
El libro llegó a mis manos como regalo tras una charla que ofrecí en el centro de Educación Sagrado Corazón de Córdoba donde impartía clase mi compañera de Facultad Vita Fragero. Son muchos los libros que tratan de las iglesias fernandinas cordobesas, aquellas que debemos a la labor llevada a cabo tras la reconquista por Fernando III El Santo allá por 1236 si la memoria no me falla. Pero la mayoría se centran en la maravillosa arquitectura, el arte y la historia del propio monumento. Se trata de algo valioso que merece la pena leer antes de pasear o durante el mismo paseo. Recorrer las calles de Córdoba en busca de esos tesoros escondidos más allá de la mezquita-catedral, el arco del triunfo o la judería siempre es un regalo para el viajero, que no turista.
Pero esta obra es algo especial. Pocas veces se nos enfoca la visita a estos monumentos desde una perspectiva religiosa, es decir, considerando que hablamos no solo de monumentos sino de recintos sagrados y consagrados, que cada nombre supone una advocación y una historia, que los santos vivieron y que las imágenes de las esculturas y pinturas que adornan las paredes y los retablos de los templos nos transportan a esa realidad religiosa que empapó y empapa nuestra cultura. Creo que hacía falta un libro como el escrito por María José para dar esa trascendencia al arte y la arquitectura y recuperar el sentido religioso que erigió esos monumentos en instantes tan convulsos de la historia.
Aparte de esto, dos aspectos han llamado mi atención: el primero, que se elija al propio rey Fernando III como narrador en el libro, lo que otorga una perspectiva de coetaneidad de la obra con los acontecimientos históricos que dieron lugar a estas iglesias. Y, en segundo lugar, el enterarme de que hubo una conquista de Córdoba anterior a Fernando III protagonizada por Alfonso VII en 1146. Y fue él quien primero dedicó la mezquita cordobesa al culto cristiano. Una vez sitiada la ciudad, el gobernador Ibn Ganiya la rindió, entregó las llaves y le declaró vasallaje. Duró apenas unos meses esta conquista, pero los suficientes para que su hijo, enfermo, muriera en nuestra ciudad y fuera enterrado en la mezquita-catedral -esto ya no lo cuenta el libro-. Confiado, delegó el gobierno en Ibn Ganiya, pero este no dudó en traicionarlo ante el avance de los almohades desde el sur. Sería una buena novela.
Muy recomendable y aún podréis encontrarlo en Internet. Gracias, Vita.
























