LA DEMAGOGIA DE LA SUBIDA DE IMPUESTOS

Se nos quiere vender la «subida de impuestos» como una medida progresista, pero en realidad siempre pagamos los mismos. Interesante artículo de Rafael de Campo que merece la pena ser leído. Aquí os lo dejo íntegro:

La amenaza de una subida impositiva: especial referencia al Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones.

En momentos de agitación política como el actual, el uso de la fiscalidad como arma arrojadiza es algo habitual. Y es normalmente la demagogia «progresista» la que, de un modo  más vehemente, amenaza con el restablecimiento o recrudecimiento de diversas figuras impositivas y, en suma, con un incremento de la presión fiscal.

Con motivo de las elecciones madrileñas el tema fiscal ha salido de nuevo a la palestra. Y las distintas posiciones políticas se han retratado: mientras los partidos de derechas abogan por una reducción de la carga impositiva, los de izquierdas, por el contrario, prometen una subida fiscal.

Como sabemos, las comunidades autónomas tiene cedidas las competencias de gestión y recaudación de diversas figuras tributarias ( Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales, Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones…) lo que significa que asumen el cobro de esos impuestos y también la comprobación e inspección de los mismos. Pero sus facultades no terminan ahí: las Comunidades  también tienen una cierta autonomía normativa y, por ello, pueden,  dentro de determinados límites,  fijar tipos de gravamen o conceder beneficios fiscales.

Así, Madrid, en la actualidad, en Impuesto sobre Sucesiones,  tiene regulada una bonificación del 99 %, lo que significa que si un contribuyente, aplicando la normativa general,  debiera pagar una cuota de 100, en virtud de la referida bonificación pagaría sólo 1; algo parecido pasa en Andalucía actualmente, donde la bonificación es incluso mayor : 99,99%.

La amenaza de ciertos partidos de  “ resucitar “ el Impuesto sobre Sucesiones va por ahí: por      “ quitar “ esas bonificaciones de suerte que, siguiendo el ejemplo anterior, el contribuyente pagara 100 y no 1.

Esas pretensiones son demagógicas , añejas, y basadas en el mantra de penalizar a los supuestos “ ricos “

Todos estaremos de acuerdo en que :

  • Un Sistema Tributario debe, ante todo, ser justo. Así lo proclama nuestra Constitución en su artículo 31. 1
  • Un impuesto debe gravar a cada contribuyente conforme a su capacidad económica.
  • Un Sistema Tributario debe ser ante todo racional, o sea, estar dotado de una lógica interna que, al decir de unos de los grandes tributaritas patrios ( Sainz de Bujanda ) debe predicarse  de cada figura tributaria en particular

Pues bien, resucitar el Impuesto sobre Sucesiones sería, en primer lugar, algo muy alejado de la idea de justicia material de la  que todos, sin necesidad de grandes disquisiciones, participamos. Es útil que nos hagamos algunas preguntas :

  • ¿ Es justo que alguien pague al obtener una renta, al adquirir bienes con esa renta, al poseer los mismos durante su vida y luego, al final de la misma, el fruto de su ahorro vuelva a sr gravado ?
  • ¿ Es justo que ese gravamen se produzca por la transmisión de bienes, inevitable y forzosa, que se produce con la muerte de su titular ?
  • ¿ Es justo, en suma, que el producto del ahorro de toda una vida, sufra una detracción cuando se transmite mortis causa a los herederos ?
  • En resumen : ¿ Es justo el gravamen tributario sobre hechos fiscales que ya han sido gravados en cuantías muy significativas a lo largo de la vida del causante cuando éste muere ?

La respuesta a la que debemos llegar es que, ciertamente, esas situaciones no son justas.

Tampoco el Impuesto sobre Sucesiones grava a cada contribuyente conforme a la capacidad económica que recibe porque, en la mayoría de los casos, y entre otros supuestos:

  • No van a tributar los bienes empresariales, que hayan supuesto fuente principal de renta del fallecido o del heredero.
  • No van a tributar las acciones y participaciones en empresas en las que el fallecido o herederos del grupo familiar  obtengan rentas derivadas de la dirección de las empresas.

Ello significa que en muchos casos, a igual capacidad económica heredada, se van a producir efectos muy dispares . Así, si el contribuyente está bien asesorado y es previsor, evitará, dentro de la ley, la tributación. Esto ocurre, por ejemplo,  en casos de patrimonios importantes que suelen estar residenciados en sociedades mercantiles

 En otros casos, o sea, casos de patrimonios más modestos pero que por su naturaleza no se utilizan en negocios, la  tributación podrá ser muy elevada, tanto, que en muchos supuestos el heredero habrá de renunciar a la herencia.

Por simplificar : el impuesto va a gravar con mayor intensidad a trabajadores y clases medias mientras que los empresarios, normalmente, no se van a ver incididos por el mismo.

Cae, pues, el demagógico “ deseo “ de la izquierda de que paguen más los que más tiene, y se produce, curiosamente el efecto inverso: los que más heredan, menos pagan.  Los más modestos, pagan más.

Finalmente, y como corolario de lo anterior, hemos de decir que el Impuesto sobre Sucesiones no es racional, por diversos motivos:

En primer lugar, porque no puede ser racional un tributo que, como quedó dicho, y por los motivos expuestos, es  injusto y contrario al principio de capacidad económica.

También porque el impuesto, en vez de producir una lógica distribución de la riqueza, hace precisamente lo contrario: son los más ricos, que tiene sus bienes capitalizados en negocios o sociedades, quienes se “ libran “ de tributar y otros sectores de la sociedad, con menos posibilidades , y con menos cultura fiscal, quienes soportan la carga tributaria en su totalidad.

Y por último, porque como nos enseña la experiencia en Comunidades que acaban de suprimir de facto el  Impuesto sobre Sucesiones, esa atenuación fiscal, combinada con una política económica eficiente, crea superávit y riqueza. De lo que se deduce, claramente, que el sacrificio fiscal del contribuyente no contribuye a una sociedad mejor, como sería deseable, sino a financiar los desmanes de políticos, los gastos superfluos y las estructuras innecesarias e ineficaces  ( administraciones duplicadas,       “ chiringuitos “, ineficiencias reincidentes…) 

Es pues, momento, de aplicar argumentos lógicos y oponerse, cada uno en su situación, y con sus posibilidades, a la reactivación de un impuesto que pervive en algunas comunidades o amenaza con renacer en otras.

Rafael del Campo (abogado)

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¿GRITAS o EDUCAS?

COPE 2021 03 22

NO PODEMOS EDUCAR GRITANDO. ¿GRITAS O EDUCAS?

¿Quién no ha gritado alguna vez a sus hijos en momentos de desesperación, cuando no sabemos ya qué hacer? Lo que puede ser una reacción puntual puede convertirse en un hábito que tiene sus consecuencias en la educación de nuestros hijos y alumnos. ¿Son necesarios los gritos? ¿Siempre debemos evitarlos? ¿Qué consecuencias pueden tener?

Gritar o hablar a gritos es un problema más habitual de lo que nos pueda parecer. De hecho, el tema de hoy viene por la consulta de una amiga que había tenido problemas en las cuerdas vocales debido a este problema. ¿Qué os parece? Sin embargo, a pesar de que todos, en alguna ocasión, recurrimos al grito, no podemos permitirnos el que se transforme en norma en nuestra convivencia diaria porque los efectos son desastrosos a corto, medio y largo plazo. Hemos de pensar que el grito es el último recurso, tiene un alto impacto emocional, nos bloquea. Usémoslo para evitar accidentes graves en un momento determinado, ese coche que se nos viene encima, esos dedos en el enchufe o ese cazo de agua hirviendo… Pero erradiquémoslos de la convivencia. Nunca es un método educativo.

Y no es solo una práctica que sucede en bastantes hogares, también se grita en clase. El tratar de imponer un mínimo de orden para poder comenzar la clase se está convirtiendo cada vez más en una proeza. De hecho, cuando era un profesor novato, trataba de hacerme escuchar subiendo el volumen. Si no llego a corregir esta práctica, los resultados hubieran sido desastrosos para mi salud, como de hecho ocurre en muchos casos, la voz es un factor de riesgo en la profesión. Pero tampoco puede ser una norma en clase, ellos son más, cuando tú elevas la voz, ellos la elevan para hacerse entender y todo acaba en una competición de a ver quién grita más. Lo mismo sucede en casa, en la familia. Entonces, no solo no estamos educando correctamente, estamos generando un problema de convivencia que les afectará en todos los órdenes de la vida. Y un problema serio es que logramos que asocien “autoridad” con imposición a gritos, de tal manera que tendrá razón quien grite más fuerte, quien no deje hablar al otro, quien utilice la fuerza, en definitiva. Y educar a través de una autoridad sana significa utilizar la razón y el convencimiento para que interioricen los valores que queremos transmitir. Eso requiere entrenar en el diálogo, en saber esperar, en saber escuchar antes de responder. Si nos damos cuenta, son cualidades que van a necesitar a lo largo de la vida. ¿Estás educando para la confrontación irracional o para el diálogo y el consenso desde la comprensión? Esta es la cuestión.

No es solo un tema de educación, afecta a la salud y al desarrollo. En primer lugar, lo que decimos gritando no sirve para nada. Cuando gritamos, lo único que ellos escuchan es “no me quiere”, se sienten anulados, no les ofrecemos alternativas para sentirse queridos. La primera víctima es la autoestima. En segundo lugar, aprenden a gritar y a utilizar el grito como herramienta en su vida diaria: eso traerá confrontaciones y peleas, el tratar de imponer su criterio por la fuerza, ¿os imagináis las consecuencias en la escuela? En tercer y último lugar, lesiona gravemente la convivencia, el estar en casa se transforma poco a poco en un infierno de tensión permanente y eso va a repercutir en la capacidad de aprendizaje. Estamos enseñando que la ira es el mecanismo del éxito, les estamos enseñando a ser unos fracasados. Esas prácticas se trasladarán más adelante a cómo eduquen a sus propios hijos.

Para evitarlo y prevenirlo, hacernos conscientes es el primer paso. Si tenemos este problema debemos tomar conciencia de que es un problema y serio. En segundo lugar, proponernos evitar los gritos educándonos a nosotros mismos. No podemos evitar que nuestros hijos actúen de una forma determinada, pero sí podemos y debemos controlar nuestras reacciones. Con frecuencia el problema no está en ellos, está en nuestro propio cansancio, estrés, prisas, sentimiento de culpa, a veces, desesperación. Y lo pagamos con ellos. Hay que hacer una propuesta seria y sustituir el grito por el diálogo centrándonos en los hechos y no atacando a la persona. Cuando estemos al límite y notemos que se avecina una explosión, contar hasta 10 o 20 o 30 y si no logramos relajarnos, conviene separarnos y tomarnos nuestro tiempo.  Cuando por fin estemos serenos, será el momento de abordar el problema con ellos. Mis hijos, sabían que el asunto era muy serio cuando les decía: “Esto me ha disgustado, mañana nos sentaremos a hablar de lo sucedido”. Identificaron la gravedad con el aplazamiento. Esto les da también a ellos tiempo para reflexionar. Y, si nos pasamos en un momento dado, pedirles perdón. Hay quien piensa que eso de pedir perdón nos resta autoridad, cuando es todo lo contrario, es una de las lecciones más hermosas que les podemos transmitir.

ENLACE A LA ENTREVISTA COPE «ESCUELA DE FAMILIAS»:

https://www.cope.es/emisoras/andalucia/cordoba-provincia/cordoba/noticias/podemos-educar-gritando-gritas-educas-20210414_1235647

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LOS HIJOS, VÍCTIMAS INVISIBLES EN LAS SEPARACIONES Y DIVORCIOS.

COPE 2021 04 05

Hay temas que no se tratan quizás porque no son agradables. Cada año son más las separaciones y divorcios. Siempre fijamos la atención en los cónyuges, en especial en la mujer. Pero los hijos son las víctimas invisibles de estos conflictos. El día 30 del pasado mes de marzo se celebró en Madrid el I Congreso de la Infancia y la Adolescencia. El tema bien merece una reflexión.

Las separaciones y divorcios pueden afectar a los hijos

Cada año son más las separaciones y divorcios, se estima que unas 140.000 parejas se separan. Creo importante la celebración de este Congreso que debiera tener continuidad para darle visibilidad al problema real de unas víctimas invisibles en estos casos: los hijos. Es cierto que fijamos nuestra atención en el trauma o dolor que supone para los cónyuges, pero olvidamos que la persona adulta tiene o puede disponer de madurez y recursos para afrontar este conflicto emocional de la separación. Un niño o un adolescente no los tiene, por lo que el sufrimiento, según cómo se desarrolle el proceso de la separación, puede constituir un trauma que lo marque de por vida. Y el dato arrojado en el Congreso es más que preocupante, según el Observatorio del Derecho de Familia, el 97 % de los divorcios contenciosos con hijos tienen un nivel de conflictividad alto o muy alto. Esto nos puede dar una idea de la magnitud de un problema del que no se habla.

¿Cómo les puede afectar?

Para Maria Dolores Lozano, presidente de la Asociación Española de Abogados de Familia, el cruce de críticas entre padres y madres separados, el intento de prohibir visitas o cualquier vinculación del hijo con el otro progenitor tras la separación tiene un efecto psicológico devastador. Son periodos irreflexivos en los que se ha de lidiar con el sentimiento de fracaso, el odio y la ira hacia el otro al que culpamos de todo. Situaciones en las que los hijos se convierten en armas arrojadizas o instrumentos de venganza. Esto va a provocar graves desajustes tanto en el plano cognitivo como en el emocional. Los niños pueden evolucionar hacia una actitud sumisa y latente o hacia una actitud disruptiva con comportamientos agresivos. Según la edad, afectará al desarrollo del cerebro, capacidad de razonamiento, control de los impulsos y memoria. Los efectos pueden perdurar a medio o largo. Hablamos mucho del maltrato físico y sus secuelas, pero esto es un maltrato psíquico con consecuencias aún más graves.

¿Las separaciones, por desgracia, continuarán, pero ¿qué podemos hacer para evitar estos efectos?

María Dolores Lozano, desde su experiencia en estos casos en el despacho de abogados, nos enumera los siguientes errores que las parejas deben evitar en este proceso si quieren evitar traumas innecesarios:

-Creer que la sentencia judicial pone fin al conflicto familiar.

-Implicar a los menores en el proceso judicial

-Delegar en los niños, niñas y adolescentes la toma de decisiones esenciales.

-Pelear, discutir y organizar escenas emocionales o violentas delante de ellos.

-Criticar al otro, padre o madre, o alejarlos de él/ella o dificultar su relación.

-Presionar a los niños en busca de información

-Mandarse mensajes a través de los niños y adolescentes.

-Situarlos en medio del conflicto: utilizarlos como pretexto, como arma arrojadiza, obligarles a tomar partido (aunque sea indirectamente).

Para quien quiera profundizar, recomiendo oír la entrevista a José Manuel Aguilar (18 minutos), autor del libro SAP (Síndrome de Alienación Parental), psicólogo especialista en el tema. Y, si te gusta la lectura, el libro publicado por la editorial Almuzara; también el capítulo dedicado a “Hacer familia”, en Inteligencia Natural, Toromítico. Es importante estar bien informado si alguno de nuestros oyentes se está enfrentando a esta situación.

Enlace directo a la entrevista en la COPE con Francisco Durán.https://www.cope.es/emisoras/andalucia/cordoba-provincia/cordoba/noticias/como-influyen-las-rupturas-divorcios-los-hijos-20210405_1221627

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ESPAÑA EN AMÉRICA, PRECURSORA DE LOS DERECHOS HUMANOS

Es mucho el daño que nos ha hecho la leyenda negra de España, en especial en lo que se refiere a la conquista y posterior implantación en América. Siempre he afirmado, y lo reafirmo nuevamente, que no podemos juzgar los hechos sin contextualizarlos, es decir, sin considerarlo en el marco de la época en que se produjeron. Y no hay mejor forma de hacerlo que a través de los ojos de quien vivió y lo vio en primera persona. Especialmente cuando es extranjero, crítico y persona formada para poder emitir juicios de valor. Me estoy refiriendo a Alexander von Humboldt.

Conocía el apellido de haber estudiado las teorías lingüísticas de su hermano, Wilhelm von Humbolt, que llegó a ser ministro. Pero no tenía noticias de Alexander, persona que obtuvo grandes reconocimientos en su época. Nació en Berlín (1769) y murió en la misma capital en 1859. La Academia de Ciencias de Berlín lo consideró el principal científico de su época, la Academia Francesa lo llamaba «el nuevo Aristóteles». Sobre su importancia y rigor es fácil informarse consultando en Internet. El hecho es que, entre sus expediciones, recorrió la América española y dejó constancia de sus observaciones. El viaje se realizó en 1826 y nuestro estadista y geógrafo tuvo que rendirse a las evidencias. Y con esto no quiero decir que fuera amable, de hecho hay autores que critican el que el rey de España le diera permiso para urgar en los asuntos de los territorios americanos con toda libertad. Entre ellos está Juan Eslava Galán, quien llega a afirmar que era «[…] un notorio enemigo de todo lo español, al que las autoridades papanatas del Consejo de Indias dejaron enredar en los territorios de la Corona para que luego las pusiera de verde perejil. Y fuimos tan memos que, por ejemplo, llamamos corriente de Humboldt a la que circula de norte a sur por la costa de Chile, aunque mucho antes la había descubierto el piloto español (1). Su activismo en contra de la esclavitud le granjeó no pocos enemigos, como es de suponer.

No cabe duda, pues, de que no fueron comentarios afines a los intereses de España sino todo lo contrario. Sin embargo, y a pesar de todo, no pudo dejar de constatar la realidad. Viajó por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos, entre 1799 y 1804, de donde extrajo -según la historiadora Laura Dassow Walls- la conclusión de que con un conocimiento más profundo de la riqueza que suponía la diversidad cultural, se hubieran puesto en marcha soluciones mucho más racionales que la guerra, los abusos de poder o la esclavitud. En su Ensayo político sobre la isla de Cuba (1826) Humboldt señala que sus conceptos están basado solo en comparaciones y estadísticas, los recogidos a lo largo de cinco años. Pero sus conclusiones sobre la diferencia de trato de los indígenas y esclavos en los distintos territorios fueron tan concluyentes que John S. Thrasher suprimió el capítulo en su traducción de 1856, así es como se alienta la leyenda negra, destacando los errores y suprimiendo los aciertos. No es de extrañar dado que la esclavitud era en la época uno de los pilares económicos en Europa

Entre sus comentarios, el ilustre prusiano afirma, por ejemplo, que no es cierto que España exterminara a los indígenas y a los esclavos, es más, su número era muy superior en territorio español; y el trato dispensado mucho más humano que en los territorios ocupados por otras potencias europeas. «Por virtud de un prejuicio muy generalizado en Europa, hay la creencia de que se han conservado en América muy pocos indígenas de tinte cobrizo. En la Nueva España, el número de indígenas se eleva a dos millones, contando únicamente los que no tienen mezcla de sangre europea. Y lo que es más consolador aún, lejos de extinguirse, la población india ha aumentado considerablemente durante los últimos cincuenta años, como lo prueban los registros de la capitación y los tributos». Diríamos a juzgar por la situación actual, doscientos años más tarde que esta tendencia no ha hecho sino acentuarse a diferencia de las tribus indígenas que habitaban la América del norte. ¿Dónde quedan?, ¿cuántos son hoy en día?

Para Charles Minguet, director del Centro de Investigaciones Hispanoamericanas de la Universidad de París X, en su artículo «La América de Humboldt» (2), nuestro autor desmonta literalmente la leyenda negra a partir de las estadísticas. «El 80 % de la población total de Hisponoamérica está compuesta de indios, mestizos y mulatos. […] En las posesiones españolas de América [había] 7,5 millones de Indios y 5,5 de mestizos. Es decir, un total de 13 millones de indios y mestizos o mulatos, que representan el 80% de la población total de Hispanoamérica. Estas cifras significan que, a finales del siglo XVIII, la población amerindia había alcanzado o sobrepasado la cifra supuesta en vísperas de la Conquista».

Los datos aportados sobre los negros y la esclavitud en el nuevo continente son igualmente concluyentes: de los 6.443.000 negros (esclavos y libres) la América española tenía solo 776.000, lo que representaba el 4 % de la población; en las Antillas francesas e inglesas la proporción era del 80 %, en Estados Unidos, del 16 %. El tráfico de esclavos en los territorios españoles supuso solo el 15 % del realizado por las demás potencias europeas.

El número de esclavos manumisos era muy superior en los territorios españoles, debido a la costumbre de darles la libertad por testamento. Esto hizo que mientras en Cuba, el porcentaje de esclavos manumisos era del 18 %, en las Antillas inglesas era solo del 10 % y en Estados Unidos de un 3 %. De ahí que en Cuba, en 1820, la población de hombres libres, entre negros, blancos y mulatos, representara el 64 % de la población. El profesor Minguet concluye que el trato dispensado a los esclavos era mucho más humano en los territorios españoles gracias al Código Carolino, si lo comparamos con las disposiciones y códigos -suplicios, tormentos, mutilaciones- aplicados por Francia e Inglaterra. Quizás fuera debido, este mejor trato en los textos legislativos, a la influencia de la religión y las costumbres sociales, según Humboldt; «Estos elementos contradicen los prejuicios europeos que atribuían a los españoles abusos y crímenes cometidos por otros».

La realidad es que la conquista de América se hizo más con maestros y sacerdotes que con ejércitos. Para Juan Sánchez Galera, las Leyes de Indias que regularon aquellas tierras deberían ser consideradas como el origen de lo que hoy denominamos Derechos Humanos (3). El simple hecho de ser reconocidos como súbditos españoles marca la enorme diferencia. Los indios no fueron desterrados ni desposeídos en los territorios de la Nueva España, sino propietarios de las tierras que trabajaban, pagaban tributo, como todos los españoles, y su encomendero quedaba obligado a protegerlos y evangelizarlos. Desde luego, no todo fue un paraíso, hubo abusos y situaciones muy difíciles de sobrellevar, pero nada comparable a lo que se vivió en otros territorios ocupados por países europeos que luego blanquearon su historia a golpes de cine.

Gracias a los datos aportados por Humboldt, podemos hoy comprender mejor la realidad de una época que con sus luces y sombras tiene mucho más de lo que enorgullecernos que de lo que avergonzarnos. Ya va siendo hora de acabar con la leyenda negra que tanto daño ha hecho. Por eso, más que instar a los españoles a pedir perdón, más valdría dar las gracias. Porque el hecho de llegar a América era cuestión de tiempo, el cómo llevar a cabo ese choque de civilizaciones es lo que marcó la diferencia entre un genocidio y una mestizaje que fue el promovido por la corona española desde el primer momento.

Hubo abusos, claro que sí, también los había en la península, pero lo que es encomiable es que propugnaran la búsqueda de la igualdad de derechos y la mezcolanza de razas como fin último para lograr la equidad y la dignidad de la personas. Y todo esto poco después del descubrimiento. Aquí os dejo un fragmento de de la Real Cédula de Fernando el Católico publicada en 1514, ratificando la cédula que en su día publicara la reina Isabel:

«Es nuestra voluntad que los indios y las indias tengan, como deben, entera libertad para casarse con quien quisieren, así con indios como con naturales de estos nuestros reynos, o españoles nacidos en las Indias, y que en esto no se les ponga impedimento. Y mandamos que ninguna orden nuestra que se hubiere dado o por Nos fuera dada pueda impedir ni impida el matrimonio entre los indios e indias con españoles o españolas, y que todos tengan entera libertad de casarse con quien quisieren y nuestras audiencias procuren que así se guarde y cumpla» (ley II, título I, libro VI, tomado de J. Eslava, La conquista de América contada para excépticos. Planeta, 2019, p. 143). Esta política y esta clara apuesta es la que explica los datos que pudo observar Humboldt durante sus viajes.

(1) Juan Fernández. La conquista de América contada para escépticos. Edit. Planeta, 2019, pág. 333, nota 345

(2) Charles MINGUET: «La América de Humboldt», BOLETÍN AEPE Nº 10. Recuperado de https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/boletin_10_06_74/boletin_10_06_74_07.pdf

(3) Juan Sánchez Galera, Vamos a contar mentiras. Edaf, 2012

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EL ARTE DE CONTAR UN CUENTO (Berenice, 2021), comentado por su autor

Si decimos que contar cuentos a los niños puede multiplicar hasta por 5 sus posibilidades de éxito escolar, habrá quien se extrañe, pero hay estudios que así lo demuestran. Pero para conseguir esta eficacia hemos de conocer las claves que hacen del cuento esa maravillosa herramienta didáctica, especialmente durante la primera infancia. ¿Cuáles son las técnicas para lograrlo? Contar un cuento va mucho más allá de un mero entretenimiento infantil, es una forma de transmitir conocimientos y emociones en un momento en que el cerebro está en proceso de formación. Pero hay que hacerlo bien.

Contar un cuento es un acto de comunicación en el que se condensan los elementos primordiales del aprendizaje. Aprendemos palabras nuevas asociadas a imágenes, a sensaciones, a emociones; aprendemos a expresar ideas mediante oraciones bien organizadas… Pero también aprendemos a decodificar un mundo de relaciones complejas, las que mueven a los personajes para resolver una situación problemática en que la solución, normalmente positiva, mueve a la esperanza. Si nos damos cuenta, esa es la esencia de cualquier cuento: un universo donde se desarrolla una historia, donde un problema fuerza a los personajes a moverse para lograr una solución. Esos personajes se mueven impulsados por emociones positivas o negativas, alentaremos unas, criticaremos otras. A su vez se relacionan entre sí ofreciendo catagorías básicas de comportamiento. El niño las escucha, las imita, las interioriza y las pone en práctica de forma inconsciente. De los dos a los tres años, el niño multiplica por 10 su capacidad léxica, pero para ello requiere de la estimulación adecuada.

Para lograr este milagro, hemos de tener en cuenta todo lo que conlleva un simple acto de comunicación y responder preguntas clave: ¿qué historia es mejor?, ¿cómo afecta al aprendizaje la diferencia de formatos de exposición?, ¿cuándo es mejor contar el cuento?, ¿cómo debemos contarlo?, ¿cómo influye nuestra expresividad, la gesticulación, la proximidad?, ¿qué diferencias hay entre un cuento contado, leído o representado, visto en televisión?, ¿cómo influye la actitud de la familia en el proceso de aprendizaje?, ¿cómo debemos coordinarnos con la Escuela Infantil?, ¿por qué insisten los niños en que les repitamos una y otra vez el mismo cuento?, ¿es bueno hacerlo?, ¿qué cuentos son los mejores atendiendo a la edad del niño?, ¿qué fundamentación científica hay en todo lo que venimos diciendo?

Responder a estas y otras preguntas me llevó a realizar una investigación que quedó recogida en mi segunda tesis doctoral. Este libro supone un acercamiento divulgativo para poner al alcance de familias, y también de maestros, el resultado de aquella investigación que, con gusto, reenviaré a quien me la solicite.

El resultado es una guía práctica, reflexiva, para lograr obtener de este recurso ancestral, todo el partido para transformarla en una magnífica herramienta de aprendizaje. Espero que os sea útil. Un fuerte abrazo a todos y muchísimas gracias por la acogida de esta nueva publicación.

Enlace a la editorial:https://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=3772&edi=2&vend=1

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REQUIEM POR UN MAESTRO

Traigo este artículo de Toni García Arias porque merece la pena reflexionar sobre el tema. La perspectiva nos arroja lucidez y quienes hemos vivido otras épocas, otros sistemas, otros modos, podemos comparar. Hubo un tiempo en que los colegios no tenían vallas, en que podíamos salir al campo, en que se podía alterar la programación cuando el profesor entendía que una determinada actividad era lo que convenía a la motivación de sus alumnos en un momento dado. Recuerdo haber ido a cazar sapos y salamandras a la lagunilla de La Arruzafa, por ejemplo, o aquellas excursiones en que buscábamos minerales o fósiles. Os aseguro que los contenidos aprendidos en aquellas clases de Biología o Ciencias Naturales ya se me olvidaron hace mucho tiempo, pero la sensación de libertad, de curiosidad, el afán de exploración y descubrimiento… eso permanece. Y quizás fue la mejor lección junto al compañerismo y el poder ver al profesor en un ambiente que lo humanizaba compartiendo con nosotros su ilusión, su pasión por aquello que enseñaba.

Entonces se confiaba en el criterio del profesor y la escuela secundaba estas iniciativas. Los padres confiaban en su juicio y si ellos habían decidido que era lo que tocaba hacer, pues se hacía y se agradecía porque no formaba parte de sus obligaciones. Entonces las familias exigían responsabilidad a sus hijos. Los hijos, por nuestra parte, sabíamos que debíamos comportarnos, que no debíamos ausentarnos de clase o de la escuela, que no debíamos hacer gamberradas o que debíamos un respeto incuestionable al profesor, que le debíamos obediencia, igual que a nuestros padres.

Hoy, el sistema garantista que hemos creado nos ha envuelto en una nebulosa de burocracia que nos hace estar más pendientes de los papeles que de la mirada de nuestros alumnos. Planificar una excursión debe hacerse de acuerdo con una rígida programación que debe ser aprobada con independencia de que el momento sea o no el idóneo para un grupo determinado. Ante esta asfixia, la solución es la inhibición. ¿Qué necesidad hay de asumir responsabilidades sin necesidad. La naturalidad basada en la confianza deja paso a la pasividad. Hemos perdido mucho, sin darnos cuenta. Entre otras cosas esa complicidad alumno-maestro que tanto enriquecía en nuestra infancia. Os recomiendo vivamente la lectura de este artículo. Un saludo.

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CUIDAR LA VIDA O PROCURAR LA MUERTE: AQUELLO QUE NOS HIZO HUMANOS.

Hace ya algún tiempo, leí el comentario de una antropóloga, profesora de la Universidad a quien uno de sus alumnos preguntó: «¿cuándo apareció el ser humano?». Ella respondió: «Hace 150.000 años». ¿Cómo podía ser tan precisa? Se refirió entonces a unos restos humanos donde se podía apreciar una fractura de tibia que se había regenerado. Esto no hubiera sido posible sin la ayuda de la tribu. Esa compasión, esa empatía, ese deseo de ayudar y preservar la vida permitió a ese ser humano sobrevivir cuando sus circunstancias, en ese ambiente, lo hubieran condenado a muerte porque no podía valerse por sí mismo.

Preservar la vida, para esta antropóloga, era el punto de inflexión a partir del cual se podía afirmar que la especie humana había nacido como tal. No he logrado localizar aquella cita, lo siento, pero sí un artículo publicado en La Vanguardia que ahonda en esta percepción. Aquel no fue un caso único, hay otras muchas evidencias en distintas épocas y lugares. Lo que viene a continuación es un extracto:

“En el registro arqueológico ya hay muestras de individuos que no hubieran podido sobrevivir solos y que si lo hicieron, fue ayudados por la sociedad. En el origen más primitivo del género Homo ya hay algún tipo de cuidado”, señala Robert Salas, arqueólogo y director del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES). “El individuo que vivió en Dmanisi, en Georgia, hace 1.8 millones de años, fue alimentado por la sociedad a la que pertenecía. ¿Por qué tomar esos riesgos? ¿Por qué hacer subsistir a personas como esta? Por conocimiento”, añade este experto, que no ha participado en el estudio.

En el origen más primitivo del género Homo ya hay algún tipo de cuidado.”

Robert explica que en aquellas sociedades primitivas el conocimiento residía en personas mayores, que “eran las que recordaban dónde había agua en caso de sequías, dónde encontrar recursos cuando son escasos. Preservaban una información básica para el grupo”.

Que se cuidaran unos a los otros demuestra, para este arqueólogo, que aquellos primeros Homo ya reconocían al otro como ‘un ser especial, que había que mantener vivo. Demuestra un progreso en la concepción de la vida humana”.

Hoy nos enfrentamos a una concepción utilitarista del ser humano. Se nos dice que tenemos derecho a la vida en tanto en cuanto «no causes problemas al sistema». Se pone el foco de atención en el sufrimiento provocado por enfermedades congénitas o degenerativas. La empatía nos hace volver la cara. Nos causa horror pensar en la impotencia de vernos atrapados en un cuerpo que nos impide el suicidio. Se nos induce a pensar que, en ese estado, la muerte es «digna» y es una opción personal. Pero nadie desea la muerte porque va en contra de nuestra programación genética, esa instrucción telúrica de preservar la vida, ese instinto de supervivencia. Lo que de verdad nos repele es la idea del sufrimiento. Hoy hay sobrados recursos para paliar ese sufrimiento, para acompañar en la agonía sin tener que acelerar el desenlace, y hacerlo con la tranquilidad de quien ama. Pero es costoso, no interesa. Tampoco se nos habla del crecimiento personal que supone el cuidado desde el amor que profesamos a una persona. El sacrificio, cuando es por amor, no es sacrificio, es una fuente de aprendizaje porque la enfermedad existe, la muerte también, la vejez es parte del proceso de la vida. Pero se nos enseña a mirar para otro lado, es más fácil acabar, más rápido, más eficaz, más económico. Quizás tendríamos que plantearnos si no habría que prestar ayuda psicológica o simplemente acompañamiento a quien está sufriendo en la soledad, a quien ha sido abandonado porque ya no es útil, ya no es necesario, ya no es sino un estorbo. Porque su imagen nos recuerda que algún día nosotros mismos nos veremos así y eso nos altera el «buen vivir» que se nos ofrece como ideal de belleza y juventud en esta sociedad abonada de egoísmo para el consumo.

Es fácil «comprender» la gracia que supone acabar con el sufrimiento aunque esto suponga acabar con la vida. Pero cruzar esa línea nos deshumaniza. O, si lo preferís, nos animaliza. Es más que probable que lo que comienza siendo una excepción se transforme en norma, que todas las supuestas garantías que ahora acompañan a la cacareada ley de la eutanasia vayan desmoronándose poco a poco en medio de la anestesia social, que mañana otros decidan por ti si ya ha llegado tu momento por cualquier motivo: alzeimer, demencia senil, parkinson o cáncer… ¡Qué más da! Puede que ahorrarse la pensión o no invertir en atención o cuidados paliativos sea razón más que suficiente, y que todos lo comprendamos. O que no sea conveniente preservar la vida de los ancianos porque son ellos quienes conocieron otra forma de vida, que son quienes pueden hablar a sus nietos de que hubo un tiempo en que se caminaba sin mascarilla, donde bastaba un cerveza y una buena reunión de amigos para ser feliz, donde se apagaba la sed bebiendo de cualquier fuente, una época en que el sol calentaba los huesos y las risas eran la mejor terapia contra los sinsentidos de la vida, en que se podía y se vivía sin televisión y se compartían la botellas para beber agua, que no hacían falta tantos coches ni tantos aparatos, que bastaban unas rayas en el suelo y una sonrisa, que los abrazos curaban y los besos expresaban la efusión del amor o del cariño. Quizás, simplemente, no interese que se sepa y vayamos hacia la eliminación progresiva de la memoria ancestral para abonar un nuevo orden mundial donde, ya, el recuerdo, el testimonio de lo vivido, no es sino un estorbo.

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¿POR QUÉ ES UN PROBLEMA REGALAR EN EXCESO A LOS NIÑOS?

El exceso de regalos en un tiempo corto genera confusión, egoísmo e irritabilidad. Es bueno aprender a aplazar y disfrutar desde la imaginación con la familia. El mejor regalo eres tú.

Se acercan fechas difíciles, algunos con Papá Nöel, otros con los Reyes Magos, todos tenemos tendencia a regalar a los seres queridos porque deseamos verles sonreír, hacerlos felices. Los padres, los abuelos, los titos… Todos nos volcamos en ese detalle. Pero puede ser contraproducente si no tenemos cuidado.

Los juguetes son buenos, de hecho son una herramienta básica de aprendizaje, los niños aprenden jugando, unos más que otros estimulan la imaginación o ayudan a desarrollar habilidades o, simplemente, colaboran en la socialización necesaria en el desarrollo. El problema no son los juguetes, sino el exceso de regalos en fechas determinadas. Corremos el riesgo de generar un hábito poco recomendable: el que el niño se acostumbre a recibir regalos como algo natural, sin esfuerzo. Cuando esto sucede, el niño no experimenta alegría al recibirlos, pero sí siente frustración cuando no los recibe o el juguete regalado no es el que él quería.

Por duro que pueda parecer, es bueno que el niño se aburra. El aburrimiento es un paréntesis entre actividades que obliga al cerebro a buscar alternativa de entretenimiento. Esa espera, cuando por fin se encuentra la actividad que nos conforta, incrementa la satisfacción del juego. Pero el exceso de juguetes también limita la imaginación al asociar entretenimiento exclusivamente con un juego determinado. El caso de los videojuegos, por ejemplo, o la interacción con los teléfonos móviles llegan a generar auténticas adicciones. El problema, más ahora en tiempos de pandemia, es que las pantallas ocupan un tiempo desorbitado del que no siempre somos conscientes.

Aunque los niños hayan deseado muchísimo un juguete determinado, su interés se difumina ante una avalancha de regalos. El exceso de estímulos hace que estos se anulen entre sí. La atención se dispersa y va de uno a otro sin mantener la concentración, el resultado es la impaciencia. Esto acaba convirtiéndolos en caprichosos y egoístas, consumistas en potencia que se enfrentan a la frustración cuando chocan con la realidad de que no todo lo que desean pueden conseguirlo. Un niño habituado al mundo virtual, donde las gratificaciones con un simple like son inmediatas, tendrá problemas para adaptarse al mundo real donde la amistad o la sonrisa son fruto de la interacción humana, exigen el aplazamiento de la recompensa.

Importa, en estas fechas, espaciar los regalos, entregarlos poco a poco, dejar que el niño se familiarice con un juego antes de ofrecerle el siguiente. Los estímulos espaciados mejorarán su aprendizaje permitiendo la adaptación a los estímulos que cada uno pueda ofrecerle teniendo en cuenta que “el juguete debe estimular la imaginación del niño”. Recuerdo cómo uno de mis juguetes favoritos era una simple caja de cartón, una caja de zapatos a la que até una cuerda. Observad cómo, a veces, el niño desprecia el juguete caro para quedarse tranquilamente con la envoltura. Aquella caja de cartón podía ser cualquier otra cosa: un camión, un remolque, un cofre del tesoro o una casita de muñecas. La imaginación del niño es la única que puede transformar la realidad en algo mágico. Un juguete que juega solo no es un juguete.

Conviene recordar siempre que el mejor regalo para un niño es nuestro tiempo, el tiempo de calidad compartido, tiempo de convivencia y conversación, de sonrisas y abrazos. Con frecuencia, cuando el niño pide ese juguete que aparece en la televisión, no mira el juguete, mira el modelo de familia que se le ofrece a través de la pantalla: convivencia, armonía, risas, tiempo compartido. Un juego tan simple como el parchís va a proporcionar un enorme aprendizaje sobre las reglas de juego: paciencia, turnos, normas que deben ser respetadas. No siempre lo más caro es lo mejor, y lo que nos hace más felices puede ser lo más barato.

Es el momento de introducir libros en su cuarto, en su vida, de leer con ellos, de contarles o leerles cuentos, de dejar que vuele su imaginación. Esos viajes imaginarios, esos héroes con mil peripecias que contar les acompañarán el resto de su vida con la gratificación de la sonrisa en un tiempo compartido. Es el momento de regalar experiencias en familia, esa excursión, ese viaje, esa salida en la que puedan correr y saltar, reír y jugar al aire libre, reconocer el peso de una piedra, el frescor del agua, y el olor de la tierra.  Es el momento de recordar que, para un niño, cada salida es una aventura. Es el momento de salir de la rutina, de las pantallas, del confinamiento y permitirles ver el mundo real, también, a través de nuestros ojos.

¿Y qué hacer cuando los abuelos, los titos, los padrinos se presenten con un montón de regalos? Simplemente sonreír y dar las gracias, permitir que el niño elija uno con el que jugar y guardar los demás para ir ofreciéndoselos poco a poco. Desarrollar el “aplazamiento de la recompensa” les ayudará a madurar, a mejorar, a proponerse objetivos para alcanzar el premio deseado y eso puede marcar las diferencias entre una buena y una mala educación.

José Carlos Aranda

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HABANA. UNA HISTORIA DORMIDA, José Ignacio Señán. Reseña de una lectura y de un regalo.

A veces, nos llegan gratas sorpresas. Esta es una de ellas. Sin previo aviso, me llega la entrega de un paquete de correos. En el interior, un libro. Habana. Una historia dormida. José Ignacio Señán. Editorial Tegra, 2020. Cuando abro el libro me encuentro una dedicación personalizada:

«A José Carlos. Profesor: implorando, ante todo, tu benevolencia por los errores que el texto pueda contener, espero que disfrutes de su lectura, ya que forma parte de un sueño cumplido. Un abrazo.»

Hace ya décadas que José Ignacio fue alumno mío. No hay mayor orgullo para un profesor que ver cómo alguien que lo siguió en las aulas, lo supera en la vida, cómo la semilla sigue latiendo a pesar del tiempo, cómo aprendemos a aplazar, pero no a renunciar. Y esta es la prueba mágica de ese cordón umbilical, invisible, que nos sigue uniendo a lo largo de la vida.

Me ha encantado, José Ignacio. Es un libro ágil, interesante y fácil de leer. Me he visto sumergido en la Guerra Civil, pero también en esa Cuba de la Revolución, a través de esos hermanos que buscan una historia, una clave enterrada, que les ayude a comprenderse a sí mismos. No voy a caer en la tentación de desvelar la trama, ni de contar el argumento, solo voy a recomendar su lectura a quien guste del misterio en una ambientación histórica. La ambientación está genial, José Ignacio, los detalles costumbristas dan un toque de colorido y verosimilitud que merece la pena. Mi más sincera enhorabuena.

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¿POR QUÉ ESTOY CONTRA LA LEY CELAÁ?







 
Pongo este título para ahorrar trabajo a quienes tienen un posicionamiento ideológico o emocional hacia el tema. Es mejor que no sigan leyendo.
Hay muchos posicionados, pocos informados y, de estos, la mayoría solo a través de lo que destacan los medios de comunicación. Pero, aunque la educación no sea un tema que preocupe a los españoles –José Antonio Marina-, sí es un tema de enorme trascendencia porque nos jugamos un modelo de sociedad y una generación que puede estar perdida.
En primer lugar estoy en contra por INOPORTUNA. En un momento en que todo el aparato del Estado debiera estar pendiente de paliar los efectos de la pandemia en los centros escolares, en las familias, en los niños, no es el momento de nuevas leyes educativas que vengan a generar polémica salvo que sea esto, precisamente, lo que se pretende como maniobra de distracción. Son muchos los problemas de ratio, de adaptación tecnológica, de reciclaje y adecuación de programaciones, de conciliación de vida familiar y laboral, de pobreza extrema derivada de la crisis económica como para sacar adelante ahora una nueva ley de educación.
En segundo lugar, por la IMPOSICIÓN. En un momento de estado de alarma en que no se han podido o querido realizar las oportunas consultas para lograr el máximo consenso en aras de un plan nacional para la educación, esta ley supone una imposición unilateral de una visión sesgada. Bajo palabras talismán, biensonantes, como “tolerancia” o “inclusión”, “igualdad” o “libertad”, se están vulnerando principios constitucionales –Fernando Savater y un largo etc.-. Una ley que nace sin consenso, sin la aprobación de las partes implicadas en el proceso educativo, es una ley muerta.  No solo será recurrida ante el Tribunal Constitucional, también lo está ya ante los tribunales europeos –CONCAPA- y aquellas Comunidades no gobernadas por los partidos en el poder ya han declarado su intención de paliarla en la medida de lo posible. Por otra parte, los profesores estamos hartos de que nos lluevan trabas burocráticas, de nuevas leyes que no abordan los auténticos problemas de las aulas, de que no se nos consulte y de que hable por nosotros quien no ha sostenido una tiza en su vida, quien no se ha enfrentado a la realidad del día a día.
Está muy bien hablar de tolerancia, pero ejemplos de “intolerancia” es marcharse de una mesa por la educación donde se busca el diálogo y el consenso, atacar la libertad de los centros para elaborar su propio Proyecto de Centro imponiendo unas asignaturas o ninguneando otras, no admitir una opinión divergente por muy fundamentada que esté, etc., etc., etc.. Se habla de “inclusión” sin tener en cuenta que la Educación Especial requiere de un personal muy especializado y de unas condiciones muy precisas para ayudar a una enorme variedad de circunstancias y situaciones: psicopedagogos, fisoterapeutas, profesores especializados, una ratio adecuada, ¿de verdad piensan integrarlos en escuelas con ratios de 20 o 25 alumnos y profesores que no tienen preparación para atender de forma personalizada a cada alumno? ¿Y todo esto sin una inversión que acompañe? Solo necesitamos sentido común y escuchar el clamor de los padres que están viviendo esta situación. Resulta un despropósito y espero que no llegue a cumplirse esta amenaza por mera humanidad.
No se educa en libertad cuando no se tiene en cuenta la demanda social para la ampliación de centros, cuando se suprimen los distritos y el gobierno de turno se arrostra la capacidad unilateral de asignar centros. Lo ideal, como dicta la Constitución, sería poder elegir un centro con un Proyecto acorde a los principios morales de la propia familia para que el niño pueda crecer en coherencia –Artículo 27-. Si a esto le añadimos una financiación condicionada, estamos anulando la viabilidad de buena parte de los centros concertados, que también son públicos porque los pagamos entre todos. Para que exista libertad, es condición indispensable que haya opciones donde elegir, cuando se ataca directamente a esta posibilidad se está atacando el principio de libertad al que se apela.
Se habla de “igualdad”, pero lo que debemos garantizar por ley es la “igualdad de oportunidades”, con independencia de las circunstancias sociales o socioeconómicas. Quedarnos en la palabra “igualdad”, sin más, es una simplificación absurda y cargada de maldad, porque todos somos diferentes. Lo ideal es educar en la diversidad, tratar de sacar de cada alumno, de cada hijo, lo mejor de sí mismo atendiendo a sus capacidades, buscar una educación personalizada. Y esto no se puede lograr de espaldas a la familia. La escuela solo influye en un 40 % en el éxito escolar –José Antonio Marina-, el resto se lo reparten entre la familia y la sociedad y es necesario que cada palo aguante su vela. Una ley educativa que no contemple esta realidad supone un continuismo del fracaso.
Estoy en desacuerdo con la ley Celaá porque incentiva la pereza, la dejadez y la ignorancia frente al talento, el esfuerzo y el sentido crítico. Suprimir las pruebas de nivel, dejarlas como meramente orientativas supone descargarlas de eficacia. Todo sistema de producción tiene sus controles de calidad, también la educación debería tenerlos. Puede haber centros mejores o peores, deben medirse las variables que influyen en los rendimientos, pero debemos tener constancia de la eficacia de los métodos aplicados, revisarlos y corregirlos. Estamos hartos de leyes llenas de ocurrencias pedagógicas cuya eficacia no ha sido contrastada, quizá porque no interese que lo sea, lo cual es preocupante. Y el alumno debe ser consciente de que hay unos objetivos que lograr, de lo contrario, el desinterés está servido. Y no solo por parte del niño, también por parte de la familia que vive el sueño anestesiado de la normalidad hasta que ya es tarde para reaccionar. Y ese ya es tarde se produce en los cambios de ciclo. Es bueno saber que si quieres disfrutar de un buen verano tienes que procurar aprobarlas todas, es bueno saber que si suspendes tienes que estudiar, es bueno aprender que el éxito depende del esfuerzo y la constancia. Los profesores podemos ser grandes profesionales, lo que no podemos es hacer milagros. Y la libertad es una conquista a partir del esfuerzo, no es libre quien no puede elegir. El fracaso escolar o el abandono merman y limitan esa libertad que tanto se predica, generan personas condenadas a la mediocridad..
Ahora se puede pasar de curso con un número indeterminado de suspensos. Está bien. ¿Qué se consigue con esto? La trampa está servida. Un alumno que pase de curso sin saber sumar ni restar, no podrá lograr el objetivo de aprender a multiplicar o dividir. Pasará de curso, pero por muchas adaptaciones curriculares que se le hagan, la dificultad será cada vez mayor, la frustración irá en aumento y el abandono estará servido. Y pretender que un profesor haga tantas adaptaciones como alumnos tiene en el aula es una utopía. Acabamos por adaptar niveles con la consiguiente rebaja del nivel de exigencia. Llegamos así al “analfabetismo funcional”. Es muy difícil mantener el ánimo y las ganas de luchar cuando un inspector te cuestiona para qué sirve la ortografía o la sintaxis –hecho real-.
Los alumnos podrán obtener el título de la ESO hasta con dos suspensos; el de Bachiller, con uno. Muy bien, ya hemos conseguido que los alumnos decidan qué asignatura van a abandonar desde el principio para aliviarse. Y lo digo con conocimiento de causa. ¿Es esto mejorar los niveles de educación? A mí me parece que es desautorizar el criterio del profesor, que se verá sometido al de la Junta de Evaluación donde el voto de alguien que no conoce al alumno tendrá el mismo valor que el propio.
Y, por último, se nos pone enfrene el árbol para que no veamos el bosque. El hecho de suprimir el español como lengua vehicular, aparte de ser una idiotez –Vargas Llosa-, es una concesión política que hemos de leer en conjunto con otras dos normas: la supresión de las oposiciones al cuerpo de Inspectores y la posibilidad de que un profesor pueda ser “removido de su puesto” si muestra falta de condiciones o una notoria falta de rendimiento. El funcionario, por su plaza ganada en concurso oposición, no depende del gobernante de turno. Garantiza así su fidelidad a la ley con independencia de quien gobierne. Ahora, los inspectores serán nombrados a dedo, serán designados los “afines” que deberán su plaza y su sueldo a quienes los nombran, a quienes estarán sometidos por gratitud y coherencia –quien se mueva, no saldrá en la foto y lo mismo que te nombro te puedo cesar-. Además, se limitan las competencias de la Alta Inspección que ya no tendrá capacidad para denunciar casos por discriminación. Esto supone dar libertad absoluta a las Comunidades para controlar el sistema educativo incluso con un sesgo ideológico determinado sin que nadie le pueda toser. No sé a ustedes, a mí esto empieza a sonarme a policía política. Por otra parte, la segunda norma supone una amenaza explícita al profesorado. Tardé 20 años desde que aprobé oposiciones hasta que logré entrar en mi localidad. Veinte años viajando para impartir mis clases. ¿Creen que voy a arriesgar mi destino, mi convivencia familiar, por disentir con los criterios que me sean impuestos? Cualquier humano transigiría porque no somos héroes y prima nuestra seguridad y la tranquilidad de nuestra familia sobre cualquier otra consideración. Amordazan así al profesorado. Vaya ustedes sumando factores y la conclusión clara es que se trata de una ley orquestada a la sombra de un oportunismo político interesado en ceder ante condiciones muy determinadas de partidos muy concretos.
A esto hemos de unir las nuevas asignaturas. En primer lugar, eso de Educación Afectivo-sexual en primaria tiene que ver, y mucho, con la educación moral que se consagra en la Constitución. Para que no se lesione este derecho de los padres, estos tendrían que tener conocimiento de los contenidos y la metodología, y esto en el Proyecto de Centro, no se entiende que se haga al albur del capricho del momento o las circunstancias. Es un tema que toca uno de los pilares de crecimiento como persona, que nos va a condicionar como adultos durante toda la vida –Freud-. Y lo de Educación en Valores Cívicos y Sociales es una indefinición en la que cabe todo, incluso un sesgo ideológico determinado. ¿Qué problema hay en que los niños estudien sencillamente la Constitución Española? ¿No sería mucho más lógico? ¿No está ahí todo incluido? Parece que hubiera alergia a la libertad y al conocimiento. Parecería que no interesa que los niños lean, conozcan y razonen la Constitución.
Como ya uno tiene sus años, no puedo evitar retrotaerme a mi infancia y a aquella asignatura que teníamos que estudiar y aprobar. Se llamaba Formación del Espíritu Nacional (FEN) para mayor gloria del régimen. Yo creía que el franquismo había acabado con la transición, no podía imaginar que habría herederos que seguirían sus pasos.

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