
INTRODUCCIÓN
El narrador se muestra no como autor, sino como mero transcriptor de un manuscrito hallado en una botica según hace constar en el prólogo fechado en Palma de Mallorca el 23 de agosto de 1960. El texto de la novela ha quedado definitivamente fijado en esta edición que dedica a sus enemigos que tanto le han ayudado en su carrera.
NOTA DEL TRANSCRIPTOR: Se trata de un manuscrito de las memorias de Pascual Duarte que él se limita a corregir y ordenar. Fue hallado en una farmacia de Almendralejo. El interés del relato recae en el protagonista, un modelo para ser evitado.
CARTA ANUNCIANDO EL ENVÍO DEL ORIGINAL AL SEÑOR JOAQUÍN BARRERA LÓPEZ. MÉRIDA.
Le envía el manuscrito por ser el único cuyas señas conoce, para que no se pierda, lo queme o sirva a otros de escarmiento. Puede que sirva de penitencia aunque no se relaten más que los episodios que no quisieron borrarse de su memoria. Están inacabados, pero en ellos, Pascual se muestra consciente de que de poco le sirve ya solicitar el indulto. Acaba pidiendo perdón por dirigir la carta.
Firma y fecha: Cárcel de Badajoz, 15 de febrero de 1937.
CLÁUSULA DEL TESTAMENTO OLÓGRAFO OTORGADO POR DON JOAQUÍN BARRERA LÓPEZ QUIEN POR MORIR SIN DESCENDENCIA, LEGÓ SUS BIENES A LAS MONJAS DEL SERVICIO DOMÉSTICO.
En él se estipula que el manuscrito de Pascual Duarte sea quemado, pero que si sobrevive dieciocho meses, que quien lo encuentre haga con él su voluntad.
DEDICATORIA: A la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien al irlo a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía.
LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE

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Pascual no era malo, sino fruto de sus circunstancias. Nació en un pueblo perdido de Badajoz, cerca de Almendralejo: olivos, cerdos, casas encaladas y una plaza con su fuente de tres caños sin agua. Allí había buenas casas, como la de don Jesús, de dos plantas, con geranios y heliotropos., con la fachada de piedra y escudo heráldico. Detrás, la iglesia con su campanario. La casa de Pascual estaba a las afueras. Era estrecha. Entrabas por la cocina, amplia, limpia, con el suelo de tierra apisonada. Era fresca en verano y cálida en invierno. Tenía dos dormitorios, uno para sus padres y otro para él y su mujer. También tenía una cuadra que olía a animal muerto y siempre estaba vacía. Su hermana prefería dormir en la cocina por lo que al morir los padres, su habitación quedó vacía. En la parte de atrás, había un corral con algunas gallinas, un asno escuálido y un pozo que hubo de taparse porque daba agua enfermiza. Detrás de la casa había un regato donde se cogían anguilas aunque a él la pesca le parecía poco de hombres y prefería la caza.
Tenía una perrita perdiguera, la Chispa, que siempre lo acompañaba y se le adelantaba hasta el cruce donde había una piedra. En ella se sentaba cómodamente con la escopeta entre las piernas. La perra se quedaba sentada frente a él, mirándolo. Y un día lo miraba de tal forma que se le encendió la sangre y la mató de un tiro. La sangre del animal era oscura.
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Su infancia fue dura, con un padre portugués, grande, gordo, bigotudo, expresidiario, que lo maltrataba. Lo encerraron por contrabandista. La madre era delgada, sucia, malhablada y borracha. No se llevaban bien y las peleas violentas eran continuas. Su madre no sabía leer, el padre sí. Cuando leía los papeles siempre había pelea, él porque ella era una ignorante, ella porque lo que decía se lo inventaba.
Lo mandaron al colegio, pero por poco tiempo, porque la vida es dura y la única defensa es la inteligencia, decía el padre, que luego parecía arrepentirse de sus palabras. La madre era contraria porque para no salir de pobre, qué falta hacía. Así que abandonó. Cuando nació la hermana, Rosario, era verano y su madre la parió sufriendo y gritando, asistida por doña Engracia, la del Cerro, partera y medio bruja. El padre, entonces, se acercó a la cama y se lio a golpes con el cinturón. Después se marchó dos días. Regresó borracho y la besó. Y ella se dejó.

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A Rosario la pusieron arropada en una caja junto a su madre. Era tan fea que daba grima, aunque su aspecto mejoró a los pocos días después de que la señora Engracia la lavara y le cambiara las tiras. Se crio muy débil, y el padre lo arreglaba con borracheras y malos tratos. Pero la niña creció, echó carácter y se hizo dueña de la casa ya mocita. Pronto se inclinó hacia el mal, robaba, bebía y hacía de alcahueta. A los catorce años se marchó a casa de la Elvira, en Trujillo. Sin su presencia, la casa se convirtió en un infierno. A los cinco meses, regresó con unas fiebres que la tuvieron encamada un año a punto de morir, tanto que le dieron la extremaunción. Los remedios de la señora Engracia lograron por fin sanarla.
Al poco, volvió a marcharse a Almendralejo,a casa de la Nieves, la Madrileña. De vez en cuando nos enviaba algún regalo y allí conoció a quien sería su ruina, Paco López, el Estirao, un guaperas con un ojo de cristal, un chulo que vivía de las mujeres y andaba dándoselas de bravo. Un día, Pascual se encontró con él en el campo y le preguntó por su hermana, la discusión fue a más y acabó en amenazas. Desde entonces, se le quedó el veneno en el cuerpo..
Cuando regresó la hermana aquejada de unas fiebres, le contó cómo había llamado cobarde al Estirao y este le cruzó la cara cuando solo le dio ocho pesetas. Le hizo prometer a Pascual que no saldría del pueblo y el se quedó con el resquemor de la única pelea que perdió por no llevarla a su terreno.

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A los quince años de nacer la hermana, la madre volvió a quedarse embarazada, probablemente de un tal Rafael. El nacimiento del nuevo hermano, Mario, coincidió con el fallecimiento del padre como consecuencia de la mordedura de un perro rabioso. Tuvieron que encerrarlo. A los dos días, el día de Reyes, cuando por fin abrieron la puerta, lo encontraron acurrucado y muerto. En el entierro, don Manuel, el cura, trató de consolarlo y, en lo sucesivo, Pascual le mostró su respeto besándole la mano.
Mario murió antes de cumplir los diez años sin llegar a hablar, ni andar…, nació tonto. Pasó su infancia mal que bien, tranquilo, hasta que a los cuatro años un marrano le comió las dos orejas. Por lástima, desde entonces las amas le traían regalos y daba una pena enorme mirarlo así. Mi madre lo abandonó y andaba tan tirado y tan sucio que daba asco. Cuando veía un cerdo, se volvía como loco hasta el punto de morder, en una ocasión, a don Rafael en la pierna. Don Rafael andaba entonces por la casa como si fuera suya y le dio tal patada que lo dejó sin sentido mientras se reía de su hazaña. Lo habría matado de tener la oportunidad. Se lo contó a su hermana y tal odio vio en ella que le hizo pensar en lo mal enemiga que podría llegar a ser. Cuando llegó a casa, recogió a Mario y, cuando se fue don Rafael, la madre lo tomó en brazos y lo acunó lamiéndole la herida durante toda la noche.
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Un día, Rosario encontró a Mario ahogado en una tinaja de aceite. La madre no lo lloró y Pascual la odió por eso. Lo amortajaron, y don Rafael ayudó a preparar el ataúd mientras repetía ufano “Angelitos al cielo”. Su cinismo sacudía la sangre de Pascual. El entierro fue pobre, aburrido. Pascual andaba ya medio novio con Lola, a la que, por timidez, no se atrevía a declararse. Era una mujer soberbia y muy bien formada, y virgen. Cuando ella se arrodilló frente a la tumba le vio las piernas, se excitó y se quedó tan pillado que permaneció sentado incapaz de moverse. Cuando recuperó el sentido, Lola estaba junto a él, lo quería, lo provocó y allí mismo hicieron el amor sobre la tierra removida de la tumba de su hermano: “No eres como tu hermano, eres un hombre”.
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Había dejado de escribir por el traslado de presidio. Siente miedo de lo que se le pueda pasar, pero quiere continuar su historia. Si la reflexión que está haciendo al escribir la hubiera hecho antes no estaría en la cárcel. La nueva celda tiene mejores vistas, se entretiene con la mariposa que entra o con el ratón al que deja escapar. Se siente arrepentido. Por la ventana observa a unos transeúntes, dos hombres de unos treinta años, una mujer y un niño que le recuerda a Mario. La mujer le hacía sentir feliz, aunque le recordaba a su m adre.
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A los cinco meses del entierro, Lola le dijo que estaba embarazada. Ella lloraba, él se sintió tierno: “¿Estás contento?”, “Sí, muy contento”, “¿Me quieres así?”, “Sí”. La besó en la mejilla, estaba hermosa. Después llamó a la madre y le comunicó su intención de casarse. La madre, conforme, la insta a que se quede en la casa a pasar la noche. Al día siguiente fue a la parroquia a hablar con don Manuel. Tuvo que esperar a que acabara la misa. Don Manuel alabó su decisión de casarse, en quince días todo estaría listo. Luego se confesó con él y se quedó aplanado como después de un baño con agua caliente.

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Se casaron el 12 de diciembre, aunque los nervios le hicieron dudar. Gastó en la boda todos sus ahorros, quedó algo decente. El señorito Sebastián y el boticario don Raimundo fueron los padrinos. El sermón de don Manuel fue muy pesado. Lo celebraron en su casa muy dignamente, aunque estaba loco por marcharse con su mujer, y a las habladurías ni caso.
Se fueron a caballo hasta Mérida, felices, pero al cruzar el puente, el caballo se espantó y derribó a una anciana. Pascual se bajó del caballo, ayudó a la anciana a levantarse y le dio un real, pero ella se rio y eso le dio mal agüero. Se alojaron en la posada del Mirlo, en una habitación tan amplia y cómoda que, amartelados como estaban, tardaron dos días en salir. Fue una estancia feliz. Pero a los tres días, llegó allí una turba y organizó una enorme cencerrada. Eran los familiares de la anciana con la Guardia Civil. Un nieto joven venía muy ufano, pero le dio seis pesetas y se dio media vuelta, y la Guardia Civil lo dejó estar.
Después regresaron a Almendralejo y fueron muy bien recibidos. Él se quedó en la taberna de Martinete, el Gallo, y la Lola siguió con la yegua para reunirse con las vecinas. En la taberna, todo era cante, jarana y vino. En medio de la juerga, Pascual se sintió insultado por una broma de Zacarías, se encararon y le asestó tres puñaladas.

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Regresó a casa acompañado de dos amigos, las puñaladas fueron en el hombro, esperaba que Zacarías sobreviviera al altercado. Pasaron por el cementerio, un mal augurio. La casa, cuando llegó, estaba extrañamente en silencio. En la puerta, la señora Engracia le impidió el paso. La Lola había abortado al caerse de la yegua. Pascual no tuvo otra que irse para la cuadra y asestarle veinte puñaladas al animal. Tenía la piel dura y la sangre de la yegua le chorreaba hasta el codo.
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Aquello lo dejó destrozado. No se recuperó hasta que al año, la Lola quedó de nuevo embarazada y, entonces, se sintió revivir, pero se volvió huraño. Estaba en tensión constante: broncas y malentendidos. Se le envenenó tanto la sangre que hasta la perra, Chispa, lo notaba y parecía mirarlo de otro modo. Lo miraba como con pena, también a ella se le habían malogrado tres cachorros que enterró en un hoyo y que la perra olisqueaba cuando salían. Afortunadamente, el embarazo fue bien y dio a luz un niño al que pusieron Pascual porque ella, cariñosa, se empeñó. Volvió a estar enamorado y a ser feliz viendo a su mujer amamantar al pequeño. Y entonces hablaban de cuidarlo, de mandarlo a la escuela…Pero Pascual ya barruntaba que esa felicidad no podía durar, como así fue. Tenían miedo de que algo pudiera ocurrirle al niño Una noche lo oyeron quejarse y a los pocos días murió. Tenía once meses. Algún mal aire se lo llevó.
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Quizás fuera un castigo divino por sus pecados, pero a la desgracia no se acostumbra uno. Ni la mujer, ni la madre ni la hermana supieron consolarlo, al contrario, se le hicieron odiosas en sus letanías. Trataba de no oírlas y confiaba en que el tiempo apaciguaría el dolor. Lo peor eran las noches, las sombras y esas mujeres enlutadas. Hizo acopio de toda su paciencia para no estallar oyendo conversaciones intrascendentes cargadas de amargura.
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La madre estaba como loca, llena de ira y reproches que Pascual aguantaba. No era consciente de su dolor por el hijo muerto. Se lo advirtió, pero no lo entendió y quiso ser más claro: “…porque os he de matar”. Lo pensó, pero no llegó a decirlo. La hermana asistía a estos episodios incrédula, estaba pálida y ojerosa. “Todo se arreglará”, repetía, “Dios lo haga”, le respondía. La quería. Pero el odio iba creciendo en su corazón y el asesinato iba abriéndose paso en su mente: abrir la puerta, acercarse a la cama mientras duerme, huir donde nadie lo conozca para empezar de nuevo…

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Ha estado un mes sin escribir, se siente tranquilo y sereno en su celda. Ojalá se hubiera sentido así antes. Su conciencia le lleva a revisar su vida y teme al infierno. Se confiesa con el padre Santiago Curueño, el capellán de la cárcel. Cuando llegó a la celda besó a Pascual en la frente y, cogiéndole la mano, trató de consolarlo, contento de su intención de confesarse. Estuvieron hablando toda la tarde y al llegar la bendición tuvo que hacer un esfuerzo para no albergar pensamientos siniestros. Después sintió vergüenza, fatiga, le costó dormir. A la mañana siguiente volvió a escribir en el manuscrito poniendo en ello toda su atención. Don Santiago se lo había aconsejado, si le sentaba bien hacerlo, adelante. Escribir le permitía distanciarse de los sucesos. Las cosas podrían haber sido diferentes, pero no hay marcha atrás, y, “a lo hecho, pecho”. Su decisión de continuar con el relato era firme.
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Salió huyendo del pueblo, andando, de noche. Su aspecto despertaba curiosidad por donde pasaba. Llegó hasta don Benito, donde compró billete para Madrid con idea de pasar a América. Llegó de noche y esperó dormitando en un banco hasta que amaneciera para buscar alojamiento. Se despertó helado. Vio a unos obreros que se calentaban en torno a una hoguera y se unió a ellos y, para congraciarse, dio unas monedas a un chiquillo para que les trajera vino. Pero el golfillo desapareció con las monedas y nunca más se supo. Ya amanecido los convidó en un cafetín. Se ajustó con uno de ellos, Ángel Estéez, para quedarse en su casa con dos comidas diarias por diez reales. Le salió caro, porque siempre perdía con él jugando a las cartas cada noche. En Madrid estuvo como dos semanas deambulando y divirtiéndose sin gastar mucho. La casa de Ángel era una buhardilla y el cuarto un jergón bajo el tejado inclinado.
La mujer, Concepción Castillo López, era joven, presumida y pizpireta, pero enamorada de su marido. Nada había que hacer con ella. El marido era muy celoso, al punto de que no la dejaba salir a la escalera o de encararse con un desconocido por haberla mirado. En el enfrentamiento se cruzaron palabras muy gruesas, pero después los dos se dieron media vuelta y aquello quedó en nada. Pascual estaba asombrado de que no hubieran llegado a más.
De Madrid, marchó en tren a La Coruña para coger el barco. El viaje fue rápido, por la noche, lo pasó durmiendo. Pero al llegar, se dio cuenta de que el dinero que llevaba no era suficiente . Cuando el sargento Adrián Nogueira le dijo el precio, se le cayó el alma a los pies. Pero el sargento, que ya había estado allí, no hacía más que animarlo y contarle historias que lo embelesaban.
Como no podía irse, comenzó a emplearse en lo que buenamente salía. Así estuvo año y medio, al cabo del cual, le pudo la morriña y decidió regresar al pueblo prometiéndoselas muy felices, ajeno a lo que allí le esperaba.
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Su mujer lo recibió muy cariñosa. Pero una noche se echó a llorar. En dos años el mundo da muchas vueltas. Iba a tener un hijo. A él solo se le ocurre el aborto como solución, pero ella se aferra al niño como su única razón para seguir viviendo. De nada servirían los llantos y las súplicas, había que llamar a la señora Engracia.
La madre andaba como huidiza y procuraba no ponerse en medio. Un día, Pascual le dijo a Lola que no llamaría a la señora Engracia, pero que quería el nombre del responsable. Ella se negaba temiendo la venganza, pero Pascual la consuela y finalmente lo dijo, había sido el Estirao. Después cayó al suelo exhausta, estaba muerta.
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Ciego de ira, salió en busca de el Estirao. Había huido, lo persiguió sin suerte. Halló a su hermana, Rosario estaba avejentada. Sabía lo sucedido pero a quién se lo iba a decir, no valía la pena seguir. Después lo cuidó con esmero, pero la suerte no había de durar. El señorito Sebastián fue quien le dijo que el Estirao había vuelto al pueblo. Regresó a su casa en busca de la Rosario. Aún no había pasado por allí, pero al rato se presentó preguntando por él. Lo recibió en la cocina, pretendía llevarse a la Rosario, iba chulo y no pudo más, le estrelló la banqueta en la cara y cayó mal. Quiso levantarse pero el golpe contra la chimenea lo había quebrado. No podía moverse. Lo arrastró hasta la carretera, pero el Estirao seguía chulo, desafiándolo. No quería matarlo porque así se lo prometió a su mujer. El Estirao trató de levantarse desafiante, si la mujer le pidió que no lo matara, algo lo querría. Eso ya fue la puntilla. Le puso la rodilla en el pecho y apretó hasta que lo reventó.
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Tres años estuvo encerrado en prisión. Salió antes por buena conducta, pero ojalá no hubiera sido así. Cuando salió al campo lo encontró yermo, agostado, nada parecido a lo imaginado mientras estaba en su celda. El viaje de regreso en el tren se le hizo eterno. Recordaba con cariño su tiempo en prisión, al anciano director, don Conrado, que tan bien lo tratara. La última vez, en su despacho, le ofreció tabaco y una copa con la que brindar por su libertad. Entre toses, humo y risas se lo comunicó. Estaba libre, se le veía feliz de dar la noticia. Después le echó un sermón bienintencionado. Así se despidieron, y él, en aquel momento, no cabía en sí de gozo. Cuando llegó al pueblo, nadie lo esperaba, solo el señor Gregorio, el Jefe de la Estación. Se saludaron, le dijo que ya estaba libre, pero se dio media vuelta, no le importaba la noticia. Pascual se marchó triste para su casa y pasó junto a la tapia del cementerio donde descansaban sus muertos acompañado solo por su sombra en la noche fría. Echó a correr hasta llegar rendido.
Se sentó sobre el petate junto a la puerta. Su madre y su hermana estarían durmiendo. Pasaron por el camino dos hombres, eran León y el señorito Sebastián. Iban hablando de él, lo justificaban, qué otra cosa podría haber hecho Los dejó pasar sin mostrarse. Después llamó a la puerta. Le abrió la madre sorprendida y reacia. Parecía que hubiera preferido no verlo. Preguntó por la Rosario, se había ido a Almendralejo y se enteró de que andaba otra vez liada, esta vez con el señorito Sebastián. Creyó morir.
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Cuando llegó la Rosario, se sintió confortado con su cariño. Solo le dijo que se había marchado harta de tanta calamidad. No quiso profundizar. Le dijo que le había buscado una novia, la sobrina de la señora Engracia, que siempre había estado enamorada de él. Era una moza guapa, limpia, religiosa, sin tacha. Cuando se vieron, estaban nerviosos como dos adolescentes, asustados, apenas se atrevían a hablar, pero acabaron besándose y la convirtió en su segunda esposa. Ella, con su buen hacer, le cambió la casa y la vida.
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Llevaban dos meses casados y la madre no dejaba de malmeter en el matrimonio, no tragaba a su nueva nuera. Hasta que la Esperanza se plantó un día. No había remedio. Hubiera querido, entonces, poner tierra de por medio, pero lo fue aplazando y la idea de la muerte fue calando poco a poco, se le fue envenenando la sangre. La madre disfrutaba humillándolo y “tan malos pensamientos llegué a discurrir que llegué a estar asustado de mí mismo”. Noche tras noche fue fraguando la idea de asesinarla y huir para alcanzar la paz y el olvido.
Fue el día 10 de febrero de 1922, un día soleado con niños en la calle. Su mujer, Esperanza, lo notó extraño, pero el la besó para tranquilizarla. Al llegar la noche, se acostaron. La mujer dormía. Sacó el cuchillo y fue hasta el cuarto de la madre. También dormía ajena a su suerte. Allí se quedó paralizado, dudaba, la cabeza no dejaba de darle vueltas, hasta que la madre se despertó, “¿Quién anda ahí?”, Se abalanzó sobre ella, lucharon, gritaba. En la puerta apareció su mujer con un candil en la mano, estaba pálida, no se atrevió a entrar. La madre se defendió como una fiera, le arrancó el pezón izquierdo de un bocado y fue entonces cuando le clavó el cuchillo en el cuello. Después salió huyendo, “el campo estaba fresco y una sensación de alivio me corrió por las venas. Podía respirar…”.
OTRA NOTA DEL TRANSCRIPTOR
Aquí se acaban las cuartillas manuscritas. El transcriptor fue incapaz de hallar más a pesar de las facilidades ofrecidas por el boticario de Almendralejo, Benigno Bonilla, y de haber rebuscado a fondo en la farmacia. De lo que sigue, solo cabe especular. Debió de regresar a la cárcel de Chinchilla hasta el 35 o el 36. La carta que Pascual escribió a don Joaquín Barrera debió de escribirla entre los capítulos XII y XIII, escritos con tinta morada como la carta, lo que demuestra que era alguien previsor y calculador. Las cuartillas fueron llevadas al señor Barrera en Mérida por el cabo de la Guardia Civil Cesáreo Martín. Para aclarar lo que pasó en los últimos días, escribió sendas cartas a Santiago Lurueña, capellán entonces de la cárcel, y a don Cesáreo Martín, número de la Guardia Civil, destinado en aquel tiempo a la prisión. Estas son las cartas:
En Magacela (Badajoz) a 9 de enero de 1942
La lectura de las cuartillas, de la historia de Pascual, lo h conmocionado. Fue él quien lo confesó en el último momento y no vio en él más que un cordero asustado por la vida. La preparación para su ejecución fue ejemplar, aunque el pobre flaqueó en el último momento. Cuando fueron a por él, dijo: “Hágase la voluntad del Señor”. Y su muerte hubiera sido ejemplar, proia de un santo de haber perdido el ánimo al final.
Se despide lamentando no poder proporcionarle las fotografías solicitadas.
Fdo: S. Lurueña, Presbítero.
En Vecilla (León), 12-1-42
Fue el preso más célebre, de ahí su recuerdo, aunque no podría dar fe de su salud mental a tenor de las cosas que hacía. Desde su primera confesión, le dio por hacer penitencia y no probaba bocado. Se pasaba los días escribiendo. Un día le entregó una carta para don Joaquín Barrera López (Merida), con encargo de dársela junto a las cuartillas manuscritas. Y así lo hizo.
En cuanto a su ejecución, al final perdió la compostura. Primero se desmayó, luego vociferaba que no quería morir, y hubo de ser arrastrado hasta el patíbulo. Besó por última vez el crucifijo y murió escupiendo y pataleando.
Acaba la carta pidiéndole dos libros y despidiéndose.
Fdo.: Cesáreo Martín.

La carta tardó en llegarle al transcriptor. Qué más se podría añadir.
























