BENITO PÉREZ GALDÓS: ““Cadalsito estaba en el comedor, sentado a la mesa…”. Comentario literario de un fragmento del capítulo IV de Miau.

INTRODUCCIÓN:

No existe una solución única para la resolución perfecta de las preguntas de comentario. No obstante, hemos de distinguir el comentario de contenido, del lingüístico y del literario. En el presente comentario sigo el criterio que explico en CÓMO SE HACE UN COMENTARIO DE TEXTO. Berenice, 2009 (3ª edición) en el apartado de comentario de textos literarios narrativos. El nivel aplicado en la resolución sería indicado para alumnos de primero y segundo de Bachillerato. El presente comentario no se ciñe a lo exigido para Selectividad de Andalucía, excepto en los apartados de tema, resumen y esquema. En otras comunidades como Madrid, por ejemplo, sí solicitan en el apartado de comentario rasgos correspondientes al análisis lingüístico y literario de forma explícita en el ejercicio.

TEXTO:

Cadalsito estaba en el comedor, sentado a la mesa, los codos sobre ella, los libros delante. Estos eran tantos, que el escolar se sentía orgulloso de ponerlos en fila, y parecía que les pasaba revista, como un general a sus unidades tácticas. Estaban los infelices tan estropeados, cual si hubieran servido de proyectiles en furioso combate; las hojas retorcidas, los picos de las cubiertas dobladas o rotas, la pasta con pegajosa mugre. Pero no faltaba a ninguno, en la primera hoja, una inscripción en letra vacilante, que declaraba la propiedad de la finca, pues sería en verdad muy sensible que no se supiera que pertenecían exclusivamente a Luis Cadalso y Villaamil. Este cogía uno cualquiera, a la suerte, a ver lo que salía. ¡Contro, siempre salía la condenada Gramática!… Abríala con prevención y veía las letras hormiguear sobre el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante. Parecían mosquitos revoloteando en un rayo de sol. Cadalso leía algunos renglones. «¿Qué es adverbio?». Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen a otra. Total, que el adverbio debía de ser una cosa muy buena; pero Cadalsito no lograba enterarse de ello claramente. Después leía páginas enteras, sin que el sentido de ellas penetrara en su espíritu, que no se había desprendido aún del asombro de la visión; ni se le había quitado el malestar del cuerpo, a pesar de haber comido con tanta gana; y como notase que al fijar la atención en el libro se ponía peor, tuvo por buen remedio el ir doblando una a una las puntas de las hojas de la Gramática, hasta dejar el pobre libro rizado como una escarola.

En esto estaba cuando sintió que su abuelo salía del despacho. Se le había apagado la luz por falta de petróleo, y aunque no escribía, la oscuridad le lanzó de su guarida hacia el comedor. En este y en el pasillo se paseó un rato el infeliz hombre, excitadísimo, hablando solo y dando algunos tropezones, porque la desigual y en algunos puntos agujereada estera no permitía el paso franco por aquellas regiones.

Otras noches que se quedaban solos abuelo y nieto, aquel le tomaba las lecciones, repitiéndoselas y fijándoselas en la memoria. Aquella noche, Villaamil no estaba para lecciones, lo que agradeció mucho el pequeño, quien por el bien parecer empezó a desdoblar las hojas del martirizado texto, planchándolas con la palma de la mano. Poco después, el mismo libro fue blando cojín para su cabeza, fatigada de estudios y visiones, y dejándola caer se quedó dormido sobre la definición del adverbio.

Villaamil decía: «Esto ya es demasiado, Señor Todopoderoso. ¿Qué he hecho yo para que me trates así? ¿Por qué no me colocan? ¿Por qué me abandonan hasta los amigos en quienes más confiaba?». Tan pronto se abatía el ánimo del cesante sin ventura, como se inflamaba, suponiéndose perseguido por ocultos enemigos que le habían jurado rencor eterno. «¿Quién será, pero quién será el danzante que me hace la guerra? Algún ingrato, quizá, que me debe su carrera». Para mayor desconsuelo, se le representaba entonces toda su vida administrativa, carrera lenta y honrosa en la Península y Ultramar, desde que entró a servir allá por el año 41 y cuando tenía veinticuatro de edad (siendo Ministro de Hacienda el Sr. Surrá). Poco tiempo había estado cesante antes de la terrible crujía en que le encontramos: cuatro meses en tiempo de Bertrán de Lis, once durante el bienio, tres y medio en tiempo de Salaverría. Después de la Revolución pasó a Cuba, y luego a Filipinas, de donde le echó la disentería. En fin, que había cumplido sesenta años, y los de servicio, bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su destino más alto, Jefe de Administración de tercera. «¡Qué mundo este! ¡Cuánta injusticia! ¡Y luego no quieren que haya revoluciones…! No pido más que los dos meses, para jubilarme con los cuatro quintos, sí, señor…». En lo más vivo de su soliloquio, vaciló y fue a chocar contra la puerta, repercutiendo al punto para dar con su cuerpo en el borde de la mesa, que se estremeció toda. Despertando sobresaltado, oyó Luis a su abuelo pronunciar claramente al incorporarse estas palabras, que le parecieron lo más terrorífico que había oído en su vida: «…¡con arreglo a la ley de Presupuestos del 35, modificada el 65 y el 68!». (Inicio del Capítulo IV, Miau)

COMENTARIO DE TEXTO:

LOCALIZACIÓN:

El fragmento propuesto para comentario pertenece a uno de los grandes autores del Realismo español iniciado en la segunda mitad del XIX, Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843 – Madrid, 1920). Con él entramos de lleno en un periodo en el que la novela se convierte en el género literario por excelencia y es enfocado hacia el reflejo y análisis de la realidad cotidiana buscando una crítica confiada en la reforma y regeneración de una sociedad que no acaba de dar soluciones. En España fue la generación que irrumpió con el impulso de la Revolución de 1868, casi coincidente con la fecha de publicación de la primera obra de nuestro autor, La fontana de oro.

En la producción del autor puede observarse una cierta evolución desde unos planteamientos realistas puros en su primera época (de corte histórico como La fontana de oro y El audaz; o de corte contemporáneo, la más amplia entre la que encontraríamos Fortunata y Jacinta, La de Bridas, Miau o sus Episodios Nacionales; o las novelas de tesis, como Doña Perfecta, Gloria o Marianela), hacia una progresiva humanización social en la que el novelista orienta y participa afectivamente de los personajes (Nazarín o Misericordia).

Miau fue publicada en 1888 y pertenece al grupo de novelas que centran la trama en los acontecimientos coetáneos al autor. En concreto, la acción transcurre en Madrid en el periodo de la Restauración. El protagonista es Ramón Villaamil, un funcionario cesante del Ministerio de Hacienda. Solo le quedan dos meses de trabajo para tener derecho a jubilarse, pero los vaivenes políticos le han hecho caer en desgracia y, a pesar de toda una vida de dedicación, de su preparación y su valía, es apartado y olvidado. En esta situación, ha de mantener a su mujer, doña Pura, su cuñada Milagros, su propia hija, Abelarda, tres mujeres a las que apodan “las miau” por su aspecto relamido y su afán de aparentar. Y, además, con su nieto, Luisito Cadalso, hijo de la difunta Luisa y de Víctor Cadalso. Su esposa, lejos de ayudarle a sobrellevar la situación, no hace sino gastar. Y la amargura de Ramón se ve incrementada por contraste con el éxito de Víctor, también dedicado a la administración y que medra en sus cargos políticos a pesar de su inutilidad por su buena planta y su verborrea. Cuando aparece, se instala también en la propia casa, antítesis de Villaamil, acaba por hundir la poca dignidad de anciano. Galdós nos lleva a rebelarnos ante la situación entre la angustiada resignación del anciano y la mirada inocente de su nieto, sin concesiones cuando cierra el cuadro de la desesperanza con el suicidio de Ramón.

La obra presenta una estructura de desarrollo bastante clásica: una primera parte de presentación de ambiente, situación y personajes (capítulos 1-14); una segunda parte de nudo o enredo: se nos pone al corriente de las dificultades para la subsistencia, la llegada de Víctor y los conflictos derivados de su falta de ética (capítulos 15-33); y, finalmente, el desenlace en la tercera y última (capítulos 34-44). El fragmento propuesto para comentario es el inicio del capítulo IV y corresponde, precisamente a la parte de presentación de los personajes.

RESUMEN, ESTRUCTURA Y TEMA:

El texto nos presenta a Cadalsito, el nieto, y sus esfuerzos aparentemente inútiles frente a unos libros maltratados que más que ayudarle al estudio le sirven de distracción. El abuelo aparece en la escena al salir de su despacho por falta de luz. A diferencia de otros días, hoy no le tomaría las lecciones, y en lugar de ello, se dedicó a deambular despotricando por su mala suerte, la falta de apoyo y el abandono de sus amigos y deudores. Se rememora su vida de entrega a la Administración, y se nos muestra indignado por el olvido, unas veces airado y otras abatido: solo le quedaban dos meses para poder jubilarse con los cuatro quintos de sueldo de Jefe de Administración de Tercera. Chocó contra la puerta y tras un desvanecimiento despertó recitando leyes con el consiguiente susto de Luis.

El texto se compone de cuatro párrafos con una estructura bien definida:

   1: Luis, torpe y aburrido, se distrae frente a sus libros.

  2: Entrada en escena del abuelo. 

2.1. Irrupción del abuelo desde despacho.

2.2. Percepción de que no habría lecciones y vuelta a la desidia

 3: Diatriba del abuelo.

3.1. Indignación ante su situación de cesante.

3.2. Repaso a su historial en la Administración.

3.3. Anécdota del golpe final.

El primer párrafo describe a Luis frente a sus libros, la escena de la entrada del abuelo se estructura en los párrafos 2 y 3 coincidentes con la narración de la entrada y la constatación por parte de Luis de que el hecho no altera la situación y el párrafo 4 que se centra en la diatriba del abuelo hasta que es interrumpida por el golpe y su salida.

En cuanto al tema, el fragmento nos trasmite la indignación y desesperación del abuelo cesante ante su nieto aburrido e inconsciente de la trascendencia de los hechos.

ANÁLISIS ESTILÍSTICO:

El Realismo fue un movimiento literario que trató, en principio de plasmar la realidad como si de un espejo se tratara. No obstante, es difícil inhibirse de un cierto perspectivismo a la hora de tratar a los personajes y Pérez Galdós los presenta a través de sus ojos mediante esbozos, trazos rápidos que los caracterizan con una afectividad contaminada por los propios personajes o por el propio Galdós. El estilo indirecto libre usado por el autor hace difícil establecer esta distinción como veremos inmediatamente.

El fragmento se abre con la descripción del nieto. A través de sus actos se nos va descubriendo su personalidad. La relación afectiva con el abuelo queda señalada con el uso del sufijo afectivo (“Cadals-ito”). El uso de la tercera persona verbal nos separa al narrador de los personajes desde una actitud omnisciente, dado que conoce los pensamientos y sentimientos de Luis (“se sentía orgulloso”, “sería muy sensible que no se supiera que pertenecían…”, “siempre salía la maldita gramática”, etc.). En este apartado, la descripción de la escena queda patente en el uso de verbos copulativos (“estaba”, línea 1, “”eran”, línea 2, “parecía”, línea 4, “estaban”, línea 5, etc.) expresando el estado permanente de los libros (ser) o el carácter transitorio de su situación (estar) u haciendo una mera conjetura (parecer). La escena descrita, lejos de ser algo puntual, se transmite como estampas habituales en la vida del muchacho mediante el uso del pretérito imperfecto de indicativo.

Choca la actitud externa del personaje, que aparenta estar estudiando (“los codos sobre ella”, “los libros delante”), con la relación que establece con los libros. Su relación es meramente física (“se sentía orgulloso de ponerlos en fila”, “estaban… estropeados”, “las hojas retorcidas”, “los picos en las cubiertas doblados o rotos”, etc.) de tal forma que el autor remata el resultado con una comparación “…tan estropeados, cual si hubieran servido de proyectiles…”. Y contrasta enormemente con la incapacidad de Luis para comprender el conocimiento que se le ofrece. Frente al orgullo que siente en ese ordenar los libros, Galdós lo muestra desorganizado (“cogía uno cualquiera a ver lo que salía”), siente “prevención” al abrirlos, reacciona molesto contra la gramática, las letras le parecían hormigas y era incapaz de comprender lo que leía. Para mostrarlo, el narrador cambia de perspectiva y asume la del personaje mezclando su interpretación con los pensamientos y sensaciones del propio Luis. La clave está, como ya se dijo, en el uso del estilo indirecto libre del que fuera creador: “…cogía uno cualquiera a ver lo que salía. ¡Contro, siempre salía la condenada Gramática!...”. Al omitir el verbo de lengua o pensamiento (pensó, dijo) el narrador deja sin definir el sujeto que dice o piensa la oración que podría ser el propio personaje, o ser el mismo narrador. No ha usado comillas ni dos puntos, ha evitado el estilo directo; tampoco ha usado nexo de introducción ni verbo principal, y encontramos el verbo subordinado transformado a imperfecto de indicativo para mantener la concordancia con el verbo anterior -cogía-. Narrador y personaje se confunden de esta forma. A través de cuatro datos nos acaba de describir la ausencia de concentración del niño frente a los libros que “…leía páginas enteras sin que el sentido de ellas penetrara en su espíritu…”.

La segunda parte, además de la separación de párrafos, queda marcada por el cambio de formas verbales. En efecto, ahora veremos alternar los imperfectos que nos marcan acciones durativas (estaba, escribía, permitía, quedaban, etc.), con acciones puntuales marcadas por el perfecto simple y que ordenan la secuencia de hechos (sintió, lanzó, paseó, agradeció, empezó, fue y quedó) y las insertan en las secuencias anteriores. Se entrelazan los hechos habituales con los puntuales contrastándolos y dando un motivo de reacción al niño que tras observar por la actitud del abuelo que no habría toma de lecciones (habitual) primero “agradeció” evitarse el esfuerzo, luego “ordenó” sus libros, “apoyó” la cabeza y se “durmió”.

Junto a ello se nos describe al abuelo al que se caracteriza como “infeliz” un adjetivo que antepuesto adquiere un significado moral más que explicativo, era digno de lástima. El adjetivo superlativo explicativo, situado entre comas, “excitadísimo”, condensa en sí mismo su estado de ánimo y justifica sus actos inmediatos (hablar solo, dar tropezones) y la técnica estilística empleada en la diatriba posterior.

Ya en la última parte, la técnica dominante será el monólogo. El abuelo habla consigo mismo. Dominan en el inicio las interrogaciones retóricas que tratan de hallar una respuesta que no existe (“¿Que he hecho yo…?”, “¿Por qué me abandonan así?”, “¿Quién será…?”). Es el propio narrador quien nos introduce en el motivo de su desesperación a través de una breve síntesis de su historia en la Administración que pone de manifiesto su preparación, su dedicación y su sacrificio. Todo ello para acabar con una frase lapidaria por contraste: “Le faltaban dos meses para jubilarse…”. Acaba de introducirnos en el motivo de la indignación que se subraya inmediatamente regresando al monólogo recurrente, esta vez marcado por las exclamaciones (¡Qué mundo este!, ¡Cuánta injusticia…!, ¡Y luego no quieren…!”).

El golpe contra la puerta lo saca, nos saca, de este bucle. Las acciones son ahora rápidas en sucesión de pretéritos perfectos simples (“vaciló”, “fue a chocar”, “se estremeció”, “oyó”) en oraciones mucho más cortas que finalizan con un contrapunto cómico cuando enfrenta la visión del abuelo como un disco rayado (“Con arreglo a la ley de presupuestos…”) con el terror que siente Luis no por la escena, sino por el discurso de su abuelo (“(estas palabras)…le parecieron lo más terrorífico que había oído en su vida”).

CONCLUSIÓN:

El texto es un magnífico ejemplo de la técnica empleado por Benito Pérez Galdós en la presentación de los personajes desde la acción misma. A través del uso de la tercera persona se distancia de los hechos, pero el cambio de enfoque a la consideración de los acontecimientos desde la perspectiva de los distintos personajes, el uso del estilo directo y, sobre todo, del indirecto libre logran conducirnos como lectores a una estimación interesada de los acontecimientos. Algunos recursos como el uso del epíteto, sufijos afectivos y comparaciones subrayan esos tintes subjetivos en la elaboración del relato. La combinación de modos de expresión y la claridad de la estructura en desarrollo son magistrales.

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Acerca de #JoseCarlosAranda

Doctor en Filosofía y Letras y Doctorando en Ciencias de la Educación; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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