SIN TIEMPO PARA VIVIR

ESCALERA DE CARACOL

“El tiempo vuela”, “No tengo tiempo”, “Lo siento, hoy no puedo”… ¿Cuántas veces oímos repetidas estas palabras? Y es cierto, vivimos sin tiempo… para nosotros. A veces, cuando en una clase alguno de mis alumnos, agobiado, me lanza alguno de estos mensajes me gusta detener el tiempo. Levanto una mano como reclamando atención a la clase y, con algo de teatro, inmovilizo el tiempo mientras contemplo en el minutero del reloj cómo transcurre un minuto. Los alumnos aguardan expectantes a que diga algo, pero no lo hago, simplemente me mantengo inmóvil esperando pacientemente que transcurran sesenta segundos. No han pasado ni quince cuando comienza el nerviosismo, ¿qué ocurre? Finalizado ese minuto en silencio les invito a reflexionar: ¿os dais cuenta de cuánto tiempo contiene un solo minuto?

En El libro de la gramática vital invitaba a vivir despacio o, si lo prefieren, con conciencia de nuestros actos en el tiempo y mencionaba un movimiento que va ganando adeptos en el mundo nacido en Italia con nombre inglés y que podríamos traducir como: el vivir lento. Decía John Lenon que la vida era eso que se nos pasaba mientras planeábamos el futuro. Y es así, vivimos sin conciencia de vivir porque siempre andamos con el piloto automático a cuestas, actuando de forma más o menos inconsciente mientras calculamos nuestro siguiente paso, nuestra siguiente actividad, nuestras siguiente tarea, nuestro siguiente trabajo, precipitándonos frenéticamente en un ritmo impuesto por una sociedad que nos ha hecho creer que esto es así. Y es así porque debemos ser rápidos, competitivos, eficientes, resolutivos, seguros… Y, ¿es así como lo logramos?

Lo del piloto automático no es una metáfora, es la forma en que nuestro cerebro funciona. Recupero el ejemplo que ponía en aquel libro: ¿recuerdan la proeza que les supuso aprender a atarse los cordones de los zapatos? No es nada fácil enseñar a nuestro cuerpo a realizar una serie de movimientos coordinados hasta lograr la perfección que nos permita obtener un resultado, aunque aparentemente sea tan fácil como atarse los cordones de los zapatos. Ocurre que, una vez logrado y repetido una y mil veces, nuestras conexiones neuronales quedan establecidas, nuestro cerebro aprende a poner en marcha una orden cuyas acciones concatenadas suponen una ejecución compleja pero ya aprendida, y los músculos obedecen de forma automática. Hoy ya podemos atarnos los cordones mientras estamos pensando en que debemos apagar la cafetera porque está pitando. Cuando esto ocurre, ya tenemos funcionando el piloto automático. Y eso  está muy bien porque facilita nuestro quehacer diario eliminando del punto de conciencia todo aquello que no es relevante.

Nuestra mente racional se impone y anteponemos el hacer al sentir. Nuestra forma de programar la realidad hace el resto cuando nuestra precorteza cerebral se centra, se concentra, en que seamos “eficientes”, es decir, cumplamos unos objetivos que consideramos importantes e ineludibles: hacer ese balance, llegar a tiempo al colegio, preparar la comida, hacer una hora de ejercicio, ayudar a mi hijo con los deberes, la cena, acudir a la cita con el médico, con el jefe, con el profe, con… Y, en medio de esta programación de acciones, relegamos de nuestra conciencia “el sentir la realidad que vivimos”. Y nos perdemos lo maravillosa que es esa realidad en sí misma.

Por es bueno, necesario, urgente recuperar la conciencia de la exquisitez que supone el refrescante sabor del agua que apaga nuestra sed, o cómo la inocencia en la mirada de tu hijo te hace sentir como quien realmente eres, la persona más importante de su vida, o aspirar tomándote tu tiempo el perfume de esa rosa, o detenerte a sentir el milagro del amor en una sonrisa de tu pareja, o en relajar la mente y el espíritu con el murmullo del agua o el estallido cromático de un atardecer… Y es tan urgente porque son las cosas realmente importantes en la vida. Trabajamos, nos esforzamos, crecemos para poder disfrutar de la vida, pero ¿qué sentido tiene tanto esfuerzo si en el transcurso nos olvidamos de sentir la vida, de vivirla?

Hoy me he encontrado con este bonito artículo deRachel Macy Stafford, “El día que dejé de decir ‘date prisa’, y he querido compartir con vosotros esa vivencia. Aquí tenéis el enlace: http://www.huffingtonpost.es/rachel-macy-stafford/el-dia-en-que-deje-de-decir-date-prisa_b_3747873.html

Y para terminar, una reflexión importante: “No llega antes quien más corre, sino quién sabe cuál es su destino”.

José Carlos Aranda

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Acerca de #JoseCarlosAranda

Doctor en Filosofía y Letras y Doctorando en Ciencias de la Educación; Creador del Método Educativo INTELIGENCIA NATURAL (Toromítico 2013, 2016). Académico Correspondiente de la Real Academia de Córdoba (España). Profesor universitario y de EEMM, educador, escritor, conferenciante, colaborador en TV, Prensa y Radio. PREMIO CENTINELA DEL LENGUAJE 2015 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla.
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