¿LA TECNOLOGÍA NOS HACE MÁS FELICES? REFLEXIÓN SOBRE EL HOMBRE MODERNO, POR EDUARDO SÁNCHEZ LÓPEZ

 

Reflexionando sobre la novela Un viejo que leía novelas de amor, quería contrastar una cita en Internet y me encontré con esta reflexión metódica y concienzuda. Me ha parecido interesantísima porque se cuestiona un principio que la modernidad utiliza como apriorismo: la tecnología nos hace la vida más fácil. Esto es cierto, pero ¿nos hace, también, más felices? En este sentido, en la línea de José Saramago, Eduardo Sánchez pone el dedo en la llaga analizando cómo lejos de procurarla, nos aleja más y más de ella. Es el principio de alienación que trato en las reflexiones sobre la novela, pero mucho más desarrollado. Mi enhorabuena al autor y mi recomendación. Aunque lo reproduzco íntegro, dejo aquí la dirección completa por si queréis leerlo en su página original: http://sincronia.cucsh.udg.mx/lopez04.htm

¿AVANCE O ALINEAMIENTO EN EL HOMBRE MODERNO?: UNA VISIÓN DESDE EL DESENCANTO

Sánchez López Eduardo

Hoy en día parece difícil decidir y definir nuestro entorno y modo de vida. Ideas acerca de la modernidad, posmodernidad, desmodernización, globalización, autopistas de la información, etc., abundan en el ámbito académico y político, ciertamente mucha tinta se ha gastado sobre definiciones y conceptos pero poco se ha aportado al acercamiento con el individuo, el cuál sufre, vive y enfrenta cambios en sus principales hábitos de vida a nivel familiar y laboral. La mayoría de estos impactos se dan de manera abrupta, generando que el individuo se deba adaptar y transmutar a algo nuevo, de donde desconoce su naturaleza y los efectos que a largo plazo influyen en él y en la gente con quien convive.

El futuro del hombre en la Tierra y su papel en la sociedad no se ha vuelto más alentador de como era visto en la primera mitad del siglo XX. Por lo que la necesidad de encontrar solución y esperanza al hombre moderno es una urgencia para la humanidad. Adorno, Bloch, Marcuse, Benjamín, Sartre, Horkheimer, Luckacs, entre muchos otros estudiosos, vislumbraban el mundo al que nos enfrentamos, existía una preocupación por el periodo en que estaban viviendo y lo más importante es que se conocían las causas y componentes que afectaban al individuo e intentaban buscar un remedio al problema.

Lamentablemente, estos pensadores no pudieron transmitir de manera masiva todas sus visiones, críticas y aportes a la mayoría de la población. Incluso en el ámbito universitario se desconocen textos de gran calidad y aporte como es “El Principio Esperanza” de Ernst Bloch, “Ontología del Ser Social” de Gyorgy Lukacs, “La Sociedad” de Adorno y Horkheimer, “Marxismo y Filosofía” de Kart Korsch, entre muchas obras más.

Hoy, las nuevas generaciones, las que nacieron en el seno mismo de la modernidad, en la rapidez, en el instante, no son capaces de vislumbrar los peligros que la modernidad ha traído consigo. Los críticos son menos y sobretodo, son callados por una amplia mayoría que le han hecho creer en una supuesta parcialidad y certidumbre. Cosa que está muy lejos de ser cierta.

Actualmente la forma de pensamiento ha cambiado, se ha asumido una forma de vida -la occidental- como el patrón y modelo a seguir para todo el planeta. Lamentablemente se ha aceptado este modo de vida a pesar de las contradicciones generadas por el sistema. De hecho, el cuestionamiento o crítica al mismo ya no es tan sustancial, puesto que los actuales políticos e intelectuales no han sido capaces de generar un pensamiento que florezca hacia mejores alternativas de vida.

Hoy en día, sigue predominando la idea de modernidad. Nuevos estudios se destinan a mostrar de qué manera nos distinguimos como seres modernos, cómo tenemos problemas y cómo estamos sometidos ante las diversas contradicciones. Para Marshall Berman, por ejemplo, ser modernos es vivir una vida de paradojas y contradicciones. “Es estar dominado por las organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y, sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar el mundo y hacerlo nuestro”[1].

Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y el mundo y que, al mismo tiempo amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Esta situación ha provocado que el individuo se refugie en la información y los productos de la sociedad de masas o que se repliegue en identidades culturales. El individuo está ansioso de encontrar certidumbre y presenta un desencanto ante el progreso provocando un sujeto lleno de contradicciones. Seguimos viendo a la tecnología como el paladín que nos lleve a ser inmortales, pero al mismo tiempo creemos fuertemente en las supersticiones. Un mismo hombre es capaz de ir a misa, leer su horóscopo, ir al médico y comer en el Mc Donalds.

De los muchos problemas que amenazan al ser humano ya no están únicamente las armas de destrucción masiva, las cuales han evolucionado diametralmente por lo que ahora su capacidad de alcance, efectividad y destrucción se ha incrementado. Junto con ellas se agudiza el problema ecológico, así como el epidemiológico entre muchos otros. El carácter de los problemas se hace peligroso puesto que su alcance es global y ninguna nación esta exenta de los daños que se puedan generar, de ahí la importancia de que toda la humanidad participe en el combate a los mismos.

¿Cuál es el origen de los problemas que aquejan hoy al ser humano? La tesis más fuerte viene desde la Ilustración en donde el miedo y la naturaleza tratan de ser controlados y explicados para siempre. Con la ilustración se intenta liberar a los hombres del miedo, ya que se utiliza al intelecto y este vence a la superstición. A partir de ese momento la materia debe de ser dominada sin la ilusión de fuerzas superiores o inmanentes. La razón domina el mundo. Todo se convierte en algo mensurable, en algo comprobable. La ilustración disuelve los mitos y entroniza el saber de la ciencia, que no aspira ya a la felicidad de la sabiduría y la verdad, sino a la explotación y el dominio sobre la naturaleza desencantada. La ciencia y la técnica son ahora las que nos llevarían a un mejor conocimiento de la realidad. Con la ilustración la razón es vuelta dogma y acaba con la fuerza que tenía la religión.

Para Alain Touraine en la actualidad existen dos conductas que el individuo ha asumido como respuesta crítica a la modernidad. Por un lado se encuentran los sujetos críticos quienes afirman que el uso de la razón no ha aportado las respuestas necesarias a la humanidad. Hay incluso algunos individuos que quisieran deshacerse de los progresos modernos de la técnica con tal de verse libres de los conflictos actuales (familiares, educativos, laborales, ecológicos, culturales, etc.)[2]. Por el contrario, otros sujetos con pensamiento más radical optarán por cerrar filas y tratarán de identificarse con un discurso defensivo siendo capaces de justificar acciones autoritarias con tal de obtener sus objetivos, podrán incluso llamar a retornar al orden (fundamentalismo), movilizando mitos de los orígenes para imponer una concepción nacionalista y culturista de la modernización[3].

Por el otro lado, encontramos sujetos que miran a la modernidad con un entusiasmo ciego y acrítico, donde parece que nada podrá cambiar el rumbo que han tomado las cosas. No hay capacidad de respuesta o juicio de acción en y sobre el mundo. Por tanto existe una enorme indiferencia de la sociedad por los problemas mundiales. Wright Mills menciona que existe un desinterés creciente en la población y que esta anomia social [4] difícilmente se puede combatir mientras no tengamos los medios de comunicación necesarios para hacerle un verdadero frente.

Y es que son estos medios de comunicación de masas, manejados por un puñado de individuos, los que adoctrinan y manipulan. Gracias a ellos, se promueve una falsa conciencia de la cual el individuo es incapaz de distinguir entre lo benéfico y lo perjudicial, puesto que han eliminado su capacidad de reflexión, su pensamiento está atrofiado. El problema se agrava si el individuo no se cuestiona y sólo recibe del mundo las concepciones que se le han impuesto. El resultado es un sujeto con la conciencia limitada, que no deduce más allá de su mundo inmediato y donde los productos que se le ofrecen se convierten en un modo de vida. “Así surge el modelo de pensamiento y conducta unidimensional en el que las ideas, aspiraciones y objetivos son rechazados o reducidos a los deseos de otros” [5].

El marketing ha resultado de gran importancia para el control y obtención del poder ya que ha sido la mejor forma de crear necesidades. Para Herbert Marcase es posible distinguir entre necesidades verdaderas y falsas. Estas últimas son las que los intereses sociales particulares se imponen al individuo para su represión: las necesidades que perpetúan el esfuerzo, la agresividad, la miseria, y la injusticia. Su satisfacción puede ser lo más grata para el individuo, pero esta satisfacción “no es algo que deba ser mantenido y protegido si sirve para impedir el desarrollo de la capacidad (la suya propia y la de otros) de reconocer la enfermedad del todo y aprovechar las posibilidades de curarla”[6].

La mayor parte de estas necesidades falsas son las ideas que indican cómo divertirse, comportarse y consumir de acuerdo con los anuncios, o de cómo amar y odiar lo que otros odian y aman. Las únicas necesidades que pueden exigir satisfacción son las vitales: alimento, vestido y habitación en el nivel cultural que esté al alcance. La pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas y falsas solo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero solo en última instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad para dar su propia respuesta. “Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean manipulados y adoctrinados su respuesta a esta pregunta no puede ser considerada propia de ellos”[7].

El medio más eficaz para la creación de estas falsas necesidades es la industria cultural, la cual le impone al individuo cómo debe comportarse de acuerdo a su nivel económico, político, social y cultural que le ha sido asignado previamente sobre la base de índices estadísticos. Así, el hombre es reducido a simple material estadístico y los consumidores son distribuidos en un mapa geográfico de las oficinas de investigación de mercado. Nuestra libertad se consume, se simplifica al escoger productos mecánicamente diferenciados pero que son lo mismo. “Las diferencias entre la serie Chryler y la General Motors son en el fondo ilusorias… lo que los conocedores discuten como méritos o desventajas sirven sólo para mantener la apariencia de competencia y de posibilidad de elección”[8].

En nuestros días, la mayoría de las personas adultas son adictas a la energía eléctrica, a las ropas de telas sintéticas, a la comida chatarra y a los viajes. Viven más tiempo pero, si debemos creer a los osteopalentólogos que escudriñan los cementerios para estudiar los huesos, la segunda mitad de la humanidad contiene una gran proporción de gente desnutrida y físicamente impedida. Y un gran número de individuos en el mundo aceptan sin cuestionamiento su condición humana como dependiente de bienes y servicios, dependencia que ellos llaman necesidad.

Los nuevos avances tecnológicos han supuesto un apoderamiento de la naturaleza y se han valido de ella para alcanzar simplemente fines de mercado. De esta manera, el hombre se ha convertido en un simple agente de consumo inmerso en una dinámica que no le permite ver a los objetos en sí. Los grandes monopolios empresariales han insertado al hombre en la dinámica de trabajo y consumo, ellos marcan las pautas de cómo vestir, qué comer, cómo querer, cómo amar, qué música escuchar, cómo divertirse, cómo ser libres. Se te permite razonar hasta un cierto limite; “Razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis pero ¡obedeced![9]. Esta frase a poco más de doscientos años sigue vigente hoy en día.

Nadie puede negar que los avances en los medios de comunicación y transporte han cambiado nuestras vidas. “La computadora, la televisión, el fax, el teléfono celular, el sintetizador, la contestadora electrónica y otros aparatos, permiten atravesar fronteras, meridianos y paralelos, culturas y lenguas, mercados y regímenes de gobierno. La lengua universal es el inglés. Y permiten transmitir, modificar, inventar y transfigurar signos y mensajes que se mundializan. Recorren el mundo de modo instantáneo”[10]. Los vertiginosos progresos en materia de miniaturización y abaratamiento de las tecnologías digitales han dado lugar a una impresionante invasión de microprocesadores en prácticamente todos los ámbitos de la vida. Miles de productos tecnológicos se han incorporado al diseño de incontables artículos y ahora son prácticamente invisibles. Esta colonización silenciosa está derribando las barreras entre lo orgánico y lo inorgánico, entre lo que consideramos vivo y lo inanimado para dar lugar a categorías intermedias de seres semivivos y artefactos casi inteligentes. La revolución digital y las telecomunicaciones han dado lugar a nuevas necesidades, como el teléfono celular y la computadora personal, los cuales no solamente son herramientas útiles sino que tienen además un enorme impacto en la manera en que nos percibimos a nosotros mismos.

Las nuevas tecnologías no nos están haciendo la vida más simple sino que nosotros estamos haciendo que la vida sea imposible sin ellas. Así, el ser humano se ha convertido en un ser perezoso e inútil [11]. Un ser humano que ya no hace gran cosa por iniciativa propia, que está ayudado hasta por el menor de los gestos. La última generación tecnológica está encaminada a solo dar órdenes por medio de la voz, ya no será necesaria esa aburrida acción de apretar botones. Si quiere uno viajar, un carro con dirección automática es la mejor opción. Tenemos una enorme tendencia a dejar que las máquinas memoricen por nosotros, registren por nosotros. Esto va desde la agenda con números de teléfonos y direcciones electrónicas a gestión de bibliografías, textos, citas de negocios, cuentas y planning. Nuestra voz grabada de una vez por todas, responde por nosotros. Las puertas están ya diseñadas para que no nos molestemos en jalar o empujar, ahora se abren de manera automática.

Además, la tecnología hace que las personas se sientan inútiles y acepten su sometimiento. Lo que los nuevos aparatos hacen perfectamente, el hombre siente que lo hace de manera torpe, con vacilaciones y errores, como si imitara imperfectamente a un modelo. El ser humano se hace consciente de su impotencia y se deja invadir por un sentimiento de inutilidad. La propia memoria se ha vuelto perezosa, esta llena de agujeros, se decide entonces cederle toda la responsabilidad a las máquinas. Comunicar resulta cómodo cuando la cuestión se reduce a conectar enchufes, a relacionarse por medio de monitores. Para el sujeto todo es positivo, ya que todo está en su sitio. El único temor que se genera en el individuo es la carencia de las máquinas: la descompostura. Hay pánico, cuando la computadora no funcionó, cuando se descompone la televisión o cuando se daña el teléfono. La falta se hace irritante e incluso angustiosa. La descompostura es un sufrimiento. El miedo a la descompostura, una pesadilla [12]. Se cree que no se puede hacer nada sin la luz eléctrica.

Las personas que no tienen relación de parentesco son incapaces de generar una plática que trascienda las relaciones interpersonales. Únicamente se generan conversaciones vacías y recurrentes. Antes de llegar a contar un problema o expresar sus sentimientos prefieren revivir ciertas anécdotas o platicar sobre algún programa de televisión. En menor grado, dejan de platicar con sus familiares, puesto que no están acostumbrados a realizar esa actividad. Cuando están en familia ven la televisión en silencio, no obstante, son las mujeres quienes presentan más contacto familiar con sus padres.

Si partimos de la idea que la tecnología nos brinda seguridad, real o imaginaria, de cierto modo esta tecnología nos encierra en un lugar cómodo y caliente y sobretodo, protegido. Ya no tenemos que ocuparnos de los enemigos, la tecnología se ocupa de vigilar mediante sofisticados dispositivos. Reconocimiento de la voz y la mirada, la huella digital, cámaras con código de acceso, nada que temer a los intrusos. ¿Pero quiénes son los intrusos de hoy en día? ¿Cómo nos identificamos con el otro? ¿Cómo aseguramos ser los que somos? ¿Cuándo debo presentar evidencia de que yo soy yo? La licencia de conducir es la ciudadanía. Es nuestra carta de identidad.  No tenemos cuerpo. Nuestro cuerpo tiene cuatro ruedas, bebe gas y petróleo y come ciudades. La revolución más extraña de nuestro siglo es esta evolución perversa e invisible del cuerpo humano en automóvil.

¿Y la vida? Nuestras máquinas se encargarán de vivirla por nosotros. Tenemos un automóvil que hace las veces de nuestro cuerpo, un aparato de TV por imaginación y un equipo de CD para nuestra expresión musical. No podemos objetar que estos aparatos nos facilitan las cosas, y por lo tanto son necesarios. La tecnología nos ayuda en mucho. Hemos avanzado e iremos más y más adelante. Gracias a la tecnología el cirujano puede remover con rayo láser una catarata y restituirnos la vista. Podemos contar con la inteligencia artificial de una computadora para realizar operaciones de ingeniería y matemática que le hubieran tomado a Isaac Newton meses de cálculos.

Con el uso de la nueva tecnología no necesitaríamos trabajar más. Todo nuestro tiempo sería dedicado al ocio ¿Y entonces qué haríamos? Dedicar todo nuestro tiempo a los placeres de la mente y los placeres del cuerpo, puesto que “los goces más variados, elevados y duraderos son los espirituales, aun cuando en la juventud podamos habernos engañado tanto respecto de ellos… lo que uno es contribuye más a nuestra felicidad que lo que uno tiene o lo que uno representa[13].

Por el contrario, el tiempo libre del individuo está encaminado a consumir. Aquí, la industria cultural juega su papel más importante ya que va a modificar los patrones de vida de las personas. Por lo que queda claro que no existen los medios de comunicación puesto que el receptor no se convierte nunca en un emisor. Son más bien medios de Información, es decir, forman a las personas. “La radio convierte a todos en oyentes para entregarlos autoritariamente a los programas, entre sí iguales, de las diversas emisoras y no se ha desarrollado ningún sistema de replica” [14].

¿Existen diferencias entre el consumidor de televisión y el de Internet? Hay algunas. El usuario de Internet suele ser más activo, trabaja más en la edición del material, puede seleccionar, ir y venir, interrumpir la comunicación. A veces el consumidor de televisión lo imita, porque el control remoto permite ese juego, pero en general tiene fidelidades más rígidas. La interactividad de Internet es más desterritorializada. Hay estudios que muestran la facilidad de los internautas para sociabilizar desde posiciones indefinidas, incluso simuladas, inventándose identidades. En universidades de Estados Unidos está de moda investigar fenómenos de autismo y desconexión social, debido a que la gente prefiere estar ante la pantalla más que en relación con interlocutores y en lugares físicamente localizados.

Para Mario Vargas Llosa, la industria cultural es peligrosa, él señala que si el cine y la televisión siguen siendo de esa terrible pobreza, es decir, de una tecnología muy avanzada y de un contenido extremadamente indigente, el individuo continuará enajenado en “una cultura de estereotipos, una cultura de tópicos donde no hay realmente originalidad, donde no hay ruptura de lo establecido. Donde las personas educadas en conocimientos y en lo imaginario a través de la cultura de la imagen van a ir siendo separadas irremediablemente de los libros, porque ese tipo de imágenes tienden a crear un público pasivo, un público que se deja bañar, que se deja sumergir en esas imágenes con un mínimo esfuerzo” [15] .

Ese tipo de público indudablemente irá repeliendo los libros porque ellos exigen una participación activa, un esfuerzo de imaginación, un movimiento de la conciencia que ese tipo de imágenes no le piden [16]. Roger Chartier admite que la aparición de la pantalla de televisión y la computadora han provocado que el libro deje de ser el único objeto que aporta información y elementos para comprender el ambiente[17].

Los medios de comunicación de la era electrónica están imponiendo la adoración unánime de los valores de la sociedad de consumo y nos están otorgando el derecho de elegir entre lo mismo y más de lo mismo, en un tiempo que se vacía de historia y en un espacio universal que tiende a negar la identidad de sus partes. En esta época de modernidad, el hombre vive en un narcisismo alterado porque es incapaz de reconocerse a sí mismo en el otro. Cree que es él por ser él mismo y todo lo demás no es parte de su mundo sin darse cuenta de que su identidad está tan fracturada tanto como los cráteres fracturan a la Luna. Lo curioso es que su comportamiento está determinado por los patrones de conducta establecidos por los principales organismos internacionales, elaborados por otras voluntades ajenas a la suya y, sin embargo, sigue creyendo que es la suya la que le permite hablar, vestirse, caminar, vivir de tal o cual forma.

El último discurso que se maneja hoy en día se simplifica de la siguiente manera: “El que no está conmigo es mi enemigo”. Esto puede ser interpretado de distintas formas como “El que está en contra del mercado es el enemigo”. O “El que está en contra de Occidente es el enemigo”. Mayor prueba de intolerancia no puede haber. La modernidad entonces se asume conocedora. Ser rico y afortunado, bien parecido y saludable es la manera en cómo uno triunfará en la vida y no esos supuestos valores morales o toda esa palabrería hueca sobre el amor fraternal, la compasión y la salvación. Queda claro entonces que las nuevas pautas de conducta y modas no son producto nacional sino que las importamos y las digerimos como vienen. Entran a nuestra casa con el discurso de Aldea Global.

Si el mundo es una aldea global, algunos viven en residencias en las colinas y otros en chozas. Unos mandan imágenes y sonidos por toda la ciudad con sólo oprimir sus interruptores a fin de que otros los reciban nada más con tocar sus botones. Si hay una aldea, habla en inglés, viste de jeans, bebe Coca-Cola, come bajo los arcos dorados, camina sobre las suelas de Niké, toca guitarras eléctricas, reconoce a Mickey Mouse, a Bart Simpson, a E.T., a Pamela Anderson y a Steven Spielberg.

Creo en la necesidad de atacar la deshumanización de la vida, el materialismo que aísla al individuo, que destruye a la familia, que fomenta el egoísmo, la soledad, el escepticismo, el esnobismo, el cinismo y otras formas de vacío espiritual. Ninguna sociedad industrial moderna ha sido aún capaz de responder con acierto a este desafío; en todas ellas, los altos niveles de vida y el progreso material al alcance del mayor número han debilitado esa solidaridad social que, paradójicamente, suele ser muy intensa en las comunidades menos desarrolladas.

Lo urgente e inmediato es humanizarnos más. Que los sujetos rescaten su cuerpo del cautiverio del automóvil, que rescaten su imaginación del aparato de televisión, que rescaten sus habilidades manuales de los fabricantes, que rescaten sus mentes de los argumentos de necesidad. No podemos negar que la tecnología es necesaria pero no en exceso. Ya no creemos en el progreso [18]. Es cierto que seguimos preguntándonos cuáles serán los nuevos productos técnicos que modificarán nuestra manera de vivir y cuándo vencerán la medicina y la biología a las enfermedades que afectan mortalmente a tantos de nosotros. Pero aunque sigamos defendiéndonos contra las corrientes irracionalistas que mezclan las verdades demostradas y las afirmaciones arbitrarias ya no ponemos el corazón en ello [19].

Mi urgencia no tiene un programa político, puesto que la idea no está encaminada a que mañana vivamos mejor que hoy, sino sólo de otra manera. Ya no se trata de derrocar un poder absoluto o de contrarrestar el poder capitalista sino de encontrar un punto fijo en un mundo en movimiento en el cual nuestra experiencia está fragmentada y donde el lugar que antes ocupaban las instituciones fue reemplazado por las estrategias de las grandes organizaciones financieras, técnicas y mediáticas. Lo que es necesario es que la sociedad genere un análisis crítico sobre la forma como está conformada y ordenada nuestra vida. Esto se logra mediante la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede alrededor.

* * * * *
Bibliografía

1. Benvenuto, Sergio: El Malestar de la Aldea Global”, Letra Internacional. No. 68. España. Otoño de 2000.

2. Bloch Ernest: El principio Esperanza. Editorial Aguilar.

3. Gadamer: Verdad y Método I.  Editorial Sígueme. España 1978. Pág. 347

4. Horkheimer, Max y Adorno Theodor: Dialéctica de la Ilustración. Editorial Trotta. 4ª Edición Madrid 2001 Págs. 303

5. Ianni, Octavio: La era del Globalismo. Siglo Veintiuno. México 1997. Pp. 11-182

6. Luckacs, George: El Asalto a la Razón. La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler. Grijalbo. México 1983. p. 691

7. Marcuse, Herbert: El hombre Unidimensional. 2ª Edición. Joaquín Mortiz. México 1987. pp. 286.

8. Marshall Berman: Todo lo sólido se desvanece en el aire. México. Siglo XXI Editores. 1981.

9. Ramonet, Ignacio: El Poder Mediático. Editorial Sans Frontières. Año 2 / No. 23 / Marzo 20 de 2001 – Abril 20 de 2001. Pág. 7

10. Sfez, Lucien: “El Perezoso Ser Humano“, Le Monde Diplomatique. Año 4 No. 45 / Abril 20 – Mayo 20 de 2001. Pág. 24.

11. Shopenhauer, Arthur: Aforismos sobre el arte de saber vivir. Valdemar. Madrid 2000. p. 328

12.Touraine, Alain:  ¿Podremos vivir juntos?. México. Fondo de Cultura Económica. 2ª Edición. 1997. pp. 335.

13. Vargas Llosa, Mario: “Liberalismo y Política”. En la Revista Vuelta 144. Noviembre de 1988

14: Wright Mills: La imaginación Sociológica. México. Fondo de Cultura Económica. 1961.

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Acerca de #JoseCarlosAranda

Doctor en Ciencias de la Educación y Doctor en Filosofía y Letras; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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