra al frente de una heterogénea mezcla de cachivaches destinada a producir sonidos que con alguna benevolencia pueden calificarse de música, logrando que haya veces que incluso se reconozcan las melodías interpretadas. Pero esto carece de importancia: los asistentes no son melómanos y están siendo animados por el segundo miembro del grupo. Es una chica bastante joven
(viendo a los participantes, tiene margen para ser joven) que graciosamente ataviada con una camiseta tres tallas más pequeña de la suya y un cinturón que ejerce de minifalda, incita con sutiles caderazos a los ancianos a que participen en el sarao mientras procede a hacer una interpretación muy libre pero llena de incuestionable personalidad de las inmortales tonadas que forman parte de su repertorio. Los
atractivos de esta chica son lo suficientemente vistosos como para que a ellos se les alegren las pajarillas, y ante la imposibilidad de bailar con ella debido a su velocidad de desplazamiento, optan por iniciar diferentes tipos de agitaciones al son de la música, abrazados a sus esposas o señoras vacantes que hubiere, imaginando alguna insensatez del todo improbable por varios motivos a cuál más evidente.
La segunda de Matalascañas premia con coquetas sonrisas a los más activos, con lo que consigue que olviden todo su cansancio y formen una reunión llena de risas y jolgorio, de lo más bulliciosa.
Una vez que termina el espectáculo, ponen rumbo a sus habitaciones comentando animadamente los diferentes aspectos a considerar de la prodigiosaaventura en la que están inmersos y de las emociones que les deparará el día siguiente.
Tras unas escasas horas de descanso y un desayuno del mismo calibre que la cena, llegan al Centro de Recepción del Coto. Se les explica qué es aquello y cuál es su función, que les importa bastante poco porque lo que ansían es ver «los bichos». A continuación son introducidos en unos tremendos camiones todoterreno y salen rumbo a lo desconocido vigorosamente agitados dentro de los recios vehículos debido a que el problema de los baches es considerable como consecuencia de que allí no hay carreteras.
La comida se hace a bordo de estos monstruos, mientras se intenta vislumbrar el rastro de la víbora cornuda o algún tipo de galápago, censado o no, o alguna anátida de gran importancia para la ecología. Lógicamente, no puede desperdiciarse demasiado tiempo en comer, por lo que el condumio se limita a un bocadillo y alguna bebida que les han entregado en bolsas al salir del hotel.
Después de siete horas de inmisericorde zarandeo los resultados pueden ser fácilmente percibidos: Antes de descender del artefacto, parte de sus ocupantes se dedican afanosamente a buscar algunas pertenencias personales a las que tienen afecto, como pueden ser gafas, bolsos, monederos, zapatos, carteras, petacas, y algunas dentaduras postizas de natural inquieto que fueron despedidas de su habitual
emplazamiento de manera violenta. Los más colaboran en las indagaciones haciendo juiciosas reconstrucciones de los hechos para así poder seguir la pista a todos estos inestables objetos. Otras pretenden recuperar su maltrecha dignidad intentando devolver a sus moños su arquitectura primitiva y obligando a sus fajas a retomar su posición original.
Lo cierto es que tras semejante experiencia su aspecto difiere bastante del que presentaban al subir al diabólico aparato, y su estado físico anda parejo. Cuando son capaces de recordar sus nombres de manera coherente y se han asegurado de la correcta disposición de su osamenta son devueltos al hotel, donde se les concede tiempo libre que aprovechan apresurándose a ir a la playa para remojar considerables porciones de su anatomía en un mar que en algunos casos no conocían. En esa época del año, el agua está bastante fría y los resultados de estos pediluvios suelen ser fiebres, resfriados y calenturas de diferente gravedad. Llega la hora de la cena y los intrépidos exploradores están de nuevo en las mismas tristes circunstancias que el día anterior: a punto del derrumbe físico por falta de alimento. La solución también es la misma, atacando con más ardor si cabe las distintas fuentes, con una curiosa actitud que puede recordar el furor de Atila en sus mejores momentos.
Tras el reposo, de nuevo sesión de chundarata a cargo de los mismos criminales de la noche anterior. Pero hay una diferencia: algunos, bastantes, de los frenéticos danzantes que ayer emulaban a Fred Astaire con igual aplicación aunque distinto resultado, hoy ya no se dejan impresionar ni por el aspecto de la chica ni por el denuedo con que el hombre-escándalo lucha contra las diferentes piezas musicales,
presenciando las evoluciones de los indomables únicamente por el sentimiento solidario que se establece entre aquellos que comparten peligros y azares. Las danzas no se prolongan más allá de las 12 de la noche, al hacer mella el cansancio y los padecimientos incluso en los más aguerridos de los expedicionarios.
Llegan a sus habitaciones en expresivo silencio. Son arrancados de la cama a las 7 de la mañana, para desayunar aquellos que no estén en pleno cólico, y para hacer sus equipajes, que deberán portear a lo largo de pasillos eternos hasta llegar hasta la recepción, donde se hace el recuento de bajas y el
posterior embarque. Comienza el viaje de vuelta, otros 900 km. en las mismas condiciones que el de
ida, pero con la existencia de varios pasajeros bastante perjudicados y a punto de entrar en coma debido, indudablemente, a las emociones vividas.
Tengo para mí que estas excursiones son recibidas, además de por los familiares de los excursionistas, por una o varias ambulancias y no sé si incluso por el Juez de Guardia y un coche fúnebre. Y de esta sospecha y del análisis cuidadoso de los hechos, he elaborado mi Teoría del Exterminio Impune.
Entre el tratamiento de choque recibido en el paradisíaco lugar, donde no se han escatimado esfuerzos para minar de manera eficaz las fuerzas de estos audaces, los pequeños inconvenientes del viaje, y los sobresaltos proporcionados por un conductor sonámbulo, los organizadores tienen garantizado que un porcentaje de los agraciados con el disfrute de este Programa fallece como consecuencia del mismo en
breve plazo. Si añadimos los riesgos que la climatología añade al tráfico por carretera en pleno invierno, aumentan las posibilidades de fallecimiento por politraumatismo de un considerable número de expedicionarios al salir despedidos del vehículo mientras desciende hacia algún oportuno barranco, el sistema puede decirse que tiene un aceptable grado de efectividad.
Por esto estoy firmemente convencido que las bajas producidas por este sistema, bien sean fulminantes o a corto plazo, compensan el costo de la subvención de estos viajes con el ahorro producido en el pago de pensiones por baja del beneficiario. A nada que consigan tres o cuatro óbitos por viaje, el negocio es redondo. Se ahorran esas pensiones, hacen hueco en los Hogares del Pensionista y además pueden aducir que murieron disfrutando. Se cumplen los tres requisitos de toda excursión que se precie desde el albor de los tiempos, a saber:
Desconocían el destino, si llegan a saber en qué consistía ver «los bichos» de Doñana, y las vicisitudes y penalidades a soportar, probablemente se hubieran dedicado a estudiar la Teoría de las Cuerdas en el Universo. Las señoras, más prácticas, hubieran optado por buscar la Materia Oscura. Tras haber superado estas duras pruebas, las únicas reuniones posibles son el recordar a los fallecidos en funerales y aniversarios, congratulándose sólo como supervivientes de un genocidio. Son manifiestas la perfidia y la mala idea, astutas, eso sí, del poder superior que consigue acallar las manifestaciones de descontento de parte de los súbditos librándose de algunos.
Como vemos, las excursiones más o menos multitudinarias siguen teniendo los mismos efectos que en cualquier época. No escarmientan.
























