
El libro comprende una serie de leyendas y tradiciones de Córdoba y su provincia.
PRISIÓN DEL GRAN CAPITÁN (PÁG. 9)
La acción se sitúa en Santaella, en el periodo de enemistad entre don Diego Fernández de Córdoba, conde de Cabra, y su primo don Alonso de Aguilar, de sobrenombre “el caballero sin miedo”. Diego ataca la fortaleza de su primo que estaba defendida por el Gran Capitán siendo un muchacho. Allí, una joven prisionera musulmana, princesa enamorada, le insta a que huya con ella prometiéndole todas las riquezas en su Granada. Pero el Gran Capitán rehúsa la oferta: “Yo no puedo hacer traición ni a mi Dios ni a mi Rey”. Despechada por el rechazo, Zoraida franquea la entrada en el castillo a las huestes de don Diego y se entabla una encarnizada batalla en que nuestro joven defiende la fortaleza con denodado heroísmo. Tras más de un día de lucha, Zoraida escapa tras un último intento fallido de que el joven capitán, también enamorado, la acompañe. Finalmente, viendo la carnicería y que ya no había ninguna esperanza, el Gran Capitán se rinde entregando su puñal, única arma que ya le quedaba. El Conde de Cabra se baja del caballo y lo abraza. Hecho prisionero, lo llevan a Baena, pero es puesto en libertad merced a una petición por carta de Isabel la Católica. Finalmente, Zoraida se casó en Granada con Almanzor León, secretario del rey y dicen que fueron felices, aunque ella “todos los días besaba la cruz que le dio el conde y una cadena con un relicario que conservaba de Gonzalo… y subía a las torres de la Alhambra para mirar el camino de Baena”.
LA TORRE DE LA MALMUERTA. (pág. 33)
La realidad sobre el origen de la edificación de esta torre se encuentra en el Archivo Municipal, donde existe un privilegio de don Enrique por el que manda destinar a esta obra el producto de multas a tahúres y garitos. Pero la tradición popular es otra.
La esposa de Ruy Gutiérrez, doña Luz, se hallaba en su palacio llorando la ausencia de su esposo cuando se presentó el Corregidor. Tras requebrarla, es rechazado, pero antes de marcharse deja su daga en un cajón del escritorio. La entrada le había sido franqueada por criados sobornados. Estando en el frente, Ruy Gutiérrez, capitán y caballero, recibe una carta notificándole que su esposa le era infiel con el Corregidor. Regresa inmediatamente a su casa y sorprende a los criados jugándose el oro recibido, después se dirigió a la mesa donde encontró el puñal escondido y ya, sin dudar de la veracidad de la carta, entró en la alcoba y apuñaló a doña Luz, después se dirigió hacia los criados y los arrojó por la ventana. Pero faltaba aún el causante de su deshonra y fue a buscar alguna prueba. Así encontró la carta en que doña Luz rehusaba las pretensiones del Corregidos para comprender su error. Lleno de ira, se encaminó a casa del Corregidor al que dio muerte en duelo.
Ya sereno, se presentó ante su rey, Enrique III, quien, tras escuchar la historia contada con total sinceridad, lo condenó a levantar esta torre en memoria de “la malmuerta”, doña Luz.
EL VADO DEL MORO (pág. 59)
El episodio transcurre en Cabra, en un paraje donde un riachuelo se ensancha y toma este curioso nombre. Corría el año 1482 cuando el alcaide de Loja, el moro Aliatar, cruel y sanguinario, se atrevía con sus correrías a sembrar el terror por la frontera. Vivía en Cabra don Pedro Gómez de Aguilar. Informado por sus operarios de que Aliatar estaba atacando y robando en su haciendo, montó a caballo y junto a sus cuatro hijos se dirigió a su hacienda a pesar del fuerte temporal de lluvia. Pero fue cercado por los moros y hecho prisionero. Su trato afable hizo que Aliatar se confiara. Iba en medio, a caballo, coversando, pero atento al camino cada vez más estrecho y escabroso. Cuando el camino los separó del resto, de un empujón derribó al moro y se arrojó con él por la ladera hasta perderse. Le arrebató el alfanje y lo maniató obligándole a guardar silencio mientras sus hombres los buscaban. Cuando ya parecía todo perdido, llegó la ayuda del Conde de Cabra avisado por las torres vigía de la incursión de Aliatar. Ya rescatado y de regreso a Cabra, las lluvias habían hecho crecer tanto el arroyo que no encontraban lugar por donde vadearlo. En esto les dijo Aliatar: “Yo os enseñaré por dónde podemos cruzar”. Y, efectivamente, les mostró ese lugar por donde regresaron a Cabra y que, desde entonces, conserva el nombre de “El vado del moro”.
LA CRUZ DEL ARCO DE LA VILLA (pág. 75)
En Almedina, era el año de 1782, víspera del Corpus, un embozado rondaba la casa de Clavijo. En ella vivía don Pedro Beltrán de Eraso, caballero ya anciano soltero que vivía con un criado antiguo y una joven criada. En el pueblo, tenía fama de avaro.
Jiménez, el embozado, había seducido a Guadalupe, la criada, para asaltar a don Pedro y que le franqueara la entrada a la casa para robar. El día del Corpus don Pedro saldría, le daría libre a tarde a Juan, el criado, y Guadalupe quedaría sola en la casa. Todo estaba preparado. De esta forma, en una noche lluviosa, el anciano fue asaltado y, en el forcejeo logró arrancar el antifaz a uno de los agresores: “Jiménez, no me matéis”. De nada sirvió su ruego, lo arrojaron escaleras abajo. Y después se dirigieron a la casa cuya entrada les fue franqueda por Guadalupe. Pero cuando esta descubre que habían matado a su amo, se rebela y es apuñalada. El crimen quedó sin resolver y los familiares erigieron una Cruz en el lugar del suceso con la siguiente leyenda: “Aquí mataron a don Pedro Beltrán de Eraso. 1782”.
HISTORIA DE UNA MONJA MILAGRERA (pág. 89)
La historia transcurre en el convento de Santa Isabel de los Ángeles, situado junto a la Plaza del Conde de Priego en Córdoba. En 1505, con trece años, entró Magdalena de la Cruz que, muy pronto, alcanzó fama de santidad debido a los milagros que se le atribuían. Tanto que el propio Carlos V le enviaba las toquillas de sus hijos para que las bendijera.
Entre los milagros que se le atribuían se decía que, estando impedida en cama con una pierna rota, las paredes de su celda se abrieron para que pudiera ver pasar la procesión del Corpus, después se levantó recuperada; también el hecho de que la hostia consagrada volara de las manos del sacerdote hasta su boca en la comunión. Todo cambió cuando otra monja vio junto a ella a un serafín negro y, aunque Magdalena la tranquilizó diciéndoles que no hacía daño a nadie, esta dio parte. Informado el Provincial, ordenó recluirla y mantenerla en observación. Esto causó un gran revuelo en la población que creía en su santidad, porque, además, los milagros continuaban produciéndose. Pero el Provincial la mantuvo recluida en su celda lo que la hizo caer enferma hasta el punto de temer por su salud.
Finalmente, fue sometida a un exhorcismo durante el cual el demonio se manifestó: “Yo soy el diablo. Yo soy un serafín de los que fueron desterrados del Paraíso por Dios. Tengo bajo mi poder muchas legiones de demonios y acompaño a esta pecadora y no dejaré que se escape.”
El 23 de diciembre de 1544 se puso el caso en manos de la Inquisición que logró su confesión. Estaba en tratos con el diablo desde que era niña y a él se debían los milagros que la habían hecho famosa.
Firmada su confesión, fue condenada a destierro en el convento de la Trinidad de Andújar, a servir en la cocina sin velo ni voto, sin comulgar más que una vez al año y a tumbarse en el suelo boca abajo cada que la campana llamaba a refectorio para que las hermanas la pisaran al pasar.
DOÑA ANA DE CÓRDOBA (pág. 115)
En 1578 falleció Gonzalo Fernández de Córdoba, nieto del Gran Capitán. Al morir sin hijos, deja como usufructuaria a su esposa doña María Sarmiento, pero cede sus propiedades a su hermana mayor doña Francisca de Córdoba, marquesa de Gibraleón y condesa de Belalcázar.
Trasladada a Cabra y ya viuda, se trajo con ella a su sobrina doña Ana de Toledo, hija de don Fernando Folch, marqués de Palamós y conde de Olivid y de su hermana doña Beatriz de Córdoba. Allí crece como una hija y es tanto el cariño que le profesa que cuida de su futuro. Con 16 años le concierta matrimonio con don Juan de Guzmán, conde de Tebas y marqués de Ardales a lo que la joven Ana consiente entusiasmada.
De este matrimonio nació una hija, Ana, que pronto destacó tanto por sus virtudes como por su inteligencia. Se decía de ella que ya con diez años conocía perfectamente la Escrituras y las vidas de los santos como si fuera un doctor de la Iglesia.
Muy pronto, comunica a sus padres su resolución de entrar en el convento de San Martín de Cabra, y lo hace con tanta convicción que sus padres consienten con la esperanza de que con el tiempo cambie de parecer y asuma las responsabilidades propias de su rango. Pero el hecho es que no fue así. Llegado el momento, le conciertan un matrimonio ventajoso antes de que profesara, y la sacan del convento a la fuerza. Ante este hecho, la joven Ana cae enferma y se deja morir antes que renunciar a su vocación.
MEDINA AZAHARA (pág. 185)
Cuenta la historia de la famosa ciudad levantada para conmemorar el amor de Abderramán III sentía por Azahara. Se inició la obra en el año 936 y en ella “durante 25 años trabajaron 10.000 obreros con 1.500 bestias de carga”. Murió en el 961 sin llegar a verla terminada. En el libro se hace una pormenorizada descripción de las estancias, jardines y materiales utilizados en su construcción.
La leyenda que nos trae trata de la conjura del hijo de Abderramán, Abdalá, que, enamorado de Azahara y celoso de su hermano Alhaken a quien su padre había nombrado como heredero, planea el asesinato del califa. Descubierta la conspiración, Abderramán sentencia a muerte a su propio hijo a pesar de los ruegos de Alhaken. Pero Azahara también resulta sospechosa, de lo cual se libra gracias a la carta de rechazo que en su momento escribió a Abdalá.
























