¿TIENEN CABIDA LOS FILÓSOFOS EN LA VIDA MODERNA?

Acabo de leer este artículo de Ricardo Serna. Su reflexión es refrescante y viene a tocar un tema cuando menos preocupante: el de la consideración social de aquellos que se dedican a la filosofía y, en general, a cultivar el intelecto. En cierta ocasión, me hallaba con mi padre tomando una copa de vino en nuestra judería. Llegó un amigo, ya mayor, y me preguntó si yo era el médico. Ante mi negativa quiso saber quién de los hijos de mi padre era yo. Le respondí que el filósofo, por aquello de que había estudiado Filosofía y Letras. El hombre, reflexivo, se quedó mirándome y me preguntó: “¿Y de eso come uno?”.

Vivimos envueltos en un falso pragmatismo que ahora se ha dado en llamar “competencias curriculares”. El pragmatismo no es malo, es más diría que necesario. Pero cuando el pragmatismo se separa de la actitud analítica y reflexiva nos lleva a aplicaciones más o menos de carácter inmediato carentes de la profundidad necesaria para que sean eficaces. Y esa actitud reflexiva, analítica y crítica se cultiva a través de la inteligencia. En el mundo en el que vivimos, en esa cultura al cuerpo y a la salud, nadie critica que alguien se suba a una cinta y corra durante 30 minutos para no llegar a ninguna parte. Es más, se fomentan maravillosamente esta y otras prácticas semejantes desde los medios de comunicación. Si le preguntas a cualquiera, te respondería que el objetivo no es “llegar a alguna parte con tu esfuerzo”, sino quemar calorías, mantener ágil el cuerpo, eliminar colesterol, sudar, etc. Y lloverían apóstoles de todas partes abogando porque esta práctica es necesaria incorporarla en nuestro hábito diario. Sin embargo, nadie dice que leas media hora al día, que eso pone en marcha los circuitos neuronales, que mantiene ágil tu cerebro, que te ayuda a comprender la realidad y a comprenderte a ti mismo. Leer, trabajar el intelecto, reflexionar, todo eso es un anacronismo sin sentido porque no te ayuda a “ligar más” ni a estar más guapo. ¿Por qué este doble rasero? Vivimos en una sociedad que entiende y predica el esfuerzo físico por el esfuerzo físico en sí mismo sin necesidad de un fin práctico inmediato, pero no entiende y critica el esfuerzo intelectual si no va encaminado a un fin práctico más o menos inmediato, ¿curioso? Tiene pues sentido la pregunta y mucho más la reflexión que tomo de http://www.ellibrepensador.com/2012/01/01/los-intelectuales-y-la-filosofia-practica/ una página que merece la pena consultar de vez en cuando.

Los intelectuales y la filosofía práctica

Publicado por Ricardo Serna el 01/01/2012 en Cultura y Ocio | 6s comentarios

      “Se considera generalmente que los intelectuales, es decir, las personas que trabajan con la mente y no con las manos, los creadores, los escritores y ensayistas, los universitarios que no dejan de serlo al terminar estudios superiores y viven de alguna manera ligados a la universidad durante buena parte de sus vidas, ven la Filosofía de manera distinta a como la ve el común de los mortales.

     En cierta forma es verdad, porque el intelectual puro posee más capacidad objetiva que otras personas menos cultivadas en el proceso de comprensión de los conceptos teóricos derivados de las ciencias humanas, pero no sería tan cierto si lo mirásemos desde viciadas perspectivas. No hay que despreciar al intelectual por considerarlo miembro de una estirpe privilegiada o de una clase elitista alejada de la vida de los mercados y las calles. Esa visión del intelectual enclaustrado en su torre de marfil es decimonónica y en absoluto real a día de hoy. Los filósofos que han llegado a la Filosofía con mayúscula no solo abordan el estudio de extraños conceptos teóricos que de poco sirven en principio a la gente normal; también aplican esos conceptos al vivir cotidiano de la inmensa mayoría. Por eso, los beneficiarios últimos no son ellos en exclusiva, sino también la gente de la calle.

     Ortega y Gasset y su discípulo Julián Marías, por ejemplo, fueron intelectuales públicos que permanecieron atentos al mundo y a la sociedad, y mantuvieron siempre una posición de independencia que les honra. Ambos, desde sus respectivas trayectorias, supieron analizar la situación de la España de su tiempo y fueron capaces de colaborar en el bienestar de la nación. Yo tuve el privilegio de charlar con don Julián Marías en dos o tres simposios y cursos, la última vez en El Escorial –de esto hace ya muchos años, por desgracia–, y puedo dar fe de su sana preocupación por acercar el pensamiento filosófico al común de los mortales. No fue nunca un filósofo encastillado, sino más bien un ciudadano comprometido y lúcido que colaboró en el mejoramiento del país con las valiosas armas del intelecto.

     Jaime de Salas decía, en un artículo publicado el 16 de diciembre de 2005 en ABC, que «los dos, Marías y Ortega, coinciden en buscar una comprensión de la vida cotidiana desde la metafísica. Logran que a través de sus páginas el lector llegue a comprender mejor su mundo y a sí mismo». Pienso que los dos unieron su interés por la metafísica –es decir, por el conocimiento último de las esencias del ser en cuanto tal- con la capacidad de observar en derredor, comprender la vida y regenerarla en lo posible.

    A veces pedimos al intelectual que baje su nivel para comprenderlo y asimilar sus ideas con mayor facilidad, y sobre todo sin esfuerzo; y a nadie se le ocurre, en cambio, subir el suyo propio al objeto de llegar a otro estadio de mayor conocimiento. De ahí nace un cierto rechazo enrabietado contra la postura del ilustrado, del erudito, del universitario. A mí me parece muy bien solicitar sencillez al que nos supera en nivel académico o intelectivo, de modo que podamos entenderle mejor y asimilar su discurso, pero creo que es un disparate –digno de sociedades o personas de pobre mentalidad– pretender que el intelectual no se comporte como lo que es, una persona preparada que aporta con su trabajo lo que antes la sociedad le ha dado: cultura. Cultura a través de sus teorías, de sus pensamientos, de sus investigaciones, de sus conferencias y publicaciones.

     Habría que preguntarse para qué forma intelectuales una sociedad como la nuestra, con el dineral que cuesta eso, si luego los ningunea o los orilla. O peor aún, si considera la erudición como una forma de soberbia. La Filosofía, lo mismo que el resto de las ciencias y disciplinas, no constituye ningún reducto idóneo exclusivo para universitarios; vale para todos, por supuesto que sí, pero esa adaptación a la mayoría es preciso hacerla con talento, sabiduría y prudencia. Utilicemos la cabeza para algo más que separar las orejas.”

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Acerca de #JoseCarlosAranda

Doctor en Filosofía y Letras y Doctorando en Ciencias de la Educación; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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