DE ASPIRANTE A JESUITA A MORIR EN LA HORCA

VIDA DE DON ANDRES DE BUEN ROSTRO QUE FUE JESUITA Y DESPUES, HABIENDO SALIDO DE LA RELIGIÓN, MURIÓ AHORCADO EN LA CIUDAD DE SEVILLA.

128: Por este mismo tiempo, dice Colodro, sucedió en Sevilla otra desgracia a un hidalgo de Córdoba que se llamaba don Andrés de Buenrostro, y sucedió de esta forma. Don Andrés de Buenrostro era natural de Córdoba, hijo de Jurado Buenrostro, uno de los ricos de aquella ciudad. Diole él, Jurado, estudios a don Andrés y fue tanta su habilidad que se aventajó a todos los de su tiempo. Siendo ya de veinte años pretendió ser de la Compañía y viendo los padres las grandes esperanzas que prometía en tan tierna edad, fue recibido en ella. Tuvo su noviciado con grande ejemplo de todos, sacáronlo [161] de él y llevándolo a estudiar fue de suerte que volaba en los estudios con gran satisfacción de los maestros a quien daba muy bien en que entender en las dificultades que se le ofrecían.

129: Estando pues en este estado y teniendo puestos los ojos en su notable habilidad y virtud, pidió sus vestidos para irse de la Compañía. Viendo una mudanza tan repentina, procuraron con todas las fuerzas apartarle de aquel mal pensamiento y viendo que nada aprovechaba lo enviaron en paz. Sucedió que estando en casa de su padre, le encomendó que se encargase de cobrar unos censos de don Francisco de la Cerda. Fue pues en ocasión que no estaba este caballero en casa sino dos hijas suyas. Las señoras le mandaron entrar y que se sentase en una silla pidiéndole por su salud y como se hallaba con el vestido de seglar, respondió a todo con mucha discreción porque lo era él en extremo discreto. Llevaba don Andrés en un dedo un diamante finísimo y viéndolo (B) doña María le dijo que si se quería casar con ella. El respondió que quisiera ser Rey de España para servirla y tratarla como su persona merecía. Pero dentro de los términos de su posible, y que si gustaba,  que tomase aquel diamante en prenda de su Palabra. Doña María tomó el anillo delante de su hermana doña Leonor y de dos criadas y ella le dio otro que tenía por señal de la suya.

130: Con esto se volvió a su casa y dio cuenta a su padre de lo que había hecho. El padre tomaba el cielo con las manos y hecho un león echole mil maldiciones diciendo que no era su hijo y que lo había de desheredar. Viendo al padre tan enojado se fue a la Guijarrosa que está a cuatro leguas de Córdoba donde su padre tenía toda la hacienda de olivares, viñas y tierras. Viendo pues doña María de la Cerda que don Andrés no acudía ni su padre tampoco, con licencia de su padre fue a besar las manos del obispo Pazos y [162] contole todo lo que había pasado. Mandó el obispo, oída su demanda, que se hiciese información, fuele tomado a don Andrés su dicho y viendo que venía bien con lo que doña María decía, los mandó casar [aquí, vuelve a repetir la frase “ …y viendo que venía bien con lo que doña María decía, los mandó casar”]. Su padre, viendo que se había hecho sin su licencia, no le quiso acudir con un maravedí a cosa ninguna. Viéndose el pobre caballero casado con una señora tan principal, aunque pobre, y que no tenía quien le acudiese, determinó buscar algún señor a quien servir. Recibiolo el conde de Gelvez por su caballerizo. Pasó algunos días en este oficio, y viendo lo poco que se medraba en él determinó hacer una cosa fuera de quien él era por remediar su necesidad. Y fue falsear una cédula del Duque de Arcos de dos mil ducados. Salió con su pretensión, fue con ellos a Córdoba y se vistió a sí y a su mujer y en el cambio, viendo que el Duque no aparecía, le avisaron como para una cédula (B) suya se habían dado dos mil ducados, que mandase su excelencia librar a donde se habían de pagar.

131: El duque extrañó la demanda y respondió que la firma era suya pero que él no había pedido aquel dinero porque no se había visto en ocasión tan apretada que le fuese forzoso valerse del banco. Pero sin embargo de esto, los pagó luego y mandó que se estuviese con cuidado y que si otra vez fuesen en su nombre, que no lo diesen porque sería la cédula falsa. Estúvose a la mira y pasado un año que ya don Andrés había gastado los dos mil ducados, se determinó de ir por otros mil y como  estaban tan sobreaviso lo prendieron luego y avisaron al Duque como habían cogido al malhechor. Sabido por el Duque quien era la persona, lo sintió en el alma y trató que se diese [hay una errata y se ha anticipado el folio 166, el posterior retoma la paginación por la que sigo: 163] algún coste; en esta ocasión, llegó a Sevilla el Alcalde Valladares Sarmiento para Asistente de aquella ciudad, en premio de lo que había servido a Felipe Segundo, en la Sauceda. Entró el nuevo Asistente con aceros de estrenarse en una cosa señalada, estaba la causa desdichada de don Andrés de Buenrostro chorreando sangre. Visto el proceso y sustancia, sin embargo de que era noble, lo mandó ahorcar por el hurto y por falsario.

132: Fue tan desgraciado el pobre don Andrés que de Córdoba nadie le quiso acudir por ser tan feo el crimen cometido. A la mujer la detuvieron sus parientes, no dejándola salir de Córdoba, poniéndole dagas a los pechos. Tal hacia la otra desgracia de este caballero fue que en esta ocasión había muerto su amo el Conde de Jelves de aquella desgraciada muerte que le sobrevino de aquel necio (B) salto que dio. Así que todo el mundo le fue contrario para salvar su vida por algún camino y lo peor que hubo fue la venida del asistente Valladares que tan encarnizado estaba. Notificósele la sentencia de su muerte al desdichado don Andrés, y él la recibió como discreto y prudente, dando a Dios muchas gracias por quererle castigar en esta vida sus culpas. Pidió papel y tinta y escribió a su mujer una carta tan llena de sentencias y discretos pensamientos que me afirmó su mujer que con estar reventando de dolor viéndole morir una muerte tan afrentosa y por otra parte por amarle ternísimamente por merecerlo su cara de ángel y su mucha nobleza y bondad, leyendo su carta se consoló notablemente, conformándose con la voluntad de Dios. Súpose en Córdoba la venida de esta carta y viendo ser cosa [164] de tanto precio y estima, se hicieron de ella mil traslados, porque a juicio de los hombres doctos fue de las cosas grandes que en nuestros tiempos se han escrito.

133: Sacaron pues al desdichado don Andres en una mula de albarda con una ropa de bayeta y unos borceguíes datilados y calzones de belludo. Subió en la mula con mucho ánimo y llevando a su lado dos padres de la Compañía que el uno de ellos era primo hermano de su mujer, de quien yo acabé de saber esta historia. Comenzó el pregón tan lastimero diciendo: esta es la justicia que manda hacer a don Andrés de Bonrostro por ladrón y falsario, y manda que muera ahorcado; quien tal hizo que tal pague. Fue el clamor y gritos de la gente tan grande que llegaba hasta el cielo, viendo llevar a morir a un mancebo de veintiocho años de tan lindo rostro y presencia que si cada uno pudiera lo librara. Con esta general compasión llegaron a la plaza de San Francisco. Allí fue apeado de la mula y subió por la (B) escalera arriba con grande corazón y en lo alto se volvió a reconciliar y pidiendo perdón a todos y diciendo el credo dio su espíritu a su Creador. Y se puede creer piadosamente que está gozando de su majestad, pues con tanta paciencia sufrió aquella afrenta y dio su vida en satisfacción de sus pecados.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

Transcripción del original, publicado en edición facsímil. Los números iniciales corresponden a los párrafos, los números entre corchetes a las páginas. Hemos respetado el léxico y la sintaxis por entender que se trata de un tesoro, pero hemos actualizado la ortografía para no inducir a error

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A PUNTO DE MORIR POR ASISTIR A UN CONDENADO A LA HORCA

VIDA DE JUAN DE ANGULO, NATURAL DE CÓRDOBA.

120: Notable gusto he recibido, dice Excusado, de lo que habéis contado, que a mi ver es uno de los extraños sucesos que ha habido en nuestros tiempos y, en consecuencia de esto, yo os quiero contar otro caso que sucedió en Granada a un (B) cordobés. Este se fue a aquella ciudad y se llamaba Juan de Angulo y según fama, era hijo bastardo de un caballero de Córdoba de los de este linaje. Aplicose pues a ser sedero y en este trato se entretenía. Era en sus costumbres tan travieso y liviano mozo que no había género de travesura en que no picase, y esto con tanto escándalo de todos los ciudadanos que nadie trataba de otra cosa. Entre las demás virtudes que tenía era ser valiente, y tanto que salía bien de cualquier cosa, porque procuraba siempre que le ayudase la razón.

121: Estando pues ocupado en estos ejercicios y tan olvidado de su alma, se fue un día a la Compañía a ver una fiesta que hacían aquellos benditos padres y estándola viendo, se llegó un padre a él y le habló [147] con tanto amor y suavidad afeándole sus escándalos y pecados que poco a poco le hizo que se confesase, aunque al principio le dijo que no está examinado, el padre le dijo que no le diese cuidado, que él le ayudaría. Con esta ayuda de costa se determinó de hacer su confesión muy despacio y el padre le ayudó y le animó a la virtud de manera que desde aquella confesión hasta hoy que debe de haber más de tres años, no ha dejado sus buenos propósitos, confesiones y comuniones cada ocho días. Iba creciendo por punto en la virtud, dejaba un día la espada, otro los paseos con otras mil ocasiones de mundo, procurando perfeccionarse cada día en todo género de virtud, y particularmente en obras de caridad, visitando hospitales y encarcelados, pidiendo para ellos limosna. Con esta buenas le comenzaron todos a mirar con diferentes ojos que hasta allí honrando con su nueva vida todos los yerros de la pasada.

122: Tanto que se decía de él que estando en su tienda y llegando mujeres galanas y ata (B) viadas a comprar, las reprendía trayéndoles a la memoria su vileza el día de la muerte y juicio: y al fin les decía las penas que les estaban guardadas a los que se condenaban y esto con tanta fuerza de razones que se trocaron muchos hombres y mujeres a mejor vida por sus buenos consejos. Estando pues en esta santa vida con mucho deseo de padecer por Dios y satisfacerle por sus grandes pecados, sucedió en Granada donde él vivía una muerte de dos hijos de dos mercaderes. Al matador le escondieron en un convento en una hornilla de carbón. El padre del muerto era hombre poderoso y pidió a la justicia con mucho encarecimiento se hiciese diligencia para buscar al matador.

123: Hízose y entre las demás fue prometer cien ducados al que lo descubriese. Con este premio se descubrió el delincuente y puesto en la cárcel y tomada su confesión lo sentenciaron a muerte, dándole solamente cuatro horas de [148] término. A este tiempo, acudió Juan de Angulo a la cárcel a consolar al pobre preso, llevándole cilicios y disciplinas y santos libros en que leyese animándole a que llevase aquella muerte con mucha paciencia, ofreciéndosela a Dios en satisfacción de sus culpas. Estaba el preso tan aprovechado con estos buenos consejos que no deseaba sino de tener mil vidas para ofrecerlas a Dios por sus culpas. Llegó pues la hora en que lo sacaban a ahorcar. El pariente de este mozo que también era rico, pidió a unos clérigos por donde había de pasar el preso, que se lo quitasen a la justicias, pues lo habían sacado de la Iglesia. Los clérigos lo tuvieron a bien y así se lo prometieron. Pusiéronse escondidos por donde había de pasar el preso con dardos terciados, palos y piedras. Y llegando la justicia y ahorcardo al puerto, salieron los clérigos tan de tropel y dando tantas voces y tirando tantas piedras y cuchilladas, que la justicia desamparó al preso al cual quitaron del asno y lo metieron en la iglesia, cerrándolo y atrancándola y poniéndose en arma para lo que pudiese (B) suceder.

124: Entretanto fueron a avisar a la justicia para que viniese a castigar aquella insolencia y desacato hecho a la justicia y el buen Juan de Angulo se quedó junto al borrico admirado de lo que había sucedido de suerte que desde la ventana le vieron a él solo y no faltó quien dijo que se quitara de allí. Fuese a la Compañía y comenzó a contar a los padres lo que había sucedido; en esto llegaron los Alcaldes al lugar donde se quitó al preso para averiguar quien fuese el que acudió a favorecer al reo. Dijo toda la vecindad que solo a Juan de Angulo habían visto junto al borrico. Con estos indicios buscaron a Angulo y hallado, sin más información, lo sentenciaron a ahorcar con dos horas de plazo para confesarse. Diósele aviso al Arzobispo, puso luego entre dicho y grandes penas y excomuniones, a todo lo cual se hacía sorda la justicia. Pasadas las dos horas, pusieron al buen Angulo [149] sobre el borrico para ahorcarlo en la horca donde habían de poner al otro. Alborotose toda Granada, daban voces chicos y grandes de lástima y compasión viendo morir sin culpa a un hombre tan virtuoso.

125: Los padres de la Compañía que sabían la verdad del caso tomaron este negocio a pecho y yendo unos al presidente, otros a los oidores y otros al Arzobispo y otros a los Alcaldes y Caballeros para que apaciguasen al Presidente. Pero toda esta diligencia no bastó para que se dejase de llevar a ahorcar al inocente Angulo. El cual estuvo todo el tiempo que en esto se gastó sobre el borrico con la soga a la garganta y un Cristo en las manos que tenía atadas. No le sacaron porque el padre Thomas Sánchez, que era un santo en opinión de todos, rogó que no lo sacasen hasta que él volviese, que iba a hablar al Presidente. Hablole excusando a Angulo que no tenía culpa ninguna antes le había pesa- (B) –do de lo que se había hecho porque tenía el preso tan bien dispuesto para morir que tenía como en las manos su salvación. Al fín, díjole quien era, sus muchas virtudes y santa vida y que si le ahorcaba pecaría mortalmente. Pues con cólera y enojo hacía una notable injusticia. Y que si tal le hacía, se había de ir a querellar al Rey en nombre de su mujer e hijos. Tantas cosas le dijo el Santo Padre que se ablandó el Presidente mandando que lo quitasen del asno y lo entregasen al padre Thomas Sánchez que a él solo lo fiaba.

126: Todo el tiempo que en esto se gastó, estuvo el buen Angulo a la puerta de la cárcel diciendo tantas cosas que suspendía a todos los que las oían. Pero así particular, pidió a todos los presentes que si se querían salvar, que se confesaran en la Compañía de los Frailes, pues de una confesión que él hizo le había venido todo su bien y remedio. Al fin, viendo que había gran rato que estaba sobre el borrico, compadeciéndose de él, le rogó al verdugo se lo echara a [160] cuestas, que esto sería más razón. Al fin, estando pidiendo a Dios perdón de sus pecados con mucho contento de verse padecer por aquella dichosa muerte de tanto gusto para él, llegó el padre Thomas Sánchez con el despacho del Presidente. No se puede encarecer la alegría que todos los presentes y toda la ciudad recibió con esta alegre nueva.

127: Solo Angulo estaba triste viéndose frustrado de lo que tanto deseaba, quejose mucho del padre Thomas Sánchez que le había quitado aquella ocasión de tanto merecimiento. Después de esto, los parientes del preso lo sacaron para asegurarlo en otra parte. Súpolo la justicia y con mucha diligencia lo cogieron y ahorcaron, con lo que quedó libre el buen Juan de Angulo, el cual con este caso quedó tan calificada su santidad que lo venían a ver como a santo y para verlo, iban muchos a comprar a su tienda para oírle cosas de Dios, el cual permitía que (B) vendiese solo más que todos los mercaderes juntos, aunque vendía con casi ninguna ganancia. Este fin tuvo esta desgracia de que sacó Dios tantos bienes como hemos dicho.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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DE CÓMO LA PRUDENCIA Y LA PACIENCIA SIEMPRE OBTIENEN RECOMPENSA

CASO QUE SUCEDIÓ A DON FERNANDO DE NARVÁEZ, BISNIETO DE ESTE CABALLERO DEL QUE SE HA HABLADO:

117: Yo quiero darle alma a este cuento, dice Colodro, refiriendo un caso que me contó un superior de la Compañía que se halló presente, de un bis (B) nieto de ese caballero que hoy vive y se llama don Fernando de Narváez. El cual ha sucedido a sus antepasados en el oficio de Alcaide y de la Nobleza que heredó de su padre, porque es nieto de los Señores de Guadalcázar que hoy son Marqueses. Al fin este caballero que hoy vive, que es el año de 1618 (1) y envidiado de todos por sus muchos merecimientos y es la envidia tan poderosa que vemos lo que hizo en el cielo sobre las sillas más altas. Sucedió pues que este caballero pretendió ser familiar del Santo Oficio. Para esto mandaron los señores Inquisidores se hiciesen las informaciones, hechas con grandes ventajas de abono, los enemigos de este caballero, que se llamaban Roxas, dijeron que su bisabuelo había sido quemado por hereje, y presentaron para esto ocho testigos. Diose y tomose señas volviendo a hacer nuevas pruebas y constando por ellas ser falso lo que se había jurado, castigaron los testigos y diéronle a don Fernando el título [144] de familiar con mucha honra.

118: Renovó de camino el privilegio de las ocho alabardas que pueden traer los Alcaides de Antequera. Y de camino, pretendió el hábito de Santiago, lo que sucedió en las informaciones no es posible decirse, tanto que se hicieron tres pares de informaciones, gastando en esto más de dos mil ducados, que esto era lo que pretendían los enemigos, gastarlo y consumirlo hasta ponerlo en el hospital. Salió al fin con el hábito a pesar de todos los contrarios, y en este caso se verifica que la verdad adelgaza, pero no quiebra. Puesto al fin en posesión de su hábito quiso estrenarlo junto a la cruz de familia y los ocho alabarderos el día del Corpus Cristi, y sabiéndolo sus enemigos, determinaron hacerle una de las mayores afrentas que en España y fuera de ella se han visto, todo a fin de gastarlo de suerte que no le quedara cera en el oído. La ocasión fue que teniendo este (B) caballero cuatro caballos cordobeses de la famosa casta de los Valenzuela y sin temor de Dios ni de las gentes, entraron en caballeriza y les cortaron las colas y las orejas, y se fueron a sus casas, poniéndose todos a punto para lo que don Fernando de Narváez quisiese hacer.

119: Sabido pues por don Fernando el caso y el intento de sus enemigos, que era de empobrecerlo, no hizo caso de ello, con que sus enemigos quedaron mordiéndose las manos de rabia. Y toda el Andalucía que supo el caso, admirados que no saliese a la venganza tan justamente merecida. Visto esto por sus enemigos se determinaron de hacerle otra y fue que un día muy principal y de gran concurso de gentes le llamaron cornudo infame con otras semejantes palabras salidas de aquellos pechos tan dañosos que no pretendían con esto sino incitarlo para que hiciese un disparate con que lo destruyesen. Pero nada bastó para que el valeroso caballero saliese un [146] punto de lo que su mucha prudencia y virtud merecía, dejando a Dios el castigo de tan atrevidas maldades. Su Divina Majestad le vengó muy de contado, permitiendo que a todos los malhechores sucediesen trabajos y desgracias nunca vistas, muriendo uno de ellos desastradamente, y los demás, por diversos caminos a mucha ruina y pobreza, en que echaron de ver cuán justo es Dios pues no sufre que sus siervos sean afligidos, y aunque lo fue mucho, este caballero al fin le premió Dios su mucha paciencia haciéndole señor de sus enemigos, como lo es a pesar de sus malicias y maldades.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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  1. Esta fecha data el manuscrito en la primera mitad del siglo XVII, aunque la mayoría de las anécdotas históricas relatadas corresponden al reinado de Felipe II.
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NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE. SOBRE DON RODRIGO NARVÁEZ, ALCAIDE DE ANTEQUERA.

HISTORIA DE DON RODRIGO DE NARVÁEZ, ALCAIDE DE ANTEQUERA:

110: He gustado, dice Excusado, más de los que puedo encarecer de lo que habéis contado de este gran caballero y creo que cierto que el levantar Dios algunos hombres tanto en nuestros tiempos como en los pasados  no ha sido sino para grandes servicios que hicieron a su Majestad Divina. Lo que levantó el gran Cortés por el gran respeto que tuvo a su Cruz y a los religiosos que adonde quiera que los veía se hincaba de rodillas, y particularmente delante de los judíos para que ellos, [140] por su ejemplo, hiciesen otro tanto. De el Duque de Alba se encarece el respeto que tuvo a las iglesias y cosas sagradas y del famoso Cid, Rui Díaz no acaban de ensalzar la devoción y caridad que tuvo a los pobres y se dice en su historia que llegó un pobre a pedir limosna lleno de lepra y le rogó que lo llevase caballero, y él con mucho amor tomó a las ancas del caballo y luego se desapareció, de donde se infiere que mereció ver a Cristo en figura de aquel pobre por su mucha caridad, y como he dicho de estos pudiera decir de otros muchos pero en particular os tengo que contar lo que le sucedió a un caballero de Córdoba que era Alcaide de Antequera, que en su modo no es menor la hazaña que las pasadas y es de esta suerte.

111: Don Rodrigo de Narváez fue súbdito de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel. Fue tan valeroso (B) capitán que los moros lo tenían por espanto de sus fronteras señalándose más que otro de su tiempo en todas las cosas de la guerra que cada día ofrecían. Para estas cosas, el Rey don Fernando de Aragón le hizo grandes mercedes y le dio la villa de Antequera. En confianza, haciéndole Alcaide de ella y que pudiese traer ocho alabarderos consigo y en unos tiempos le han confirmado los Reyes esta misión.

112: Estando pues este caballero ocupado en defensa de la ciudad que se le había dado, sin embargo de que los moros fronterizos de Granada lo sacaban a escaramuzas cada día, en las cuales el buen Alcaide se mostraba muy valeroso Capitán. Sucedió pues que en este tiempo estaba en aquella villa de Antequera una señora casada con un buen caballero. Puso el Alcaide [141] los ojos en ella con mal ánimo: festejábala y servíala de todas las maneras que le era posible. Llegó a tanto su pasión, que se determinó de escalarle la casa estando ausente su marido. La buena señora, luego que sintió la voluntad del Alcaide, se recogió no queriendo dar oídos a sus recaudos y peticiones por ser ella muy gran señora y mujer de un tan principal caballero. Cansose el Alcaide viendo que no le aprovechaban nada sus diligencias.

113: Era el Alcaide tan llano apacible y bueno con todos que no se trataba otra cosa en la villa sino de su nobleza y bondad, con que tenía ganadas las voluntades  de todos llamándole a boca llena “Padre de la Patria”. El marido de la señora que había pretendido don Rodrígo de Narváez, le fue a pedir un negocio harto dificultoso, que podía para hacerse mucho parentesco y mucha amistad, y de lo uno y de lo otro no había algo entre los dos, pues no se conocían. Pero fiado en la nobleza del Alcaide y sin saber lo que en su casa le fue a pedir lo que pretendía; y el buen Alcaide, sin poner impedimento ni venderle la dificultad que había pretendido, le concedió luego su demanda diciéndole con mucho amor que en otras cosas de más importancia quería le mandase. Viendo pues el caballero la larga mano con que le había correspondido y la voluntad que mostraba para hacerle merced en lo que se ofreciese, se partió de él rindiéndole las gracias y haciéndose lenguas donde quiera en alabanza del Alcaide.

114: Entre otra ocasión donde mostró su agradecimiento fue que viniendo a cenar a su casa y estando con su mujer a la mesa y viéndole ella tan alegre le preguntó que de dónde venía y que cual era la causa de su contento. El marido le contó lo que le [142] había sucedido con el Alcaide, añadiendo otras mil cosas que en su loor toda la tierra decía y que él determinaba ser pregonero de ellas donde quiera que se hallase. Fue tanto lo que dijo que la mujer, agradecida de su parte, le escribió un billete diciéndole que lo mucho que de él había dicho su marido, había sido bastante a rendir a la que todo el mundo no bastara como lo había experimentado; y que llevada de este agradecimiento se resolvía en condescender con su voluntad como se lo prometía por aquel billete que le enviaba.

115: Leído el billete, se quedó pasmado y viendo que se le mandaba que fuese aquella noche porque el marido no estaba en casa, disimuló y le dijo a el ama que lo llevaba que le dijese a su señora que le besaba las manos y él haría lo que se le mandaba. Sin embargo, pues del salvoconducto que se le había dado, determinó (B) por lo que sucediese, armarse de todas armas, y encima de ellas se vistió de un velludo verde. Aludiendo a la esperanza de conseguir su deseo. No quiso el buen caballero llevar a nadie consigo y llegado al puesto tiró una china a la ventana de la casa. La señora que estaba en vela, bajó y abrió a su nuevo galán, recibiéndolo con mil abrazos y todas las muestras de amor que se pueden imaginar. El caballero quedó con esto más admirado que cuando recibió el billete y deseoso de saber la causa, le rogó que se la dijese que recibiría mucha merced y regalo. Ella le respondió que le placía el decírlo y comenzó de esta suerte: “Habéis de saber, Señor Alcaide, que cenando los días pasados, mi marido y yo, vinisteis a plática [142] y él tomó la mano hablando y diciendo de vos tantas cosas en vuestra alabanza, honra y nobleza, que no sé qué más se pudiera decir del mejor hombre del mundo. Os llamó junto con esto “Padre de la Patria” y que chicos y grandes, todos, hallaban en vos amparo y remedio y, sobre todo, que erais gran señor de damas y muy cortesano con ellas. Al fin, mi marido quedó muy satisfecho y obligado a la merced que le hicisteis y yo de oírle decir tantas cosas quedé tan aficionada de vos que lo que no pudo vuestra importunación, lo ganó en mí vuestra fama, y así me resolví de serviros y he aguardado esta ocasión que está fuera mi marido para satisfaceros de todo lo que fuese vuestra voluntad como lo podréis hacer en la ocasión presente.

116: El buen Alcaide que acabó de oír (B) la causa que a la señora le había movido a la liviandad, levantándose de la silla le dijo: “No permita Dios ni su Santa Madre a hombre que de mi tanto bien dijo haga yo con él semejante traición y maldad, y así os suplico que me perdonéis, señora, porque certifico que no baste todo el mundo a trocarme de este parecer y a no ser muy agradecido a tan buena y leal voluntad como es la de vuestro esposo”, y diciendo esto, se volvió a salir por donde había entrado, quedando la pobre señora avergonzada y confusa de lo hecho; y, por otra parte, admirada de la lealtad y bondad del Alcaide, pues quiso posponer sus gustos y privarse de lo que tanto había deseado para no ofender a su [144] amigo. Fue esto causa para que la señora lo estimase en más de allí adelante, siendo pregonera de las virtudes del Alcaide en las ocasiones que se ofrecían. Todo esto se vino a descubrir después por su confesor y muerto el Alcaide se compusieron romances y muchas letras que se han cantado en toda España con grande loa de este famoso caballero don Rodrigo de Narváez, a quien ha subido hasta las nubes este caso que le sucedió pero pocos le han imitado en la virtud y fidelidad que guardó a su amigo y bienhechor.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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  1. Debió tener mucha fama en su tiempo, fue apodado «el bueno». Para más información: https://dbe.rah.es/biografias/6845/rodrigo-de-narvaez-y-biedma
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DE CÓMO EL GRAN CAPITÁN SALVÓ A DOS DONCELLAS DE LA DESHONRA EN NÁPOLES

CASO ADMIRABLE QUE SUCEDIÓ AL GRAN CAPITÁN EN NÁPOLES CON UNAS SEÑORAS POBRES:

103: Milagroso es Dios en sus obras, dice Colodro, y en sacar bienes de males, como lo hizo en esta ocasión y en otra que yo os quiero contar que el sucedió al Gran Capitán, don Gonzalo Fernández de Córdoba, y cuando él no hubiera hecho otra sino esta, bastaba para engrandecer cualquier príncipe del mundo. El caso pasó de esta forma. Después que el Gran Capitán hubo conquistado el reino de Nápoles, y hecho su entrada tan grandiosamente, y habiendo dado corte y asiento estas cosas de la paz y de la guerra, quedaron (B) desacomodados: unos pobres, otros encarcelados, por haber seguido la parte de Francia, otros huidos. Al fin, entre los que quedaron pobres y necesitados fue un gran caballero de la ciudad de Nápoles. Este tenía dos hijas ya casaderas dotadas de rara belleza y hermosura. Con los trances de la guerra, vino su padre a quedar tan pobre que no hallando remedio después de haber maquinado mil trazas, le dijo a sus hijas.

104: Ya sabéis de la suerte que estoy, la ocasión ha sido no de mi parte, pues no he jugado ni malbaratado, la guerra lo ha hecho harto; he mirado y considerado el modo que podrá tener nuestro trabajo. No ignoro, hijas mías, que es ajeno de quien somos y de los ojos de Dios, pero viendo que debajo del cielo no hay otro remedio, me he resuelto en que toméis amistad con este Gran Capitán, [146] pues lo puede todo y en su mano está la vida y la muerte; y por vuestro respeto no dejará de sacarnos de este aprieto y miseria en que nos vemos. Oídas estas razones por las pobres señoras, se desmayaron viendo su desdichada suerte y vertiendo arroyos de lágrimas de sus ojos lloraron su desventura deseando antes no haber nacido que verse en tan miserable estado. Pero mirando el caso y que era el último remedio le dijeron a su padre que ya que así lo quería la fortuna, que lo fuese a tratar. Hízolo así, fue a besar las manos al Gran Capitán y dada licencia propuso su embajada, diciendo el aprieto y necesidad en que tenían las guerras, y que por ser de lo mejor de Nápoles, no se podía poner a trabajar para ganar de comer: y por ser ya viejo, solo le habían quedado don hijas, las más hermosas doncellas de Nápoles, que su alteza se sirviese de la que más gustase y que le perdonase el atrevimiento pues su pobreza y trabajo no le daban lugar a otra cosa. (B)

105: Acabó su razonamiento vertiendo muchas lágrimas de sus ojos; y respondiole el Gran Capitán con mucha majestad que para el domingo las llevase adonde había de ir a oír misa y que se pusiesen cerca de su estrado para desde allí verlas. Despidiose el buen viejo consolado por entender que la respuesta del gran Capitán había sido favorable, y con esto se volvió a su casa y contó a sus hijas lo que le había pasado pidiéndoles que para el día señalado se aderezasen de lo mejor que pudiesen: no se descuidaron en esto por lo que interesaban.

106: Llegado pues el día, se fueron las señoras al puesto, vino el gran Capitán, púsolos en ellas y satisfecho en que eran las mismas se enterneció y compadeció de manera que allí trató del remedio del padre y de las hijas por un medio bien diferente del que ellas pensaron. Y fue que dos caballeros de los que tenía presos, de los más ricos y nobles de Nápoles, aunque de los más culpados por haber sido muy a favor del francés en la conquista de aquel reino, determinó casarlos con aquellas señoras, y como lo pensó lo puso por la obra. Fuese a su casa y luego envió a llamar con doce escopeteros a los caballeros que por puntos estaban esperando la muerte como todos los demás que habían sido de su parcialidad. Oído el mensaje se comenzaron a cubrir de sudores de muerte y con muchas lágrimas se comenzaron a despedir de sus parientes y amigos: llegados a casa del gran Capitán con sus prisiones y el acompañamiento. Mandoles entrar, y viéndose delante de él, se echaron a sus pies con grandes sollozos y lágrimas que venían: pidiéndole que se apiadase su alteza de sus pocos años y poca experiencia y que habían sido engañados y que ellos prometían muy grande enmienda y lealtad a su Rey de allí adelante. Viéndolos tan arrepentidos (B) les mandó alzar de tierra y representándoles con mucho artificio el ser Virrey de Nápoles y Capitán General por mar y tierra del Rey de España, les dijo que si no entendiera lo que allí habían dicho les era de alguna disculpa que ya hubiera ejecutado en ellos la pena que sus culpas merecían. Que él les prometía serles buen tercero para con su Rey para que sus negocios tuvieran el buen fin que ellos deseaban y que supuesto esto, les pedía hiciese por él una cosa que les rogaba. Se volvieron a hincar de rodillas y que se tenían por dichosos en que su alteza les quisiese mandar y que viese lo que era de su voluntad. Entonces, el gran Capitán les dijo que si conocían a tal caballero y a dos hijas suyas. Y respondieron que sí y que eran deudas suyas y que eran de lo mejor de Nápoles. Pues así es. Lo [148]  que quiero que hagáis por mí es que os caseis con esas dos señoras dando mi palabra de acudir a vuestros negocios como veréis.

107: Sabida su voluntad por los caballeros se volvieron a hincar de rodillas besándole los pies, dándole las gracias por tan gran merced diciendo que ellos ganaban en aquel negocio que les estaba tan bien. Hecho esto, les mandó quitar las prisiones y traer vestidos y aderezos para sus personas y de su honra, envió a llamar a el caballero y a sus hijas. Vinieron bien descuidados del bien que les tenía aparejado. Entre tanto avisó al Arzobispo para que estuviesen todos juntos a un tiempo.

108: Hecho esto, tomó la mano el gran Capitan y movido con un corazón y amor de padre propuso lo que había hecho rogando a aquellos caballeros se casaran con (B) aquellas señoras que aunque pobres eran muy principales y que el dote lo daría él y se prefería de alcanzar el perdón de su Rey. Oído esto por el arzobispo le dio las gracias por tan señalada merced, en nombre suyo y de los desposados; y hechas las preguntas, hallando las voluntades conformes, los desposó su Señoría siendo el Gran Capitán su padrino. Sentáronse todos a comer con el Gran Capitán haciéndoles un magnífico convite; sentó a sus dos lados a los desposados, al padre de las señoras, y a sus suegras y Arzobispo con otros caballeros y capitanes que le habían ayudado a ganar aquel reino. No trataron en la mesa sino de la gran hazaña que su alteza había hecho. Todos los que hasta allí estuvieron dudosos, viendo el hecho tan señalado daban voces alabando las proezas del Gran Capitán. Pero sobre todo que lengua podrá explicar la alegría [149] que tendrían el padre y las hijas que sabían a lo que venían y que de una deshonra e infamia tan grande, sin pensarlo se viesen con honra, con maridos, con hacienda y con descanso. Meta cada uno la mano en su pecho, ¡bien se echa de ver cuan agradecidos quedarían a su bienhechor!

109: Pues no paró en esto sino que a otro día se hicieron las bodas, siendo como dije el Gran Capitán y un sobrino suyo los padrinos. Dioles muchos dones y preseas y últimamente les alcanzó perdón de su Rey. Todo esto hizo el Gran Capitán, honra de España, sin ofensa de un pecado venial, sino solo por servir a Dios y no ofenderle habiéndolo podido hacer tan a su salvo. Y así se dice y escribe en su Historia que dio por descargo en aquellas tan apretadas cuentas (1) que le tomaron que mucha de aquella cantidad había gastado en casar huérfanos, en decir misas y en otras (B) muchas limosnas para que Dios le diese victoria; y así es de creer que quien vivió tan ajustado mereciera en premio tantos triunfos y victorias como alcanzó.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

Transcripción del original, publicado en edición facsímil. Los números iniciales corresponden a los párrafos, los números entre corchetes a las páginas. Hemos respetado el léxico y la sintaxis por entender que se trata de un tesoro, pero hemos actualizado la ortografía para no inducir a error.

  1. Se refiere a las famosas cuentas que le fueron exigidas por los Reyes Católicos, y que, molesto, justificó a su manera de forma irónica y humorística, tanto que quedaron como refrán popular. Para más información: http://www.gibralfaro.uma.es/dichos/pag_1577.htm
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A PUNTO DEL DIVORCIO POR AYUDAR A UNAS DAMAS EN APUROS FRENTE A SU CASA

SOCORRE COMPASIVO UN CABALLERO A UNA FAMILIA QUE SE LE OFRECIÓ PARA MAL USO Y LO QUE PASÓ EN LA CASA DE ESTE CABALLERO:

99: Yo contaré, dice Colodro, otro caso que (B) le sucedió a un caballero deudo de este Santo Obispo que alude a lo que ese Prelado hizo de dejarse morir por no ofender a Dios. Y lo supe de un cura de San Martín, deudo mío y de esta suerte. Por los pecados de los hombres y por sus justos juicios nos ha enviado Dios en estos tiempos unos años correspondientes a la vida que los hombres viven; fue esto el año de 1584 en el cual valía cada fanega de trigo seis ducados, sesenta y seis maravedís y lo peor era que no se hallaba; padecía la gente pobre notable necesidad y en particular las mujeres. Estaba en Córdoba una señora viuda con una hija muy hermosa fueron pasando el tiempo de el hambre con mucha necesidad, aunque para remediarla se valieron de todas las mejores halajas que tenían empeñando unas y vendiendo otras. [143] Viendo pues que ya no les quedaban otras que empeñar y que los parientes que tenían no las podían remediar, se resolvieron en que la hija se entrase por las puertas de este caballero rico que he dicho, aunque estaba casado y tenía una hermosa mujer.

100: El caballero era mozo y se entretenía en liviandades y les pareció que hallarían en él buena acogida. Al fin, llenas de angustia y dolor, y viendo el punto y desventura a que las había traído su necesidad se fueron a casa del caballero. Halláronlo solo a su puerta paseándose y la mujer detrás de una celosía atisbando y llena de celos por saber sus travesuras, lo cual era causa de muchos disgustos para entrambos. Llegaron las pobres señoras representando su necesidad, pidiéndole (B) por las entrañas de Dios las favoreciese, y entendiese que el haber venido a su casa había sido ya el último remedio: pues hacía dos días que no se habían desayunado. Fue tanto lo que se enterneció este buen caballero considerando al punto que la necesidad había traído a aquellas pobres señoras y aunque el caballero era tan sensual y arrojado, se compadeció de manera que sin intereses de lo que se le ofrecía se determinó de socorrer y amparar aquella doncella y así, saltándosele las lágrimas de pena y dolor les rogó que esperasen que luego venía.

101: La mujer que había estado en la ventana viendo que habían entrado mujeres, bajó echa una leona y comenzó a decir mil libertades al marido. El buen caballero la apacigua-[144]-ba y rogaba; y que entendiese que no era lo que ella pensaba; no quiero escuchar, respondió ella, bien me lo dicen y lo veo por mis ojos: yo me descasaré de vos que esto no se puede sufrir, no falta ya otra cosa sino traerlas a mi casa, yo me iré a la de mis padres. El pobre caballero no hacía sino apaciguarla con palabras mansas y amorosas pidiéndole que le escuchase dos palabras y que luego hiciese lo que quisiese. Al fin, reportada la mujer le comenzó a contar el estado de aquellas tan principales señoras y que iba a decirle lo que pasaba y a rogarle que ambos acudiesen a aquella obra de misericordia. Con estas razones se sosegó y le dijo a su marido que para ver si era verdad que las entrase a su (B) estrado.

102: Entraron las pobres señoras y cuando las vio y conoció quienes eran se lastimó de su necesidad, consololas con sus palabras y ayudolas con todo cuanto hubieron menester prefiriéndose de no faltarles jamás como lo hicieron con mucha largueza, las pobres señoras hincadas de rodillas y puestas las manos les dieron infinitas gracias pidiendo a Dios con muchas lágrimas les aumentase los bienes y los días de la vida quitándoselos a ellas y poniéndolos en sus personas. Con esto se fueron a sus casas arrepentidas y con propósito de morir mil muertes antes que ofender a Dios. Contaban este caso a muchas personas para ejemplo que se animasen otros a que acudan a Dios en sus trabajos. Este fin tuvo la mala determinación de estas señoras.[145]

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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SI HUBIESES AMISTAD CON MUJER, SALVARÁS LA VIDA…VIDA DE FRANCISCO PACHECO, OBISPO DE CORDOBA (1). Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba.

96: Yo contaré, dice Excusado, un caso que le sucedió a don Francisco Pacheco, Obispo de Córdoba, de harta edificación y es de esta manera. Don Francisco Pacheco fue nieto de los marqueses de Priego y fue hermano de don Diego de Córdoba, caballerizo del rey don Felipe. Este Santo Obispo fue uno de los discípulos que tuvo el cronista Ambrosio de Morales. Fue primero (B) Obispo de Málaga, y por muerte de Presidente Pazos que le sucedió a don Martín de Córdoba, de quien se pudieran decir hartas proezas de virtud y santidad para ejemplo de los prelados, le dieron el obispado de esta ciudad. Vino a ella con mucho gusto por ser de ella natural.

97: Fue su entrada con extraña aclamación y no se engañaron porque si Dios le diera muchos años de vida, el fuera padre de la ciudad como lo han sido todos sus antecesores. Yo supe de grandes limosnas que comenzó a hacer a personas principales y a estos decía que les daba de buena gana por lo mucho que padecen para no avergonzarse de irlo a pedir a nadie ni poder trabajar. Dio este Santo Obispo a la Compañía de Jesús un retablo de mano de Céspedes que para haberlo de alabar era menester un libro entero; es la historia de Santa Catalina y en la cúpula el sacrificio [142] Abraham, obra valiente y que admira a los que entienden, los cuales dicen que no tiene precio.

98: Era este Obispo sobrino del Señor Juan, el Deán, y el que le sucedió en el mismo Deanato a que estuvo siempre muy reconocido. En esta y otras santas obras, le cogió la muerte, causada de un mal de riñones. Aconsejáronle los médicos que si su señoría hubiese amistad con una mujer se aseguraría la vida; y el Santo Obispo le respondió que no quería vida con ofensa a Dios; que la daba él y otras mil que tuviera para que no fuese Dios ofendido. El cual se lo llevó a gozar de sí premiando sus muchas virtudes.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

Transcripción del original, publicado en edición facsímil. Los números iniciales corresponden a los párrafos, los números entre corchetes a las páginas. Hemos respetado el léxico y la sintaxis por entender que se trata de un tesoro, pero hemos actualizado la ortografía para no inducir a error

  1. Antes fue Obispo de Málaga:

«El rey Felipe II lo presentó para obispo de Córdoba en 1587, de cuya sede tomó posesión el 12 de abril de ese mismo año, entrando solemnemente en la ciudad el día 23. Su gobierno al frente de la diócesis cordobesa fue positivo aunque breve, ya que falleció el 2 de octubre de 1590. Fue enterrado en el Convento de Santa Isabel de los Ángeles.»

Para ampliar información:

https://dbe.rah.es/biografias/107771/francisco-pacheco-y-cordoba

Bibl.: L. Guede, R. Gómez Marín, Historia de Málaga, (desde su restauración hasta hoy): vicarías, parroquias, seminarios, sínodos, obispos, Málaga, Imprenta Hnos. Rodríguez, 1983, pág. 73; F. Mondéjar Cumpián, Obispos de la Iglesia de Málaga, Córdoba, Publicaciones Obra Social y Cultural Caja- Sur, 1998, págs. 201-204.

2. El libro que aparece en la fotografía pertenece a Francisco Pacheco, es de la época, pero no corresponde a nuestro obispo. Como curiosidad os diré que cuesta 600 € por si alguien lo quiere.

3. Es curioso el dato que se aporta justificando la ayuda a las familias nobles porque «no podían trabajar». En efecto, se tenía por una deshonra tal cómo podemos leer en El Lazarillo de Tormes.

4. El Obispo Francisco Pacheco es recordado, especialmente, por su encuentro con nuestro insigne poeta Luis de Góngora con motivo de sus supuesta falta de compostura y vida licenciosa. El proceso fue recogido aunque es difícil consulta y se ha interpretado tendenciosamente sin contextualizar los hechos. En este sentido recomiendo vivamente el siguiente artículo de Amelia de Paz: «Revisión de la presencia de Góngora en la visita del obispo Francisco Pacheco a la Catedral de Córdoba en 1588-1589. Transcripción, a partir del original, de todas las referencias al poeta». En él, entre otras afirmaciones encontramos la siguiente:


Sentencia es de bachilleres lo mucho que al riguroso obispo Pacheco debe la fama díscola y desenvuelta de Góngora. Sin duda no buscaba el prelado aparecer en los repertorios de literatura cuando se dispuso a pasar revista al cabildo cordobés en 1588. Pero ahí está, inseparablemente asociado al poeta, rígidos uno y otro en ademán inamovible como moldes pompeyanos

Ver en; https://journals.openedition.org/criticon/1489

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EN OBRAS DE CARIDAD, QUE NO SEPA TU MANO DERECHA LO QUE HACE LA IZQUIERDA. VIDA DE DON FRAY MARTÍN DE CÓRDOBA, OBISPO DE ESTA CIUDAD. Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba.

Capilla de El Sagrario. Catedral de Córdoba. Fotografía de Daniel Salvador. Se conoce como la Capilla Sixtina de Córdoba y fue obra del obispo Fray Martín de Córdoba

91: Fray Martín de Córdoba, como he dicho, fue hijo del Marqués de Priego y siendo fraile de Santo Domingo, le hicieron Prior del Convento de San Pablo de Córdoba, que no puede ser Prior de aquel (B) ilustre convento el que no es caballero: era maestro en Santa Teología, y la leyó muchos años. Fuera de todo lo dicho, era más su santidad y por ella más que por el linaje, era muy estimado de todos. Diole el Rey el obispado de Córdoba con otras muchas esperanzas. Administró este oficio con tanta justicia y santidad como de él se esperaba. Pasaba todo por su mano no fiándose de sus ministros en las cosas de importancia. Puso muy gran cuidado en refrenar los sacerdotes castigando los malos y premiando lo buenos. Y era tan recatado en ordenar, que entre millares de ellos ordenaba cual y cual satisfecho de sus virtudes y letras; daba audiencia a todo género de gente y en lo que más cuidado ponía era en despachar los forasteros no llevándoles los derechos por entero. Era afable y humano con todos; y así vino a hacer una cosa pocas veces vista que fue confesar por su misma persona y esto con tanto gusto como [139] cuando era fraile, lo cual fue causa para que se remediaran muchas cosas tocantes a el alma y a el cuerpo y entre otras que le vinieron a las manos fue una que me la contó a quien le sucedió.

92: Fue pues el caso que entre las demás personas que se llegaron a confesar con el obispo, fue una señora principal pero pobre: era viuda y tenía dos hijos y para su sustento tomaron por medio el confeccionar seda de madejas. Y viendo que con el trabajo de sus manos no se podían sustentar determinaron de hurtar una onza de seda, la cual vendían por tres reales y medio; y después ponían la seda en parte húmeda con que se restauraba la onza hurtada, de suerte que el dueño jamás lo sintió: pasose mucho tiempo, tanto que lo hurtado vino a valer más de mil ducados. Apretadas, pues, las pobres señoras de su misma conciencia se fueron a confesar (B) con el obispo. Oído por él y lastimado del caso, las animó rogándoles que no pasase aquello adelante, sino que le dijesen el nombre del mercader que él le hablaría y que volviese para tal día. Hizose como él lo mando, vino el mercader y dijole que una persona pobre le era en cargo de mil ducados, que mirase que corte se le podría dar. El mercader respondió que le dijese su señoría quien era la otra persona y que daba palabra de soltarle toda la cantidad y hacerle una escritura del perdón. Dijole el obispo que para qué lo quería saber y él respondió que para huir de ella y para que no le hurtase más. El señor obispo le aseguró y le rogó que tratasen de aquel negocio dando su palabra que no se le tomaría una blanca más.

93: Con este seguro dijo que le diesen quinientos ducados y que el perdonaba en otra mitad. El Santo Obispo mando luego a su mayordomo que se los contase en [140] doblones con que el mercader se fue contentísimo y el obispo lo quedó mucho más. Vinieron las señoras para el día señalado y contoles lo que había hecho pidiéndoles por la sangre de Jesucristo que de allí adelante hubiese enmienda y que para que el mercader no sintiese alguna cosa no dejasen de lomar la seda hasta que pasase algún tiempo. Y en esto de llevarle la seda, se tardasen de cuando en cuando para que viendo él que no acudían como de antes, se la quitase. Como lo hizo quedando amigos y sin sospechas de que ellas le hubiesen hecho mala harina.

94: No se contentó con esto el Santo Obispo, sino que remedió esta necesidad desde los cimientos dándoles luego otros quinientos ducados y cincuenta fanegas de trigo para pasar. Y al fin vino a casar a estas señoras conforme a su estado y nobleza. En estas y otras cosas semejantes se ocupó este Santo Obispo toda su vida. Al fin se lo llevó Dios para sí, tomando una ocasión de harta edificación. Y fue que haciéndose una proce (B) sión para el agua, por el mes de abril, iba en ella una de las dignidades de la Iglesia parlando con escándalo de toda la gente: viendo esto el buen obispo, se llegó a él y le dijo que por la sangre de Cristo, que ya que pecaba, que pecase como cristiano y  no como gentil. A lo cual, el buen clérigo respondió con mucha humildad. Con que el obispo quedó satisfecho y el clérigo enmendado. Iba pues en esta procesión el santo Obispo descalzo y con un áspero silicio debajo del hábito y con un crucifijo en las manos, rogando a todos que con mucha confianza pidiesen a Dios remedio, que confiaba que como padre les oiría. Y así fue que por sus santas y devotas oraciones envió Dios un rocío muy abundante, cogiéndose aquel año una abundantísima cosecha.

95: Tanto pueden para con Dios las oraciones de un justo. Ocasionósele la muerte [141] de esta procesión por ir como iba descalzo y con el áspero silicio, le sobrevivo en fin una enfermedad de la cual murió; en ocasión que estaba haciendo el Sagrario que tiene aquella Santa Iglesia, que es una de las mejores que tiene España, según lo dicen los que tienen voto en esto. Sintiose mucho la muerte del Santo don Fray Martín de Córdoba por ser tan piadoso padre como hemos dicho.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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  1. En esta capilla fui bautizado, también lo fueron mis dos hijos. Todo un lujo.
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DE CÓMO EL OBISPO COMPRÓ FUENTE OBEJUNA PARA SU HIJO (MAXIMILIANO DE AUSTRIA)A FELIPE II, PERO MURIÓ ANTES DE TOMAR POSESIÓN. VIDA DE DON LEOPOLDO DE AUSTRIA, OBISPO DE CÓRDOBA. (2)

88: Andando pues en esta amistad el señor obispo, le nació un hijo que le llamaron don Maximiliano de Austria. Ya el don Juan era mozo de 18 años y agradecido el obispo a su lealtad, comenzó a darle capellanías y beneficios y  últimamente una canonjía que con prestameros le dejó cuando murió cuatro mil ducados de renta. Este canónigo fue el tutor de don Maximiliano y por él se le daba todo lo que había menester. Luego, pues que su señoría se vio con un sobrino, determinó de acomodarlo, y para ello puso los ojos en la Villa de Fuenteovejuna, que es villa de Córdoba, pareciéndole que sería buena para darle título de Marqués o Duque. Y así trató con la Majestad del rey Felipe Segundo que le vendiese aquella villa. El rey, que no ignoraba el para qué, y para no darla después sin blanca, se la vendió en cuatrocientos mil ducados. Gustó de ello el obispo porque tuviese el emperador un nieto duque o marqués en España. Enviose a la Corte el dinero en cuatro acémilas [137] y esto no fue tan secreto que no se supiese luego en la corte y predicando al Rey un freile jerónimo, le dijo en el sermón: “He sabido que le han enviado a Vuestra majestad cuatrocientos mil ducados de la sangre de los pobres de Córdoba. Vuestra majestad mire donde los pone porque es sangre de Abel que está clamando. El rey se quedó espantado de que se supiese.

89: Fue pues el concierto que entregándose al rey el dinero, iría su Ilustrísima a tomar posesión. Luego, pues, que se supo, fue su Ilustrísima con todo el aparato posible; llevó toda su casa, fuéronle acompañando de toda la ciudad muchos caballeros. Partió sano de Córdoba y por el camino lo fue y muy contento por haber comprado aquella villa; y aunque le había costado tanto dinero hacía cuenta que se la daban de balde. Con esta y otras semejantes razones llegaron a una venta que está a dos leguas de Fuente Obejuna y allí se apeó por descansar un rato, donde de improviso le dio el mal de la muerte. Y en un triste poyo, sobre una esterilla, dio su alma a Dios diciendo antes de morir que dejaba a don Juan de Espinosa, su criado, toda su hacienda junto con Fuenteovejuna, y esto era en confianza para que lo diera a su sobrino que se llamaba don Maximiliano de Austria.

90: Viendo los criados lo que pasaba se volvieron con el obispo muerto a Córdoba sin tomar posesión de Fuente Obejuna que tanto lo había deseado. Dio harto que pensar en toda España la muerte inopinada de este príncipe en tan vigorosa ocasión tan indigna y ajena de un Obispo a quien castigó Dios tan visiblemente no permitiendo que él ni su hijo gozaran de aquel señorío. Porque el Rey luego que lo supo se tomó los dineros y se quedó con la Villa y lo más que le dio a Don Maximiliano fue hacerlo Abad de Alcalá y después Obispo de Cádiz y muerto Felipe 2º, su hijo Filipo 3º le hizo Arzobispo de Santiago. Esto es lo que yo he sabido del Obispo don Leopoldo de Austria, bien diferente de lo que después hizo Don Martín de Córdoba, hijo de Marqués de Priego, fraile dominico que por ser opuesta toda su vida a lo que he contado diré en suma lo que hizo.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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  1. La vida de su hijo Maximiliano, primo ilegítimo del emperador Carlos V, fue ejemplar, un auténtico hombre del Renacimiento. En este enlace se anota cómo aparece en el testamento del obispo, su padre: https://dbe.rah.es/biografias/67471/maximiliano-de-austria.
  2. Para ampliar información:

ARANDA DONCEL, Juan, “La carrera eclesiástica de Maximiliano de Austria, abad de Alcalá la Real y arzobispo de Santiago”, en Boletín de la Real Academia de Córdoba, de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, 129, 1995,  pp. 261-268.

ARANDA DONCEL, Juan, “La familia del Emperador: Leopoldo de Austria, obispo de Córdoba (1541- 1557)”, en MARTÍNEZ MILLÁN, José (coord.), Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001, vol. 2, pp. 403-424

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, La sociedad española en el siglo XVII. Vol. 2, El estamento eclesiástico, Granada, CSIC y Universidad de Granada, 1992.

JUAN LOVERA, Carmen y MURCIA CANO, María Teresa, “Jaén y don Leopoldo de Austria, obispo de Córdoba. Un testamento ejemplar”, en Boletín de Estudios Jiennenses, 198, 2008, pp. 251-288.

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VIDA DE DON LEOPOLDO DE AUSTRIA, OBISPO DE CÓRDOBA. El origen de la leyenda de La Casa de la Querida del Obispo (1)

Leopoldo de Austria, Obispo de Córdoba

85: Hame consolado tanto, dice Colodro, haber sabido tan de raíz las cosas de este caballero que, aunque lo había preguntado a muchas personas, nadie me daba razón de ellas con la entereza que el señor Excusado y pues en esto me habéis hecho merced, me la haréis en contarme las cosas de don Leopoldo de Austria que lo habemos traído a cuento muchas veces que según me han contado hay muchas, de harta consideración, en estas cosas. Señor Colodro, no hay sino preguntar, que lo que yo supiese, lo diré con el gusto y puntualidad que os he prometido.

86: Digo pues que este señor obispo fue flamenco, hijo del emperador Maximiliano y hermano de don Felipe el primero, rey de Castilla, que casó con doña Juana, hija de los Reyes Católicos; y según dicen, este obispo era hijo natural o bastardo del emperador. A este señor se le dio el obispado de Córdoba que siempre ha sido de los mejores de España, y como era poderoso, labró el Palacio Episcopal que si él lo acabara fuera de las cosas mejores de España. En la alameda que llaman del obispo, que es un coto que está media legua de la ciudad, labró una casa muy capaz de recibir en ella a su sobrino el emperador Carlos quinto si viniese a la Andalucía. El patio primero de esta casa lo adornó y llenó de trofeos de aves de rapiña y de animales salvajes que él por su propia persona mataba; y para esto hizo en medio de este coto una atalaya alta con sus ventanas a trechos por donde tiraba a los animales [B], que de todo género procuró traer allí con mucha costa. Y esto en tanta abundancia que se encontraban manadas de todo lo que tiene el pardo.

87: Pero lo que más espanta es que para evitar la murmuración de la gente que decía que todo el año estaba en el Alameda, comenzó a hacer un tránsito desde su casa a la alameda que si se acabara fuera otro Arrecife u obra romana en España. Pero la muerte cortó el vuelo de estos altos pensamientos. En esta ocasión estaba su Ilustrísima ocupado en una ocupación de mozo y ajena de su profesión y para que esto se hiciese sin escándalo hizo otro tránsito por debajo de la tierra desde su aposento a una casa donde vivía su ama […] Y así venía la señora cuando él quería sin que hombre terreno lo supiese. Sucedió que una mañana se le olvidaron a la señora unos corpiños en la cama y entrando un paje de cámara los halló y salió con ellos dando gritos. Alborotáronse los pajes que allí se hallaron y uno de ellos que se decía don Juan de Espinosa que era de más entendimiento arremetió con el paje y dándole de puñadas le quitó los corpiños y se los metió en las calzas, diciendo que era mentira y falso lo que había dicho. A las voces que dio el paje, acudió gente y el paje don Juan escapó, porque el mayordomo lo quería azotar, por las puñadas que había dado a el otro. Fuese a su señor y contole en secreto todo lo referido. El obispo se quedó helado y visto lo que pasaba entre los dos muchachos despidió al primero y al don Juan lo hizo su secretario pidiéndole los corpiños y encargándole el secreto y el despedido no pareció más vivo ni muerto.

CASOS RAROS OCURRIDOS EN LA CIUDAD DE CÓRDOBA. CAJASUR, 2003 (2 TOMOS, EDICIÓN FACSÍMIL)

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Restaurante Almudaina
  1. Nacido y criado en el barrio de la catedral de Córdoba, conocí la leyenda popular de «la casa de la querida del Obispo», adosada al muro de los jardines del palacio episcopal. La tradición señala el actual restaurante La Almudaina como el emplazamiento. En esta historia puede estar el origen. Por cierto, un buen sitio para degustar la comida tradicional de Córdoba en un lugar histórico y de extraordinaria belleza.
  2. La amante del obispo y madre de su hijo Maximiliano se llamaba Catalina Aspert
  3. Uno de los proyectos más importantes acometidos por el obispo Leopoldo fue la inserción de la catedral en la antigua mezquita, obra que fue paralizada por Carlos V cuando visitó Córdoba camino de Portugal para conocer a la que sería su esposa. Por cierto, un viaje en el que fue acompañado por el gran poeta Garcilaso de la Vega que, de resultas, se enamoraría de una portuguesa, Isabel de Freyre, que inspiraría buena parte de su poesía amorosa idealizada desde los preceptos del amor provenzal.
  4. Los datos aportados se tienen por históricos. Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Leopoldo_de_Austria_(obispo_de_C%C3%B3rdoba)
  5. Para ampliar información:

ARANDA DONCEL, Juan, “La familia del Emperador: Leopoldo de Austria, obispo de Córdoba (1541-1557)”, en RIVERO RODRÍGUEZ, Manuel y ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, Antonio (coords.), Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), Madrid, 2001, vol. II, pp. 403-424.

GÓMEZ BRAVO, Juan, Catálogo de los obispos de Córdoba, Córdoba, 1778.

JUAN LOVERA, Carmen y MURCIA CANO, María Teresa, “Jaén y don Leopoldo de Austria, obispo de Córdoba, un testamento ejemplar”, Boletín Instituto de Estudios Giennenses, 198, 2008, pp. 251-288.

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