Claraboya. José Saramago. Alfaguara, 2012 (Reseña de lectura)

Siempre es bueno dejarse acompañar por los clásicos. José Saramago nunca defrauda a quienes nos gusta la lectura reflexiva -no todo va a ser evasión histórica- y un Nobel, de vez en cuando, viene bien para depurar estilo y pulsar la calidad.

Tenía curiosidad por leer esta novela, la novela inédita de este autor portugués tan nuestro y tan universal. Fue la primera que intentó publicar, la primera que le fue rechazada por las editoriales, la misma que quisieron publicarle cuando ya la fama le perseguía más allá de sus páginas. Esa misma que él se negó a publicar en vida. Saramago no perdonó la indiferencia ni la ignorancia: “Nadie está obligado a amar a nadie, todos estamos obligados a respetarnos…”;  consideraba nuestro autor que ninguna empresa tiene la obligación de publicar los manuscritos que le llegan, pero existe el deber de ofrecer una respuesta a quien la espera día tras día porque el libro entregado, ese manuscrito, es algo más que una montaña de letras, lleva un ser humano dentro…”. A Pilar del Río, Presidenta de la Fundación José Saramago, debemos estas palabras en el prólogo. ¿Alguien quiere más?

El universo de Saramago se halla presente en este novela. Es un relato realista que se desarrolla a mediados del siglo XX en Lisboa. Una casa de vecinos, humilde, que nos recuerda la Historia de una escalera de Buero Vallejo. Con el edificio como hilo conductor, el autor va saltando entre los distintos personajes que habitan el bloque. Son personajes reales atrapados en sus propias vidas. Cada uno tiene su historia, historias humanas, tristes, adocenadas. Permítanme que nos les revele el argumento, pero sí que destaque la hondura del tratamiento psicológico de los personajes ante sus situaciones vitales.

Es una obra para reflexionar y algunas reflexiones sí quiero dejarles a raíz de fragmentos de la novela.

Emilio hace tiempo que vive sintiéndose preso de su propia vida, su mujer se ha convertido, por rutina, en su enemiga y no encuentra en su corazón un atisbo de amor hacia su hijo enfermo. Se siente extraño en su casa. Creyendo dormido a su hijo le dice:

“Cuando sea mayor querrás ser feliz. Por ahora no piensas en ello y lo eres precisamente por eso mismo. Cuando pienses, cuando quieras ser feliz, dejarás de serlo. Para siempre… La felicidad no es cosa que se conquiste. Te dirán que sí. No lo creas. La felicidad es o no es.” (págs. 121-2)

Y es curioso cómo en la sociedad moderna esa “obligación” que nos ha sido impuesta de ser felices por decreto, nos causa una angustia que nos impide permanentemente disfrutar de la vida como nos ha sido dada, como un regalo que se vive día a día.

La sensación de desarraigo lo lleva a dos reflexiones interesantes. La primera sobre el concepto de “poseeer”: “…sentía de forma clara que en esa casa era un extraño, que nada de lo que lo rodeaba, aunque hubiera sido comprado con su dinero, le pertenecía. Tener no es poseer. Puede tenerse aquello que no se desea. Posesión es tener y disfrutar lo que se tiene. Tenía una casa, una mujer y un hijo, pero nada era, efectivamente, suyo. Que se pudiera decir suyo, solo se tenía a sí mismo, y no por completo” (pág. 179). Poseer en el sentido de ser capaz de disfrutar aquello que se tiene es un concepto más que interesante. Vivimos inmersos en el mundo medio vacío, fijando nuestra atención en aquello de lo que carecemos, en aquello que no se pliega a nuestro concepto de la realidad. Es más que cierto que tenemos, pero vivimos en permanente insatisfacción pensando en nuestras carencias. Puede que sea algo netamente humano. Fue Lope de Vega quien nos recordó: “Alentó mi esperanza el mar, perdonola el viento, matóla el puerto”. ¡Qué pocas veces somos capaces de recrearnos en la contemplación de los logros, en disfrutar los bienes que la vida nos ofrece sin pedir nada a cambio, de los bienes que nos han llegado como fruto de nuestras conquistas!
Y el problema, como nuestro autor apunta a continuación como hilo del relato es que: “Estos pensamientos, mil veces repetidos, lo conducían siempre al mismo punto. Se comparaba con un animal uncido a una noria, que camina leguas en un círculo estrecho, con los ojos vendados, sin darse cuenta de por qué pasa por donde ha pasado miles de veces. No era ese animal, no tenía los ojos cerrados, pero reconocía que el pensamiento lo llevaba por un camino ya trillado” (pág. 180). Es el principio del pensamiento circular obsesivo, el que nos lleva a la depresión. ¿Logrará el personaje escapar de este círculo? Eso se lo dejo al lector.

Abel, un muchacho incapaz de comprometerse con nada ni con nadie, nos confiesa: “Tengo la sensación de que la vida está detrás de una cortina, riéndose a carcajadas de nuestros esfuerzos por conocerla”. Y, ¿quién no ha tenido alguna vez la sensación de que hay cosas que se le escapan, de que no está viviendo realmente, de que debe haber algo más en alguna parte?

Su zapatero amigo lo desengaña respondiéndole: “Hay tanto que hacer en este lado de la cortina, amigo mío… Aunque viviera mil años y tuviera las experiencias de todos los hombres, no conseguiría conocer la vida” (pág. 144). Y es cierto que un instante atrapado vale toda una vida, o que toda una vida puede ser vivida en un solo instante. Pero, con frecuencia, no estamos ahí para sentirla porque nuestra mente anda ocupada en otros quehaceres. Porque quizás no se trate de “conocer”.

Es el propio Abel quien reflexiona sentenciando más adelante: “…el sentido oculto de la vida es que la vida no tiene ningún sentido oculto” (pág. 281)
El pensamiento de Silvestre, el zapatero, me trae a la memoria  una reflexión propia realizada en El libro de la gramática vital, allí establecía la diferencia entre “vivir” y “ser vivido”. Se “es vivido” cuando se es inconsciente y se consume la vida sin saber, sin plantearnos, ni quiénes somos ni qué deseamos ser. Se “vive” cuando uno asume la vida de forma consciente buscando un proyecto de ser hacia el que encamina sus actos. En esta línea se expresa Silvestre: “Aprendí que, tras esta vida desgraciada que los hombres llevan, hay un gran ideal, una gran esperanza. Aprendí que la vida de cada uno de nosotros debe estar orientada por esa esperanza y por ese ideal. Y que si hay gente que no siente así, es porque murió antes de nacer…” (pág. 232).

Y su terapia es la acción, pensar y actuar por y para los demás a través del amor, ¿no os recuerda a don Manuel, el entrañable personaje de don Miguel de Unamuno: “La experiencia solo vale cuando es útil a otros, y usted no es útil a nadie” (pág. 232). “Lo que cada uno tenga que ser en la vida, no lo será por las palabras que oye ni por los consejos que admite. Tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres. Después, se trata de actuar…” (pág. 290).

Es fácil caer en la tentación de que todo es malo, nada puede ser cambiado, no merece la pena intentarlo. Pero… “…la vida así como la ha descrito hace poco, no es vida, es un estercolero, es una ciénaga.

-¿Y qué le vamos a hacer?

-¡Transformarla!

-¿Cómo? ¿Amándonos los unos a los otros?

-Sí, pero con un amor lúcido y activo, un amor que venza al odio.

-¿Y que podemos hacer nosotros? ¿Yo? ¿Usted?

-Vivimos entre los hombres, ayudemos a los hombres.

-¿Y el amor resolverá todo eso?

-No lo sé. Es lo único que todavía no se ha experimentado…”

Cuando una periodista, Ima Sanchís, me preguntaba en La Vanguardia si se puede ser feliz, le respondía que sí, que era posible cuando nuestro proyecto de ser y nuestros actos caminan en la misma dirección. Abel manifiesta en el transcurso de su conversación: “Todos pensamos. Pero sucede que pensamos mal la mayor parte de las veces. O bien hay un abismo entre lo que pensamos y lo que hacemos…” (págs. 410-1).

Espero que estas notas sean un aliciente, una invitación, a la lectura pausada y reflexiva de esta novela. En ella encontramos ya a un Saramago maduro, con todas las claves narrativas y vitales que harían de él un autor universal. Feliz viaje.

José Carlos Aranda

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Acerca de #JoseCarlosAranda

Doctor en Filosofía y Letras y Doctorando en Ciencias de la Educación; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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