Jorge Luis Borges. EL ALEPH. Barcelona: Seix Barral, 1983. RESUMEN DE LA OBRA

Ningún resumen, por bueno que este sea, sustituirá el placer de la lectura reposada de una obra de arte como esta recopilación de cuentos mágicos que os recomiendo encarecidamente. El estilo de Borges es inconfundible y su capacidad de sorprender maravillosa. Adelante.

EL INMORTAL

La princesa de Lucinge compra al anticuario Joseph Cartaphilus, en Londres, La Illiada de Pope en seis volúmenes. Era este anticuario un personaje consumido y terroso que se expresaba en un galimatías de lenguas. Después se enteró de que había muerto en el mar al regresar a Esmirna y que fue enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de La Illiada, halló un manuscrito escrito en inglés. Lo que sigue es la versión literal.

[I]

A modo de diario, se trata de un tribuno de una de las legiones romanas en la época de Diocleciano. Acuartelados en Berenice, vencieron a los mauritanos, aunque él apenas participó en las batallas, y esa fue probablemente la causa de que se lanzara al desierto en busca de la secreta ciudad de los inmortales.

Un jinete llega moribundo, va buscando el río cuya agua otorga la inmortalidad en su margen se encontraría la ciudad de los inmortales. El jinete, herido por una flecha, muere, pero su historia despierta la ambición del tribuno. Decidido a encontrarla, había interrogado a cuantos pudo y fue recabando noticias inciertas. Flavio, procónsul de Getulia, le entregó doscientos soldados para la empresa, a los que sumó algunos mercenarios y guías. Así iniciaron el viaje atravesando desiertos y montañas, tierras duras y bárbaras. Llegaron las enfermedades y las muertes, las deserciones y los motines. Ante el posible castigo de la crucifixión, aua hombres se rebelaron y tuvo que huir con algunos soldados fieles. Se perdieron, quedó solo y fue herido por una flecha, pero siguió adelante delirando sobre su caballo.

[II]

Se despertó atado en un nicho de piedra, abrasado por la sed. Abajo corría un arroyo cubierto de escombros, enfrente tenía la ciudad de los inmortales: muros, arcos, frontispicios, escaleras y nichos con hombres de piel gris, desgreñados, desnudos. Trogloditas que no hablaban y comían serpientes. Con las manos atadas, se tiró hasta el arroyo y hundió la cabeza en el agua. Después de beber, se quedó dormido, delirando. Allí permaneció tumbado, perdida la noción del tiempo. Nadie lo ayudaba. Un día logró romper las ligaduras y robar un trozo de serpiente. Después, no podía dormir. ¿Lo vigilaban los trogloditas? Al atardecer, oró en voz alta, quizás el sonido de las palabras los asustase.  Fue hasta la ciudad, seguido de dos o tres hombres repulsivos. Al fin, cuando llegó hasta las murallas, solo un hombre lo seguía. Cerró los ojos y, sin dormir, esperó a que amaneciera.

La ciudad se erguía sobre una meseta de piedra. No se veía ninguna puerta en los muros. Se refugió del calor en una caverna con pozo. Había una escalera que descendía. Bajó hasta una cámara circular con nueve puertas que conducían a otros tantos laberintos. Solo se escuchaba el viento. Errando por los corredores llegó hasta ver sobre él un círculo de cielo azul y unas escaleras que subió sollozando de felicidad. Aparecieron entonces capiteles, astrágalos y bóvedas en un ciego laberinto. Salió a un patio rodeado por un edificio antiquísimo propio de obreros inmortales, pensó que estaban locos. Era interminable, atroz, le repugnó y atemorizó. La arquitectura no tenía ningún sentido: escaleras que no conducían a ninguna parte, puertas que abrían a celdas y pozos… aquello era una pesadilla. Era tan horrible que su mera existencia comprometía el valor y la felicidad. Regresó al hipogeo queriendo olvidar aquella ciudad monstruosa e indescriptible.

[III]

Cuando por fin logró salir del último sótano, encontró al hombre que lo había seguido. Estaba garabateando en la arena signos que borraba a continuación. Aquello no podía ser escritura, los signos eran desiguales y aquellos hombres ni siquiera sabían hablar. Pensó que lo había esperado y sintió alivio en su soledad. Regresaron, el troglodita lo acompañó y pensó en enseñarle a hablar. Y lo llamó Argos, porque le recordó al viejo perro de La Odisea. En vano trató que lo repitiera, parecía no oírlo, miraba a lo lejos fijamente y se pasaba el día tumbado. Fue pasando el tiempo, hasta que un día comenzó a llover, era algo extraordinario, salió eufórico a recibir la lluvia y vio cómo los trogloditas y Argos hacían los mismo. Estaba feliz. Lo llamó y fue cuando él respondió “Argos, perro de Ulises”. Le preguntó si conocía La Odisea. Ya habían pasado mil años desde que la inventó, le respondió.

[IV]

Comprendió entonces que los trogloditas eran, en realidad, los inmortales. El arroyo, la fuente de la inmortalidad y la ciudad abandonada, la suya. Y Homero le contó cómo había llegado hasta allí queriendo educar a los hombres, cómo se destruyó la ciudad y cómo lo auténticamente terrible, era saberse inmortal. El tribuno no creía en esa inmortalidad que premia o castiga tras la muerte, sino más bien en esa rueda que predican algunas religiones de Indostán en que cada vida es efecto de la anterior. Cuando uno se sabe inmortal, comprende que no tiene que hacer absolutamente nada, porque en el transcurso del tiempo todo ocurrirá, lo bueno y lo malo se darán la mano. Todo es cuestión de probabilidades. Y en un solo hombre están comprendidos todos los hombres posibles. Ante esa realidad, todo es indiferente, se vive interiormente en el propio pensamiento y se requiere un estímulo muy fuerte para reconectar con la realidad, por ejemplo la lluvia de ese día.

Un día decidieron dispersarse pensando que si había un río que otorgaba la inmortalidad, otro habría que concediera la muerte. Y fueron a buscarlo porque la muerte da sentido a la vida, hace que cada momento sea irrecuperable. Homero y él se separaron a las puertas de Tánger. “Creo que no nos dijimos adiós”.

[V]

Durante siglos viajó por el mundo hablando y escribiendo en lenguas que ya había olvidado, viviendo muchas vidas en distintas culturas. Hasta que el día cuatro de octubre de 1921, el barco en el que iba fondeó en un puerto de eritrea. Allí, por costumbre, bebió de un caudal de agua clara. Se hirió con una espina, sintió dolor, salió una gota de sangre: volvía a ser mortal. Esa noche durmió hasta el amanecer.

La historia narrada parece irreal porque, en realidad, se mezclan sucesos de dos hombres distintos: Flamino Rufo y el propio Homero. “Cuando se acerca el fin -escribió Cartaphilus-, ya no quedan imágenes del recuerdo; solo quedan palabras […]. Seré breve, estaré muerto”.

EL MUERTO

Resulta increíble que alguien nacido en los suburbios acabara siendo capitán de contrabandistas y muriendo de un balazo. En 1891, Benjamín Otálora tenía 19 años, ojos claros, recio y valiente. Fue cuando le dieron una carta para Azevedo Bandeira. No lo encontró en Montevideo donde se vio envuelto en un altercado de navajas. De resultas, se fue de farra con los traperos de la pelea. Al día siguiente, el patrón le propuso unirse a ellos y él aceptó.

Se encuentra así ante una nueva vida, a caballo, por las llanuras. Se hace gaucho, aprende, se endurece. Pertenecer a la cuadrilla de Bandeira era ser temido. Se dedicaban al contrabando. Para demostrar su valía, mató a uno de sus compañeros, así pensó que Bandeira acabaría por entender que él valía más que todos sus orientales juntos.

De regreso a Montevideo encuentra a Bandeira enfermo. Al subirle la caldera y el mate lo ve tumbado, cansado y viejo. Cuando entra la mujer, pelirroja, lo mira con curiosidad mientras Bandeira, mate tras mate, habla de cosas de la campaña. Se subleva al pensar que un viejo así sea quien esté dictando órdenes.

Mandan a la cuadrilla al norte, a una estancia destartalada, El Suspiro, y alguien comenta que Bandeira no tardará en llegar, que hay un forastero agauchado que quiere mandar mucho. Es una broma que le agrada. Comentan que el jefe se ha reunido con un político y, de resultas, van a llegar armas y enseres. Cuando llega Ulpiano Suárez, guardaespaldas de Bandeira, se propone trabar amistad con él. Bandeira llegó al poco en un magnífico caballo, símbolo de autoridad. Deseó entonces, ese caballo y esa mujer y se propone ir suplantando lentamente al contrabandista. Se confabula con Suárez, se acuesta con la mujer de Bandeira, pero lo deja creer que sigue siendo el jefe.

La última noche de 1894 se celebró una gran juerga en El Suspiro. A las 12, Bandeira se levantó y fue a por la mujer borracho. La mujer salió a medio vestir y descalza. ‘Ya que se quieren tanto, que lo bese a la vista de todos’, ordena. La mujer se resiste, la agarran y la echan sobre él. Ulpiano Sánchez empuña un revólver y, entonces, Otálora comprende que ha sido traicionado. “Suárez, casi con desdén, hace fuego”.

LOS TEÓLOGOS

Los hunos arrasaron el monasterio y quemaron los libros. Solo se salvó el libro duodécimo de Civitas Dei. Quizás por eso lo ensalzaron sin ser conscientes de que Platón solo había expuesto esa teoría para después refutarla. Un siglo más tarde, Aureliano, coadjutor de Aquilea, sabe de los “monótonos”, que, a orillas del Danubio, creen en la historia como un círculo; y que han desplazado la Cruz por una rueda y la serpiente en las montañas. Esperaban que Juan de Panonia impugnara la herejía.

Aureliano estaba preocupado, y leyendo a Plutarco halló una burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo de mundos, soles y lunas. Y con ese hallazgo se propuso adelantarse a Juan de Pononia en la refutación de las teorías de los “monótonos”, demasiado disímil con la ortodoxia. Trataba de curarse del rencor que le había causado el que dos años atrás Juan de Panonia se metiera en su campo. Como tenía una vasta biblioteca, el lance le permitió leer y releer sus libros: De orígenes, Cicerón, Plutarco… Estuvo en ello nueve días y, al décimo, le llegó la refutación ya realizada por Juan de Panonia.

Era breve, la miró con desdén. La primera parte, noveno capítulo, de la Epístola a los Hebreos, decía que Jesús solo fue sacrificado una vez. La segunda se refiere al concepto bíblico sobre las varias repeticiones de los gentiles (Mateo 6:7) y al séptimo libro de Plinio: no hay dos caras iguales, tampoco dos almas iguales. El tiempo no rehace lo que hacemos, que es guardado para la eternidad. Gloria o fuego.

Aureliano se sintió humillado, pensó en destruir su trabajo. Meses después, en el Concilio de Pérgamo, Juan de Panonia actuó encargado de impugnar la doctrina y logró que Euforbo, heresiarca, fuera condenado a la hoguera. Murió reafirmándose en su herejía antes de arder.

Pero el duelo entre Aureliano y Juan prosiguió de forma invisible, ignorándose mutuamente a pesar de perseguir un mismo fin. Cuando apareció una nueva herejía proveniente de Oriente, los histriones. Tenían costumbres desaforadas y recibieron muchos nombres. Cometían todo tipo de tropelías: asesinatos, sodomía, blasfemias, robos… Escribieron libros heréticos afirmando que todo daba igual, que la tierra influía en el cielo y que todo lo que vemos es falso, que nuestros actos proyectan un reflejo invertido: si velamos, otro duerme; si fornicamos, otro es casto. Otros defendían que llegaría el fin del mundo cuando se acabaran las probabilidades, así muchos habrán de transmigrar por muchos cuerpos antes de alcanzar la liberación, como Pitágoras. Algunos, como Teopompo, histrión de Berenice, llegó a afirmar que cada hombre es un órgano que proyecta divinidad para sentir el mundo.

Aureliano elaboró un informe para el prelado, confesor de la Emperatriz. Pero se quedó parado ante la idea de que no hay dos instantes iguales. Escribió, entonces, una oración de veinte palabras, luego recordó haberla leído en el Adversus annulares de Juan de Panonia. ¿Qué podía hacer? Ni podía cambiarlas ni citar a su adversario. Finalmente optó por citarlo con una advertencia que hizo que Juan de Panonia fuera acusado de herejía.

Ocurrió que un herrero, alucinado con la nueva doctrina, mató a su hijo. Los jueces fueron implacables con Juan que no quiso o no supo defenderse cuando trató de demostrar que su afirmación era rotundamente ortodoxa. Fue sentenciado a la hoguera. Aureliano presenció la ejecución. Juan rezó en griego, y en una lengua desconocida. Entre las llamas, Aureliano creyó ver un rostro conocido. No lloró, se sintió aliviado. Después anduvo vagando en busca de su destino. Murió en un monasterio durante un incendio provocado por un rayo. Cuando llegó al cielo, Dios lo confundió con Juan de Panonia. Fue entonces cuando comprendió que, en realidad, eran una sola persona.

HISTORIA DEL GUERRERO Y LA CAUTIVA

En la página 278 del libro La poesía de Croce, encontró el epitafio de Droctulft . Lo conmovió. Fue un guerrero que en el asedio de Rávena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad. Los raveneses lo enterraron en la ciudad y compusieron un bello epitafio. La historia pudo ocurrir hacia el siglo VI. Llegó del Norte, desde el Danubio, era blanco, animoso, leal e inocente. También cruel. Pero cuando llega a Rávena ve, por primera vez, la belleza: estatuas, templos, jardines… Quedó deslumbrado y consciente de que tal vez nunca llegara a comprenderla, pero que valía más que todos sus dioses. Entonces, decidió defender la ciudad. Allí murió.

No fue un traidor, sino un iluminado. También, más tarde, los lombardos acabarían convirtiéndose en italianos. Cuando leí su historia me sonó a algo ya conocido.

Mi abuelo, en 1872, era jefe de la frontera Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. Su abuela le comentaba su destino de inglesa desterrada. Un día le dijeron que no era la única y le señalaron a una muchacha india: manta colorada, descalza, rubia, sin miedo. Vivía en el desierto. Le dijeron que otra inglesa quería hablar con ella. A la muchacha le costó encontrar las palabras, era de Yorkchire, emigró con sus padres. Habían muerto y se la habían llevado los indios. Ahora era mujer de un capitanejo. Tenía dos hijos. Se adivinaba que había llevado una vida dura. Mi abuela hubiera querido acogerla, pero ella era feliz. En la Revolución del 74 murió su abuelo, y la abuela se vio reflejada en esta mujer conquistada por este continente implacable.

Aún se vieron otra vez. La abuela salió a cazar, un hombre degollaba una oveja. Pasó la india a caballo, se bajó y bebió su sangre caliente. Mil trescientos años mediaban entre  Droctulf y la cautiva. Los dos acataron un ímpetu que no hubieran sabido justificar. Igual sus historias son una sola y para Dios sean iguales.

BIOGRAFÍA DE TADEO ISIDORO CRUZ (1829-1874)

El 6 de febrero de 1829, los montoneros, hostigados por Lavalle¸pararon a hacer noche a cuatro leguas de Pergamino. Un hombre, en medio de una pesadilla, gritó y despertó a la mujer que dormía a su lado. Nadie sabe qué soñó. Al día siguiente, fueron atacados por la caballería de Suárez y un sable le partió el cráneo. La mujer, Isidora Cruz, tuvo un hijo al que llamó Tadeo Isidoro. El niño creció y vivió en un mundo de barbarie, entre gauchos en las llanuras. Murió en 1874 de viruela negra, nunca vio una montaña ni una ciudad.

Cuando en 1849 fueron a Buenos Aires con unas tropas, Tadeo permaneció taciturno en la fonda, nada tenía que ver con la ciudad. Uno de los peones, borracho, comenzó a burlarse de él, lo tendió de una puñalada y hubo de darse a la fuga. Noches después, fue cercado por la policía y prefirió pelear, y luchó hasta el amanecer. Desarmado, fue llevado al penal.

Como soldado raso, combatió por su provincia natal. El 23 de enero de 1856, en las lagunas del Cardoso, fue uno de los 30 que pelearon contra 200 indios. Recibió un lanzazo. En 1868 estaba en Pergamino, casado y con un hijo. Tenía un pequeño campo. En 1869 fue nombrado sargento de la Policía Rural. Puede que entonces fuera feliz, pero su destino lo acechaba.

A finales de junio de 1870, le ordenaron detener a un desertor que había asesinado a dos personas. Venía de Laguna Colorada, donde los montoneros habían sido masacrados y ejecutados, allí donde murió su padre con la cabeza abierta. Los soldados lograron acorralar al prófugo, se acercaron despacio, y tuvo la sensación de haber vivido ya esa escena. Se trabó un formidable combate en el que acabó comprendiendo que el otro era él mismo. El uniforme le estorbaba, arrojó por tierra el quepis y gritó que no iba a consentir que se matara a un valiente y comenzó a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro.

EMMA ZUNZ

El 14 de enero de 1922, Emma Zunz se enteró por una carta de Brasil de que su padre había muerto por una ingesta de veronal. Firmaba la carta un compañero de pensión. Se sintió mal y guardó la carta en un cajón y, en la oscuridad, lloró por el suicidio anegada por los recuerdos. Recordaba cómo lo habían acusado de robar y cómo él aseguraba que el ladrón era Loewentahl, el gerente de la fábrica que acabaría siendo el dueño. Ella guardó el secreto, nadie sabía que ella lo sabía.

A la mañana siguiente, ya tenía trazado un plan. Actuó con toda normalidad en la fábrica. Había rumores de huelga, se manifestó en contra de la violencia. Después fue al gimnasio con su amiga Elisa y hablaron de cosas intrascendentes. Marchó a su casa, comió y se obligó a dormir. Así pasó la víspera del gran día, el viernes 15.

Se levantó tranquila y concertó una cita con Loewenthal para contarle algo sobre la huelga. Habló más tarde con Elisa y Perla sobre qué harían el domingo y se acostó después de almorzar. Repasando su plan se inquietó, fue hasta la cómoda, allí estaba la carta de Fain. Después de leerla, la rompió. Nadie podía haberla visto. Por la tarde, erró por las calles entre algunos bares hasta que dio con un hombre bajo y grosero para que “la pureza del horror no fuera mitigada”. La llevó hasta una habitación. Quizás dudara algún momento y pensó en sus padres haciendo lo que ahora a ella le hacían. El hombre era sueco, no hablaba español, era una mera herramienta para ella y su justicia. Sobre la mesilla, le dejó dinero. Lo rompió, se arrepintió. Sintiendo asco, se levantó, se vistió y después subió a un Lacroze camino de su cita. El mundo seguía igual.

Aaron Loewenthal era un hombre serio, viudo, avaro, que vivía en la misma fábrica. Temía a los ladrones, en el cajón de su escritorio, un revólver. Emma llegó a la cita. Quería encañonarlo con el revólver para que confesara y luego matarlo. Pero frente a él sintió la urgencia de castigar el ultraje sin teatralerías. Se sentó y balbuceó algunos nombres. Cuando Loewenthal salió a por agua, cogió el revólver y cuando volvió le disparó dos veces. Cayó a plomo, maldiciendo. Disparó otra vez. Murió sin saber qué había pasado. A continuación descolgó el teléfono: “El señor Loewenthal me hizo venir con la excusa de la huelga… abusó de mí. Lo maté”. La historia era creíble porque era cierto el ultraje, solo habían cambiado las circunstancias, la hora y algún nombre propio.

LA CASA DE ASTERIÓN

Sé que me acusan de soberbia, pero las puertas de mi casa siempre están abiertas y solo hallarán quietud y soledad. No hay un solo mueble. No soy un prisionero, alguna vez me paseo por la calle, pero regreso porque las caras de la plebe me infunden temor por su reacción al verme. No en vano soy hijo de una reina, no puedo confundirme con el vulgo.

Nada puede transmitirse y mi espíritu no puede albergar minucias, quizás por eso nunca aprendí a leer. Y aunque los días y las noches son largos, no me faltan distracciones. Corro por las galerías, me agazapo y juego al escondite o me dejo caer desde las azoteas, o juego a estar dormido. Pero el que prefiero es el del otro Asterión. Imagino que me visita, le enseño la casa con grandes reverencias y, si me equivoco, nos reímos los dos.

Todas las partes de la casa están repetidas: abrevaderos, patios, aljibes…, pero a base de recorrerla he llegado a veces a la calle y he visto el mundo exterior. Y comprobé que allí también está todo repetido. Pero hay dos cosas que solo están una vez: arriba el sol y abajo Asterión. Quizás sea yo quien lo ha creado todo.

Cada nueve años entran 9 hombres para que yo los libere de todo mal. Es rápido y caen sin que yo me ensangriente las manos. Sus cadáveres, luego, me ayudan a distinguir las galerías. Los desconozco, pero uno de ellos, un día, me profetizó que llegaría mi redentor. Desde entonces ya no me pesa la soledad. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías, ¿será un toro o un hombre? La espada de Teseo reverberó con el sol de la mañana. El minotauro apenas se defendió, “¿Lo creerás, Ariadna?”.

LA OTRA MUERTE

Don Pedro Damián había muerto. Gannon me escribió hará dos años anunciando el envío del poema “The part”, de Ralph Waldo Emerson. El hombre, en sus delirios, había revivido la sangrienta jornada de Masoller en la que, con 19 o 20 años, participó bajo la bandera de Aparicio Saravia. Cuando se inició la revolución, era un entreterriano, y fue allí porque allí fueron sus amigos. Participó en algunas batallas y regreso después a sus tareas de campo, solo. Conversó con él una tarde, hacia 1942. Taciturno, revivía la batalla de Masoller, y supe que no volvería a verlo. Pero su historia me inspiró un relato. Emir Rodríguez Monegal me dio la dirección del Coronel Dionisio Tabares y me reuní con él para cenar. Me habló de la guerra con tanta precisión que se veía que la había relatado infinidad de veces. Se acordaba de Damián, sirvió con él. La guerra servía como la mujer, para que se probaran los hombres. Hasta entrar en batalla no se sabía quién era quién. Damián unas veces fue valiente y, otras, cobarde, el pobre. Aquello destrozó la visión de héroe que yo tenía de Tabares, al fin su soledad había sido fruto de su vergüenza. Yo creía que su obligación como gaucho era ser un héroe.

Como no conseguía hilar el relato, un día regresé y lo encontré con el doctor Juan Francisco Amaro que también sirvió allí. Recordando, citó a Pedro Damián, pero ya no era el cobarde que huyó ante las balas, sino alguien que murió valerosamente, gritando, en una carga de caballería hasta que una bala le atravesó el pecho. Gritaba “¡Viva Urquiza!”. Sin duda, hablaba de otro Damián, pero el coronel murmuró: “No como si peleara en Mesoller, sino en Cagancha o India Muerta hace un siglo”. Ya no lograba recordar a ningún Damián en sus tropas. Quise hacerme con la obra prometida de “The past”, pero Patricio Gannon, que me la había citado, tampoco recordaba a Damián, ni su carta anunciando su muerte. Sentí estupor.

En abril, recibí carta del Coronel, ya recordaba a Damián, enterrado al pie de la cuchilla. Después quise, en julio, encontrar su rancho en Gualeguay, pero nadie lo recordaba. Quise hablar con Diego Abaroa que le vio morir, pero ya había muerto. Quise recordar su rostro, pero vi otro, el del tenor Tamberlick en el papel de Otelo.

Puede que hubiera dos Damián, pero eso no explicaría los lapsus de memoria del Coronel. También puede que yo haya soñado al primero, pero me resulta difícil creerlo; o también que haya una explicación sobrenatural: que a la hora de morir, rogase a Dios que lo devolviera a Entre Ríos, y que se lo concediera, pero ya muerto, como una sombra. Volvió para vivir en soledad, sin mujer ni amigos, y se disolvió como una gota de agua en el mar. Pero esta conjetura es también falsa. Aprendí de Pier Damiani, de su tratado De omnipotentia, quinto capítulo, que Dios puede lograr que no haya sido lo que una vez fue.

Así comprendí que Pedro Damián se retiró de la batalla siendo un cobarde para regresar al monte y al campo donde se endureció. Esperó durante cuarenta años a que llegara otra batalla en la que mostrar su valor y el destino se la trajo con su propia muerte, donde revivió entre delirios aquella batalla, y allí murió, en Masoller, en 1904. Deshacer el pasado deja huella en lo que fue y en el futuro. Así, Damián murió en Entre Rios en 1946, y en Masoller en 1904. De ahí que el Coronel lo recordara huyendo como un cobarde y luego lo dudara para volver a recordarlo impetuoso y sonriente. Y el pobre Abaroa murió porque tenía demasiada memoria de Pedro Damián.

Espero no correr la misma suerte, sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos, quizás en lugar de escribir un relato fantástico haya escrito una historia real. Pobre Damián, condenado en su muerte a revivir una triste historia en la que participó con 20 años.

DEUTSCHES REQUIEM

Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde y procedo de una familia de soldados que entregaron su vida. Yo seré fusilado por torturador y asesino. Me he declarado culpable. Es natural que a las puertas de la muerte piense en mis mayores. Ahora puedo hablar sin temor, hacerlo durante el juicio hubiera parecido cobardía. No quiero ser perdonado, quiero ser comprendido.

Nací en Marienburg, en 1908, y mis dos pasiones fueron la música y la metafísica; lo demás, Brahms, Schopenhauer y Shakespeare. También yo me detuve en ellos, yo, el abominable. En 1927 entraron en mi vida Nietzche y Spengler. Me rendí a su espíritu radicalmente alemán, militar. En 1929 entré en el partido. Fue duro porque me faltaba vocación a la violencia, pero comprendí que los tiempos nuevos exigían nuevos hombres. Nada haremos sin justificación, y para cada hombre esta es distinta. En 1939, en unos disturbios en Tilsit, detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, tuvieron que amputarla.

En el Parerga und Paralipomena leí que todo cuanto nos sucede está predestinado y es un pensamiento hábil el creer que elegimos nuestras desdichas, puede que fuera yo mismo quien buscara esas balas, esa mutilación. Al fin, comprendí que es más fácil morir por una religión que vivirla con plenitud. El 7 de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de prisioneros de Tarnoitz.

No fue fácil, el nazismo exigía despojarse del viejo hombre, y el valor es fácil en la batalla, pero los calabozos mueven a la piedad, el último pecado de Zarathustra y casi lo cometí cuando  nos enviaron al poeta David Jerusalem.

Este hombre pobre, perseguido y vilipendiado, se había consagrado a cantar la felicidad desde el amor. Aún rememoro sus poemas. Era el prototipo de judío sefardí. Fui duro con él y apliqué con rigor el régimen disciplinario. A finales de 1942 perdió la razón, a primeros de marzo de 1942 se suicidó. No quise destruirle a él sino a mi piedad, agonicé con él, morí con él. Pero vivíamos entonces en nosotros un sentimiento de “guerra feliz”, un sentimiento parecido al amor, pero primero fue deparada la gloria, después la derrota.

Murió mi hermano en 1942, mi casa natal fue destruida en un bombardeo, mi laboratorio también en 1943. Caía el Tercer Reich y paradójicamente me sentía feliz. Ninguna explicación justificaba esta sensación. Pero la historia está repleta de cambios desde la violencia y la guerra: Arminio, Lutero… Hitler creyó luchar por su país, pero luchó por todos. El mundo estaba enfermo de judaísmo y nosotros le enseñamos la violencia y la espada. Hay que destruir antes de edificar de nuevo. Y por él y su suerte hemos dado la vida. Qué importa que ganara Inglaterra, lo importante es que ganara la violencia frente a las serviles timideces cristianas.

Me miro al espejo para saber quién soy, cómo reaccionaré. Mi carne puede tener miedo, yo no.

LA BUSCA DE AVERROES

Averroes, en el undécimo capítulo de su obra Tahafut ul Tahafut sostiene que la divinidad solo conoce leyes generales del universo, lo concerniente a las especies, no al individuo. Escribiendo, sentía un hondo bienestar, la siesta, el patio, el rumor del agua tan grata a los que venían de los desiertos: abajo el Guadalquivir, Córdoba. Pero le preocupaba el comentario de Aristóteles a quien se había empeñado en interpretar. Dificultaba el hecho el trabajar sobre traducciones. Se había detenido en dos palabras: Tragedia y Comedia. Aparecían en La retórica y ahora en el Mohkam, obra del ciego Abesida. Una melodía lo distrajo, eran unos niños jugando que musitaban la oración de los fieles, discutían, todos querían ser el almuédano. Regresó a sus libros, pero recordó que había quedado a cenar con Abulcásim, que había vuelto de Marruecos y decía haber llegado hasta China. Regresó a su traducción y trabajó hasta el crepúsculo.

En casa de Farah hablaron extensamente. Abulcásim elogió las rosas andaluzas, pero Ibn Qutaiba lo contradijo hablando de rosas de Indostán cuyos pétalos alababan al profeta. Comprometió a Albulcásim a corroborarlo y este quedó atrapado. O era un mentiroso si lo afirmaba, o un infiel si lo negaba. Todo está hecho por Dios. Todos quedaron en silencio excepto Averroes: cuesta menos admitir un error, que admitir rosas que den profesión de fe.

Esto dio lugar a reflexiones sobre historias increíbles más o menos explicables y fueron derivando poco a poco hacia la teología. Instaron a Albulcásim a que contara alguna maravilla. Tras dudar un momento, comenzó hablando de algo que le sucedió en Sin Kalán. Unos mercaderes lo condujeron a una casa de madera donde vivían muchas personas. Constaba de un solo cuarto y cada quien hacía cosas diferentes (comer, tocar el laúd, beber, dormir…) excepto quince o veinte enmascarados que rezaban, cantaban y dialogaban. Parecían prisiones sin que nadie viera la cárcel. Cabalgaban sin caballos, se batían sin espadas… Entonces, el mercader me dijo que no estaban locos, sino figurando una historia. Como nadie pareció comprenderlo, explicó que era como si alguien mostrara una historia en lugar de contarla.

Farach no entendía que hicieran falta tantas personas para transmitir algo que podría trasladar con la palabra un solo narrador. Eso derivó en alabanzas a la lengua, en especial la árabe utilizada por Alá, y de ahí a la necesidad de depurar la poesía. Finalmente intervino Averroes: las imágenes poéticas no están ni más ni menos gastadas por el uso, “el tiempo despoja los alcázares, enriquece los versos”. Los versos nos conectan con el espíritu del poeta y nos permiten recordar y rememorar nuestras propias emociones. El afán de innovar no tenía sentido cuando todo estaba dicho desde el principio de los tiempos.

De regreso a su casa, al amanecer, anotó: Aristóteles llama “Tragedia” a los panegíricos, y “Comedia” a las sátiras y ambas abundan en el Corán. Después sintió sueño, se miró al espejo y desapareció, y con él su casa, sus esclavos y su universo.

Quise escribir la historia de un fracaso, quizás de todos los fracasos de aquellos hombres que buscaron lo que no les estaba destinado. Comprendí que para contar la historia de uno de ellos, de Averroes, yo debía convertirme en él de tal forma que cuando yo dejara de creer en él, desaparecería.

EL ZAHIR

Un zahir puede ser muchas cosas, una moneda argentina, un tigre, un ciego, un astrolabio… Hoy es 13 de noviembre. El 7 de junio llegó a mis manos un zahir. El día 6 de junio murió Teodila Villar, icono de belleza en los años 30, pero ella no se preocupó tanto de su belleza como de la búsqueda de la perfección. Y aunque su vida fue ejemplar, una desesperación interior la llevaba a huir de sí misma con continuos cambios. Su obsesión la llevó hasta París, ocupada entonces por los alemanes, para comprar unos estrafalarios sombreros cilíndricos. Fue duramente criticada por su esnobismo y prefirió retirarse a claudicar. Yo estaba enamorado de ella.

En su velatorio, sus rasgos recobraron la luz juvenil. Fue su mejor versión, la que debía recordar. Al salir del velatorio, a las dos de la noche, me llegué a un almacén, pedí una caña de naranja y, al pagar, me dieron en la vuelta el zahir. Era una de las monedas. Cuando salí a la calle comencé a andar, recorrí calles y plazas hasta quedar exhausto. Entonces me di cuenta de que había estado caminando en círculo. Cogí un taxi y seguí pensando en el zahir y en cómo el dinero es un mundo de posibilidades: música, mapas, ajedrez, café… Una moneda simboliza nuestro libre albedrío. No sospeché que todo era un artificio del zahir. Dormí y soñé que yo era las monedas custodiadas por un grifo. Al despertar pensé que había estado ebrio. Pero decidí desprenderme de la moneda, así que deambulé hasta un boliche, pedí una caña y pagué con el zahir. Ma aseguré de no saber dónde había sido. Regresé a casa, tomé una pastilla de veronal y dormí tranquilo.

Después me distraje componiendo un relato fantástico sobre un asceta solitario que, a pesar de su bondad, había degollado a su propio padre, un famoso hechicero que se había hecho con el gran tesoro de los Nibelungos. Esta historia me permitió olvidar la moneda, al fin y al cabo, solo era una como tantas otras. Pero de nada me sirvió estudiar otras monedas. Como seguía obsesionado, fui a un psiquiatra y, grosso modo, le expliqué lo que me ocurría. No me sirvió, pero encontré la respuesta en un libro, Urkunden zur Geschichte, de Julius Barlack. Allí se hablaba de la superstición del Zahir, una creencia árabe del siglo XVIII, uno de los noventa y nueve nombres de Dios que tienen la facultad de ser inolvidables hasta hacernos enloquecer. Y ponía ejemplos como el astrolabio de cobre que el rey mandó arrojar, o el del tigre mágico que Tagler oyó  narrar en los arrabales de Bhuj y cuya imagen está compuesta por muchos tigres, tigres que dejó dibujados en su celda. Murió obsesionado.

Entonces comprendí que nada me salvaría, y que no era el culpable de mi locura. La noche del velatorio de Teodolina no vi allí a su hermana menor, me extrañó. Después me informaron de que Julita estaba internada en un psiquiátrico catatónica, manoseando una moneda. También, en mi caso, el tiempo lo va agravando hasta el punto de que ya solo veo el Zahir y lo demás se va desdibujando. Antes de 1948 sé que acabaré como Julita, y ya no sabré quien es Borges. Nada de terrible hay en ello. Los verbos, soñar y vivir son sinónimos. Hay quien soñará que estoy loco, yo soñaré con el Zahir. Cuando todos los hombres solo piensen en el Zahir, ¿cuál será el sueño y cuál la realidad? Quizás a base de pensarlo y repensarlo logre gastarlo para encontrar detrás a Dios.

LA ESCRITURA DE DIOS

Soy Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom que quemara Pedro de Alvarado. Vivo en una celda compartimentada en dos salas por un muro que no alcanza al techo. En la otra sala, hay un jaguar que mide con sus pasos el tiempo y la distancia. Ya no hago sino esperar mi muerte. Cuando quemaron la pirámide, me torturaron para que revelara dónde se ocultaba el tesoro. Mi dios no me abandonó y guardé silencio. Después, la prisión. Me concentré en recordar todo cuanto sabía para pasar el tiempo. Así recordé la tradición de mi Dios, que dejó escrita una sentencia mágica para conjurar los males y que solo podría leer el elegido. Quizás yo mismo la había visto en el templo y no la había entendido. Esta idea me dio esperanzas. Pero, ¿dónde buscar? Entonces imaginé la posibilidad de que la dejara escrita en la piel viva de los jaguares. Como tenía a uno por vecino, dediqué años a estudiar las manchas en los instantes de luz en que nos bajaban la comida. Todas las manchas eran diferentes. Creí que sería imposible de descifrar, pero entonces me centré en qué tipo de sentencia escribiría una mente absoluta, porque en el lenguaje no hay proposición que no encierre el universo entero. Cuando decimos “tigre”, en la palabra están incluidos todos y cada uno, también sus circunstancias vitales.

Un día soñé que la arena crecía en mi celda hasta asfixiarme. Cuando comprendí que soñaba, desperté, pero la arena ahí seguía. Entonces comprendí que había despertado a un sueño anterior, y este dentro de otro sueño, y así hasta el infinito. La llegada del carcelero me despertó. Comprendí que solo era un prisionero y bendije mi prisión. Y ocurrió que, en ese momento, me uní en éxtasis con Dios. Era una rueda que estaba en todas partes, compuesta por todos los elementos: fuego, agua, aire, tierra. Por todos los tiempos, por todas las causas… Vi el universo y entendí la escritura del tigre. Si pronunciara las catorce palabras que la componen lo tendría todo y sería inmortal. El secreto morirá conmigo. Quien ha entrevisto el universo ya no puede solo pensar en un hombre, aunque sea él mismo. Dejaré que me olviden los días acostado en la oscuridad.

ABENJACÁN EL BOJARÍ, MUERTO EN SU LABERINTO

Dunraven y Unwin están hablando, miran el horizonte, la tierra de sus mujeres. Ambos son eruditos, jóvenes apasionados. Hará 25 años que Abenjacán murió en la cámara de esa casa, asesinado por su primo Zaid, dijo Dunraven. Las circunstancias siguen sin esclarecerse. La casa es un laberinto vigilado por un esclavo y un león. También había un tesoro secreto que desapareció y, además, el asesino ya estaba muerto cuando cometió el asesinato.

Fueron hasta el laberinto y, aunque parecía una pared recta, Dunraven dijo que era un círculo. Llegaron hasta una puerta ruinosa y afirmó que si giraban siempre a la izquierda llegarían al centro en poco más de una hora. Mientras caminaban por el laberinto, lentamente, Dunraven comenzó a contar la historia. Vio a Abenjacán de niño, iba seguido de un negro y un león. Su porte era impresionante, tanto que creyó haber visto al rey de Babel. Se instaló en Pentreath para nuestra alegría, y comenzó a construir esta extraña casa de una sola habitación. Allaby criticó duramente desde el púlpito esa iniciativa, pero dejó de hacerlo cuando se entrevistaron. Allí le explicó cómo siendo rey de las tribus del desierto, las despojó de todo junto con su primo Zaid. Un día se rebelaron y él logró huir con un gran tesoro. En la huida, una noche durmió y tuvo grandes pesadillas. Al despertar, vio dormido a Zaid, entonces pensó que podría reclamarle el tesoro y le cortó el cuello. Después ordenó al esclavo que le destrozara la cara con una roca. Cruzó el mar, pensaba que los muertos no podían caminar por el agua, pero navegando, soñó con las últimas palabras que le dijo: “Como ahora me borras, te borraré dondequiera que estés”. Para esquivar  esa amenaza se ocultó dentro de un laberinto.

Allaby, en Londres, comprobó la veracidad de la rebelión. Instalado en el laberinto, el criado salía a hablar con los marineros que atracaban, buscaba un fantasma. A los tres años, ancló allí el Rose of Sharon, un velero bruñido y veloz. Fue entonces cuando Abenjacán, aterrorizado, irrumpió en casa de Allaby: Zaid había entrado en el laberinto y matado al esclavo y al león. Zarpado el barco, Allaby quiso comprobar la muerte del esclavo y lo encontró. Le habían destrozado la cara.A sus pies había un arca de nácar forzada.

Comenzó a llover, tendrían que dormir en el laberinto. Había anochecido y estaban cansados. Llegaron a la habitación central. El matemático durmió con tranquilidad, no así el poeta agobiado por sus versos. Cuando despertó, Unwin creyó haber descifrado el enigma. Días después, citó a Dunraven en una cervecería de Londres: un fugitivo no construye un laberinto llamativo pintado de rojo, ¿para qué si el universo ya lo es? Para eso, mejor hubiera sido Londres. La noche que dormimos allí pensé en el laberinto de Creta. Con todo, aún necesitaba una clave para interpretar la historia. Era la telaraña. El Bajarí soñó con una red de serpientes que, al despertar, resultó ser una telaraña. Sabemos que mató al visir para no compartir el tesoro y, desde entonces, se sintió amenazado en sueños. Creo que los sucesos ocurrieron de otra manera: el esclavo y Zaid pensaron en matar al rey, pero robaron parte del oro y se marcharon a Londres. Su idea era atraer allí al rey para matarlo. Después, Zaid construyó el laberinto bien visible desde el mar y extendió la leyenda sabiendo que vendría a buscarlo y, en el último corredor del laberinto, estaba la trampa. Confiado, Abenjacán entró en el laberinto y Zaid lo mató, y lo mismo hizo con el león y el esclavo. Después destrozó su cara y fue a hablar con Allaby. Acto seguido, marchó a por el tesoro.

Para Dunraven resultaba difícil de creer que parte del tesoro quedara en Sudán. Quizás el tesoro hubiese sido dilapidado en la construcción del laberinto. Pero según Unwin el tesoro no fue dilapidado sino invertido en preparar la trampa, porque lo importante era acabar con Abenjacán para poder, así, asumir su nombre y su vida.

LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

Cierto rey de Babilonia ordenó construir un laberinto indescifrable. Llegado a su corte el rey de los árabes, le hizo entrar en el laberinto. Este, perdido, imploró socorro divino y encontró por fin la puerta. Salió sin queja, pero dijo al rey que él, en Arabia, tenía un laberinto mejor. De regreso, inició una campaña con la que conquistó Babilonia e hizo prisionero a su rey. Entonces, atado sobre un camello, lo condujo al desierto y allí, en el laberinto de Alá, lo abandonó.

LA ESPERA

El coche la dejó frente a la casa poco antes de las 9. Todo en el barrio estaba en su sitio, y así permanecería si Dios quería. En el barrio, los judíos estaban desplazando a los italianos que, a su vez, desplazaron a los criollos (Breslauer, se leía en el letrero de la farmacia). Y era lo mejor porque no gustaba alternar con gente de su sangre.  Una señora le abrió la puerta. El cochero bajó el baúl, le pagó, pero cometió dos errores: dar una moneda extranjera y dejar ver que eso le importara. Tenía que lograr pasar desapercibido. Subió a la habitación, sencilla. Se instaló y dijo llamarse Villari. Desde entonces, apenas salía. A veces iba al cine, historias del hampa porque incluían escenas de su vida anterior.

No recibía correo, pero leía una de las secciones del diario. A veces, atrancaba la puerta con una silla y se entretenía mirando por la ventana. Sabía por experiencia que cualquier día podía traer sorpresas y esperaba leer en el diario la noticia de la muerte de Alejandro Villari, aunque podía haber ya muerto y que esta vida fuera solo un sueño. Esto le inquietaba. Ya no anhelaba grandes cosas, solo perdurar y disfrutar del presente, de los estímulos sencillos.

Se hizo amigo de un viejo perro y vivía en el presente, sin recuerdos ni previsiones. Puede que el pasado sea la sustancia de que el tiempo está hecho. Esa fatiga era algo parecido a la felicidad. Una noche empezó a dolerle la boca. Fue al dentista, le sacaron una muela. Otro día, al salir del cine, lo empujaron. Reaccionó con violencia encarándose con el joven. Después estuvo dos o tres días sin salir.

Entre los libros del cuarto se encontraba La Divina Comedia. Comenzó a leerla meticulosamente. No creía estar condenado al último círculo. Un sueño se repetía en su mente: varios hombres se le presentaban revólver en mano y lo acometían. Cambiaba continuamente de lugar, en el cine, en el patio, en la habitación. Él sacaba el revólver que tenía -de verdad- en la mesita de noche y lo descargaba contra los hombres. El estruendo lo despertaba.

Una mañana, al abrir los ojos, se encontró con Alejandro Villari y un desconocido. Lo habían alcanzado. Se dio la vuelta como para seguir durmiendo, quería que solo fuera un sueño más. “En esa magia estaba cuando lo borró la descarga”.

EL HOMBRE EN EL UMBRAL

Bioy Casares trajo de Londres un curioso puñal que nuestro amigo Christopher  Dewey, del Concejo Británico, dijo ser de uso común en Indostán, donde él mismo había trabajado durante dos guerras. Después nos contó unos relatos. Uno de ellos es el que sigue, digno de las mil y una noches. Trataré de reproducirlo fielmente:

Había disturbios en la ciudad musulmana y el gobierno envió a un hombre fuerte, un escocés, para imponer el orden. Tenía aspecto de vikingo y lo llamaré David Alexander Glencairn. Su mera presencia inspiraba temor. Acabaron las discordias entre Sikhs y musulmanes y él se marchó. No sabíamos si fue secuestrado o asesinado, la censura era muy fuerte. La policía nada pudo averiguar. Parecía haber una conspiración del silencio. Todos a quienes preguntaba mentían. Una tarde, me dejaron un sobre con unas señas. Fui allí, un barrio humilde, en una casa baja se celebraba una fiesta árabe. Entró un ciego con un laúd de madera rojiza. En la puerta se acurrucaba un hombre viejo, cubierto de harapos. Le pregunté por David Alexander, le dije ser un juez que le buscaba. Él alzó la vista y me respondió saber de un juez desaparecido cuando él era aún un niño. Sucedió que la ciudad se había corrompido, pero no todos eran malos. Por eso, algunos se alegraron de la noticia de que la reina iba a enviar a un hombre para imponer la ley de Inglaterra. Cuando llegó el cristiano, no tardó en prevaricar y vender favores, pero no protestamos porque no conocíamos la ley inglesa. Hasta que concluimos que también era malvado. Y, entonces, algunos quisieron secuestrarlo y someterlo a juicio. Sikhs y musulmanes cumplieron su palabra, lo secuestraron para someterlo a juicio. Pero había que encontrar un juez, un hombre justo o, en su defecto, un insensato. Al final se reunió para el jurado a representantes de todas las religiones, pero se dejó el dictamen final a un loco para que Dios hablara por su boca. El acusado lo aceptó creyendo en la posibilidad de que solo un loco lo podía librar de la muerte. Pero después de 19 días le cortaron el cuello. Murió sin miedo. No me dijo el lugar exacto donde ocurrió, tampoco lo que ocurrió con los conjurados. Después se levantó.

Una increíble turba de gente salió entonces barriéndonos. Entre empujones me abrí camino hacia el fondo. En el último patio me crucé con un hombre desnudo coronado de flores amarillas. Llevaba una espada ensangrentada en la mano. Todos lo besaban y agasajaban. Había matado a Glencairn, su cadáver mutilado estaba en las caballerizas del fondo.

EL ALEPH

La misma mañana en que murió Beatriz Viterbo, vi cómo el mundo seguía su marcha y comenzaba el olvido. Pero yo no la olvidaría, siempre viva en mí, ya sin esperanza, ya sin humillación. El 30 de abril era su cumpleaños, una buena ocasión para visitar a su padre y a su primo Carlos Argentino Daneri. Así, en una sala abarrotada, podría de nuevo contemplar todos sus retratos. Desde que murió, el 30 de abril de 1929, no dejé pasar un aniversario sin visitar su casa, permanecía unos 20 minutos. En 1933 me favoreció una tormenta y me invitaron a comer. Aquello se convirtió en costumbre y me permitió el ir escuchando las confidencias de su primo.

Beatriz era alta y frágil, Carlos Argentino era rosado y canoso, autoritario, un bibliotecario ineficaz que aún mantenía esa típica gesticulación de los italianos. En una época, estuvo obsesionado por las baladas de Paul Fort, “El príncipe de los poetas de Francia”.

En 1941 llevé una botellas de coñac junto a los alfajores. Fue locuaz y habló sobre el hombre moderno para quien el acto de viajar era inútil. Sus ideas me parecieron ineptas pero le sugerí que las escribiera. Me dijo que ya lo había hecho y figuraban en el canto, prólogo de un poema en el que trabajaba que se titulaba “La tierra”. Le pedí que me leyera un fragmento. Sacó del escritorio un legajo de hojas y se puso a leer. Era algo pretencioso que comenzó a analizar inmediatamente. Para él, aquello era un alarde de erudición académica, tanto en el fondo como en la forma. Después siguió leyendo y explicando. Comprendí que, para él, la clave de la poesía no estaba en la propia poesía, sino en la invención de razones para hacerla admirar. Aquello resultaba más tedioso que los doce mil dodecasílabos del Polyolbion de Michael Drayton hablando de la flora, fauna e historia de Inglaterra. Carlos Argentino se proponía versificar toda la redondez del planeta y apenas había comenzado con el estado de Queensland, sus calle, sus casa, sus comercios…

Siguió comentando sus propios versos, con gritos exultantes. Cuando me despedí era ya media noche. Dos domingos después me llamó por primera vez para invitarme a una nueva confitería. Me reuní con él, era moderna y estaba abarrotada, se hablaba a voces, pero él estaba encantado. Nos costó encontrar mesa. Me leyó cuatro o cinco páginas de su poema comentándome sus correcciones. Después criticó duramente a críticos y prólogos. Quería elegir un buen prologuista para su publicación, alguien de renombre, y me pidió que hablara con Álvaro Melián Lafinur. Añadió que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro. Le mentí, quedé en que se lo comentaría en la cena del Club de Escritores, una cena que, en realidad, no existía.

Preferí no decirle nada sobre su poema, cacofónico y caótico. Pero desde entonces comencé a temer que llamara por teléfono. Un día me llamó muy excitado, iban a demoler su casa. La noticia también me conmocionó, era la casa que guardaba los recuerdos de Beatriz. Estaba dispuesto a luchar y entablar una demanda contra Zunino y Zungrí por daños y perjuicios. Hablaría esa misma tarde con el bufete de Zunni. Quedé en ir a verlo, pensé que estaba loco. También Beatriz, con toda su clarividencia, tenía negligencias y distracciones. La locura de Carlos me colmó de felicidad.

Me acerqué a la casa, y mientras esperaba me aproximé al retrato de Beatriz: “Soy Borges”, le dije. Llegó Carlos y pidió coñac y comenzó a darme instrucciones para que pudiera ver el Aleph. Me dejaría solo, pero si no lo veía, eso no invalidaría su testimonio, me dijo. Podrás dialogar con todas las imágenes de Beatriz”. Bajé al sótano estrecho y Carlos preparó una humilde almohada con la altura exacta. Debía acostarme a oscuras y observar el decimonono escalón. Después se fue y me dejó a oscuras. Sentí pánico, me había dejado soterrar por un loco. Cerré los ojos, y al abrirlos, vi el Aleph. ¿Cómo puedo transmitir el infinito? En un instante, he visto millones de actos deleitables o atroces, todos en el mismo punto. Era una pequeña esfera tornasolada de intolerable fulgor, de unos dos o tres centímetros en la que podías verse todos los puntos de universo.

Deambulé por el infinito y también vi cartas obscenas que Beatriz dirigió a Carlos, y vi la reliquia atroz de lo que había sido Beatriz. También vi mi cara y mis vísceras. Sentí vértigo y lloré. La voz de Carlos me devolvió al presente: “No me pagarás en un siglo esta revelación”. “Sí, formidable” -respondí. Entonces fue cuando concebí mi venganza. Agradecía a Carlos su hospitalidad. Lo insté a que aceptara la demolición, a que se alejara de la metrópoli, la vida en el campo le haría bien. Ya en la calle, todo me era conocido, temí no poder olvidar. Afortunadamente, después de unas noches de insomnio, llegó el olvido.

Posdata: En marzo de 1943 la editorial Procusto publicó su poema, logró el Segundo Premio Nacional de Literatura. Mi obra, en cambio, Los naipes del tahúr, no recibió ni un voto. Pronto publicará de nuevo, ya libre del Aleph. Aunque el Aleph ha tenido múltiples interpretaciones en diferentes culturas, creo que el de la calle Garey era falso.

Doy mis razones: Pedro Henríquez descubrió un manuscrito del cónsul británico, el capitán Burton, que hablaba de un espejo oriental que reflejaba el universo entero. Pero añade: “… Son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr en El Cairo saben que el Aleph está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central. Nadie puede verlo, pero sí oírlo. Las columnas proceden de templos anteislámicos. Puede que yo mismo lo haya visto, y lo haya olvidado como los rasgos de Beatriz, por la erosión de los años.

LA INTRUSA

La historia me llegó por Santiago Dabove. Fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson en el velorio de Cristian hacia mil ochocientos noventa y tantos. Después se fue repitiendo hasta oírla de nuevo en Turdera donde se había producido.

La casa de los Nelson, contaba el párroco, solo tenía un libro: una Biblia de tapas negras con nombres y fechas al final. Vivían sin hijos y gustaban de su soledad. El caballo, el apero y la daga corta, atuendo rumboso los sábados y alcohol pendenciero. Eran altos y pelirrojos, pendencieros y con fama de avaros. Además de amigos del forajido Costa Brava.

Siendo mujeriegos, dio que hablar cuando Cristian llevó a la casa a Juliana Burgos. Juliana era bien parecida y a Cristian le gustaba lucirla en las fiestas con las baratijas que le regalaba. Sucedió que Eduardo se enamoró de Juliana. Una noche, Cristian le dijo: “Yo me voy de farra, ahí tienes a la Juliana, si la querés, úsala”. Desde entonces la compartieron. Pero aquello no podía durar, y a las semanas discutían por todo. Los humillaba estar los dos enamorados de una mujer que no era sino una cosa. Un día le mandaron retirarse, tenían que hablar. Al levantarse de la siesta, la subieron a una carreta con sus pertenencias y emprendieron viaje a Morón. Allí la vendieron a un prostíbulo.

Regresaron entonces a su vida entre hombres, aunque cada uno por su lado se ausentaba de vez en cuando. Poco antes de fin de año, el menor dijo tener que ir a la capital. Cristian aprovechó para ir a Morón y allí se encontró con su hermano haciendo cola. Decidieron entonces volver a llevársela a casa. Tampoco eso les satisfizo, era mucho el cariño que se tenían los hermanos y preferían desahogar su frustración con otros. Un día, Cristián dijo de llevar unos cueros a la del Pardo. La carreta ya estaba cargada. Ya en marcha, tomaron por un desvío. Al parar el carro, Cristian tiró el cigarro: “Ya la maté. Ya no habrá más prejuicios”. Y se abrazaron llorando.

EPÍLOGO:

Estas historias pertenecen al género fantástico (excepto Emma y la Historia del guerrero y la cautiva). La más trabajada es la primera, una reflexión sobre el efecto que la inmortalidad tendría sobre el hombre. Azebedo Bandeira es una versión mulata del Sunday de Chesterton. Los teólogos son un sueño melancólico; Tadeo Isidoro es una glosa de Martín Fierro…Y así sigue.

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About #JoseCarlosAranda

Doctor en Ciencias de la Educación y Doctor en Filosofía y Letras; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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