CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LOS TEXTOS LÍRICOS

Berceo
Los textos líricos se caracterizan por expresar los sentimientos, las emociones, las vivencias del autor (función expresiva). El vehículo más frecuente es la poesía y esta viene condicionada por dos elementos: el ritmo y la extensión.

1. Expresión de los sentimientos del autor: la lírica nos muestra la realidad a través de los ojos del autor; es, pues, subjetiva y la connotación tiene mucha más importancia que la denotación.

La subjetividad y la función expresiva van a manifestarse normalmente en el uso de la primera persona (verbal o pronominal) […], la segunda aparece en diálogos o invocaciones […] y la tercera para referir el marco externo, a veces mera excusa para la interpretación y la interiorización. –Antonio Machado- […]. La connotación hace que las palabras puedan valer más por lo que sugieren en nuestra mente que el significado que le es propio, de ahí la presencia de epítetos […] y otras figuras retóricas.

Serán propios de esta expresividad recursos como el asíndeton, el estilo nominal o la ausencia de determinantes en los sustantivos que permiten significados más nocionales que referenciales, o el uso de epítetos por significado o por posición, focalizando el acercamiento al concepto desde perspectivas interesadas, o el uso de sufijos estimativos para añadir una valoración afectiva al objeto; pero también el uso de figuras de pensamiento en que se juega superponiendo o sustituyendo referentes, símbolos y cualidades como sucede en la metáfora o la sinestesia.

2. El ritmo: El elemento esencial de la poesía es el ritmo. Entendemos por ritmo la repetición de un fenómeno a intervalos regulares de tiempo. Constituye uno de los recursos nemotécnicos básicos, esencial en aquellas épocas en que la transmisión de las historias solo podía ser oral, de ahí el vínculo primitivo de la épica en verso. Son muchos los procedimientos que podemos utilizar para lograr imprimir ritmo en la poesía. Entre los más comunes, encontramos:

Isosilabismo métrico. (pausa verbal), común a muchas de las estrofas, consiste en componer versos con idéntico número de sílabas como sucede en el romance, el soneto, el quinteto o la redondilla. Significa establecer una cadencia simétrica entre las dos pausas: la inicial y la versal, aquella que realizamos al final de cada verso.

Acento versal: Subrayando el efecto rítmico, encontramos el acento estrófico versal, aquel que hiere la penúltima sílaba de cada verso justo antes del silencio producido por la pausa.

Rima: A esto hemos de sumar la rima, repetición de sonidos solo vocálicos o vocálicos y consonánticos a partir de la última vocal acentuada de cada verso. La rima es una fórmula para facilitar el aprendizaje memorístico por la atracción de términos basándonos en la similitud fónica. Esto permitía a los rapsodas antiguos memorizar textos compuestos por miles de versos y sigue siendo un punto de atracción inevitable en el aprendizaje infantil.

Acentos internos o ritmo versal: Que queda marcado por las silabas acentuadas en el interior de cada verso. El acento “versal” hiere la penúltima sílaba del verso, a partir de él, consideramos “rítmicos” los acentos que hieren las sílabas pares respecto a él, son extrarrítmicos los acentos que hieren las sílabas impares respecto al acento versal. Cuando esto sucede, hemos de preguntarnos el porqué dado que supone una variación que capta nuestra atención de forma inconsciente por la ruptura que supone en la expectativa de cadencia. El ritmo interno rítmico nos permite alternar versos de distinto metro sin romper el efecto

• Por último, todo fenómeno de repetición constituye una fórmula para crear ritmo: la aliteración, la anáfora o catáfora, el paralelismo o el quiasmo, constituyen distintas fórmulas para lograrlo.

Gracias a esta variedad de procedimientos, en la lírica moderna se han suprimido recursos clásicos como la estrofa o la rima, los versos blancos y libres proliferan, también el versículo, pero la presencia del ritmo sigue siendo consustancial a la poesía, de lo contrario estaríamos ante prosa poética (Platero y yo)

3. La extensión: A diferencia de otros géneros como la épica, la extensión de los textos líricos suele ser breve. En todos los textos literarios, la función poética centra la atención en la forma y se busca la permanencia en el tiempo del mensaje, pero la extensión va a marcar diferencias en cuanto a la condensación del contenido en la poesía. Aunque hay estrofas de extensión ilimitada –romance o lira-, lo frecuente es que tengan un número definido de versos. Esto obliga a condensar en unas pocas líneas – 14 en caso del soneto, por ejemplo- todo cuanto se quiera decir. Esta necesidad de condensar el pensamiento, fuerza a obligar los procedimientos lingüísticos para lograr transmitir el máximo de ideas y sensaciones con el menor número de palabras. El lenguaje poético lo consigue a través de las figuras retóricas.

Esto conlleva un carácter críptico, es decir, no resulta fácil de comprender e interpretar. El lector se ve obligado a interactuar con el autor para comprender más allá de las palabras. Es lo que la Escuela Formalista Rusa definía como “opacidad del lenguaje poético”. Usamos habitualmente el lenguaje como instrumento de comunicación ajenos a la fuerza expresiva de las palabras que utilizamos, a partir del uso de las diferentes figuras retóricas forzamos al lector a detenerse ante la barrera que supone el lenguaje y, a través del esfuerzo, a apreciar el contenido en toda su intensidad, de ahí que cuando las figuras se transforman en tópicos literarios pierdan su eficacia en el lenguaje poético.

Por último, el lenguaje poético se mueve en el universo de las emociones humanas, un universo que asimilamos a través de símbolos abstractos que solo podemos aprehender a través de la experiencia por acumulación de imágenes asociadas a las manifestaciones concretas que las producen. Constituye por ello el ámbito referencial más difícil de adquirir y manejar, hay emociones y sentimientos que constituyen realidades, pero para las que nos resulta imposible encontrar una palabra que traslade a nuestro receptor la intensidad o los matices de aquello que sentimos. Se produce aquí ese carácter inefable del mundo poético en el que los símbolos solo pueden ser comprendidos por aproximación desde la empatía, desde la identificación con el poeta: véase la gama de matices contenida en la serie “rencor”, “odio”, “animadversión” o “envidia” tan próximos como distantes en sus significados.

Por eso, en el lenguaje poético es donde el espíritu del ser humano está más próximo a hallarse a sí mismo, de hallar el conocimiento esencial que se encuentra más allá de las palabras. Como decía Federico García Lorca “El hombre, a través de la poesía, se acerca al filo donde el matemático y el filósofo dan la vuelta en silencio”.

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Acerca de #JoseCarlosAranda

Doctor en Filosofía y Letras y Doctorando en Ciencias de la Educación; Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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